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Turismo - Africa
Welcome to Zimbabwe 

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El primer paso 
Estoy parado al final del aeropuerto de Johannesburgo a sólo metros de la bifurcación con la ruta que lleva a Pretoria. Con la mochila a mis pies, el pelo que vuela con el viento y el pulgar en alto. Acabo de llegar a Sudáfrica, y sólo serán unas horas, si tengo suerte, ya que mi destino final es Zimbabwe. 
Otros viajeros con los que me crucé en el camino me han hablado de lo fácil que resulta viajar de esta manera en casi toda Africa del Sur. En mi cabeza, y casi de forma instantánea, empieza un baile de imágenes que me tienen como protagonista de otros viajes por otros países remotos recorridos así. 
Siempre lo consideré una forma segura de viajar. Sólo es cuestión de aplicar el sentido común, aunque éste es siempre el menos común de los sentidos.
La tercera persona que me levantó, Rob, un simpático sudáfricano de Pretoria, me llevó hasta Masvingo. Casi 800 km. de un solo tirón. Definitivamente, la suerte estaba de mi lado. 

Hacer dedo es una lotería, nunca se sabe quién va a levantarte. Me había llamado la atención que de las tres personas que me habían llevado en Sudáfrica, todas habían sido blancos. Curiosamente, ningún conductor negro lo había hecho. Me pregunté si pasaría lo mismo en Zimbabwe; el tiempo diría que sí. Años de dominación blanca en ambos países, mucho rencor, demasiadas heridas sin cicatrizar. Muchas razones por las que un negro no tiene ganas de llevar a un hitch-hiker (en inglés, persona que hace dedo) blanco, todas entendibles. 

Gran Zimbabwe 
A escasos kilómetros de Masvingo se encuentra Great Zimbabwe National Monument, la ciudad medieval más grande al sur del Sahara. Es comúnmente conocida como "Las Ruinas", ya que éso es todo lo que queda de ella. Todavía son más los interrogantes que rodean a esta ciudad que las certezas, pero se cree que fueron los shonas los que la contruyeron, allá por el siglo XIII. 
El lugar es imponente y la construcción se mantiene a pesar del tiempo. Piedra sobre piedra fue la forma en que hicieron el Complejo de la Colina, donde se estima que estaban los compartimentos reales y se celebraban ritos religiosos. 
El cielo estaba nublado y había neblina, lo que creaba un ambiente más propicio para que la imaginación volara. Bajé la colina y me dirigí junto con una pareja vikinga a una tribu Shona que se encuentra dentro del complejo. Contemplamos una danza "tradicional", de la que nosotros fuimos los únicos espectadores. Eran las 10:45 hs. "Un horario extraño para un ritual", pensé. Uno de los nativos se nos acercó y en voz muy baja nos dijo lo afortunados que éramos ya que la gran hechicera de la tribu se encontraba de paso y nos podía predecir el futuro... a cambio de unos escasos dólares, claro está. Yo, que tenía bastante buen humor como para echarlo a perder en manos de una "manosanta" local, decidí abstenerme. No así mis compañeros nórdicos, de tal forma que de buena gana seguimos a nuestro nuevo anfitrión hasta una pequeña choza. 
Ella ya estaba sentada en el piso y se colgaba unos raros collares. No se dirigía a nosotros, sino que le hablaba a su ayudante en shona y él nos traducía al inglés. Tomó varios minutos hasta que entró en trance, ¡y qué forma de hacerlo! Por un momento, sus ojos se pusieron blancos y pareció poseída por belsebú. Empecé a debatir internamente si había hecho bien en entrar y, si la respuesta era sí, si había hecho bien en no pagar por sus servicios y si debido a ello, la hechicera lanzaría una maldición contra mí. 

Después la pitonisa empezó a temblar y tomó un palo con el que se pegaba, no muy fuerte pero de manera constante. Salieron de ella unos ruidos, seguidos de palabras. Fue entonces cuando el asistente, en el clímax del trance, nos tradujo esa metralleta de términos. Mirando seriamente al escandinavo le dijo que "tendría una larga vida, en los negocios le iría bien, viajaría mucho, tendría muchos hijos, gozaría de buena salud", etc., etc., etc. De mi boca se deslizó un "same shit, different place". 
Entrada la noche, las calles de Masvingo quedaban casi desiertas. Pequeños grupos de personas deambulaban de aquí para allá. El cielo se había despejado y auguraba que el próximo día sería bueno. 

Parque Nacional Matobo 
De nuevo en la ruta. Es temprano y espero a la salida del pueblo. No quedan vestigios de urbanidad a mis espaldas, por lo menos a la vista. Para adelante, la ruta que se pierde como una serpiente en el horizonte. Es temprano, lo suficiente como para que el sol empiece a calentar la mañana. 
Los autos y camionetas pasan de vez en cuando, sonorizando el momento. Mi mirada que se cruza, siempre con una sonrisa, con la del conductor de turno, esperando. Algunos la devuelven, otros la ignoran, otros se ríen. Hasta que alguno frena. "Where are you heading?" me preguntan. "To Bulawayo", respondo. 
Tardé solamente cinco horas en llegar, nada mal. Pero Bulawayo no tenía ningún encanto para mí. No había viajado desde tan lejos para visitar ciudades. Era otra cosa lo que quería de Africa. Así que organicé, con otros viajeros, una expedición al Parque Nacional Matobo. 
Cuando uno cruza la entrada de un parque nacional en Africa, percibe ese agradable sentimiento de salvajismo en libertad. 
Ni bien entramos, nos topamos con un rinoceronte y su cría. Estábamos azorados, es muy díficil poder localizar a uno de estos gigantes en su medio natural. Nos quedamos fascinados contemplando semejante bicho, mientras él pastaba indiferente a los molestos turistas. Seguimos. 

Mientras recorríamos el parque, siempre arriba de una 4x4, empezamos a divisar las famosas piedras-que-se-balancean. Son enormes y parecen desafiar las leyes de la gravedad. Es como si alguien las hubiera puesto una sobre otra y dejado así. Da la sensación de que caerán con el más mínimo viento. Pero ahí están desde hace... 
Luego de un alto para descansar y comer algo, el siguiente paso fueron las cuevas. Estas guardan celosamente diferentes pinturas hechas hace muchísimos siglos. Las más viejas tienen 22 mil años y se les atribuyen a la tribu San (bushman: hombre de los arbustos). Los dibujos son muy precarios y se limitan al contorno de algún animal. Los antílopes, un poco más logrados, con unas rayas en su interior, son de hace 16 mil años, mientras que los hombres corriendo datan de tan sólo cinco mil años atrás. 
Después de ver tantas cosas, y como broche de la expedición, cuando estábamos saliendo nos cruzamos con cuatro magníficos rinocerontes negros. Tuvimos que posponer nuestra salida por varios minutos más. 

Parque Nacional Hwange 
Mucho calor. Los animales en los grandes parques se resguardan del sol, debajo de los árboles. Son sabios. Yo no. Espero en la ruta. Pasa un camión a toda velocidad repleto de trabajadores negros y los saludo. Ellos responden, pero la distancia hace que los rasgos se vuelvan anónimos y me quedo sólo con la imagen de sus enormes dientes blancos. 
Esta vez la espera se hace lenta, casi insoportable. Invoco al dios del camino, pero parece que él también está refugiado y hace oídos sordos a mis plegarias. Me tomo la última gota de agua y casi instantáneamente frena una camioneta. Es el turno de Ian, un verborrágico zimbabwense blanco, de incontables kilos. Primera, segunda y otra vez en carrera. Esta vez las paradas son con más frecuencia, pero el combustible es a base de "malta". 
Cuando mi nuevo amigo me dejó en el camping principal del parque, estaban cerrando las puertas y tuvimos que insistir mucho para que me dejaran entrar. 
El primer día lo pasé dando vueltas dentro del campamento. La mañana siguiente tuve que contratar los servicios de un guardaparque (U$D 15) para que me llevara durante tres horas en busca de animales. 
Derek se encargó de que a las 6:15 hs. estuviéramos en la 4x4 recorriendo el parque. A la media hora de salir, frenó la camioneta y señaló en silencio. A lo lejos yo sólo veía un árbol. "Mirá con atención", me dijo. Y entonces se fue dibujando el contorno de un leopardo. Tuve que pedirle los largavistas ya que la distancia era importante. Entonces sí: un espléndido leopardo arriba de un árbol comiéndose un antílope. Una escena digna de un documental. Según Derek, la caza había sucedido pocas horas antes, dado que el animal estaba casi intacto. Al reanudar el viaje vimos jabalíes, zebras, jirafas, ñus, impalas, búfalos y dos descomunales cocodrilos. El contacto con la naturaleza en su más pura expresión lo vale todo. Un segundo ante cualquiera de estos animales es mágico. 
Durante el mediodía me quedé meditando en todo lo que había ganado en esas últimas horas. "Soy un tipo afortunado", pensé. Y a pesar de que no soy de tentar a la suerte, me decidí a probar de nuevo. Me acerqué a Derek que estaba esperando por algún cliente y le dije: "¿Cuál es tu lugar preferido del parque?" y me contó de un pozo de agua por donde cientos de elefantes pasaban al caer la tarde en busca de un baño. 
Cuando llegamos, me sentí un poco desilusionado. En frente de mí, había un pozo de agua no muy grande, que en realidad más que de agua parecía de barro. Nos sentamos y esperamos. Al rato de haber llegado, se escuchó a lo lejos un ruido tremendo. Cada vez más cerca, hasta que se hicieron visibles. Una manada de unos treinta elefantes, comandada por una matriarca, se acercaba al trote. Era toda una estampida, el piso temblaba a su paso. Había elefantes de todos los tamaños. Como venían, se iban tirando al pozo en donde empezaban la diversión y los juegos. 

Se sumergían, se empapaban y tiraban barro en todas direcciones. Uno con otro, con dos, con todos. De vez en cuando uno salía y se nos acercaba, pero sólo por curiosidad. Después de unos quince minutos, se escuchó un estrépito como el anterior, y a lo lejos otra manada se acercó. Los que estaban en el agua, tranquilamente, se levantaron, se organizaron y emprendieron la retirada, tan altivos como habían llegado. 
El nuevo grupo repitió el acto. Así pasaron alrededor de 300 elefantes. Ese momento es uno de los tesoros que guardo en mi corazón. Podría escribir miles de palabras... ninguna alcanzaría. 

Victoria Falls 
Los atardeceres en Africa son únicos e inigualables. El sol toma dimensiones insospechadas y de una manera sensual, con un color naranja-rojizo, desciende erotizando el instante en que la luna lo releva. 
Mañana, el camino me llevará a las cataratas de Victoria, el último punto de mi paso por Zimbabwe. Me dejo invadir por un aire nostálgico por demás injustificado. Me duermo... 
La guía que me prestaron dice que "las mundialmente conocidas cataratas de Victoria tienen casi 2 km. de largo y saltos de hasta 107 m. de alto". Yo diría que son una obra perfecta de la naturaleza. Tienen carácter y personalidad, dos elementos indispensables para sobrevivir en Africa. Pero por sobre todo te dejan sin aliento, boquiabierto. Podés pasar horas contemplándolas. El rugido que produce la caída del agua se te va metiendo en la piel y te da escalofríos. El lugar tiene vida y está abierto para aquellos que lo quieran ver y sentir. Los segundos se transforman en años. Saco algunas fotos y la magia se pierde, ¿cómo reflejar toda esa energía en un papel? 
El pueblo no es gran cosa en sí, pero no importa ya que toda la actividad pasa fuera de él. De hecho las Vic Falls, como se las conoce popularmente, son consideradas Capital Africana de los Deportes Extremos. Me demandó un poco de tiempo y mucho más dinero entender por qué. Aquí se los cuento. 

Rafting
El poderoso río Zambezi, afluente de las cataratas, es considerado el más salvaje del mundo para travesías de un día. El tramo que se recorre en una primera jornada es de 22 km. y atraviesa de 18 a 23 rápidos, según lo empieces en Zimbabwe o en Zambia. Adrenalina garantizada. La dificultad de los rápidos se rankea de uno a seis. El Zambezi tiene rápidos de tres, cuatro, cinco ¡y hasta uno de seis grados! Gente de todo el mundo llega aquí sólo para correrlo, pero también es el lugar de bautismo para muchos (lo de bautismo es literal, ya que todos van al agua en algún momento). 
El día entero de rafting cuesta U$D 95. Claro que hay otras opciones como: un día y una noche, U$D 145; dos días y medio, U$D 270; cinco días, U$D 440; siete días, U$D 630. El primer día se hacen los mejores rápidos mientras que en los trechos que se reservan para los restantes, el río está más calmo y hay oportunidad de ver y sentir la maravillosa flora y fauna locales. 

Bungi Jumping 
Si alguna vez pensaste en volar, vas a tener una buena chance de experimentarlo. 111 m. de alto, sobre el puente que hace de frontera entre Zimbabwe y Zambia, lo convierten en el bungi más alto del mundo. 
Una vez colocados los diferentes arneses y cintas de seguridad, hay que subir a la plataforma. Entonces, la cuenta regresiva y las agudas reflexiones en diferentes idiomas de los que van a saltar cuando contemplan el precipicio: "Dios, ¡¡estoy loco!!" y "Fuck, I'm gonna die!!" son las más comunes. Después viene el salto, ahí es cuando el grito se universaliza: "!!!Aaaaahhhh!!!". Luego, el vacío y la adrenalina que sube a la cabeza y explota. La experiencia es única y lo que cada uno siente en esos segundos es algo que no olvidará por el resto de su vida. Si te ánimas, el "salto de la muerte" cuesta U$D 95. 

Canoeing
Cuando empezó la travesía y nosotros remábamos apaciblemente (van dos personas por canoa) el guía nos contaba de la flora del lugar y pensé: "Por fin un día de tranquilidad". Fue entonces cuando empezó a hablar de la fauna y a nombrar animales como hipopótamos y cocodrilos y de cómo reaccionar si nos topábamos con ellos. "Bueno", pensé, "ésto le pone un toque de color al viaje". No pasaron diez minutos de mis erradas reflexiones, cuando a escasos cuatro metros emergió un descomunal hipopótamo con su gigantesca boca abierta mostrando los colmillos. El guía nos decía: "Remen para el otro lado." A esta altura los bichos se habían multiplicado y el pánico era total. Ni yo ni mi compañera lográbamos sincronizar los remos. Por un segundo creí que la situación no podía ser peor, hasta que escuché que alguien dijo: "Cocodrilos". Me olvidé de todo y le grité en todos los idiomas al guía que nos ayudara. Me sorprendió, muy gratamente por cierto, la habilidad del tipo para sacarnos de ahí. Al final no fue más que un susto y nos contaron que pocas veces ocurrían episodios de esta naturaleza. Si es verdad, ¡es altamente recomendable! Hay excursiones de distinta duración. La de un día cuesta U$D 95. 

Microlighting
Es una forma original de ver las cataratas. Desde arriba. Este ultraliviano puede parecer a simple vista un tanto inestable. Pero no lo es. Si tenés vértigo ni lo pienses; si no, es increíble. El piloto es muy hábil y hace de la vela lo que quiere. La vista es impresionante. 

También se pueden ver grandes animales: elefantes e hipopótamos que parecen puntitos perdidos. El vuelo es corto pero vale la pena. Se hace del lado de Zambia y el precio es de U$D 65 por quince minutos y U$D 100 por treinta minutos.

Si todavía tenés ganas (y plata) de probar otras cosas podés intentar con: trekking por algún parque nacional o bordeando las cataratas, paracaidismo, vuelos en helicóptero y si querés otra cosa no te preocupes, que para cuando llegues algo nuevo van a inventar. 

Es tiempo de volver a casa. De Africa me llevo emociones, sentimientos y experiencias. Ví mucho y al mismo tiempo nada. Me queda una enorme deuda con la gente, esas personas anónimas que le dan calor y alegría al pueblo de Zimbabwe y al mismo tiempo viven al día en una lucha feroz por la supervivencia: contra el hambre, el desempleo, el SIDA, la occidentalización y tantas otras enfermedades y males que aguantan estoicamente.

Por éso, a los que quieran un viaje de sensaciones, Zimbabwe les da la bienvenida. 

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