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Turismo - Africa
Egipto, faraónica historia 
Cuando uno observa un mapa arqueológico del antiguo Egipto, queda estupefacto. 
Los yacimientos de la civilización que floreció 5.000 años atrás están tan abundantemente 
diseminados por todo el Valle del Nilo que la romántica ilusión de conocerlos a todos se desvanece enseguida.
.
Alejandría y El Cairo
Mi travesía por Egipto se inició por un lugar no demasiado "normal", si es que en el Oriente existe algo normal para nuestros ojos. En efecto, entré al país por carretera, desde la embargada y bloqueada vecina del oeste, esa tierra casi paria del mundo globalizado llamada Libia, hasta Alejandría. No había elegido la mejor época para visitar estos lugares, ya a comienzos del verano. Pero, ¿acaso los viajeros en serio no debemos enfrentarnos a todo tipo de adversidades en nuestro permanente éxodo de trotamundos? 
Alejandría se me presentó sucia, muy contaminada, muy caótica y, algo que no aguantaba, demasiado húmeda para mi gusto. Toda la ropa se me pegoteaba en el cuerpo en ese sauna-bus en el que había llegado. 

No lo pensé demasiado. Aún recordando su célebre biblioteca y sus tesoros, seguí directamente hacia la capital, El Cairo. Y cuando caía el sol de la tarde y las mezquitas tornaban en bulliciosas todas las conversaciones por los permanentes cantos y plegarias, mis ojos veían por primera vez esa cinta de agua tan legendaria como mística que atraviesa la ciudad: el río Nilo. 

A poco de llegar, descubrí que no estaba sino en un país sobrepoblado y en una ciudad atestada. Tal vez doce o quince millones de personas viven en El Cairo, en condiciones más que paupérrimas. Condiciones más que típicas del Tercer Mundo, pero yo me había acostumbrado a la soledad y la paz del desierto y de Libia, un país habitado por apenas unos pocos millones de seres humanos. 

Mi inquietud, -como la de cualquiera que llega al país de esos monumentos que vimos desde que tenemos memoria, esas magnánimas maravillas del mundo llamadas pirámides- era pues, toparme lo más pronto posible con ellas. 

Entonces, habiendo tomado ya el pulso de la ciudad, decidí llegar hasta allá. 
-¿Querés ir en una excursión que sale de aquí a la mañana temprano?, me preguntó insistente un joven que atendía a los recién llegados en la oficina de informes. 
-No, shukran (gracias), prefiero llegar por mi cuenta. 
Realmente no fue difícil llegar, y menos aún distinguirlas. Parafraseando a Napoleón, al bajar del bus me topé con 5.000 años de historia contemplándome. 

Las pirámides desde fuera 
A pesar de la cantidad de turistas de todas partes del mundo, de los puestos de souvenirs y de los rebuscados métodos egipcios para venderles cualquier cosa a los viajeros, a pesar de los infaltables japoneses en bandadas fotografiándose y riendo a su incomprensible modo, a pesar del calor que cocinaba todo como si estuviéramos puestos en una sartén gigante... a pesar de todo eso, las pirámides son grandiosas. 

Las famosas pirámides fueron construidas como monumentos funerarios. Keops es la más grande e impresionante, con 100 metros de lado y 146 de altura. Se mantuvo durante miles de años como la más elevada construcción jamás hecha por el hombre. Recién en el siglo XIX fue sobrepasada, pero seguramente no se volverá a repetir en la historia que un monumento se mantenga durante 4.500 años como el más alto del mundo... 

Mi arqueólogo-guía me contó que "en aquella época de esplendor, Egipto alcanzaba la cima de su desarrollo, su mayor apogeo. Bastó con que un faraón iniciara la construcción de necrópolis en formas de pirámides -las escalonadas, entre las cuales sobresale la de Saqqara- para que la construcción de pirámides se pusiera de moda, casi como una obsesión. Pronto este tipo de arquitectura hizo furor". 

Los faraones -a quienes el pueblo consideraba dioses vivientes- querían levantar monumentos que demostraran su poder y su gloria. En un período relativamente corto, se erigieron cientos o tal vez miles de monumentos de este tipo, desparramados por todo el país. 

Las pirámides por dentro 
Le pregunté a Ibrahim si había más pirámides en las cercanías. 
-Sí, aquí mismo podés ver esas otras más pequeñas, dijo mientras me señalaba hacia lo lejos. 
-¿Podríamos entrar a alguna?, pregunté mientras leía un cartel en inglés que prohibía el ascenso por las milenarias piedras hacia la cima. 
-Sí, vamos a entrar a una. Hay que pagar el ticket y debés tener cuidado de no golpearte la cabeza con los bloques, porque el pasadizo es demasiado pequeño y bajo. 

Efectivamente era así. Una rampa de madera ayuda a los visitantes a descender al interior de una de las innumerables cámaras que hay dentro de la aparentemente monolítica construcción. 

La iluminación eléctrica fue el único estandarte de modernidad que pude observar. Ingresaba en el mismísimo túnel del tiempo. 
Una habitación cuyo techo parece a dos aguas y decorada en su totalidad por los indescifrables jeroglíficos me transportaron al más allá. Y ni qué decir de ese sarcófago de granito en el cual ingresé subrepticiamente, aún recordando las leyendas sobre maleficios para todos los que osaran atreverse en sus entrañas. 

La Gran Esfinge 
De vuelta bajo los rayos del sol calcinante, caminé unos trescientos metros para toparme con otro monumento aún misterioso: la Gran Esfinge, ese cuerpo de 70 metros de largo que representa un león con cabeza humana. Según algunos, su antigüedad sería muy superior a la de las pirámides mismas. 

Ibrahim me comentó que según recientes estudios, las capas horizontales que se ven en la base de la Esfinge han sido producidas por la erosión del agua. 
-Del agua, ¿en este lugar?, pregunté incrédulo. 
-Sí, porque hace 10.000 años este desierto no existía. En ese entonces, las lluvias eran abundantes y algunos opinan que la Gran Esfinge data de aquella época. 

Ibrahim confirmaba lo que alguna vez estudié: durante el Cuaternario, cuando todo el planeta se enfrió y los hielos cubrieron gran parte de las tierras emergidas, el Sahara poseía un clima templado y lluvioso, como el que hoy caracteriza a Europa. 

¿Extraterrestres? 
Buscando nuevamente corroborar los conocimientos de Ibrahim, pregunté con aire inocente: 
-¿Qué hay de la participación extraterrestre en todo esto? 
-Nada, respondió ofuscado. Fuimos nosotros, los egipcios, quienes levantamos todas estas maravillas. Mis antepasados traían las piedras desde las canteras ubicadas en Nubia, distante unos 800 kilómetros hacia el sur, en lo que hoy es Sudán. Se cargaban en barcazas los gigantescos bloques de hasta dos mil kilos de peso, y llegaban hasta este lugar arrastrados por la corriente misma del Nilo, es decir río abajo. Así, sólo para levantar la Gran Pirámide de Keops se emplearon más de dos millones de bloques. 
-¿Y no podrían ser observatorios para naves extraterrestres?, insistí. 
-Absolutamente no. Las caras de la pirámide se orientan en dirección a los cuatro puntos cardinales. Para mis antepasados, el faraón era considerado como la representación de los dioses, y cuando moría era muy importante que alcanzara la eternidad. Entonces todas sus pertenencias se colocaban en la tumba, para ayudarlo en la otra vida. Las pirámides fueron hechas como tumbas, complicadas tumbas que buscaban desconcertar a los ladrones, de allí tanta cantidad de fábulas que se tejieron desde siempre. 

Ayer y hoy 
-Me parece que los humanos de esa época eran más sabios que nosotros, dije a Ibrahim. 
-¿Por qué?, me preguntó curioso. 
-Porque al menos ellos acumulaban riquezas porque creían en el más allá. Ahora, destruimos el planeta, arruinamos la naturaleza, explotamos a nuestros propios hermanos y cometemos todo tipo de calamidades por la mera ambición de poseer bienes materiales. Con la diferencia de que, al morir, no sólo que no nos llevamos nada, sino que los que quedan a nuestro alrededor terminan peleándose como buitres por los pocos bártulos que heredarán. Y siempre pasa lo mismo. Y encima no creemos en nada, concluí. 

-Tenés razón, me dijo Ibrahim, aunque no comparto con vos una cosa. 
-¿Cuál, my friend?", pregunté con el latiguillo de los vendedores ya incorporado. 

E Ibrahim, con mucha paz y tranquilidad, y sus túnicas rotosas desparramándose con el viento, me respondió: 
-Que nosotros creemos, y creemos que Allah es el más grande. 

Info

¿Cómo llegar?
No hay enlaces directos con Argentina. Se puede llegar desde Europa o desde Tel Aviv-Haifa, en Israel. 

¿Cuándo ir?
Evitar los meses de máximo calor -de mayo a octubre-, cuando las temperaturas son insoportables. 

Imperdibles
El Cairo antiguo y por supuesto Gizah -pirámides-. 

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