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Bedford Avenue, la cultura cool 
a minutos de la vorágine 
En Brooklyn está surgiendo un nuevo circuito, que es lo más seguro y más interesante de la 
Gran Manzana. Un barrio común, con vecinos multirraciales y artistas independientes, 
donde el leit motiv es el reciclaje de lujo.
El paisaje se escapa de cualquier película sobre Nueva York: 
bombas de agua en las esquinas, jeroglíficos en idioma hip hop sobre las paredes. Algún homeless por aquí, otro por allá. Lo primordial es acabar con el mito de que salir de noche por Nueva York es lo mismo que caminar por Fuerte Apache cuando oscurece. Desde hace algunos años, con la aparición de la política de tolerancia cero, la ciudad dejó de ser peligrosa, al menos para los turistas. Eso no quiere decir que sea aconsejable bajarse del metro en el Bronx o atravesar el Central Park, después de la medianoche. 
Sin embargo, en Brooklyn hay un nuevo epicentro que es lo más seguro de la Gran Manzana: un barrio común, con vecinos multirraciales, con el germen de la modernidad reconquistando bastiones desiertos y edificios derruidos. Allí está surgiendo un nuevo circuito, que puede ser como un oasis entre toda la parafernalia de la Gran Manzana. Bienvenidos a Bedford Avenue. 

LOS COLONIZADORES DEL ARTE
Un truco para situarse entre los tres puentes que cruzan hacia Manhattan: hay que pensar en BMW, la marca de autos alemanes: Brooklyn, Manhattan y Williamsburg. Entre estos dos últimos se encuentra la zona de influencia de Bedford Avenue que le cambió la cara, y el espíritu, a Brooklyn. El ecosistema del barrio empezó a mutar de manera interesante... En poco tiempo, sus enormes edificios abandonados comenzaron a colmarse de pintores, escultores, diseñadores, poetas, escritores, cocineros y artistas independientes que no pueden con los altísimos alquileres de Manhattan. Ni con su vorágine. 

Ellos extendieron los límites de lo interesante. Las calles de Manhattan dejaron de ser lo único para ver en Nueva York. O también habilitaron una opción diferente para cuando uno se cansa del ritmo alocado de la ciudad. Conquistaron esa región y la convirtieron en una suerte de San Telmo y el neo Palermo, pero versión original. Su leit motiv: el reciclaje de lujo. Recogen en las calles todo lo necesario para amueblar una casa gratis (incluso equiparla con lavarropas, heladeras y televisores, que la gente tira cuando compra un modelo más nuevo), y convierten los desperdicios en materiales para sus esculturas, marcos para sus pinturas, escenarios sorprendentes para sus fotografías. Un censo informal reciente reveló que Brooklyn era el distrito con más artistas por metro cuadrado de Estados Unidos. En cierta forma, se ha transformado en una especie de puerta trasera para aquellos que quieren chequear lo que ocurre en ese infierno de tendencias que es Manhattan. 

LAS FRONTERAS DE BEDFORD
Salta a la vista. Está en el aire. La región cultural de Bedford está bien delimitada: al norte, termina donde empieza el barrio polaco (más o menos llegando a North 13 Street); al sur, donde la presencia boricua (el otro nombre de la comunidad puertorriqueña) se hace fuerte, justo donde arranca el puente de Williamsburg, que atraviesa el East River. El ecuador viene a ser la línea L del metro (en los mapitas, es de color gris). Este subte atraviesa Manhattan por la 14 Street (tiene una parada clave en Union Square, donde hay un parque habitado por ardillas), y llega a Brooklyn a la altura de North 7 Street. Por la noche, la vista de Manhattan desde la orilla brooklynera es enmudecedora. Es cuestión de encontrar los recovecos adecuados entre las factorías, y, bueno, tolerar un poquito el olor. Se recomienda el que se encuentra en Grand Street y la costa. Grand Street funciona como línea divisoria entre las calles que están al norte y las que están al sur. 

EL ARCA DE NOÉ
La avenida Bedford es un río revuelto de cultura y novedades. Pequeñas galerías de arte, cafés y restaurantes de primera, conviven pacíficamente con los comederos puertorriqueños, con los almacenes polacos o con los fast foods mexicanos o dominicanos. Lo innovador no pisotea las tradiciones de los inmigrantes que se quedaron al margen de Manhattan, allí donde sólo pudieron hacer pie los chinos y los italianos. Los artistas son bien recibidos, pero no pasa lo mismo con los brokers (agentes de bolsa) que pueden leer a su paso carteles de "Yuppies go home". 

Ahí caminan los caribeños, con sus cuellos relucientes de oro, sus grabadores a tope, inundando de salsa la calle. Su especialidad es la venta de heladeras de segunda mano (saben dónde las consiguen, ¿no?) y también las peluquerías, verdaderas barberías donde practican sus cortes a la media americana, con patillas de un centímetro de ancho que se unen con la barbita. 

En South 4 Street y Bedford, hay un comedero boricua imperdible, es el más representativo. Una película 3D, y con "olorama". Leyendas en castellano, alguna virgen, algún santo. Algún campeón mundial de boxeo. Salsa a pleno en la fonola, siempre y cuando no estén pasando Muñeca Brava en la TV; exacto, la uruguaya argentinizada Natalia Oreiro es el deleite de los puertorriqueños. 

Los mexicanos, con sus bigotes finitos y sus musculosas, trabajan mucho más en la gastronomía. Las chicas son pulposas camareras escapadas de una tira de Verónica Castro, igual que las dominicanas, maestras a la hora de mostrarse voluptuosas. Estos latinos suelen atender coloridos comederos con mesas fijas, barras con butacas y televisores color en miniatura. Sin duda, una opción interesante, que deberá ser estudiada con cuidado por los estómagos delicados. Burritos, tacos, enchiladas, sopas de quesilla. El más recomendable es el Aztec Restaurant, en el 280 Bedford, entre Grand y North 1st. 

PÍNTALO DE NEGRO, BLANCO, ROJO...
Los ojos pueden empalagarse con los graffitis, esos carteles de las gangs (pandillas), en especial las de afroamericanos y puertorriqueños. Aunque todos son muy pacíficos. Las series de TV y las películas también tienen su homenaje en retro: premiaban los cartelitos de los aliens, los platos voladores. Las imágenes de Mars Attack (aquellas figuritas de los ´50, que fueron recordadas por Tim Burton en una película sobre marcianos). También se rescata a personajes tan dispares como el Señor Spock, de Viaje a las Estrellas, a Andre The Giant (uno de los luchadores de catch más grandes, en el sentido físico de la palabra), a los monos de El Planeta de los Simios, los Dukes de Hazzard y continúa desde hace un tiempo el revival de los jueguitos de video como el Space Invaders, la ranita del Frogger, y toda la vieja serie de games de Atari. Hay que animarse, elegir los más raros y disparar unas cuantas fotos. El recuerdo de la verdadera cara de Brooklyn será inolvidable. 

INVITAN LAS PAREDES
Es muy interesante ver los afiches que alertan sobre DJ´s o raves en escala. Brooklyn tiene una muy buena movida nocturna, aunque el éxtasis bailable, erótico, cultural y de máxima extravagancia se encuentra en Manhattan. Si esto es lo que se busca, desbordan las publicaciones (Time Out, algo así como la Biblia del tiempo libre y las actividades, el Voice, que es un periódico completo dedicado a la diversión de todos los sabores). 

El mejor: Flyer NYC, que además es gratis. Pero no hay que dejar de mirar las paredes o de recoger los flyers y chequear fechas: nunca se sabe, algún músico de primera puede estar tocando esta noche en un bar cercano, o en el MacCarren Park (Bedford y North 7 Street) donde suelen hacerse recitales. 

EL BAR DE LA CALLE BEDFORD
La movida de Brooklyn sirve para evitar el panic attack. Es cool. Acá no hay five o'clock tea, pero a partir de las siete de la tarde, los bares comienzan a poblarse. La comunidad del barrio y los "extranjeros" que llegan desde Manhattan arman una bulliciosa parranda. Hay sitios hermosos como el Yabby Café, en el 280 de Bedford, ubicado en una esquina; se reconoce fácilmente por su entrada a un parque cerrado, llamado front patio y decorado con mesas de fórmica, estilo jardín de la abuela. Todas las sillas y silloncetes fueron recuperados de la calle. El Yabby da una idea de tarde confortable y "desestressante", de patio interior con amigos, donde se pueden compartir cervezas importadas y sopas frías, otro ítem de moda en Brooklyn. Hay una mesa de pool, cinco o seis camareras infiltradas conversando amigablemente con la clientela. 

En North 4th Street se encuentra una librería superior: Downers, una vieja farmacia reciclada, donde se sirve té y café mientras es posible recorrer sus estanterías cargadas de verdaderas rarezas y muchas producciones de escritores locales. Cruzando en diagonal, está el Verb Café: quizás el más confortable, con un sillón donde pueden nacer amistades internacionales. Los capuchinos, los tés (de distintos sabores), vienen en increíbles copas altas. El equilibrio de los sabores es emocionante. 

Para el final, queda el L Café (189 Bedford), que lleva su nombre en honor a la línea de metro que desembarca en el barrio. Cálido, agradable, divertido, reúne todos los tenedores. Se come bien y abundante, la música que suena es la mejor y los camareros parecen venir de atender a algún noble europeo. La cocina maneja las variantes latina, mejicana, francesa con un acento personal. Y eso no es todo amigos; caminando por el pasillo del L Café se sale a... ¡un patio!, un árbol, guirnaldas de luces blancas, más mesitas. Definitivamente, los espacios al aire libre se llevan muy bien con la comida y la bebida. 

LA ESENCIA DE BEDFORD
Antes de abandonar Brooklyn, es obligatorio dar una vuelta por 4 ½ Proyects, una galería ubicada en North 5 Street y Bedford. Allí se encuentra el Verb Café, del que hablábamos antes. 4 ½ es un colectivo de negocios de chucherías modernas, locales de arte y proyecciones. También hay una librería increíble con estantes cargados de rarezas y ediciones independientes. En 4 ½ hay muchas fiestas, cada localcito realiza eventos especiales: sesiones de DJ´s en vivo, muestras fotográficas o simples reuniones very lounge. Y cada tanto tocan bandas de reggae o funk. Imaginen 60 ó 70 personas bailando en el hall de un shopping a escala... Ver gente mezclada bailando por una intención en común, en el lugar indicado, puede resumir perfectamente el espíritu de esta zona innovadora de la gran ciudad. 

INFO:

¿CÓMO LLEGAR?
Desde el aeropuerto John Fitzgerald Kennedy (donde hay que aprovechar para proveerse de mapas), tomar el shuttle bus (gratis) al metro. Lo ideal es comprar un pase para toda la semana, es barato y práctico. El bus te deja en la línea A (color azul) y hay que tomarlo en dirección a Manhattan, contar nueve estaciones hasta Broadway East New York y combinar con la línea L (gris) y viajar en el primer vagón. Bajar en Bedford. 
Desde Manhattan: cruzar Williamsburg Bridge, caminando o con las líneas de metro J, M, Z, que hay que tomar en Delancey St. y bajar en la estación elevada de Marcy Avenue, en pleno barrio puertorriqueño. Con la línea L, hay que bajar directamente en la estación de Bedford. 

¿CUÁNDO IR?
Si la intención es aprovechar el calor, los primeros días de junio son ideales con 25°/30°. Es requisito obligatorio usar las zapatillas más cómodas que tengas. 
Si buscás nieve, es recomendable viajar en octubre, con la posibilidad de festejar Halloween a lo grande. 

IMPERDIBLES
Aunque en el circuito Bedford todo es una rareza, es destacable Galápagos, ubicado un poco alejado del centro de la movida. En el 70 de North 6th Street, entre Wythe y Kent Avenues, hay un espacio para performances y distintas expresiones artísticas. Sin pretensiones, con muy buen gusto, es posible ver desde proyecciones de cine, Dj´s en vivo, danza, ciclos de video digital y teatro. La ambientación es por lo menos inquietante. Lo único que se puede decir es que miren bien donde pisan...  

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