| Hawai,
Kauai: La Isla de la fantasía
De
golpe, desperté. Un poco transpirado y con esa primera mirada de
reconocimiento, propia de cuando uno despierta en un lugar que le es extraño.
Era de noche, jamás supe qué hora, iba a bordo de un DC-10
de Continental Airlines rumbo a Hawaii y en ese momento cruzaba el Pacífico.
Deb, una de las azafatas, me preguntó si quería algo, le
pedí una cerveza, mientras volvía a practicar mi viejo y
olvidado inglés. El vuelo era tranquilo, suave pero irremediablemente,
largo. "El fin justifica los medios" pensé. En algunas horas (no
tenía idea cuántas) estaría en Kauai.
Recordé
las palabras de Brad, un californiano que vive en Honolulu desde hace quince
años: "Kauai?, there's fuckin' nothin' there, bro".
Kauai
es una de las ocho islas que forman el archipiélago de Hawai. Muchas
cosas se han dicho de estas islas y muchos mitos y leyendas las rodean.
Una de sus islas está cerrada al turismo, otra deshabitada; es donde
nació el surf; donde los japoneses hicieron de Pearl Harbour mártires
y la excusa para que Estados Unidos entrara en la Segunda Guerra Mundial;
tierra de volcanes activos, dormidos y de fascinantes corales; donde se
inventaron el ukelele y el baile del hula y se exportaron a todo el mundo
las camisas más coloridas de la tierra, las hawaianas.
La
frase de Brad seguía sonando en mi cabeza. "¿Por qué
Kauai?" Ni idea. Sólo me imaginé que era la elegida, había
algo de esa isla que me llamaba. Antes de salir, toda la información
que recibí fue sobre Oahu, Maui y la Big Island, pero nada me había
convencido. Casi nadie había llegado a Kauai. "Sigue siendo Hawaii,
tiene que tener algo que valga la pena..."
La
primera impresión
"La
puta, es mentira", pensé cuando bajé del avión y nadie
se acercó a ponerme el tan famoso collar de flores hawaiano. Los
afortunados eran aquellos que habían comprado su estadía
en hoteles super lujosos y eran esperados por choferes y una cuenta a pagar
por alguna tarjeta de plástico dorada.
Pasé
a buscar el auto que tenía reservado, la mejor y casi única
forma de recorrer la isla, y gané la ruta.
Eran
las tres de la tarde, el sol estaba ahí, alto, soberbio y r adiante.
"No podía faltar a la cita", pensé. "Estoy en Hawaii", bajé
la ventanilla y sintonicé la única radio local. Estaban pasando
un programa de jazz. Sentí cómo el viento me inundaba de
olores y fragancias, puse el volumen a todo lo que daba, un solo de trompeta
me transportaba a otro lugar. "¿Pero a dónde carajo quiero
ir si ya estoy en el paraíso?". Me pregunté si seria Miles
Davis, ¿pero importaba? El viento me daba en la cara y me sentí
más vivo que nunca. "De vuelta en la ruta"; mi satisfacción
no podía ser mayor, o eso pensé, hasta que vi la playa.
Bajé
la velocidad y doblé a la derecha. Ante mis ojos se perdían
la arena y el mar. Salí del auto y empecé a ver la "foto".
La información iba llegando a mi cabeza y todo empezaba a cerrar.
Unos
cuarenta chicos, de entre 8 y 14 años, estaban metidos en el mar,
en la primera rompiente. Esperaban las olas. Otros en la orilla estaban
saliendo o esperando entrar. Había también gente un poco
más grande, pero no mucha. El lugar me impactó. Era martes
y toda esa gente estaba ahí, a las tres y media de la tarde. "Igual
que en Buenos Aires", pensé.
Kapaa
es el típico pueblito pesquero, que el turismo sorprendió
e hizo crecer. Sin embargo, no había perdido su esencia, ni su tranquilidad.
Era el único lugar de la isla donde había un hostel, Kauai's
International Hostel. Llegué entrando la noche después de
mi primer contacto con la playa. Un quincho, apartado de la casa, con una
mesa de pool, le daba un ambiente muy cálido y muy especial. Al
ser el único hostel de la isla, era una especie de ghetto de mochileros.
De día se armaban grupos y salían para todos lados. Cuando
entraba la nochecita la gente empezaba a llegar y empezaban los relatos
del día. En el medio pasaban incontables cervezas y partidos de
pool.
La
playa
El
sol entraba por la ventana, sentí que había dormido una eternidad.
Vi la hora: casi la una de la tarde. Me levanté sin desayunar y
me fui a Bubba's, un lugar para comer hamburguesas y con la posibilidad
de usar Internet. Chequeé mi Hotmail, nada. Agarré las llaves
del auto, me puse mi nuevo sombrero y me fui en busca de alguna playa en
di rección
sur. La isla es bastante chica, hay una ruta principal que la bordea casi
por completo. De una punta a la otra hay dos horas.
A
cinco minutos de salir, había una pareja haciendo dedo, frené.
Eran Ralf y Monica, dos alemanes "de la parte que era comunista", me aclararon.
Empezamos a charlar de Alemania, Argentina y por supuesto de Hawaii.
Después
de una media hora, los chicos se bajaron, les gustó el lugar y dijeron:
"Hoy acampamos acá". Seguí. Al rato apareció otra
playa, estaba en Poipu, estacioné. El sol estaba fuerte y se acercaban
las tres de la tarde. Empecé a caminar por la arena blanca. Unas
palmeras marcaban el límite entre la arena y la tierra, unos metros
atrás. Me senté a ver unos chicos surfear. Me hizo acordar
mucho a Byron Bay, en Australia.
Un
chico de unos cinco, seis años, con su tabla bajo el brazo, esperaba
que la ola volviera para tirarse de una escollera. A unos metros de mí,
una mujer entrada en los treinta lo miraba cada tanto, despreocupada, mientras
seguía leyendo su libro. Una gran ola rompió con brutal fuerza
en la escollera y cuando se iba, el chico saltó, la mujer lo miró
y asintió con la cabeza: "Good boy". Me acerqué y le pregunté
si lo conocía, me dijo que era su madre. Su nombre era Debby y el
de su hijo, Matt. Cuando me dijo que tenía seis años, no
lo pude creer. "Parece peligroso", le dije. Me miró con una sonrisa
como de superioridad y me contestó" en Kauai, los chicos surfean
antes de caminar, incluso de hablar". Me pareció mucho, ¿pero
qué iba a decirle si estaba viendo a su hijo de seis años
corriendo olas de tres metros de altura?
Me
quedé toda la tarde, hipnotizado, viendo a estos chicos metidos
mar adentro. Se me cruzaron un par de imágenes de la película
Punto Límite, cuando caía el sol. Quise pensar en un par
de adjetivos que pudieran describir a estos niños, sólo uno
vino a mi cabeza: atrevidos.
Estaba
oscureciendo y volvía al auto cuando pasé cerca de dos parejas
que estaban haciendo un fogón y tomando vino, mientras unos chicos
jugaban a su alrededor. Me saludaron y me acerqué. "Hola", nos dijimos
todos. La pareja que estaba más cerca de mí ten dría
unos cincuenta años, eran Bob y Thelma. La segunda, unos treinta,
y solo recuerdo el nombre de él, John. Se sorprendieron cuando les
dije que era argentino. "No tenemos mucho argentinos por aquí",
dijo John", quizás vienen algunos brasileros, tu sabes, por el surf".
Me
invitaron al fogón y luego a una copa de vino, tinto. "El vino es
de California, lo mejor que vas a probar en todo el país", dijo
Bob. Las llamas del fuego se levantaban e iluminaban su cara de viejo lobo
de mar. Tenía una tupida barba blanca y cada palabra que decía
la saboreaba y sonaba tan sabia como su rostro. Cuando pregunté
de dónde eran originalmente, Bob tomó la palabra: "somos
todos de California. Nosotros vinimos con Thelma hace más de veinticinco
años. ¿Y sabes qué? Este es el lugar. Míranos,
salimos de trabajar, estamos compartiendo un vino con un extranjero en
la playa. Los chicos salen del colegio, buscan sus tablas y no salen del
mar hasta que el sol cae. ¿Qué más se puede pedir?"
El
cañón
Al
cuarto día, pensé que era tiempo de visitar el Waimea Canyon.
Conocido popularmente como el "Gran Cañón del Pacífico".
Nunca visite el del Colorado, por lo tanto tenía muchas expectativas.
La noche anterior, se había formado un grupo en el hostel y como
era el único en auto, sería el chofer. Tuvimos que ir de
una punta a la otra de la isla.
El
viaje estuvo bien, yo ya conocía los caminos e hicimos un par de
paradas en el camino para reaprovisionarnos. A medida que nos íbamos
acercando al cañón, el camino se iba poniendo cada vez más
zigzagueante. Se tiene que ganar mucha altura, ya que es desde ahí
donde están las mejores vistas.
El
camino tiene 19 millas y no dice mucho. Al costado hay numerosas vistas
llamadas lookouts. Nos detuvimos en la primera, Waimea Canyon Lookout.
Una vez ahí pudimos ver casi todo el cañón. ¿Cómo
describir un lugar así? Me quedé un buen tiempo conteniendo
la respiración. El momento era sublime. La erosión había
causado un corredor que se veía a lo lejos casi perdido a la vista.
Más de mil metros de altura nos separaban del el río, la
mayoría seco (sólo se veía un hilito de agua). Había
una valla,
que hacía una suerte de contención para los turistas, la
salté y me senté contemplando el vacío. En la hora
que estuve sentado, admirando semejante espectáculo, pasaron innumerables
"turistas" que llegaban, sacaban su foto y se iban. Como si se tratara
de un "toco y me voy". Era naturaleza pura, perfecta. "No entienden nada",
pensé.
Los
lookouts que se fueron sucediendo seguían siendo increíbles,
pero habían perdido la fuerza del primero. Pasaron, Puu Ka Pele
Viewpoint, Puu Hinahina Lookout y llegamos al museo de Kokee.
Luego
de manejar un par de millas más, llegamos al Kalalau Lookout, en
la milla número 18 y la última parada del viaje. Bajamos
del auto un poco excépticos de que a esa altura algo nos sorprendiera.
Nunca estuvimos más equivocados. El lugar era imponente, perfecto
(¿ya usé esta palabra?). Creo que pocas imágenes en
mi vida quedarán grabadas como esa. El océano era el fondo
del cuadro, abajo un valle verde, color vida intenso, rodeado de montañas.
De algunas de ellas caían hilos de agua, que ahí les decían
cascadas. La ceremonia se repitió, crucé la cerca y me senté
a contemplar lo indescriptible. El escenario era tan fuerte que transmitía
una paz interior contagiosa.
Cuánto
tiempo estuve sentado ahí es difícil de decir, quizás
una hora, quizá dos. Por momentos focalizaba mi vista en el mar,
allá a lo lejos. Luego en alguna cascada. Y sólo la cascada
estaba en el universo, era fenomenal, después veía toda la
foto y era como verla por primera vez. Un sueño.
Los
acantilados
Randy
es un californiano que hace muchos años vive en las montañas
del Na Pali Coast. Es, literalmente, un clon de Iggy Pop. Nos habíamos
conocido un par de noches atrás en el hostel, tocando la guitarra,
algo ebrios. De entrada ninguno de los dos nos caímos bien. Y apenas
nos conocimos, él me dijo que me podía llevar al Na Pali
Coast Trail. Este treking, reconocido mundialmente, hace que venga gente
de todas partes del mundo sólo para recorrerlo. Si traducimos del
hawaiano al castellano Na Pali tendremos "los acantilados" y seguramente
no hay nombre más adecuado para este treking.
La
cuestión, es que tenía
dos días para hacer el camino de once millas (algo así como
18 kilómetros) a lo largo de las montañas, por empinados
acantilados de más de cien metros que caen en forma dramática
sobre el océano. Randy estaba dispuesto a hacerlo; me dijo que por
cien dólares me llevaría la mochila, acamparíamos
y al día siguiente regresaríamos. "No está mal", pensé.
Ese
día, como un preludio de algo que saldría mal, llovió
todo el día y toda la noche. "Imposible hacer treking", me susurró
Randy, "está lloviendo mucho, si haces el camino, seguramente se
derrumbará y sinceramente no quieres caerte de esos acantilados",
me remató. Pasó todo el día. Era miércoles
a la noche y estaba preocupado. Al día siguiente sería jueves
y el viernes al mediodía tenía que regresar, pues mi vuelo
a Buenos Aires no esperaría. Tenía un día y medio
para hacer
18 kilómetros de camino por la montaña, acampar, pasar la
noche y hacer otros 18 kilómetros de vuelta.
Randy
era un tipo duro, cuarenta años, vivía en las montañas
y era esa clase de gente a la que no le importa nada. Reconozco que soy
del tipo al que le gusta estar al límite, pero no podía parar
de pensar en él y en sus frases: "hay acantilados en los que sólo
entra un pie por vez y no pienses ni mires mucho para el costado, viejo;
tienes cien metros de caída libre". Esa noche empecé a tener
ideas un tanto paranoicas. Hasta que tomé la decisión de
que iría solo, no pude dormir.
Era
jueves, 6.00 am. Me levanté y seguía lloviendo. Lo crucé
a Randy y le dije que lo haría solo. Me dijo que estaba absolutamente
loco y que era imposible, con todo lo que había llovido, ir y volver
en un día y medio. Asentí, pero le hice entender que no tenía
chance, al otro día debía tomar ese avión y no me
podía ir de la isla sin hacer ese treking. Entonces, me dio una
gran idea "¿por qué no vas caminando en un día y vuelves
en kayak por mar? Es la única forma de que lo logres".
Me
decidí y lo llamé a Larry (había un folleto pegado
en la cartelera del hostel que decía "drop-off and extractions in
sea kayaks"). Sin más, arreglé con él que me esperaría
en la última playa del treking, en Kalalau Beach, en seis horas ,
y volveríamos remando. "Muy bien", pensé y me largué
a la ruta. Eran las ocho de la mañana y me dirigí a Kee Beach,
lugar donde empieza el treking.
Estacioné
el auto, me até fuerte los borcegos, me acomodé la mochila,
la cámara e hice un par de minutos de autoconvencimiento. "Son las
nueve", pensé, "en siete horas Larry me va a estar esperando a 18
kilómetros de acá y sólo tengo caminos de montaña
y acantilados".
Empecé
el treking, con tal decisión como si mi vida fuera en ello. Un pie
adelante y luego el otro, así todo el tiempo. Aparecían los
acantilados, el camino quedaba, por momentos, de veinte centímetros
de ancho, no era nada fácil. Había que concentrarse y focalizar
la vista en un punto fijo a unos cuantos metros y luego caminar hasta ahí,
sin siquiera mirar para el precipicio. Iban pasando los minutos y las horas.
A veces, cuando se doblaba una curva cerrada, aparecía delante de
uno un escenario magnífico: los acantilados en su mayor expresión,
con un dramatismo que conmovía. Esas piedras que caían al
mar en forma desesperada. Poco se puede llevar a palabras de lo que viví
en camino.
En
cinco horas y media llegué a Kalalau Beach, en donde me juntaría
con Larry.
Una
vez allí, tuve que esperar poco para que llegase. Nos quedamos charlando
un poco en la playa, me dijo que subiera al kayak y cuando nos metíamos
mar adentro con una gran sonrisa anunció: "sos mi segundo cliente
del año". "Fuck, estoy frito", pensé.
No
hubo mayores problemas en las dos horas de viaje por mar adentro.
Mientras
remaba pensaba que al otro día mi avión me traería
de vuelta a la podrida Buenos Aires, pero después de todo, que joder
¡¡yo estuve en el paraíso, viejo!!
Texto
y fotos: Lucas Iturriza
Geología
de Kauai
Hawai
está ubicado en el plato del Pacífico y se fue formando en
un período de 80 millones de años. Los cálculos de
la NASA Geophisical Observatory son que Hawaii se está moviendo
en dirección noreste, hacia Japón, 8,5 cm al año.Kauai
es sólo la punta del "iceberg", ya que de las 1.000 millas cúbicas
de lava que crearon esta isla, el 95% se encuentra bajo el agua.
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