| Las auroras
boreales te dejan con la boca abierta
Estas
cortinas de luz que llenan el cielo con colores increíbles y cambiantes
son impredecibles, impactantes e imposibles de olvidar. Las auroras boreales
te esperan en Churchill, la capital del oso polar.
Para
alucinarte en el Artico
Imaginate
que en el medio de la noche ártica, ves un telón gigantesco
cayendo del cielo, cubriendo todo el firmamento de norte a sur y de este
a oeste, como una enorme y brillante cortina de voile tornasolada. Ves
que su brillo vira al lila, naranja, amarillo, verde y rosado con tal intensidad
que ilumina al paisaje nevado con esos tonos psicodélicos. Esas
cortinas que parecen ascender hasta alturas colosales se agitan, se pliegan
y despliegan, de pronto desaparecen y vuelven a aparecer en cuestión
de segundos o de horas, como si quisieran danzar para nosotros empujadas
por un viento celestial que no alcanzamos a percibir desde nuestro tamaño
de microbios en la Tierra. En algunas oportunidades, haciendo silencio
absoluto, se escucha un sonido como de una vibración eléctrica...
¿La música del Universo? Pero no hace falta pedir silencio:
los viajeros que acuden a ser testigos de esta aventura quedan mudos del
asombro.
Este
espectáculo mágico se da en pocos lugares del mundo y sólo
es visible en contadas ocasiones. Hay viajeros que llegan a estos sitios
especialmente para descubrir el show astronómico, y se pasan una
semana sin dormir, mirando el cielo. Hasta que el premio llega. Y demuestra
que valió la pena el insomnio. La recompensa es sublime e inolvidable.
Un
regalo del cielo
Para
asegurarse de que vas a ver a la esquiva aurora, te conviene informarte
antes. Este fenómeno tiene lugar cuando los campos magnéticos
de los polos terrestres atraen a las partículas de los vientos solares.
Los
vientos solares se producen cuando se libera de pronto energía almacenada
en los campos magnéticos existentes en las manchas solares. Esto
libera chorros de partículas que al llegar a la Tierra se captan
como rayos X, interferencias en ondas de radio y... bellísimas auroras.
Como
los campos magnéticos existentes en las manchas del sol cambian
de polaridad cada 11 años, los períodos de máxima
y mínima intensidad de las auroras coinciden casi exactamente con
este ciclo. Cuando esta radiación magnética choca con los
arcos de magnetismo terrestre y con la atmósfera, producen estas
luces de todos colores que vemos en el cielo, con forma de arco iris, una
banda zigzagueante, llamaradas estáticas o temblorosas, bandas que
cuelgan del arco central, nebulosas sin forma que se esparcen por el cielo,
círculos de rayos irisados en el zenith, abanicos multicolores o
combinaciones entre todas estas manifestaciones de belleza inusual.
Por
eso, lo mejor sería consultar con un astrónomo o meteorólogo
antes de viajar a cazar auroras. Si él te dice que es época
de manchas, tormentas y vientos solares, tendrás más garantías
de ser testigo del fenómeno. Y si coincidimos exactamente con una
fecha cercana al cumplimiento de los 11 años del ciclo solar y en
noches sin luna, el deslumbramiento está garantizado.
Churchill:
el mejor punto de observación
Las
auroras nunca aparecen a más de 60 grados de latitud. Cuanto más
cerca estés del Polo, mejor las vas a ver. En la Antártida
se aprecian auroras australes en pleno invierno. Pero claro: no es un destino
para todos. En cambio, en Alaska, Canadá, Islandia, Groenlandia
y Finlandia hay más sitios urbanizados donde esperar que la bellísima
aurora llegue al fin.
Uno
de los sitios más populares para esperarlas es Churchill, en Canadá,
a orillas de la Bahía de Hudson. Churchill es un pueblo con 1.000
habitantes, la mayoría esquimales, y es la capital de los osos polares
que pasan por esta ciudad en sus viajes migratorios. No hay rutas que lleguen
a Churchill: sólo se puede llegar desde Winnipeg en un vuelo de
tres horas o por tren en un recorrido de 1.600 kilómetros a través
de bosques y estepas repletas de manadas de alces y caribúes, después
de 48 horas de viaje. Durante un mes y medio, a partir de octubre, más
de 5.000 nanuks (osos polares, en esquimal) migran hacia el norte, buscando
entre los témpanos de la Bahía de Hudson los peces y focas
que en los lagos congelados ya no pueden conseguir. En este momento Churchill
se llena de curiosos y la "Bear Patrol" (especie de policía de osos)
resguarda a sus habitantes con un toque de queda que suena a las 20:30.
El que se queda en la calle, podría toparse con un oso hambriento.
Actualmente
la
ciudad recibe a muchos viajeros que llegan para recorrer la tundra en trineos
tirados por perros huskies, visitar el Eskimo Museum, comer el plato típico
llamado Artic Chiar -un salmón delicioso- y por las noches esperar
la llegada de la aurora. La cercanía de Churchill al Polo permite
que el show celestial pueda verse en todo su esplendor desde el mes de
agosto, y no sólo en pleno invierno, como en otras latitudes. Hasta
dicen que en agosto los colores son más espectaculares.
Si
a esto le sumás la posibilidad de recorrer la Bahía en kayak
u oomiac (un barco más grande, cubierto de piel de morsa), sorprenderte
con la calidez del interior de los helados iglús ("casa", en innuit
o esquimal) y divertirte bailando música country en el "Lazy Bear
Pub", bebiendo cerveza tirada... se justifica plenamente el viaje a estas
latitudes, aunque la aurora se haga desear.
Pero
lo más probable es que, en el medio de la noche, algún parroquiano
del pub grite: "¡Aurora! ¡Aurora!", logrando que en el acto
todos abandonen sus naipes, salmones y cervezas y corran afuera a admirar
el espectáculo más maravilloso que los ojos humanos puedan
presenciar. El cielo nocturno, incandescente con luces multicolores, danza
con pañuelos gigantes de luz de aquí para allá, como
haciéndole un fastuoso homenaje cósmico a la vida. La misma
vida que nos permite ver esta maravilla única en el mundo.
Sólo
te digo una cosa: alguna vez tenés que presenciar este portento
que te deja con la boca abierta. Después no digas que no te avisé.
Info:
¿Cómo
llegar?
No
hay rutas que lleguen a Churchill, por lo que sólo se puede llegar
desde Winnipeg por vía aérea -en un vuelo de tres horas-
o por tren en un recorrido de 1.600 km a través de las llanuras
de Manitoba. También se puede acceder a Churchill en vuelos desde
Quebec y Ottawa. Al llegar a la estación, el tren está tan
cargado de hielo, que los encargados ferroviarios deben manguerearlo con
agua salada caliente a presión para que pueda volver a ponerse en
marcha.
¿Cuándo
ir?
El
mejor momento para ver las aurora s
es entre agosto y septiembre. Si vas en octubre, vas a tener que aguantar
temperaturas que llegan a los 25 grados bajo cero durante todo el invierno.
Por otro lado, en octubre empiezan las migraciones de los osos polares
hacia el norte, buscando cazar focas en el mar que no se congela, como
sucede con los lagos del sur, que les impiden atrapar peces. Estas migraciones
impresionantes duran sólo 45 días, hasta fines de noviembre.
Muchos dicen que el mejor momento para ver auroras es entre agosto y septiembre,
porque las temperaturas no son tan gélidas y además los colores
son más variados y brillantes. Pero al respecto no hay garantías:
las auroras, como las nevadas, aparecen cuando quieren y siempre te toman
de sorpresa. Aunque hay auroras todo el año, sólo se las
ve mejor en la oscuridad del invierno. En verano hay luz hasta de noche,
y por eso no se ven.
Imperdibles
Si
viajás a Churchill entre agosto y septiembre, no dejes de dar una
vuelta por los bosques que se tiñen con los colores otoñales
dorados y rojo fuego. Una vuelta por el Centro de Interpretación
Parks Canadá te cuenta todo sobre la variada fauna autóctona.
Hay
gente que dice que escucha el sonido de las auroras, como silbidos y chisporroteos
electrostáticos. Pero cuando se ha intentado grabar estos sonidos,
no quedó nada registrado. Además, los científicos
dicen que no hay sonido que pueda viajar desde los 100 km de altura donde
se produce la aurora, hasta la corteza terrestre. Sin embargo, se calcula
que la electricidad ambiente que penetra en los ojos cuando mirás
la aurora, afecta el cerebro y estimula los centros del oído a través
del nervio óptico, logrando que todos "sientan" música en
el cerebro, aunque en realidad no hay sonidos en el aire. Esta teoría
se verifica fácilmente cerrando los ojos cuando empezás a
escuchar algo. Hay antiguas leyendas innuits que recomendaban silbarles
a las auroras como ellas lo hacen para que brillen más, porque eran
las almas de los muertos. Muchos opinan que el espectáculo es tan
arrollador, rítmico y alucinante que no se puede creer que no haga
ruido o sonidos musicales. Entonces, simplemente, uno alucina.
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