| Sería
el hombre más coreado, al volante del bien querido micro que nos
transportaría y albergaría por 4.500 kilómetros, durante
los próximos quince días a través de Sudáfrica,
Namibia, Botswana y Zimbabwe.
No me pidan
que cabecee
Se empezaba
a delinear el elenco estable de las noches por venir: las carpas, las colchonetas,
las bolsas de dormir, las cenas al lado del fuego, el vino, las cervezas,
las supersonrisas, las risas y más risas que los chistes constantes
y buenísimos de Peca y Cristian alimentaban.
Esa tarde
habíamos conocido el Fish River Canyon, que bajamos por un rocoso
y por momentos empinado trek hasta el encuentro con el refrescante Fish
Rriver.
Sobre el techo
del bondi, haciendo las veces de terraza panorámica móvil,
recorrimos un sector increíble del cañón, donde vimos
nuestro primer atardecer africano. El sol bajo enorme y naranja, los colores,
mientras iban cambiando, vibraban y respiraban.
La vuelta
al camping fue auspiciada por "Aguas Termales Sociedad Anónima,
para su producto Yo De Acá No Me Muevo". En una pileta de agua termal
a la que fuimos, decía Leo todo derretido: "No me pidan que cabecee",
mientras hacía la plancha retozando a la luz de las estrellas.
El
colectivo 60 por aca no pasa, ¿no?
Un largo camino
nos separaba de Sesriem. Si bien sabíamos que las imponentes dunas
rojas de Namibia eran buenísimas, estábamos bien lejos de
imaginar lo que se venía.
No sé
si el sol del desierto nos encogió o si algún rayo diminutador
accionó sobre nosotros, pero esas dunas estaban fuera de escala.
Eran absolutamente gigantes, naranjas y de polvo superfino.
Subimos a
la duna con una atracción frenética, hacia el sol que bajaba
enorme y caliente. El silencio se hizo cargo de la situación, mientras
la tierra se ponía colorada. "¡Qué buen infierno!",
se escuchaba en un susurro.
Bajamos de
noche, el paisaje era mágico. Arriba, contra el negro-azulado cielo
namibio, miles de estrellas.
Abajo, las
arenas ahora ocres amortiguaban nuestro descenso como si alguien desde
el control central hubiera desactivado el botón de gravedad. Revolcándonos
y rebotando suavemente por las dunas nosotros, los niños, estábamos
en un capítulo no publicado de El Principito. Era como estar en
la caminata lunar, era otro planeta, era Namibia.
"¿Lo
tenés a Magoya? ¡Ni él me saca de acá!"
Amarillo/naranja/marron/azul
Kilómetros
y kilómetros llenos de nada que se moviera salvo la sombra que el
micro proyectaba sobre el camino de ripio. El paisaje namibio era una sucesión
de agradable desolación: largos valles amarillos terminaban en las
distantes dunas naranjas, que, seguidas por el marrón de los cañones,
daban gran profundidad al panorama, siempre envuelto por el cielo totalmente
azul.
Del ripio
pasamos al camino de tierra, donde el superpolvo no era ningún superhéroe
ni una proeza sexual; era un opresor omnipresente al cual nos entregamos,
obligándonos a sacarnos los anteojos cada diez minutos para una
nueva limpieza.
El olor salino
anunciaba la presencia marina y dibujaba un poco más la ya dibujada
sonrisa. Ibamos a ver un horizonte azul, se venían tiempos de cambio.
Swakopmund
es un hermoso pueblo pesquero a orillas del Atlántico, una colonia
alemana lejos de nuestras expectativas de pueblo africano. Muy ordenado,
limpio y bien preparado para el turismo, ahí le dimos un descanso
a nuestros quehaceres diarios de armado y desarmado de carpas y horizontalizaríamos
a más de cinco centímetros del piso, en unas cabañitas
al lado del mar.
Dancing
queens
Esa
noche era especial: salíamos, comíamos afuera e íbamos
a bailar. Extrañamente se olía a perfume y no se escuchaban
pisadas de sandalias.
Ibamos a comer
sobre una mesa. La barra del resturant-bar nos esperaba con unos shots
de tequila. Habíamos copado el bar. El grupo estaba enardecido,
y el boliche era nuestro próximo destino.
Entramos como
quince demonios de Tasmania. Abba nos conectaba con una parte del cerebro
que indicaba bailar, a los abrazos y con nuestras nueve dancing queens.
Había
un par de chicas locales un poco entusiasmadas por el calor de las bailarinas
latinas y Luki (nuestro ejemplar más entusiasta) huía a fin
de evitar posibles escenas lésbicas.
Crónicas
posteriores narran, primero, la dificultad para encontrar las cabañas
a pesar de las indicaciones de Rudi ("Salen del boliche y caminan derecho
dos cuadras"), y, segundo, la dificultad para encontrar la cabaña
propia.
Etosha
"¡Olé,
olé, olé, olé! ¡Rudi, Rudi!". Rudi al volante
nos transportaba hacia Etosha National Park y hacia nuestro encuentro con
el mundo animal.
Aprovechamos
la mañana para encender el burro de arranque de la cabeza, luego
de una agradable siesta bajo el agradable sol matinal.
No sé
qué haría un tour guiado de antílopes, elefantes,
ciervos, rinocerontes, lechuzas, coatíes, mangostas y otros amigos
si vinieran a la ciudad a observar a los humanos y su comportamiento, pero
sé lo que nos paso a nosotros cuando vimos a los primeros bichos.
Hasta Luki, nuestra verborrágica e hiperkinética amiga (versión
mejorada del conejo de Energizer) se calmó y se calló.
Había
llegado el silencio. Por primera vez desde que nos habíamos juntado
nos congelamos en una nueva especie de silencio. No era la ausencia de
sonido contemplativa de ver bajar el sol, era el de ojos bien abiertos
con las cejas un tanto elevadas y la boca apenas entreabierta, un poco
reprimiendo el "¡oh!".
La
experiencia de ver animales en vivo fue una sensación individual
y colectiva que no tiene sentido intentar describir. Los elefantes estaban
ahí, a menos de diez metros, enormes sabios lisos y arrugados. El
aire cálido y seco conducía el sonido que era creado y emitido
con cada movimiento, con cada contacto con los arbustos. Esos ruidos no
salían de un parlante, no había música de fondo ni
una voz en off, no había Mario Grasso, no había Jorge Cuttini,
la página no se daba vuelta, ni se cambiaba de canal, no estaba
editado, estaba sucediendo. Era tiempo real, y el tiempo estaba suspendido.
Rudi estaba
a cargo del avistamiento; lo que para nosotros era la silueta negra a contraluz
de algún pajarraco, para él era un águila pecho blanco,
hembra, en celo, con problemas en la pata derecha. "Y también le
gustan Los Redondos, tomar ginebra, el té Cachamai y la bananita
Dolca", decía alguien por el fondo.
Más
tarde, colchoneta, bolsa de dormir y alguna botella en mano, cámara
de fotos al cuello, íbamos a hacer guardia al pozo de agua donde
los habitantes de la sabana le hacían caso a su sed. Era el lugar
de onda de la noche animal.
A quince metros
los humanos contemplábamos grandes manadas de elefantes con sus
elefantitos, familias de leones, cebras, grupos de kudus, algunos sables,
órix, wilderbeast, gemsbok. Todo con la azul plateada luz de la
luna llena que más tarde bajaba gigante y rosada.
A casi todos
estos animales también los vimos enfrente nuestro, humeantes y bien
cocidos en nuestros platos. La carne de avestruz, que es roja, y la de
kudu, una especie de antílope, se llevaron el premio, chamigo.
Siguiendo
la luna no llegare lejos
"¡Oleeeoleoleolee!
¡Rudi, Rudi!". Después de tres días el canto volvió
al micro. Nos dirigíamos hacia el este a lo largo del Caprivi Strip,
una caprichosa franja de tierra totalmente plana y superangosta que separa
a Namibia de Angola, que se veía desde la ventanilla. A Zambia la
veríamos pronto por la misma ventanilla, y a Botswana y a Zimbabwe,
a donde nos dirigiríamos.
En nuestro
camino paramos en Rundú, una activa pequeña ciudad que se
ajustaba más a la idea de pueblo africano. Calles polvorientas por
donde transitaba mucha gente con poco apuro, mucho color con no poco contraste,
muchos nenitos en patas con los ojos muy brillosos y negros y más
color.
"¡Boludo,
mirá a ése!" Mientras masticábamos las recién
adquiridas porquerías, a través de las ventanillas del bondi,
como a quince metros, se paseaba un personaje local que no tenia nada en
particular salvo que al girar el cuerpo dejó ver por entre su camisa
a cuadros de colores…¡la azul y oro xeneize!
La había
visto en pueblos perdidos de Guatemala y Honduras, pero no estábamos
tan cerca, estábamos en Rundú.
Se hizo la
noche, veníamos casi dormitando. El olor a tierra y polvo más
los saltos que pegaba el colectivo al ritmo de los pozos nos indicaban
que habíamos salido del camino principal.
No se veía
nada, todo alrededor era negro menos los escasos metros del camino de tierra
que nuestros focos iluminaban y que era tan interesante como la revista
Utilisíma Tejidos.
"Please, Rudi,
stop!". Una voz centinela salió desde algún costado del oscurecido
interior del bondi. Rudi paró en seco y al mirar a la izquierda
apagó las luces y el motor y bajó un poco la música.
Mientras nuestra
nube de polvo personal se disipaba, apareció en el no muy lejano
horizonte la luna, que, llena y naranja, subía sin apuro y proyectaba
una línea del mismo color que nos llegaba casi hasta los pies, dejando
ver una vecina superficie liquida. Era el Okavango Delta, que la oscuridad
anterior no permitía percibir
"¿Esa
es la luna? ¡No lo puedo creer!", decía Macarena, incrédula.
La atmósfera
se iluminaba suavemente y se llenó de todo tipo de comentarios de
admiración y belleza que fueron convertidos en cantos cuando de
la nada, en un acto de supersincronización, surgieron de fondo los
Fabulosos Cadillacs. "Siguiendo la luna no llegaré lejos". No llegaríamos
lejos, ¿no?
Armonia
paralela
Se Viene el
Estallido enarbolaba la felicidad interior del micro y por supuesto "oleoleoleolerudirudi".
Todos ya superdespiertos, de fiesta y a los saltos. La alegría estaba
bien lejos de ser sólo brasilera.
Llegamos a
Ngepi, un camping simplemente increíble a orillas del Okavango.
Antorchas sobre cañas de bambú nos guiaban por la oscuridad
hacia el lugar de donde provenía un sonido de tambores.
Nos íbamos
acercando, la atmósfera se iba africanizando, los tambores ahora
se entremezclaban con unos cantos hermosos.
Una armónica
y frenética danza de colores rebotaba y penetraba nuestros cuerpos.
El baile tribal nos congelaba cálidamente los ojos, nos llenaba
de emoción y de piel de gallina. Percibimos la necesidad humana
del estado de trance.
La armonía
de esa gente, sus pies y la tierra eran la versión paralela a la
armonía del humano occidental, su dedo gordo y el control remoto.
Pronto llegó
el momento de la ducha, al aire libre, las paredes eran de cañas
de bambú. Nos habían dicho que había agua caliente,
era verdad. Cantábamos, la vida no nos sonreía, se nos cagaba
de risa.
Rudi nos esperaba
con la comida, el fogón y por supuesto el vino. De fondo se escuchaban
hipopótamos.
La estampida
Un par de
gigantes baobabs adornaba el puesto de control fronterizo entre Namibia
y Botswana. Estos árboles con circunferencia de más de treinta
metros viven cerca de cuatro mil años y tienen la extraña
apariencia de estar dados vuelta, con las raíces mirando hacia arriba
("Yo estoy al derecho, dado vuelta estás vos", silenciosamente cantábamos).
Después
de las fotos en el cartel de welcome to Botswana entramos al parque nacional
Chobe.
La
ruta era impecable, contrastaba con los caminos de ripio y tierra de Namibia
y mientras pensábamos que no parecía un camino africano,
manadas de avestruces, monos, cebras, elefantes, empezaron a aparecer por
todos lados y a orillas del camino.
Llegando casi
a la frontera con Zimbabwe una familia de mafiosos elefantes se nos vino
al humo y humo nos hicimos con el caño de escape entre las ruedas,
al grito de "¡no tenés aguante, che Rudi vigilante!".
La entrada
a Zimbabwe fue bienvenida por un warthog, un chancho salvaje con colmillos,
como Pumba, el amigo de Zimba, de El Rey León. Dicen que es de los
animales más feos. Se parece mucho a la señora Ojmonik, de
Alf. Estaba pastando muy tranquilo por ahí. Mientras más
feo, más lindo.
¡Mbiejaaaa!
Se venían
las últimas dos noches de la odisea por el sur de Africa, lo sabíamos,
nos hacíamos los boludos. También sabíamos que se
venía la hiperactividad y la presencia de la señorita adrenalina.
Victoria Falls
es el nombre que llevan las imponentes y mundialmente famosas cataratas
en la frontera entre Zimbabwe y Zambia, con un ancho de 1,7 kilómetros
y con caídas de agua de entre noventa y ciento siete metros. Mientras
uno camina por los junglosos senderos entre mirador y mirador, así
como en el botánico de Buenos Aires se ven gatos, ahí aparecen
springboks e impalas, pájaros de colores, uno que otro elefante...
Basta alejarse un par de cuadras del pequeñísimo pueblo para
ver animales por todos lados.
Las ofertas
turístico-adrenalínicas del menú de Victoria Falls
incluían cosas como rafting por los rápidos y muy rápidos,
sobrevolar las cataratas en ultraliviano, saltar en paracaídas,
jugar al T.E.G., volar en helicóptero, jugar a cachurra monto la
burra, alquilar canoas y kayaks, tren fantasma y bungee jumping, que según
los entendidos (siempre hay algún entendido dando vueltas) es de
los más impresionantes.
Sólo
Peca, Cristian y Rocío contaron con la capacidad genital de saltar
al vacío desde los 85 metros del gigante puentecito que une a Zimbabwe
con Zambia.
Los pies derechos
al borde del abismo, mirando a la distancia; los tobillos atados a unos
ganchos atados a una larga cuerda de caucho que colgaba unos metros por
abajo de la plataforma de salto y que seria su cordón umbilical.
El
sonido interno de los rebotes del corazón era contenido por la remera
de Boca. Peca, con cara de no me entra ni un alfiler en el culo, extiendió
el brazo derecho con el pulgar apuntando al cielo; miró adelante;
microsegundo de silencio total. Y a otra cosa mariposa. Salto al vacío.
Los tres volvieron
a los gritos, a los saltos y a los abrazos. Sus sonrisas de repente tenían
más dientes que nunca.
En el escenario
del salto, me encaró un nenito de unos diez años: "Which
country?". "Argentina". Al campeón se le abrieron grandes y brillantes
los ojos, sonrió con labios anchos y dientes bien blancos, se llevó
la mano derecha a la cara, a la altura de la pera, y con los dedos índice
y pulgar extendidos y los tres restantes doblados, con movimientos cortos
y rápidos ascendentes y descendentes, manda un "¡¡¡Mbiejaaaa!!!"
Viene el
estallido
Bajo el grito
de "¡se viene el estallido!" el equipo, que estaba más vivo
que nunca, fue a las orillas del Zambezi, desde donde zarparía el
booze cruise (barco para chupar, literalmente). Daríamos una vuelta
por este río, que pasa por Zaire, Angola, Zambia, Namibia, Zimbabwe
y Mozambique, donde desemboca en el Océano Indico. Tendríamos
dos heladeritas llenas de cerveza, vino y sidra y sobrados motivos reales
para festejar.
Veníamos
de una tarde increíble y de alguna manera distinta. Era el último
día, la última bajada de sol juntos. Estar así, juntos,
era mucho mejor que bueno, éramos una unidad, un solo estado de
ánimo, una superfelicidad, una nueva familia. Habíamos vivido
juntos los últimos quince días, ésa era nuestra edad.
El pasado había pasado y el futuro no existía. Era "hoy,
acá y ahora" y en ese momento eso estaba sucediendo, todo era nuevo
y se estaba generando, estábamos superconectados. Era una perinola
constante y sus varias caras decían "todos saltan todos gritan,
todos todan, todos con toda". Era el "¡A comer galletitas y a tomar
la leche!" de Carozo y Narizota.
Bajaba el
sol y bajaba el contenido de las heladeritas, el barco se mecía
no por las oleadas, sino por los saltos, íbamos río arriba
y arriba iban las copas, brindemos por lo que brindamos.
Estaba oscureciendo,
habíamos regresado a la costa hacía ya un tiempo, no podíamos
dejar de cantar y saltar. Brazos derechos en lo alto revoleando las remeras
al grito de "¡Olé, olé, olé, olé, olé,
olé, olá! ¡Ohhhh, Argentina, es un sentimientoooo,
no puedo paraaar!".
Son esas imágenes
que llegan para quedarse, en el superarchivo de supersensaciones. Que quedan
en ese sitio del cerebro de la memoria inmediata, y que con cerrar los
ojos en cualquier lugar y en cualquier momento podemos invocar. Son de
las cosas que te hacen reír solo en el subte. Son de las que te
queman la cabeza. |