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Turismo - Africa
Egipto, de El Cairo al sur 
Si bien la imagen de las tres pirámides dio la vuelta al mundo como muestra de los caprichos faraónicos, a uno y otro lado del Nilo se levantan otras necrópolis no menos excéntricas, 
emplazadas en el paisaje y la vida del desierto.
Desde El Cairo, el tren continuaba su avance hacia el sur de Egipto, bordeando el curso del río más largo del mundo, y tal vez el más importante que haya existido en la historia humana: el Nilo. 
Las aguas corrían serenas, muy tranquilas. En sus márgenes desfilaban innumerables plantaciones datileras, meciéndose con el ardiente viento que había comenzado a soplar, insistente. 
A media mañana alcanzamos la estación de Luxor, y mi itinerario en tren llegó entonces a su fin. Debía descender para la siguiente etapa de mi viaje por el país. 
La estación era bulliciosa y caótica, pero mucho más pequeña y acogedora que la de El Cairo, abarrotada de mujeres tapadas de pies a cabezas por negros chadors y de hombres engalanados con turbantes blancos. 

Por esta región de Egipto el nivel de vida se palpaba muy distinto al del norte; mucho más empobrecido aún y con una vida rural abundante. El ochenta por ciento de la población subsiste gracias a la agricultura. 

En un carro tirado por burritos llegué pronto a un modesto albergue familiar. Tras cerrar trato por el precio -infaltable regateo- y después de beber tacitas llenas de masbut (café) azucarado hasta empalagarme, dormí como un lirón. 

 AMÓN, KARNAK Y LA FERTILIDAD
"Bakchich, bakchich" (propina, propina), repetían hasta el cansancio los pequeños, rodeándome por doquier, cuando entraba al templo de Amón. Así sentí muy vivamente que las lejanas y bíblicas plagas no se habían terminado miles de años atrás. Estaban vivitas y coleando, sólo que ahora en vez de representarse con langostas o con la muerte de los primogénitos, se corporeizaban en el subdesarrollo y la pobreza crónicas. 

El Gran Templo de Amón -dios de Tebas-, acabado por el omnipresente Ramsés II, está unido al de Karnak por una avenida de esfinges, y la compañía de un guía resulta importante para no perderse entre tantos dioses y columnas. 
La sala Hipóstila tiene 102 metros de ancho y 50 de profundidad, y en ella se elevan 134 columnas de 23 metros de alto, coronadas por capiteles en forma de papiros, me comentó risueñamente Abraham, joven vecino de mi hotel que se ganaba la vida llevando a los turistas hasta el lugar. 

Ya la entrada al templo me dejó estupefacto con el colosal obelisco que representa a Ra, el dios del Sol. 

-Antes los obeliscos eran dos, dijo el joven con tono de tristeza. A lo largo de los tiempos, muchos de nuestros monumentos han sido robados. El otro obelisco fue llevado por Napoleón, y desde entonces adorna la Plaza de la Concordia, en París.

-¿Qué representan esas esfinges?, pregunté. 
-Son carneros. Hay más de 700, y cada uno tiene una estatua de Amenofis III entre sus patas delanteras. Mirá hacia nuestra derecha: es el Nilo. Desde aquí lo podemos ver; estamos altos porque el templo fue levantado por encima del nivel que alcanzaban sus periódicas inundaciones. En aquella época, el río proveniente de Nubia traía abundantes limos que, durante las crecientes anuales, quedaban depositados en sus márgenes y en su valle, fertilizando el desierto y permitiendo el desarrollo de la agricultura, lo que a su vez facilitó el avance de nuestra civilización. 

Volvían a mi mente las imágenes de la lejana Etiopía, desde donde el principal afluente del río, llamado Nilo Azul, traslada los limos hasta el Nilo. 
"Egipto es un don del Nilo", decía con razón Herodoto, el historiador griego, hace miles de años. Aunque, si buscáramos precisar mejor este concepto, deberíamos decir que es un don del Nilo Azul, y el Nilo Azul es un don de la meseta etíope, a la cual le arranca su limo fertilizante. Ergo, Egipto es un don de Etiopía, según mis elaboradas conclusiones.

AL OTRO LADO DEL RÍO
Desde Luxor cruzamos en una barca hacia la otra orilla del Nilo, hacia el oeste, para visitar otro circuito de tumbas faraónicas. 

Durante el trayecto de un día en burro por el Valle de los Reyes, mis ojos se asombraban al contemplar a los fellahs (campesinos) labrando de manera primitiva el terreno, y sin abandonar jamás esa vestimenta tan llamativa, las largas túnicas de color blanco a las que los múltiples usos -túnica, mantel, pañuelo y toalla- enseguida transforman en telas de fondo claro con "medallas" de diversos colores. 
"Los profanadores de tumbas se habían vuelto muy profesionales, por eso Amenofis I buscó un lugar inaccesible y secreto para que la suya quedara fuera de su alcance", comentó Abraham. 

Estas tumbas son sepulcros subterráneos, llamados hipogeos. Se excavaron en las paredes montañosas, y están divididas en tres partes: la cámara funeraria, donde se depositaba el sarcófago con el cuerpo embalsamado o momia; el llamado serdab, con los tesoros para la vida de ultratumba y finalmente el ka o capilla, lugar de ofrendas adornado con la estatua del difunto. 

-¿Se puede ingresar a las tumbas?, pregunté a Abraham. 
-Por suerte para vos, sí. Hasta hace algunos años, se había vedado el ingreso porque las estaban refaccionando. Hay varias, pertenecientes a distintos faraones: como Ramsés y Amenofis, entre otros. 
-¿Y Tutankamon? 
-Sí, también, dijo con aire misterioso. 
-Bueno, vamos a la de Tutankamon. 
-Yo te acompaño, pero a ésa no entro; se han muerto muchos de los que la visitaron. 

En el interior del sepulcro, yo también me morí, pero de la desilusión. Todo está depositado en el Museo Egipcio de El Cairo y diseminado por el resto del mundo. Fue realmente profanado. 

Tras esta visita, una parada en el trayecto en burro hacia el Valle de las Reinas en lo alto de las colinas me proporcionó una visión extraordinaria: a mis pies, casi como pudiendo tocarla con las manos, la magnífica necrópolis de Tustmosis I. Y, en la lejanía, recortado sobre el horizonte, el amplio Valle del Nilo, una estrecha franja verde rodeada por todos los ocres y amarillos del desierto que pudiera imaginar. 

Pero para mí, lo mejor -y a la vez lo peor- de Egipto todavía estaba por venir. 

EXTREMO SUR
Mi recorrido continuó más hacia el sur, más hacia el calor, adentrándome en la legendaria tierra antiguamente llamada Nubia. Si abría la ventanilla del bus, en vez de bocanadas de aire, entraba un ardor que parecía inyectado desde el mismísimo infierno. "Y esto no es nada" -dijo el chofer de un bus bastante viejo- "porque cuando sopla el sobaa, arrastra tanta arena y polvo que no se puede avanzar. Entonces hay que detenerse y esperar a que se calme, porque la lluvia es de arena. Normalmente llega antes del verano, aunque puede aparecer en cualquier momento." 

Llegar hasta donde el país finaliza -o comienza- fue una experiencia agotadora. Pero valió con creces la pena. Llegué al confín, estaba en Abu Simbel. 

Sentados a la sombra de pequeños arbustos, resguardándose del inclemente calor, los arropados nubios, de rasgos afilados, tez muy oscura y elevada estatura, esperaban pacientes la llegada de algún visitante… Sabían perfectamente que nadie podría resistirse a comprar sus botellas de gaseosas. A la sombra la marca térmica era de 48 grados, la más alta temperatura que soporté alguna vez. 

Abu Simbel es un templo excavado en la roca, en una pared uniforme que se asoma a las márgenes del Nilo, y su constructor no pudo ser otro que el excéntrico y más célebre faraón de todos los tiempos: Ramsés II. 

Estaba tan exactamente orientado que el sol ingresaba directamente desde el naciente hasta su última sala, a 50 metros de la entrada. 

El guía, ofreciéndose generosamente, nos contó su reciente historia. 
-Cuando se comenzó a construir la gigantesca presa de Asuán, estos templos iban a quedar bajo las aguas del lago Nasser, llamado así en honor a nuestro gran presidente. Todo sería tapado por las aguas. Entonces la UNESCO se hizo cargo de salvar los monumentos, cortando piedra por piedra y trasladándolos unas docenas de metros más arriba. Este trabajo estuvo tan bien hecho que volvieron a quedar orientados como en su emplazamiento original y también ahora, como hace miles de años cuando fueron erigidos, los rayos del sol bañan a los dioses dentro del santuario. 

Contemplando absorto las cuatro estatuas del omnipresente faraón, se disipó toda duda: Ramsés II está tan vivo y presente hoy como hace más de 3.000 años. Su deseada inmortalidad se ha cumplido

INFO: 

¿CÓMO LLEGAR?
No hay enlaces directos con Argentina. Se puede llegar desde Europa o desde Tel Aviv-Haifa, en Israel. 

¿CUÁNDO IR?
Evitar los meses de máximo calor -de mayo a octubre-, cuando las temperaturas son insoportables. 

IMPERDIBLES
Luxor y el Valle de los Reyes, Karnak, Abu Simbel, Assuán.

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