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Alabado
sea New York
Toneladas
de cemento armado, miles de ventanas, cientos de artistas en escena.
Inmigrantes
nuevos y usados de países con más consonantes que vocales.
Fui a NYC.
La vi. Me
vio y el diablo me llevó en taxi.
HABLANDO
EN LENGUAS
El
viento ayudó a sacar un poco el humo de la pieza. Una corriente
fría entraba por la ventana apenas entornada, se me volaba el pelo.
La charla era ya en un loop interminable de voces en un inglés extranjero
que se mezclaba con el sonido de un lavarropas arrancando, parando y volviendo
a arrancar en el sótano de la Asociación Cristiana de Jóvenes
en pleno Manhattan. Hacía frío y decidimos que en vez de
hacer entrar al invierno por la ventana, iríamos a buscarlo en la
calle. Claro, era New York City.
En la 72 y
la 10 nevaba. Creo. Sí. ¿Por qué quedan tan bien los
números para las calles de NYC y tan faltas de imaginación
si delimitan La Plata? |
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| Será
porque la numeración suena redundante para una ciudad geométrica,
racional y planificada y se hace necesaria para situar las coordenadas
de esta especie de útero del Progreso y la Modernidad.
Subimos a un
taxi rumbo a Brooklyn. De nuevo una ventana indiscreta invitaba al frío
a sentarse con nosotros. Esta vez los pelos que se arremolinaban eran los
del taxista. Tenía el hombro izquierdo apoyado en la puerta y con
ese brazo manejaba el volante. La mano derecha descansaba apoyada en la
palanca de cambios. Con el dedo pulgar hacía girar un anillo enorme
que llevaba en el índice. Era plateado y con grandes letras moldeadas
que repetían sus iniciales. Luther Cirilo Fherdanian, según
se leía en su licencia. Sus ojos nos miraban encuadrados desde el
espejo retrovisor y los nuestros miraban todo.
Detrás
de la vidriera de un gimnasio, donde unos cuerpos transpirados por el step
sólo paraban para tomar agua de unas botellitas de plástico,
imaginamos que sonaban canciones de Madonna. Tengo que empezar pileta,
pensé. En un supermercado dos mujeres discutían con sus hombres
entre góndolas de jugos y cereales. Un bebé subido a un changuito
lloraba entre las verduras. Pasillos repletos de madres entre papás
y nenes corriendo entre los lácteos. El MOMA anunciaba su colección
permanente y una muestra sobre la Vida Moderna. De una escuela primaria
salían chicos de todos los colores.
Paramos en
un semáforo en pleno Soho y la imagen de nuestro taxi amarillo se
vio reflejada en la marquesina de la librería Riboli, donde la gente
hacía cola en la vereda porque en minutos más Stephen King
firmaría ejemplares de su último libro. Atravesamos el puente
de Brooklyn dejando atrás un Manhattan homenajeado hasta el cansancio
por el cine. Teníamos que vivir nuestra película.
Unos monoblocks
para la clase trabajadora se iban volviendo nítidos. Lynn, la australiana
sentada a mi lado, es tan blanca como la protagonista de esa película
en la que una estudiante visita el barrio negro para estudiar las leyendas
urbanas. Una en que el diablo se transforma en tu imagen en el espejo.
-Puede ser
verdad -dijo Luther-. Habría que animarse.
Con la mano
derecha abrió la guantera y sacó un paquete de tabaco. Enseguida
tuvo un cigarrillo colgando de sus labios... y hasta el día de hoy
no sé de dónde sacó el fuego. Lo único que
veíamos era la figura de él recortada en el parabrisas. Allá
se alargaba Flushing Avenue.
-Hay que esperar
que llegue la medianoche con un vaso de vino rojo y tres velas encendidas
-siguió diciendo-. Invocarlo por su nombre secreto cinco veces y
entonces se van a enterar qué cara tiene el Incubo.
Y
una línea de ojos nos miraba por el retrovisor. Qué ves,
qué ves, qué ves, repetíamos nosotras tratando de
imaginar cómo sería el resto de la cara del hijo de Lucifer
y una mujer. Y sin llegar a destino, el taxi se detuvo de repente.
-Hasta acá
-dijo.
El relojito
marcaba la tarifa en dólares.
-Decinos quién
te aparece, si igual no te vamos a ver nunca más. -Cómo sabes
que no me vas a ver nunca más: hace lo del espejo-, sentenció.
Pagamos con 7 dólares y le dejamos el vuelto de 34 centavos.
ASÍ
EN LA TIERRA COMO EN EL CIELO
Un sentimiento
compartido en silencio nos invadió mientras hacíamos pie
en la vereda. Levantamos la cabeza en 90 grados y una gran sinagoga nos
partió la mirada a la mitad. Sin dudarlo, entramos.
Estábamos
en el barrio ortodoxo judío de la Comunidad Jasídica Lubavitch.
Esta vez fueron
otros ojos, los de los observantes religiosos, los que no vieron con simpatía
nuestros jeans en un lugar tan casto, y salimos al barrio. La Comunidad
Lubavitch se estableció en Brooklyn, específicamente en Crown
Heights, a mitad de la Segunda Guerra. |
S on
observantes religiosos en la ciudad más observada del mundo. Las
damas usan faldas largas hasta arriba de los tobillos, atienden los negocios
de comida kosher con los brazos cubiertos por medias de lanas y pelucas
sin crema de enjuague en la cabeza. Los hombres visten de negro con camisas
pulcramente blancas y la cabeza cubierta por sombreros al tono de sus trajes.
Los chicos son chicos americanos imbuidos de merchandising religioso. En
los drugstore venden figuritas con personajes bíblicos y la que
siempre falta para completar el álbum de los rabinos -la fichu difícil-
es la del Rabbi Menachem Mendel Schneerson, que murió en 1994 sin
dejar descendencia ni haber abierto la boca para nombrar un sucesor. Por
ese motivo, los más ansiosos en la llegada del Mesías vieron
en él a un firme candidato a ocupar ese puesto. |
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RELIGIÓN
VERSUS NATURALEZA
Dicen que
cuando el centro se queda sin nada para decir, busca en los costados. Eso
está pasando en Williamsburg, el lugar más trendy y moderno
de Nueva York, o deberíamos decir del mundo. Escapando de alquileres
astronómicos y de la falta de espacio, en los 90 los intelectuales
se mudaron al conurbano neoyorquino
de Brooklyn. Cualquier puerta es una galería de arte, un sello de
discos independientes, una productora de cine alternativo, un pequeño
restaurante personal con especialidades de Uzbekistan o de platos chaqueños.
Sí, del Chaco, en el bar de Betty, dos cubanos mienten los secretos
de la danza del 2 x 4 a pura empanada. Los orientales de Tokio siguen estando
en alza, sobretodo si se casan con varones americanos en sus 30 con ínfulas
de artista. Hay un cine al aire libre, que como entrada receta obligatoriamente
una película de algún director del barrio y otra aún
no descubierta por los Robert Redford en el Sundance Festival de todo Estados
Unidos.
Las mejores
fiestas se bailan en los parquets reciclados de las que fueron las casas
de las familias patricias de Nueva York de los años 20. Los mejores
tragos se sirven en aquella olvidada fábrica de azúcar de
la familia Vanderbilt. A pocos metros de ahí, a mediados del siglo
XIX, se editó El origen de las especies de Charles Darwin, el hombre
que dio la vuelta para demostrar que la religión es cosa de incautos.
Williamsburg
no deja de ser un barrio donde una vieja polaca soporta con audacia la
música drum N´Base. Un hip hop duplicado en la que los bmp,
los bits por minuto, se convierten en golpes de música que se aceleran
hasta Cracovia.
Es el futuro
hecho presente. Los yeties que se animan a acercarse vuelven los lunes
a su trabajo "dot com" y mientras degustan de parados un café descafeinado
le relatan a su compañero de cubículo que "el fin de semana
estuve allí".
ESTADOS
ALTERADOS
Allá
enfrente está esa zona de la isla de Manhattan. Entre la 80 y la
61 East está el 10021: el código postal más caro del
mundo.
En busca de
un conjuro religioso me fui al templo del dios pagano: el Madison Square
Garden. Pleno Play Off: los New York Knicks contra los Los Angeles Lakers.
A 10 minutos
de empezado el partido, las entradas bajan a niveles humanos y accesibles.
Adentro del estadio se produce una ceremonia religiosa. La gran hostia
naranja vuela de mano en mano haciendo canasta. Los jugadores en vez de
multiplicar peces desafían leyes de la física y si no caminan
sobre las aguas es porque lo hacen sobre el aire.
Pitada
de entretiempo: los santos de ébano en musculosa dejan paso a dos
equipos de paralíticos. La actitud políticamente correcta
no puede ser tan agobiante. Cada americano suda como deportista olímpico
tratando de poner su cara más correcta y sus aplausos más
firmes ante cada intento de los jugadores con habilidades diferentes que,
para ser sinceros, no pueden embocar una pelota en el aro. La rueda de
una silla de ruedas gira en falso en el aire cada vez que un gladiador
cae vencido. Carteles luminosos recuerdan al estimado público que
hay que alentar a los muchachos.
Una explosión
de suspiros fundamentalistas religiosos se despega de las gargantas cuando
el juego de los "disca" ha terminado. Llegó el momento del afortunado.
Sorteo. Cada uno con su entrada en la mano espera ser llamado por el anunciador
al que le han bajado un micrófono de la araña en el centro
del Madison. Uno sólo es el elegido. Un muchacho rechoncho y colorado
de tanto ketchup tiene la oportunidad de ganarse 10 mil dólares
si su balón entra en el aro antes del tercer intento. |
| Podría
ser cualquiera de nosotros pero es él. Primer intento desde el centro
de la pista y nada. En el segundo se da vuelta su gorrita de béisbol
y la pelota pega en el tablero y rueda muerta. Alguien de la tribuna le
tira un gorro coya, se lo calza entre sus rulos y la emboca. ¡¡Es
tan cool ser latino!!
Comimos hamburguesas
y tomamos Coca Cola. El Servicio ha terminado. Ya hemos pagado la entrada,
la limosna está cubierta. Salgo caminando rumbo al Central Park.
Me tiro en el pasto, en los Strawbery Fields buscando un poco de Paz y
Amor pero no me creo. John estará dormido. Apoyo mi cabeza en el
verde oscuro. La estatua de la Libertad se refleja en las ventanas del
Edificio Dakota. La luna llena la envuelve como un aura.
¿Por
qué hay algo en su mirada que me aterra de a ratitos? |
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