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Luciana Salazar


Boston, Ciudad Universitaria 

Son muchos los años que separan a 1999 de la época en que los Estados Unidos eran un territorio solamente poblado por tribus dispersas y variadas. Y fueron los puritanos ingleses quienes llegaron a las costas de Massachusets para establecerse en territorio americano, religiosos y conservadores en extremo. Y aunque las calles del Boston de hoy marchen al ritmo de la nueva época, la sociedad bostoniana sigue siendo sinónimo de clases altas, de distinción y de bastante acartonamiento. 

Tradición urbana 

En la ciudad de Boston, los barrios más antiguos se entremezclan con las torres de oficinas más modernas; las fachadas de las iglesias más viejas se reflejan en los cristales espejados de los edificios comerciales. El hecho de que muchas personas tengan sus casas en el centro hace que siempre haya movimiento y que Boston no parezca una ciudad desierta un día domingo. 
Bacon Hill parece ajeno al ajetreo de la zona comercial a pesar de estar a pocas cuadras de "la city". Es un barrio de unas pocas manzanas, con calles empedradas y en declive, iluminadas por las primitivas lámparas de gas del siglo XVIII. En estas casas de ladrillo rojo vivieron en el siglo dieciocho las familias más ricas de Boston y sigue siendo todavía uno de los lugares caros de la ciudad. Para iluminar éstas calles se siguen conservando. 
Hay algo que queda muy claro cuando se conoce Boston, y es que los bostonianos tienen pasión por la historia y por el pasado. Existen decenas de museos y todo lo que es antiguo es cuidado en extremo. Lo que ya no está porque el tiempo lo destruyó, ellos se encargan de reconstruirlo a la perfección. 
 

Cambridge

Cruzando unos de los puentes que se encuentran sobre el río Charles se llega a Cambridge, una ciudad que empezó siendo satélite de Boston pero que en la actualidad tiene vida propia. Aquí se encuentran dos de los centros de estudio más reconocidos del mundo: Harvard y el M.I.T. ( Massachussets Institute of Technology). 
La Universidad de Harvard no es ajena al afán de excelencia y distinción que fascina a la sociedad bostoniana. Estar en Harvard significa poder pagar arriba de 25 mil dólares al año solamente por la parte académica; el hospedaje y la comida son aparte. Muchos extranjeros acceden a ella, si están calificados y pueden pagar los gastos. Sus estudiantes saben que tienen que no les queda otra que abandonar las diversiones. Será por eso que son pocos los que se ven por las calles y muchos los que se ven en las aulas y los parques de la Universidad. 
Quienes ingresan a Harvard tienen objetivos claros y bastantante ambiciosos. Po ejemplo, un estudiante de derecho, nacido y criado en Boston, que me dijo que no quería probar ni una gota de alcohol porque su ambición era ser presidente de los Estados Unidos y no podía tener ni una sola mancha en su pasado. 

Harvard Square 

La zona de Harvard Square es el punto de reunión cuando empieza a caer la tarde. Si es primavera o verano siempre hay algun grupo de jazz, rap, malabaristas o algún grupo de teatro callejero. La plaza es bastante chica, así es que mientras unos actúan los otros esperan turno. Cuando mi compañera y yo llegamos había un grupo de rap multiracial (dos negros, un blanco y un oriental) que ya estaba terminando su actuación. Y mientras tomábamos un café, charlamos con un rastafari de dos metros que esperaba para empezar a tocar. El personaje en cuestión se llamaba Homer y, según él mismo, es un homeless por opción y no por obligación. Su única pertenencia era su bicicleta abarrotada de recortes de diario donde se lo nombraba "el saxofonista itinerante". Casco y bicicleta tenían los colores de la bandera de Barbados. Increíblemente, fue uno de los pocos extranjeros que cuando supo que éramos de Argentina no exclamó "¡Maradona!". Como buen músico fanático del saxo, la palabra que asociaba con nuestro país era "Gato Barbieri", a quien conoció en uno de sus viajes. Cuando tocó su turno, sacó del estuche un saxo que brillaba tanto como sus dientes. Al escucharlo quedó claro lo que ya sospechábamos: Homer tocaba el saxo increíblemente bien. 
 

Las calles que rodean Harvard Square albergan comercios y restaurantes súper específicos: librerías especializadas en Medio Oriente, locales para comprar amuletos africanos, Revolution Books, la librería donde se concentran los estudiantes de ciencias políticas y estudios sociales; el pasamontañas del subcomandante Marcos comparte la estantería con los bigotes tupidos de Trotsky sin percibir siquiera que se encuentran en lo más caro y refinado de Estados Unidos. En el 28 de Church Street hay una librería fascinante para los viajeros. Se trata de la Globe Corner Bookstore, donde se venden todos los libros de viajes, guías, mapas, antiguos y modernos que se puedan haber publicado. 
El campus de la universidad es también un punto de reunión para los estudiantes. El césped del patio central parece intacto, sin embargo no es raro ver estudiantes trabajando con la laptop bajo un árbol o almorzando cuando el clima lo permite. Mientras caminábamos por las callecitas peatonales alcanzamos a ver la finalización de un acto académico que se estaba realizando en una de las plazoletas, mientras más lejos, un grupo de la escuela de arte dramático ensayaba una versión muy clásica del ya clásico Sueño de una Noche de Verano. En el invierno las únicas que se animan a recorrer el campus helado son las ardillas. 

Martha's Vineyard 

La isla de Martha's Vineyard cuenta con el honor de ser uno de los pocos ejemplos de un encuentro poco traumático entre los colonos y los antiguos pobladores del lugar. Los indios de la tribu Wampanoag fueron muy respetados y valorados por su gran destreza en la caza de ballenas, siendo prácticamente imprecindibles en los barcos balleneros que surcaban el Atlántico Norte. Los pueblitos costeros de la isla recuerdan a las novelas de viejos capitanes de ultramar, con marineros barbudos tomando whisky y cantinas abarrotadas. 
Los grandes astilleros fueron cerrando a medida que la actividad de la caza de ballenas decaía, pero aún persisten aquellos pequeños y familiares que construyen y restauran veleros de paseo, como el de Gannon y Benjamin, propietarios de un astillero artesanal que muestran como sólo puede hacerlo quien está enamorado de su trabajo 
Los peregrinos ya no están más, los balleneros se fueron para siempre, pero dejaron en la región las huellas inconfundibles de un pasado de trabajo y también de grandes fortunas ganadas al mar. Edgartown es el pueblo que más conserva todas estas reliquias de la arquitectura, la gran mayoría construídas por los capitanes de los viejos balleneros, entre ellas la casa de Valentin Pease, dueño del Acushnet, el barco que supo tener como pasajero a Herman Melville y fue inspiración para su famosa novela Moby Dick. 
En la actualidad la isla sigue siendo un lugar un tanto exclusivo. Los habitantes permanentes son miembros de familias de la alta sociedad norteamericana, pero poco a poco se está popularizando. Muchos actores y músicos eligieron esta isla para sus vacaciones. El actor John Bellushi vivió sus mejores momentos en Martha's Vineyard; de hecho su cuerpo descansa en el cementerio de la isla, que hoy se convirtió en un lugar de culto para sus seguidores. Y en estos días, otro famoso John unió su nombre al de la isla, tristemente, por cierto. El hijo de J.F.K., John John, terminó sus días con un accidente en Martha´s Vineyard, donde la familia Kennedy tiene una casa. 
 

Los otros universitarios 

En Boston hay miles de chicos de tu edad. Igual que vos, han elegido una profesión a la que dedicarse en su vida. Como vos, ellos son universitarios, pero mientras para vos la Facultad seguramente es una de las partes de tu vida, para ellos es el centro, el principio y fin de sus horas. 
Por las elengantísimas calles de Boston pasan, apurados, muchos de los que algún día serán los dirigentes del mundo. 

Provincetown

Pocos pueblos en el mundo tienen una personalidad tan definida como Provincetown: "Lugar de artistas por naturaleza y gay por adopción", suelen decir sus habitantes. 
Lo cierto es que P-town, como lo llaman, tiene una larga lista de pobladores ilustres que lo distinguen del resto. En sólo tres cuadras de ancho y tres kilómetros de largo se concentran tantos artistas como en cualquier megaciudad del país. A principios de siglo vivieron el dramaturgo Eugene O'Neil y el escritor John Dos Passos. Teenessee Williams esribió Un Tranvía Llamado Deseo en una casa sobre las dunas y el novelista Norman Mailer aún pasa aquí largas temporadas. 
La playa no es lo que uno esperaría de un balneario norteamericano, la pulcritud brilla por su ausencia, sin embargo éste es un punto a favor y no en contra. Barcos abandonados, redes, cadenas gigantescas recuerdan que P- town no es sólo un balneario de moda entre los intelectuales, sigue siendo lo que fue en sus orígenes: un pueblo de pescadores y marineros 
Sin embargo no nos engañemos, el sello del P-Town de fin de siglo es sin dudas la clara elección de este lugar por la comunidad homosexual. Cuando se recorren las calles se pueden observar banderas multicolores flameando en la mayoría de los locales, hoteles y casa particulares. Los folletos turísticos la anuncian como "la playa más gay en el mundo",y si descartamos Mykonos, probablemente lo sea. Según escribe Suzanne Westenhoefer, una actriz lesbiana muy exitosa en los Estados Unidos: "Por primera vez en nuestra vida somos mayoría. Los heterosexuales tienen que entenderse con nosotros y no al revés. Con unas pocas excepciones, todos los restaurantes, pubs y comercios son atendidos por gays. Y en el raro caso de que existan agresiones a un homosexual, maravilla de maravillas, la policía está de nuestro lado". 


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