| Alaska,
Aventura extrema
A
lo largo de mi vida siempre tuve una gran necesidad de estar en contacto
con la naturaleza y a través del surf fui buscando nuevos horizontes.
Poco a poco fui descubriendo que tenía una peculiar atracción
por lugares desolados e inhóspitos. Lugares donde la puerta entre
lo interno y lo externo (esa que uno desarrolla para protegerse de la locura
de las grandes ciudades) no existe.
En
Tierra del Fuego estaba feliz de escuchar los gritos de los pingüinos
en lugar de los bocinazos de los colectivos. En Chubut estaba encantado
de ver las loberías en lugar de las viejas gordas con ruleros que
me empujaban cada vez que había cola en la panadería. En
fin... Alaska me pudo proveer algo similar para mi vida en San Francisco.
Buscando salir de la depre que nos
carcomía desde la muerte de nuestro amigo Mark Foo, partí
(convencido de que ya había pagado mi tributo a la naturaleza con
la desangrante maniobra que me había dejado cuarenta puntos en la
mano e inhabilitado por casi dos meses) junto con mis amigos Mark "Doc"
Renneker y Kevin Starr en Alaskan Airlines rumbo a Anchorage, capital del
estado. De allí transbordaríamos con destino a Junot y finalmente
a Yakutat National Reserve.
Es mi tradición, antes de
llegar a destino, tomar un whisky para el aterrizaje final. Lo excéntrico
de esta copa en particular fue que me la sirvió una azafata esquimal.
Ella no dejaba de sonreír cuando me miraba ya que sabía que
nuestra misión era surfear. Me sirvió un doble y me dijo:
"Gentileza de Alaskan Airlines; lo vas a necesitar".
Yakutay
Bay: el primer impacto
Yakutay Bay... Mi primera ola en
Alaska... esa ola helada, cargada de agua de Glaciar Milenario, en el reef
Snapper's. El encuentro con Will, el único surfer esquimal, el único
surfer de Alaska, llegado especialmente de Anchorage para agarrar unas
olas con nosotros, en medio de una tormenta que arrasó nuestro campamento.
La vista del monte Saint Elias, una combinación de Alpes suizos
y glaciar que desgarraba las aguas del Pacífico y tocaba el cielo,
haciéndome sentir indigno de existir frente a tal magnitud. Darme
cuenta de que la tierra estaba viva, de que tenía conciencia y de
que podía deshacerse de nosotros con la misma facilidad con la que
nosotros podemos pisar una hormiga; su energía atravesando todos
mis músculos, mi pensar, mi sentir. Un día que recuerdo cada
semana desde entonces, en el que agarré tantas olas, remé
tan poco, me divertí muchísimo, sentí todo tan vívidamente
que mi cuerpo ya no pudo sentir nada más, quedé en un estado
de saturación total, de sobredosis de endorfina.
Nada en ese viaje era común,
todo era una lenta mutación al medio ambiente, una especie de metamorfosis
de mente, cuerpo y sentidos. De alguna forma intangible yo ya había
estado allí antes, y a la vez nunca o siempre.
En los primeros días, Alaska
estaba empezando a correr por nuestras venas.
Latuya Bay:el
vértigo absoluto
Tras decidir encarar una expedición
en avioneta hasta Latuya Bay, en la pista del hangar de Totem Air, mientras
Mark hacía los papeleos para el alquiler, me encontré con
un hombre que estaba mirando las tablas: su cara irradiaba un aura de irresponsabilidad
crónica. Me dijo que él había sido surfer en los años
setenta pero que ahora se dedicaba a volar. Se llamaba Jack, y era nuestro
piloto.
En la avioneta de al lado vimos
a tres alpinistas cargando su equipaje. Uno de ellos se me
acercó y me preguntó a dónde íbamos. Le dije
que queríamos explorar la zona de esa bahía. El me dijo que
iban a escalar una montaña detrás de Latuya Bay. Su plan
era tirarse en paracaídas con su equipo en la base y comenzar a
escalar. Era un pico al cual nadie había subido antes. Sus ojos
brillaban de alegría al contarlo. Detrás de ese brillo, de
alguna forma me vi a mí mismo y pensé que podríamos
ser buenos amigos. Mike era estudiante de biología en Yale University
y estaba en sus vacaciones de invierno. Nos deseamos suerte y nos subimos
a nuestros respectivos aviones.
Después de quince minutos
de vuelo pasamos una larga playa desierta, donde Mark había surfeado
el verano anterior con Steve Hawk. Mark le dijo a Jack que quería
sobrevolarla al ras para chequear las olas. Jack le preguntó: "¿Querés
un descenso radical o uno para abuelitas?". "Vos sos el piloto"... Repentinamente,
mi estómago pegó contra mi garganta y vi la playa acercándose
rápidamente hacia mi cara. Jack se rió a carcajadas, gritó
"yahuu!!" y enderezó la avioneta paralela a los árboles.
Con la misma gracia, Mark le dijo
a Jack: "Ya vimos suficiente, sigamos al sur". "Todavía no vieron
nada"... Jack levantó el volante y mi cuerpo quedó presionado
bruscamente contra la butaca. Parecía que tuviera 300 kilos de más
y una prensa en la cabeza. Lo único que podía ver era cielo
y luego agua y luego cielo... Todos soltamos alaridos de pura adrenalina.
Si bien Jack parecía ser
un irresponsable, sabía exactamente hasta donde podía exigir
a su nave y esto me daba seguridad. El conocía y sentía su
avioneta con la misma familiaridad con la que yo conocía y sentía
mi tabla. Cada subida o bajada, cada quebrada o roller... Jack nunca dejó
de ser surfer, Jack surfeaba por las nubes...
Ya
más sereno y con la gasolina justa para la vuelta, Jack decidió
volar con más tranquilidad. Al costado derecho avistó una
montaña bastante alta y noté que el lado que miraba hacia
el mar estaba completamente despojado de pinos. Le pregunté a Jack
si recientemente una avalancha o un terremoto habían causado semejante
catástrofe ecológica. Él me respondió que en
realidad había habido un terremoto en alta mar que produjo un tsunami
(una ola gigante) de unos 600 metros de altura. En la base de esa montaña
había una aldea de esquimales que vivían de la caza y la
pesca. Todos en la aldea murieron, salvo una chica de catorce años
que estaba juntando frutillas al otro lado de la montaña. Todos
nos quedamos mudos. Jack comentó: "Por lo menos quedó alguien
para seguir la línea, la historia y las canciones de esa aldea".
En ese instante me di cuenta de que la única estabilidad que podía
encontrar en ese territorio estaba en mi mente, en mi espíritu y
en la certeza del poder devastador de la naturaleza.
Era claro que no surfearíamos
esa tarde, pero teníamos mucho trabajo por delante ya que debíamos
montar el campamento. Jack nos dijo que nos pasaría a buscar en
una semana, nos deseó mucha suerte y nos saludó.
Con la carpa armada, salimos a explorar .
Caminamos por un sendero por más de 45 minutos en un bosque alucinante
y encontramos un campamento minero abandonado, con las mismas placas de
la Glasgow Iron Works U.K. que yo recordaba del puente de la vieja estación
de San Isidro, cuando era adolescente. En un armario podrido por décadas
de humedad, dentro de una cabaña en ruinas de la que sólo
permanecía en pie la cocina, encontré un juego de platos
y tazas de té que a pesar de estar algo manchado, estaba intacto.
Me llevé tres tazas con sus respectivos platitos. Tomamos té
en ellas por el resto del tiempo que estuvimos allí. En la tarde
anterior a nuestra partida, volví a llevar el juego al campamento
minero. No sé por qué, pensé que los espíritus
de esa fallada empresa las necesitarían.
Esa noche comimos muy bien y charlamos
mucho sentados alrededor del fuego. Las estrellas estaban radiantes y el
cielo parecía estar a nuestro alcance. Más tarde, mientras
Kevin y Mark jugaban al Scrabble, yo me deleité en un trance típico
de noches de campamento. Pasivamente me concentré en mirar las llamas.
Mi cuerpo era una esponja que absorvía calor; mis manos, mi cara,
coloradas de satisfacción; mi nariz ya no dolía del frío;
mi mente en perfecta paz se ocupaba solamente de la intensa imagen roja
del quemar de brasas y troncos.
A la mañana siguiente, la
falta de sol y de olas nos decidió a explorar a pie toda la costa
hasta Latuya Bay. La diferencia entre esta exploración y las anteriores
de ese viaje era que en esta etapa no contábamos con los mismos
materiales. Ni camioneta, ni Kawasaky 4 Runner, ni lancha, ni avioneta.
Más bien nuestra fuerza y la buena disposición de nuestras
piernas.
A medida que avanzábamos,
las piedras eran más grandes, algunas de hasta tres o cuatro metros
de altura. Era obvio que ya no podíamos seguir por el mar, lo cual
nos forzaba a tomar el camino más largo a través del bosque.
Mis sentimientos en ese momento eran una confusión de aceleración,
cansancio y miedo. Un miedo frío y primordial. Un miedo que nuestros
ancestros de la sabana africana debían sentir frecuentemente al
avanzar en su emigración. Ese miedo horrible a sentirse presa de
un animal. Luego pensé y racionalicé que la vida se vive
una sola vez, que nadie me podía garantizar otra y que todavía
no me había topado con ningún ser reencarnado. En algún
momento mi existencia llegaría a su fin y si la terminaba como platillo
de una bestia... bueno, esperaba que mi cuerpo fuera tan rico para un oso,
un gato montés o un tiburón blanco como habían sido
para mí todos esos pollos rostizados, corderos y asados que había
comido a través de mi vida. Pensé: "La vida consume vida",
y con ese sentido de entrega comencé la caminata por el bosque.
Seguimos
adelante por media hora más y allí estaba... Latuya Bay.
A la mañana siguiente me
levanté muy temprano; tenía esa rara sensación de
que todo estaba bien. El aire frío, el sol radiante y la calma del
viento me hicieron salir de la carpa desenfrenadamente. Mis sentidos estaban
agudos y exaltados. Miré hacia el s ur
y vi una pequeña neblina sobre las rompientes... Esa típica
humedad que flota sobre la superficie del mar, que se genera por el romper
de las olas. El aire impregnado de salitre y aroma a pino fue la última
clave que me afirmaba que encontraríamos lo que todos estábamos
ansiosamente esperando: olas.
No sé cómo explicar
lo que se siente cuando uno se embarca en una exploración de este
calibre, en las que la búsqueda en sí es tan importante como
la recompensa. La primera ola no fue extraordinaria estructuralmente, pero
fue la culminación de una ardua búsqueda, la apertura de
una nueva puerta, a un lugar en el que nadie había surfeando antes.
La satisfacción de ser el primero en dar vuelta el picaporte y abrir
esa puerta me llenó de esperanzas.
En un estado de verdadero zen, remé
hasta el pico. La ola, mi tabla y yo éramos una unidad completa.
Una trilogía perfecta y auto generable. En ese instante, mi di cuenta
de que el Todo no era amor puro solamente, sino que también era
eterno y circular, de que no había principio, ni medio, ni fin.
En ese tren de pensamiento agarré mi tercera ola, en la que absorbí
cada movimiento del conjunto: la gravedad de la Tierra, su rotación
alrededor de sí misma y del sol, la enorme influencia de la luna
sobre las mareas de los océanos, nuestra galaxia blanca y circular
girando en torno de otras en la misma forma en la que las nubes forman
las tormentas y éstas a su vez generan las olas, la misma forma
en la que las olas forman los tubos. Contemplé mi pequeñez
en torno al Todo; agradecí la oportunidad y la suerte de poder apreciarlo.
Minutos después, me encontré
con Kevin en el agua. Estuve a punto de contarle lo que sentía,
pero me contuve. Pensé que no me entendería. Especulé
con que, de contarle, probablemente me diagnosticaría hipotermia
y me mandaría a calentarme al fogón, pues él había
notado algo a lo que yo no le había dado importancia: el agua estaba
mucho más fría que en Yakutat. Esto se debía al deshielo,
que desembocaba al mar por la cañada. Kevin surfeaba en agonía
y se culpaba por tener una dieta de pocas grasas y carbohidratos. Yo me
reí y le dije que ser carnívoro y amante de pastas tenía
sus beneficios.
Desde el agua vimos la silueta de
Mark acercándose hasta la punta. Lo vimos subirse a un tronco y
poco después empezó a sacar fotos. Poco después, Kevin,
muerto de frío, decidió salir del agua e intercambiar rutinas
con Mark. Más tarde, surfeando con Mark, charlamos sobre el point
y sobre cómo deberíamos nombrarlo. Yo sugerí "Two
Trees", ya que había dos distinguibles pinos gemelos en la punta,
o "Matt's", porque era el tipo de ola que le encantaría a nuestro
amigo Matt Warshaw. Mark sonrió y me dijo que Kevin y él
habían votado a favor de otro nombre mientras me miraban surfear.
Me sentí bastante molesto ya que ni siquiera había tenido
la oportunidad de participar o argumentar en la votación. Le comenté
a Mark lo que pensaba y empezó a reírse. Me miró y
me dijo: "Decidimos llamarlo 'Edwin's Place'". Me puse colorado, me seguí
sintiendo molesto por el
chiste, pero a la vez halagado por el gesto. A Mark lo conozco desde 1978
y su constante a través del tiempo ha sido la controversia. Humildemente
acepté el nombre y seguí surfeando.
Permanecimos en el mismo point tres
días seguidos. Parecía que mi única vestimenta era
el traje de goma. Hartos de surfear nuestras olitas que cada día
estaban más perfectas, decidimos caminar hasta el arrecife que habíamos
avistamos camino a Latuya Bay.
El sol estaba radiante y la temperatura
cada vez más alta. Qué más podía pedir un surfer
en Alaska. En este arrecife no quebré al surfear, simplemente empujé
los bordes de la tabla de lado a lado para tomar velocidad y gozar la esencia
del "soul surfing" (el surf espiritual).
En las sucesivas olas, repetí
las mismas acciones hasta que llegué a un estado de éxtasis.
Mi mente estaba libre de pensamientos; mi cuerpo, ágil y liviano
en un medio líquido donde el peso de la historia de la humanidad
era irrelevante. Sentí un bienestar general enorme digno de ser
trasmitido a todas las personas del mundo.
Caminando hacia el campamento, dos
helicópteros del guarda costa aparecieron de la nada y sobrevolaron
nuestra zona. Pensé que nos estarían buscando, pero luego
de ver las tablas de surf siguieron rumbo a Latuya Bay. Desde el fogón,
no pude dejar de notar que en las montañas había habido deshielos
bastante pronunciados, algunos tan abruptos que mostraban la tierra. Era
claro que la ola de calor que veníamos pasando (que nos permitía
estar en remera o con el torso desnudo al mediodía) los había
provocado. Este tipo de deshielos es común a fines de mayo y principios
de junio, pero en abril... Dos días después, cuando Jack
nos pasó a buscar en la avioneta, nos dio la mala noticia de que
Mike y sus amigos habían muerto. Aparentemente, llegaron a la cima,
desde donde se comunicaron por radio para anunciar su triunfo. En su descenso,
la montaña se los llevó. Una avalancha los sepultó
en la nieve.
Pensé en Mike, en nuestro
breve encuentro y en el entusiasmo que compartíamos en nuestras
aventuras a pesar de que eran opuestas. En ese contraste también
pensé en Mark Foo... Ambos tuvieron el mismo destino: las montañas
que tanto amaban, una de nieve y la otra de agua, se los llevaron abruptamente
y sin previo aviso. Un momento en el que uno es e inmediatamente deja de
ser. Un instante tan lúcido y rápido como el pensar de William
Shakespeare. Recordé una frase que me solía decir mi abuela:
"Lo que el mar da, el mar lleva".
Sentí el dolor de Mark y
su vulnerabilidad frente a lo inevitable. Uno puede racionalizar todo,
pero aceptar un hecho es más difícil. En nuestro juego, el
de las olas grandes y las exploraciones extremas, estamos listos para dejar
la vida cuando la naturaleza lo requiera. Es un acto personal de total
entrega y, a la vez, muy egoísta, ya que nuestra exaltación
de vivir en el borde nos altera de tal forma que no pensamos en los sentimientos
de los que nos rodean, de los que se preocupan por nosotros cuando nos
estamos divirtiendo, de a quellos
que nos quieren y no entienden por qué tenemos que vivir nuestras
vidas con sensaciones tan fuertes.
Eso es algo que me cuestioné
diariamente y a lo que trato de buscarle una respuesta. Debe haber algo
en el sistema nervioso de ciertas personas que les hace necesitar este
tipo de estímulos. Lo que sé es que estoy rodeando de gente
que piensa igual y con los que comparto la misma visión del mundo.
En la realidad de la gente extrema, el gran temor es a una vida tranquila,
estable y definida por los valores tradicionales de la sociedad. Para la
gente extrema, sea surfer, alpinista, paracaidista, parapentista, skier
o snowboarder, una vida así es una verdadera muerte lenta y el miedo
que se siente es de terror, de terror al conformismo.
Los
días se estaban extendiendo; el sol subía a las seis menos
cuarto am y bajaba a las nueve y cuarenta pm. Vimos gansos volar hacia
el norte; una familia de patos caminaba sobre el borde de la laguna en
busca de comida. En la cañada, un par de salmones saltaba desesperadamente
contra la corriente. Las frutillas habían brotado. Volviendo a mi
carpa vi unas huellas enormes e insulares: eran las huellas de un oso grissley.
El aroma en el aire estaba impregnado de polen y yo estornudaba. El polen...
La primavera había llegado. Me di cuenta de que era el momento de
irnos de ese lugar. Había que respetar la presencia de los verdaderos
seres dominantes de estas tierras: los grissleys.
Con esa tristeza con que uno afronta
retrospectivamente tantas buenas experiencias, asumí que había
que ceder el paso para que el curso de la naturaleza siguiera sin interferencias.
Que los salmones en la cañada saltaran, nadasen a su lugar natal
y muriesen luego de reproducirse. Que los osos los esperaran, les tirasen
zarpazos y gozaran de su carne rosada. Que las águilas levantaran
aquellos peces que habían quedado entre las piedras. Eso era la
continuidad de un ciclo en el que nosotros no estábamos incluidos.
Reflexioné en qué tonto había sido al querer llevar
un rifle en lugar de pistolas de pimienta para defendernos de un posible
ataque de osos. No pude dejar decirme a mí mismo, con mi acento
típico de Buenos Aires: "¡Qué boludo!". En esa solitaria
caminata pensé en las olas que habíamos corrido, los paisajes
que habíamos compartido, las sensaciones fuertes que habíamos
vivido. Pero, más que nada, lo más importante para mí
había sido la asimilación de las realizaciones y esperanzas
que había aprendido. Hoy no puedo decir que sentí. Sentí
esa tristeza feliz y estremecedora de haber comprendido realmente.
Estábamos al borde de terminar
la expedición y de no poder seguir acampando en aquel lugar. Surfeamos
esas olas como si fueran las últimas de nuestras vidas. Terminamos
riéndonos a carcajadas; parecíamos tres chicos. De pronto,
en mitad del juego, pasó a visitarnos una familia de lobos marinos.
Se nos acercaron bastante; los más jóvenes miraban ingenuamente
y los más adultos con cautela. Pero un macho grandísimo se
le plantó a Kevin cara a cara. Al principio pensé qu e
era un acto agresivo pero después me di cuenta de que no, de que
estaba atraído por el color rojo de su tabla. El lobo marino siguió
mirando por más de cinco minutos. No pude dejar a reír. Le
dije a Kevin que ya estábamos en primavera y que el lobo se estaba
enamorando de él. Kevin no respondió y siguieron mirándose
hipnóticamente.
Yo estaba tratando de parar el tiempo
y de gozar pasionalmente cada instante, como el último día
de un amor de verano.
A la mañana siguiente, cargamos
la avioneta de Jack con nuestro equipo. Concentrado en esta tarea traté
de no pensar en el destino de Mike y sus amigos. Una vez en vuelo, Mark,
Kevin y yo le pedimos a Jack que no volara por la costa sino por la montaña.
Entonces vimos el mundo como lo prefería Mike. Era hermoso y a la
vez tan ajeno a nuestra realidad. Pude apreciar que en cada base de cada
montaña había un glaciar y que cada cristal turquesa que
lo componía era masivo. Que cada cúspide era un Alpe... Observé
cómo el viento hacía volar la nieve de cada cima, dejando
rastros blancos por el aire, algo así como la cola de un cometa.
En este ambiente, volando, me sentí verdaderamente entre los dioses.
Pero el ruidoso motorcito de la pequeña nave me dio la perspectiva
real... En ese escenario también me sentí como un mosquito.
Me di cuenta de la inmensidad que me rodeaba, se me puso la piel de gallina
y saturé mis ojos de agua salada. Absorbí todo y dejé
a mi mente volar.
Jack, lentamente, nos llevó
hasta el aeropuerto. Aterrizamos al lado de la pista de los jets y allí
estaba nuestro transporte, el 737 de Alaskan Airlines.
Al embarcar, había algo que
me molestaba del ritmo al que nos movíamos desde que habíamos
llegado al aeropuerto. Todo era más rápido, con más
presión y tensión. Algo que realmente repudio de nuestra
sociedad. Dentro el jet, todo estaba estandarizado y era asquerosamente
familiar. Miré dentro de la cabina y vi, además de la sonrisa
plástica del piloto, un centenar de instrumentos computarizados.
Si bien las ruedas del avión estaban tocando Yakutat, todo lo que
estaba dentro de él ya estaba a miles de kilómetros de distancia
y a un centenar de años en el tiempo. Estábamos en ese mito
de marketing empaquetado que llamamos civilización.
Hoy, desde mi escritorio, no puedo
dejar de pensar en esos días en Alaska. Cada vez que miro las fotos
me siento muy contento de haber formado parte de esa expedición.
A veces me cuesta creer todo lo que vivimos en ese viaje. Ahora parece
parte de un sueño lindo. En esas dos semanas nosotros vivimos una
eternidad, mientras que para la mayoría de la gente probablemente
no significaron más que una rutina del trabajo a la casa, algunos
programas de televisión, algunas cuentas a pagar o la ilusión
de un tranquilo fin de semana. Einstein dijo que el tiempo es relativo
y tenía razón. Para mí, esa relatividad está
en la creatividad del uso del tiempo de nuestras vidas y creo que es por
eso que me dedico al surf extremo y a la exploración.
Keep surfing!!!
Texto y fotos: Edwin Salem
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