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Turismo - Africa
Parque Nacional Etosha: la vida en las sabanas africanas 
Atardeceres rojos, noches estrelladas, animales (desde elefantes hasta bichitos) 
libres en su hábitat natural y tan cercanos… Namibia alberga al reino de la naturaleza. 
DESFILE ANIMAL 
Seis de la mañana, todavía el aire conservaba la frescura de la noche anterior. Sin embargo, la ansiedad por poner un pie en el Parque Nacional Etosha consiguió elevar la temperatura en el interior de Mama, el camión que nos mostró 5.500 km africanos. Abiertas las puertas de la Andersson Gate, veinticuatro viajeros de diferentes nacionalidades nos aventuramos en las tierras de este vasto territorio que abarca 22912 km2. 

A cinco horas de Windhoek, capital de Namibia, se encuentra este gran recinto de riqueza animal, testigo de la visita de miles de autos diarios. 

Considerando que las lluvias de verano reúnen a los animales en las áreas con posibilidad de hidratación, establecimos nuestros asentamientos en los campings de Halali y Namutoni. 
Recorrimos durante dos largos días la ruta que atraviesa el Parque Nacional Etosha, uno de los mejores expositores de especies autóctonas. Una sabana cubierta de arbustos se abría ante nosotros. Nuestro desafío era encontrar quiénes nos esperaban detrás de sus hojas.

"El Gran Lugar Blanco", traducción del término que le da nombre, fue reducido en su extensión a la cuarta parte de la superficie que ocupaba en 1907 y cuenta ahora con tres campings que sobrepasan las expectativas de viajeros de todo el mundo. 

A no más de doscientos metros, Mama hizo su primera parada: una familia de cebras burchell nos daba la bienvenida con sus inconfundibles trajes rayados. Desde ese instante y hasta abandonar el parque, un buen lente sería mi arma más preciada. Con Louis al volante, y nuestro aficionado guía Jean a su costado, ninguna especie móvil pasaría desapercibida mientras sus entrenados ojos estuvieran despiertos. 

Pronto empezamos a descubrir una gran variedad de antílopes: springboks, que son el símbolo de Namibia y dan nombre al seleccionado sudafricano de rugby, impalas, kudus, de enormes cuernos retorcidos, gemsboks, más conocidos como oryx, de cuernos rectos, red hartebeest, steenboks y damara dikdik, los más pequeños entre sus hermanos. 

Un sobresalto general puso en evidencia la aparición de las primeras jirafas, que muy elegantemente lucían sus cuellos por entre las copas de los árboles. Increíblemente, hacia la tarde pasaron casi inadvertidas hasta que una pequeña laguna nos sorprendió con la imagen de una ellas reflejada. Con sus patas casi quebradas, en un esforzado emprendimiento, logró calmar su sed. Detrás del escenario, un grupo de cebras respondía a sus instintos sexuales. 

BAJO EL CIELO ROJO 
Luego de un exitoso día, Namibia nos enseñó a resignificar la palabra "atardecer". Sentados frente al Moringa Waterhole , "bebedero" de animales, contemplamos silenciosos la caída del sol mientras el cielo desplegaba sucesivas tonalidades. Nuestras retinas registraron extasiadas toda la gama de rojos, naranjas, rosas y amarillos. Lentamente, un viraje hacia los oscuros cedió lugar a las estrellas. 

Establecimos nuestra primera noche de camping en Halali. Las instalaciones resultaron muy buenas, con grandes espacios para acampar, pudiendo también elegir bungalows, baños muy limpios, restaurant, kiosco donde abastecernos de golosinas, cigarrillos y souvenirs, y una tentadora pileta. 

Luego de untarnos con una gruesa capa de repelente y encerrarnos en mangas largas, nos consideramos bien escudados para enfrentar la malaria, enfermedad transmitida por picaduras de cierta especie de mosquitos. En ese momento, llegaron ágiles pies a avisarnos de nuestra última visita obligada al waterhole (pozo de agua): una familia de rinocerontes blancos nos estaba esperando. La aparición primera de la cría seguida por su madre, de labio superior prominente, nos indicó que estábamos observando a un "hook-lipped rhino", también llamado white rhino. Corroboramos esta deducción con Louis, quien nos contó acerca de la escasa población de black rhino (rinoceronte negro), que esconde Etosha. Un poderoso reflector y la poca agudeza visual de los rinocerontes nos permitieron estudiar sus movimientos por más de una hora, momento en el que nuestros párpados cansados nos impusieron emprender el regreso. 

Al despegarme del suelo, descubrí que todo ese tiempo había estado acompañada: un escorpión registraba la zona. Nadie nos avisó previamente que debíamos incluir tantos sujetos al listado de posibles atacantes. Más adrenalina invadió mi sangre cuando, detrás de unos tachos de basura derribados, encontramos a varios curiosos iluminando los enormes colmillos del nuevo personaje conocido como "honey budger". De instinto asesino declarado, con antecedentes previos de ataques a búfalos, los temibles seres nocturnos se especializan en acelerar el ritmo cardíaco de las personas. Nos resultó asombroso que una criatura similar a un zorrino, de no más de cuarenta centímetros de alto y un metro de largo, tuviera tales poderes criminales. Queriéndonos alejar de esta petrificante escena, con Caro, mi compañera de viaje, intentamos protegernos en el baño, donde finalmente nos descubrimos en una impresionante reunión de insectos: saltamontes, chinches, mosquitos, hormigas, todas con asistencia perfecta daban la suma de un millón de invitados. 
Ese día, sentí el comienzo de una estrecha conexión con los habitantes del parque. ¿Qué era esa esencia suspendida en la atmósfera que hacía correr hormigas por mis venas? 

DONDE REINA LA NATURALEZA 
En el amanecer del segundo día de recorrido nos encontramos con tres cebras muertas al costado del camino. Probablemente, alguna infección intestinal había decidido su suerte y las había devuelto a la tierra, donde únicamente la naturaleza estaba autorizada a intervenir. 

Un pequeño chacal tomaba control de la situación. Mientras tanto, varios buitres, entrometiendo sus largos picos y disputándose el primer puesto entre sus semejantes, conseguían obtener su porción en el reparto. Dentro de Mama, sólo se escuchaba una seguidilla de disparos que seguían paso a paso la escena. 

"What´s that?!", se escuchó por lo bajo, y unas grandes patas tranquilas anunciaron a lo lejos la llegada del supervisor general: una delicada leona inspeccionaba la zona. Una simple mirada bastó para decidir que no tomaría parte del juego y para dejar en todos nosotros un estado de revolución superior al esperado. Yo había imaginado previamente aquel momento, pero sólo el estar debajo de mi piel durante los treinta segundos de su aparición me permitió darme cuenta de cuán intenso podía sentirse. El espíritu de África se hacía cada instante más imponente. 

Hacia el mediodía asentamos campamento en Namutoni, camping que en la antigüedad hizo las veces de un puesto de control alemán que buscaba evitar la propagación de una fuerte epidemia. Después de una refrescante visita a la pileta, la tarde continuó con un desfile de especies diferentes. 

Un trío de hienas cruzó nuestro camino. Luego conocimos a los ñus, de pelaje grisáceo, crines negras y andar impetuoso, quienes captaron nuestra atención por largo tiempo, compartiendo el escenario con varios antílopes, cebras y jirafas. Continuamos camino en busca de los ejemplares de peso pesado, hasta que perdidos en una angosta senda, rodeados de arbustos por ambos costados, vimos a corta distancia una trompa que nos hacía señales. Rápidamente registramos un elemento que captó la atención de todos, la envidia de muchos y por sobre todo provocó la admiración de Debbie, una chica canadiense que descubrió muy entusiasmada la quinta pata del elefante. 

Dejando atrás el pelaje de una cebra cuyo interior había sido completamente devorado por sus predadores, emprendimos la retirada no sin antes hacer un último avistaje a una laguna rosada por un manto de flamencos. El cielo comenzaba nuevamente a imponer nubes de texturas esponjosas y una amplia gama de colores terminó por inundar la atmósfera. 
Ya nos alejábamos, deseando interrumpir el segundero, sintiendo la necesidad de una última sorpresa de despedida, cuando bajo el cielo rojo pudimos detectar dos pequeñas cabezas que se entrecruzaban, sostenidas por dos largos cuellos, para perderse entre las nubes. 

INFO: 

¿CUÁNDO IR? 
Conviene evitar los meses de enero y principios de febrero, cuando Sudáfrica tiene vacaciones y hay más turismo. El clima es bueno, y muy caluroso en el día, durante todo el año. 

¿CÓMO LLEGAR? 
Windhoek, capital de Namibia, cuenta con aeropuerto internacional. A su vez, existen vuelos en pequeñas avionetas que llegan directamente al parque nacional. 

RECOMENDACIONES
Dado que Namibia no ofrece transporte público y se requiere de mucha experiencia para aventurarse solo a recorrer sus rutas, es muy conveniente contratar un tour, muchos de los cuales recorren varios países de la zona, entre ellos Namibia (y obviamente Etosha). Conviene comenzar los días para ver salir el sol, cuando hay mayores posibilidades de encontrar a los animales, dado que se están alimentando. Asimismo, hacia las 5/6 p.m. éstos salen de los escondites que los resguardan del intenso calor del mediodía. Vacunarse contra la fiebre amarilla, consultar personalmente a un médico sobre la toma de pastillas contra la malaria (no todo organismo puede tolerarla) y usar mucho repelente. 

IMPERDIBLES
Sentarse a ver los atardeceres en los waterholes de los campings

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