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Los
ojos en Marruecos
Diez horas
de viaje en autobús y veinte dólares separan a Madrid de
Marruecos. Esa es la distancia a recorrer y ese el precio a pagar para
disfrutar música para camellos saboreando té a la menta entre
alfombras que no vuelan, pero casi.
.
Marruecos
queda más lejos de lo que dice el mapa.
Uno
se imagina que basta con llegar hasta la puntita de España, dejar
el peñón de Gibraltar a la izquierda, a la derecha las olas
surfer de Tarifa y con un salto adentro del ferry, en menos de dos horas
llegar a la punta más occidental del Magreb, el amanecer del Africa.
Pero no. Queda mucho más lejos que eso. La distancia no se puede
medir en kilómetros porque lo que nos separa del mundo árabe
está en la cabeza.
¿Me
servirá la Banelco? No me arriesgo. Mejor cambiar la platita en
España.
Conviene llegar
de día y si se es mujer, que mucho no se note. |
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| Nada
de polleras cortas ni mucho short. Como buen invitado, uno debe adaptarse
a las costumbres del anfitrión y en ese respeto va el disfrute.
En
el borde
Tanger está
en la costa, en el borde. En el borde de algo que uno todavía no
conoce pero al que está entrando.
Los edificios
modernos están viejos y descuidados.
En una plaza
enorme de cemento se adivina, al fondo, una arcada. Basta con cruzarla
para entrar en el zoco y en Marruecos.
El mercado
es una geografía de callecitas angostas donde todos venden algo
y mirar significa comprar. Hasta los colores tienen precio. La consigna
es caminar ligerito por esos laberintos con techo, tratando de que no te
"asalten" desprevenido ofreciéndote las más increíbles
mercaderías que desde luego no querés comprar y comprás.
Eso sí, los marroquíes son tan galantes que volvés
a la ciudad nueva con la mochila llena de babuchas, turbantes y lámparas
de Aladino creyéndote que hiciste "el" negocio.
Mirar y
ser mirado
Es difícil
no sentirse observado. Los cafés suelen tener mesitas afuera, pegadas
contra la pared, con todas las sillas apuntando a la calle. Es como si
el tiempo para estos hombres fuera distinto, más grueso o más
pesado. Pasan horas enteras mientras el té se hace lentamente sobre
la mesa.
Con sus sillones
de cuerina rojos y las sillas de madera de roble donde se pueden probar
masitas de hojaldre, mucha miel, dátiles y frutas secas, en la parte
nueva de la cuidad, está el café de París. Hasta hace
unos pocos años, en ese salón decadente, el músico
y escritor Paul Bowles solía encantarse.
En fin, un
buen modo de esperar la hora de la partida del tren a Marrakesch.
Comercio
sobre rieles
En Marruecos
conviven musulmanes, sunnitas, judíos y bereberes, los hombres azules.
El mejor modo
de recorrerlo es en transporte público. Uno no debe ser demasiado
exigente y confiar en el tren que no se olvida de pasar.
Marrakesch
queda a 12 horas de viaje. El pasaje cuesta un poco más de cinco
dólares en segunda clase. Se podrían abaratar costos viajando
en cuarta pero es poco probable que en la boletería vendan esa clase
a los turistas. Vemos los que nos dejan ver.
Los horarios
son más que flexibles. Sólo los turistas miramos impacientes
cómo la hora de partida parte y el tren no llega. Minutos antes
de que suene la sirena de la locomotora, como por arte de magia, la estación
se llena de gente. Todos llevan bolsos, bolsas y bolsitos. Las mujeres
son siempre las más cargadas. Algunas de ellas se convierten literalmente
en valijas humanas. Unas a otras se abrazan telas sobre telas sobre telas
hasta quedar tan gordas que los brazos quedan paralelos al piso. Caminan
crucificadas entre las ropas. ¿Contrabando? No, "tengo frío",
"es la moda" parecen aceptar los policías que miran sin mirar. |
| Griegos,
españoles, franceses, alemanes y argentinos somos acomodados en
el mismo vagón de madera. Durante una hora se cargan cajas, valijas
y hasta muebles. Todos llevan mercadería de un pueblo a otro. Una
hora después, se larga el viaje. Se escuchan rumores: que a Jalid
lo encontraron tomando cerveza en el tercer vagón y como dice el
Corán que el alcohol está prohibido, es bajado en la primera
estación; que a Fátima, la crucificada en tela, le encontraron
droga entre el lamé y el terciopelo; que la almohada de un francés
se transformó en bolsas llenas de hashish. El viaje es un eterno
descenso y ascenso de pasajeros.
Cada media
hora hay un sobresalto. Unos que desaparecen y vuelven a aparecer sentados
al lado nuestro tres horas después. Otros que se peleaban con el
policía a las dos de la mañana y a las cinco están
tomando el té con el oficial. Todo es una gran parodia y nosotros,
los turistas, somos el coro griego que mantiene largos diálogos
gestuales con los locales. |
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Amanece
en Marrakesch y el tren hace un silencio respetuoso para dejar lugar al
sonido del muecín, la voz que llama a la oración desde los
minaretes de las mezquitas. Los musulmanes le deben cinco rezos diarios
a Mahoma con la cabeza apuntando a la Meca.
La ciudad
se despierta y uno duda de la realidad y de los sentidos. ¿Es posible
que ese señor de casaca y pantalón de raso rojo y cascabeles
en el sombrero esté ofreciendo agua y cobre 2 dirham el vaso? ¿Y
que en ese grupo de la izquierda alguien esté encantando serpientes,
turistas y marroquíes? ¿O que ese señor en cuclillas
vestido como oficinista años '70 sea un escribiente y que 10 personas
hagan fila para que quede en papel el trámite para pedir trabajo,
el contrato de alquiler o una carta de amor?
No alcanzan
los ojos, la nariz ni la cámara de fotos para guardar en algún
archivo concreto de la memoria todo lo que está pasando en un solo
instante en la plaza Djama El F'na, en el centro de Marrakesch.
¡Que
traigan los camellos!, pide un alemán en voz baja. Deseo concedido.
Un vaquero árabe descansa su brazo sobre la joroba de su "coche".
Y como no
es un sueño, ni somos un ovejero alemán, todo pasa en colores.
La
mayoría de las mujeres lleva los brazos y las piernas cubiertos
y muchas se tapan la cara con un velo. Las más atentas a las palabras
del Profeta, sólo dejan ver un ojo de la cara. El ojo derecho para
salir a la calle y mirar mundo, y el izquierdo para el marido.
Ellas caminan
algunos metros atrás de sus hombres.
Ellos, adelante
con la hermosa y estética costumbre de ir entre varones de la mano,
sin mezquinar cariños y mimos entre amigos. Es distinto y está
bueno.
Conseguir un
hotel cómodo y barato no es difícil. Todas las calles laterales
a la plaza están llenas de hoteles que vivieron su esplendor en
los '50, cuando el país era un protectorado francés.
Té
verde sobre alfombras rojas
En el viaje
en tren, los occidentales nos hicimos los mejores amigos. Casi como una
forma de reaseguro porque iba a ser difícil contar todo esto allá
en casa. De algún modo, todos éramos cómplices. Nos
acercamos a un grupo de gente y preguntamos dónde podíamos
tomar un buen té de menta. "En mi casa", dijo Muhammed y no nos
dio la mano. No quería ensuciarnos, nos dijo. Lo seguimos 100 metros,
200, 500.
En
su casa, nos acomodamos entre alfombras. El agua para el té ya estaba
hirviendo, como esperándonos. Nadie se animaba a hablar. Ni él
ni nosotros. Sólo se escuchaba el ruido del té que pasaba
de la tetera a los vasos, y vuelta a la tetera y vuelta a los vasos. Muhammed
nunca salió de Marruecos. Nos pregunta cómo es todo allá
afuera y son tantos "afuera" distintos que nos quedamos callados. El nos
dice que con su antena parabólica ve la televisión alemana:
"Hay guerra en Kosovo, en Chechenia, aquí al lado en Argelia. En
Marruecos hay poco trabajo y mucha miseria pero cada noche, cuando apoyo
la cabeza en la almohada, pienso que por lo menos aquí no hay guerra.
Con eso nos contentamos". El té verde ya está hecho. Se toma
muy dulce y no se usan cucharas. Tanto tránsito entre la tetera
y los vasos terminó mezclando el azúcar. Muhammed nos pone
una hoja de menta a cada uno. Perfecto.
Con
el calor inestable del té en el estómago, nos despedimos
de Muhammed. Ya nos volveremos a cruzar, nos asegura. Quizás en
Marruecos exista una ley de la casualidad o a lo mejor, simplemente ese
falta de concentración en el futuro más inmediato permite
que florezcan toda clase ritmos misteriosos, cuya posesión, nosotros,
ya la hemos perdido.
Todavía
no es el mediodía, hace menos de 24 horas que estamos en Marruecos.
Caminamos despacio y atentos. Qué difícil es olvidar a alguien
al que apenas conocés.
A dos días
de viaje está el desierto, que se promete inmenso, naranja e inolvidable. |
Info:
¿Cómo
llegar?
Marruecos
está muy conectado por aire con Europa, Africa y Medio Oriente.
El medio de transporte más conveniente para viajar dentro del país
es el tren.
¿Cuándo
ir?
La estación
húmeda es entre noviembre y abril. Salvo en el cordón montañoso
del Rif y en los Atlas, las temperaturas pueden ser extremas en invierno.
En el verano,
las temperaturas son cálidas pero agradables. Julio y agosto pueden
ser demasiado calurosos, sobretodo, en el desierto.
Recomendaciones
Probar la
comida típica: cous-cous, una sémola muy fina, que se acompaña
usualmente con vegetales y cordero. |
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