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Luciana Salazar


Nueva Orleans, La hija más intensa del Mississippi 

Cómo hacer para describir esas ráfagas de música que te sorprenden en cada esquina o a cada paso? ¿O ese rompecabezas de colores y artistas callejeros, tratando de ganarse la vida y de alegrar la de todos? El antiguo barrio que fuera el núcleo de la ciudad asombra a simple vista por la diversidad de su gente, por la arquitectura original de sus casas de tres pisos, con balcones de herrería ahogados de tropical verde intenso, por los pasteles de sus paredes antiguas, por los olores fuertes de sus manjares y sus especias.

Una herencia múltiple y ecléctica 
No es extraño encontrar en la arquitectura del French Quarter o Vieux Carre una mezcla hispano-francesa. Si bien la ciudad fue fundada hace casi tres siglos por aventureros franceses, en 1762, en una de esas sorpresas que de vez en cuando nos depara la historia, pasó a manos españolas. No por mucho tiempo, pero el suficiente para dejar marcas. Por ejemplo, después del gran incendio de 1788, el Barrio Francés fue reconstruido y dotado de casas más cómodas y amplias, de frescos patios interiores con fuentes y plantas, de balcones de rejería, que recuerdan a algunas mansiones andaluzas o de alguna colonia latinoamericana. 
Otra marca que dejó el dominio ibérico fue precisamente el desarrollo económico, muy especial, por cierto, y muy similar a la forma en que creció Buenos Aires. 
Nueva Orleans fue fundada y diseñada en la margen norte del río Mississippi, muy cerca de la desembocadura, aprovechando una franja de tierra firme (entre los pantanos) al lado de una zona de aguas profundas. Su principal objetivo: ser un puerto o posta colonial. En la época de los españoles, se suponía que los neorleanos sólo podían comerciar con la metrópolis y con barcos españoles (suena, ¿no?). Para una ciudad cuya principal actividad era el comercio, esto era inaceptable, y una gran parte de la población se dedicó al contrabando, prosperando y estableciendo la base de una sociedad mercantil pudiente, que en tiempos de la independencia jugó un papel preponderante. 
¿Cómo pasó Louisiana a los Estados Unidos? No, no fue una guerra. No, tampoco un fino trabajo diplomático... Como en Florida y Alaska, fue una transacción comercial. En 1803, Napoleón le vendió al gobierno de Estados Unidos este territorio por 15 millones de dólares. ¡Un regalo! 

El lado oscuro de Nueva Orleans 
Más allá de la lección que nos puede dar una historia que se tiñó con la sangre de esclavos negros traídos de Africa, y que posteriormente volvió a mancharse con la actitud y las acciones de muchos blancos sureños al formar el Ku Klux Klan, la influencia africana tiene en Nueva Orleans raíces tan profundas como las francesas e hispanas. 
Ritmos de aquel continente se hacen presentes en el blues, los gospels, el jazz y la música zydeco... y también en un credo y una forma de vivir: el vudú. 
Sabemos sobre vudú de muñecos atravesados por agujas, de gallinas sacrificadas, de hechizos malignos y de zombis pisando brasas al rojo. Pero, ¿cómo llegó a arraigar en el país del norte? 
De los negros cazados en el interior de Africa, entre un cuarto y la mitad morían en la marcha a la costa y esperando los buques europeos; uno de seis perecía durante la larga travesía atlántica; y uno de tres fallecía en el curso de los primeros meses en las plantaciones. Los esclavos sufrían bajo condiciones de vida inhumanas. Sus seres queridos, sus propiedades, su sociedad y su vida se habían hecho cenizas... lo único que les quedaba eran sus dioses, a los cuales se aferraban tenazmente para poder seguir adelante. 
A mediados del siglo XVIII llegaban a Haití 30 mil esclavos, la mayoría proveniente de los grupos lingüísticos fon y yoruba situados en Dahomey, Togo, Nigeria, Congo y Angola. Todos profesaban variantes de la antigua religión africana que se cree puede haber provenido de las enseñanzas de los sacerdotes egipcios en edades muy tempranas. Ya en suelo americano, las tribus esclavizadas mezclaron y fusionaron sus diversos dioses. 

La palabra vudú significa en fon "dioses" o "espíritus", pero para los africanos, Dios no es un ser superior y distante que habita en otra dimensión, sino los espíritus que se interrelacionan con los mortales al nivel de poseerlos o "montarlos", como un jinete lo hace con su caballo. En las religiones occidentales, posesión es símbolo de locura o de poderes sobrenaturales malignos. En vudú, en cambio, es considerada una experiencia positiva que aumenta la fuerza interna del individuo para desafiar a las enfermedades y a los malos hechizos. 
El panteón de santos católicos ayudó a la expansión secreta del vudú en lugares como Estados Unidos, Haití, Brasil, Cuba y Santo Domingo. Como las religiones no cristianas se consideraban paganas y estaban prohibidas, los esclavos tomaron las imágenes de los santos y las fusionaron con sus dioses para poder seguir adorándolos. Mientras m‡s trabajaba el cristianismo para convertir sus almas, m‡s se insertaba el vudú en estas regiones. 
Tanto las autoridades españolas como las francesas vivían en pánico constante temiendo un levantamiento de esclavos. Tanto es así que en 1793, el gobernador Galves prohibió su ingreso desde Haití y las Indias Occidentales. Los dueños de las plantaciones debieron buscar refugio junto con sus esclavos en Cuba, huyendo de Louisiana y luego de Haití. Cuando en 1804 fueron levantadas las restricciones aduaneras, volvieron a sus tierras junto con su personal, y trajeron consigo un nuevo y fuerte movimiento que refrescó el vudú. A partir de entonces, el tambor ritual se comenzó a escuchar no sólo en las afueras, sino en el centro de Nueva Orleans, cerca de la catedral, y en el entonces llamado Congo Square (hoy Armsotrong Park, lugar donde nació el jazz). 
En Nueva Orleans como en Haití, el vudú se transformó, si bien secretamente, en una forma de vida. Se supone que la práctica de antiguos rituales, explicados en manuales o enseñados por los grandes sacerdotes, asegura a los habitantes, hoy en día, contra las tribulaciones de la vida cotidiana. 

Ese "no sé qué"
Una de las cosas que más me atrajo de esta ciudad fue, precisamente, su fama. Había escuchado aquí y allá sobre Nueva Orleans, su música, su comida y su carnaval (conocido como Mardi Gras), pero como siempre pasa cuando todavía no se conoce un lugar, las imágenes que se me formaban en la mente eran como las de un sueño... vagas, incoloras, confusas, sin forma. Pero con los primeros pasos en el Barrio Francés, lo entendí todo. ¡Ahí estaba! No se puede comprender su espíritu si no se la conoce de cerca. El tema es que los habitantes de Nueva Orleans son adoradores del placer y la diversión. Le rinden culto a la vida y a todo lo bueno que les da. Caminando por Bourbon Street, Royal Street o St. Peter te podés encontrar con infinidad de bares o pubs que hierven de gente incluso de día, donde bandas de jazz, blues y zydeco (música country/criolla francesa/afro tocada con acordeón... Sí, ya sé. No te queda muy claro. Es que hay que escucharla) tocan hasta arrancar aplausos entre los espectadores. Como generalmente hace calor (mucho calor y humedad en verano), la gente deambula con sus daiquiris helados o piñas coladas o quién sabe qué invento bien frío que levante el espíritu, y se mete en cada antro que irradie buena música, para seguir adelante con la joda. Pero no hace falta buscar tugurios. Es muy común encontrarse en las esquinas con algún personaje oscuro de mejillas hinchadas besando el saxo apasionadamente, o con un grupo de viejos jazzeros dándole a los bronces y cantando con voz cascada "oh!, when the saints... oh!, when the saints... oh!, when the saints go..." (adivinaste cuál es, ¿no?). Violas bluseras, banjos, contrabajos, guitarras criollas, clarinetes, bongos, didjereedoos, copas de cristal llenas de agua... a cielo abierto podés encontrar lo que quieras. 

Para acompañar a trovadores, juglares, saltimbanquis y pitonisas (las hay de todos los gustos, sobre todo de las que leen las manos) se reúnen también los pintores y retratistas alrededor de la catedral más antigua de los Estados Unidos . Estos artistas tienen capturados momentos de Nueva Orleans y despliegan sus trabajos en rejas y caballetes, para que algún curioso viajero admire sus estilos. 
El arte florece en cada rincón. Galerías de pinturas, esculturas, antigüedades, artesanías en hierro, armas antiguas... pareciera que todos los artesanos y artistas se dan cita en el French Quarter. 
Hay momentos en los que parece que el tiempo se hubiera detenido. Al ver esas mansiones de amplios e invitadores porches de columnas pastel, al mirar los grandes árboles de raíces embarradas de los que cuelgan lianas y trepadoras, o frente a uno de esos viejos barcos a vapor y rueda roja que remontan la corriente del sereno Mississippi, me atrapan sensaciones de épocas pasadas. Tal vez por la influencia de Tom Sawyer y Hukleberry Finn (Mark Twain adoraba New Orleans y el Mississippi, si bien era de Hannibal, más al norte), o por tantas imágenes que las películas fueron dejando en mi cabeza, es que a veces siento ese aire tan familiar...

Nueva Orleans tiene mucho de sensación, de impresiones, de historias oscuras y fantásticas de vudú y esclavitud. Intentar describir su ritmo es como querer explicar música con palabras. 
A veces sucede que esperamos demasiado de un lugar; pero esta conspiración de colores, notas, olores y formas no decepciona nunca. 
Texto: Cristian Calomarde 
Fotos: Cristian Calomarde y Gonzalo "Mono" Alcaide 
 
 


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