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Luciana Salazar


Las auroras boreales te dejan con la boca abierta 

Estas cortinas de luz que llenan el cielo con colores increíbles y cambiantes son impredecibles, impactantes e imposibles de olvidar. Las auroras boreales te esperan en Churchill, la capital del oso polar.

Para alucinarte en el Artico

Imaginate que en el medio de la noche ártica, ves un telón gigantesco cayendo del cielo, cubriendo todo el firmamento de norte a sur y de este a oeste, como una enorme y brillante cortina de voile tornasolada. Ves que su brillo vira al lila, naranja, amarillo, verde y rosado con tal intensidad que ilumina al paisaje nevado con esos tonos psicodélicos. Esas cortinas que parecen ascender hasta alturas colosales se agitan, se pliegan y despliegan, de pronto desaparecen y vuelven a aparecer en cuestión de segundos o de horas, como si quisieran danzar para nosotros empujadas por un viento celestial que no alcanzamos a percibir desde nuestro tamaño de microbios en la Tierra. En algunas oportunidades, haciendo silencio absoluto, se escucha un sonido como de una vibración eléctrica... ¿La música del Universo? Pero no hace falta pedir silencio: los viajeros que acuden a ser testigos de esta aventura quedan mudos del asombro. 

Este espectáculo mágico se da en pocos lugares del mundo y sólo es visible en contadas ocasiones. Hay viajeros que llegan a estos sitios especialmente para descubrir el show astronómico, y se pasan una semana sin dormir, mirando el cielo. Hasta que el premio llega. Y demuestra que valió la pena el insomnio. La recompensa es sublime e inolvidable. 

Un regalo del cielo 
Para asegurarse de que vas a ver a la esquiva aurora, te conviene informarte antes. Este fenómeno tiene lugar cuando los campos magnéticos de los polos terrestres atraen a las partículas de los vientos solares. 
Los vientos solares se producen cuando se libera de pronto energía almacenada en los campos magnéticos existentes en las manchas solares. Esto libera chorros de partículas que al llegar a la Tierra se captan como rayos X, interferencias en ondas de radio y... bellísimas auroras. 

Como los campos magnéticos existentes en las manchas del sol cambian de polaridad cada 11 años, los períodos de máxima y mínima intensidad de las auroras coinciden casi exactamente con este ciclo. Cuando esta radiación magnética choca con los arcos de magnetismo terrestre y con la atmósfera, producen estas luces de todos colores que vemos en el cielo, con forma de arco iris, una banda zigzagueante, llamaradas estáticas o temblorosas, bandas que cuelgan del arco central, nebulosas sin forma que se esparcen por el cielo, círculos de rayos irisados en el zenith, abanicos multicolores o combinaciones entre todas estas manifestaciones de belleza inusual. 

Por eso, lo mejor sería consultar con un astrónomo o meteorólogo antes de viajar a cazar auroras. Si él te dice que es época de manchas, tormentas y vientos solares, tendrás más garantías de ser testigo del fenómeno. Y si coincidimos exactamente con una fecha cercana al cumplimiento de los 11 años del ciclo solar y en noches sin luna, el deslumbramiento está garantizado. 

Churchill: el mejor punto de observación 
Las auroras nunca aparecen a más de 60 grados de latitud. Cuanto más cerca estés del Polo, mejor las vas a ver. En la Antártida se aprecian auroras australes en pleno invierno. Pero claro: no es un destino para todos. En cambio, en Alaska, Canadá, Islandia, Groenlandia y Finlandia hay más sitios urbanizados donde esperar que la bellísima aurora llegue al fin. 

Uno de los sitios más populares para esperarlas es Churchill, en Canadá, a orillas de la Bahía de Hudson. Churchill es un pueblo con 1.000 habitantes, la mayoría esquimales, y es la capital de los osos polares que pasan por esta ciudad en sus viajes migratorios. No hay rutas que lleguen a Churchill: sólo se puede llegar desde Winnipeg en un vuelo de tres horas o por tren en un recorrido de 1.600 kilómetros a través de bosques y estepas repletas de manadas de alces y caribúes, después de 48 horas de viaje. Durante un mes y medio, a partir de octubre, más de 5.000 nanuks (osos polares, en esquimal) migran hacia el norte, buscando entre los témpanos de la Bahía de Hudson los peces y focas que en los lagos congelados ya no pueden conseguir. En este momento Churchill se llena de curiosos y la "Bear Patrol" (especie de policía de osos) resguarda a sus habitantes con un toque de queda que suena a las 20:30. El que se queda en la calle, podría toparse con un oso hambriento. 

Actualmente la ciudad recibe a muchos viajeros que llegan para recorrer la tundra en trineos tirados por perros huskies, visitar el Eskimo Museum, comer el plato típico llamado Artic Chiar -un salmón delicioso- y por las noches esperar la llegada de la aurora. La cercanía de Churchill al Polo permite que el show celestial pueda verse en todo su esplendor desde el mes de agosto, y no sólo en pleno invierno, como en otras latitudes. Hasta dicen que en agosto los colores son más espectaculares. 

Si a esto le sumás la posibilidad de recorrer la Bahía en kayak u oomiac (un barco más grande, cubierto de piel de morsa), sorprenderte con la calidez del interior de los helados iglús ("casa", en innuit o esquimal) y divertirte bailando música country en el "Lazy Bear Pub", bebiendo cerveza tirada... se justifica plenamente el viaje a estas latitudes, aunque la aurora se haga desear. 

Pero lo más probable es que, en el medio de la noche, algún parroquiano del pub grite: "¡Aurora! ¡Aurora!", logrando que en el acto todos abandonen sus naipes, salmones y cervezas y corran afuera a admirar el espectáculo más maravilloso que los ojos humanos puedan presenciar. El cielo nocturno, incandescente con luces multicolores, danza con pañuelos gigantes de luz de aquí para allá, como haciéndole un fastuoso homenaje cósmico a la vida. La misma vida que nos permite ver esta maravilla única en el mundo. 

Sólo te digo una cosa: alguna vez tenés que presenciar este portento que te deja con la boca abierta. Después no digas que no te avisé. 
 

Info:

¿Cómo llegar? 
No hay rutas que lleguen a Churchill, por lo que sólo se puede llegar desde Winnipeg por vía aérea -en un vuelo de tres horas- o por tren en un recorrido de 1.600 km a través de las llanuras de Manitoba. También se puede acceder a Churchill en vuelos desde Quebec y Ottawa. Al llegar a la estación, el tren está tan cargado de hielo, que los encargados ferroviarios deben manguerearlo con agua salada caliente a presión para que pueda volver a ponerse en marcha. 

¿Cuándo ir? 
El mejor momento para ver las auroras es entre agosto y septiembre. Si vas en octubre, vas a tener que aguantar temperaturas que llegan a los 25 grados bajo cero durante todo el invierno. Por otro lado, en octubre empiezan las migraciones de los osos polares hacia el norte, buscando cazar focas en el mar que no se congela, como sucede con los lagos del sur, que les impiden atrapar peces. Estas migraciones impresionantes duran sólo 45 días, hasta fines de noviembre. Muchos dicen que el mejor momento para ver auroras es entre agosto y septiembre, porque las temperaturas no son tan gélidas y además los colores son más variados y brillantes. Pero al respecto no hay garantías: las auroras, como las nevadas, aparecen cuando quieren y siempre te toman de sorpresa. Aunque hay auroras todo el año, sólo se las ve mejor en la oscuridad del invierno. En verano hay luz hasta de noche, y por eso no se ven. 

Imperdibles
Si viajás a Churchill entre agosto y septiembre, no dejes de dar una vuelta por los bosques que se tiñen con los colores otoñales dorados y rojo fuego. Una vuelta por el Centro de Interpretación Parks Canadá te cuenta todo sobre la variada fauna autóctona. 
Hay gente que dice que escucha el sonido de las auroras, como silbidos y chisporroteos electrostáticos. Pero cuando se ha intentado grabar estos sonidos, no quedó nada registrado. Además, los científicos dicen que no hay sonido que pueda viajar desde los 100 km de altura donde se produce la aurora, hasta la corteza terrestre. Sin embargo, se calcula que la electricidad ambiente que penetra en los ojos cuando mirás la aurora, afecta el cerebro y estimula los centros del oído a través del nervio óptico, logrando que todos "sientan" música en el cerebro, aunque en realidad no hay sonidos en el aire. Esta teoría se verifica fácilmente cerrando los ojos cuando empezás a escuchar algo. Hay antiguas leyendas innuits que recomendaban silbarles a las auroras como ellas lo hacen para que brillen más, porque eran las almas de los muertos. Muchos opinan que el espectáculo es tan arrollador, rítmico y alucinante que no se puede creer que no haga ruido o sonidos musicales. Entonces, simplemente, uno alucina.
 
 


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