| Quebec
y Montreal, naturaleza y joie de vivre
Cultas,
cosmopolitas, ricas en cultura y naturaleza, son ciudades a la francesa.
Quebec y Montreal son fruto de ese toque especial que sólo la mezcla
puede dar.
Hace
unos cinco siglos, la ladera del actual Mont Royal estaba salpicada por
los tipis de la aldea amerindia de Hochelaga. Con Jaques Cartier, el primer
explorador que nombró las nuevas tierras Nueva Francia, llegaron
más y más, y en 1643 fue fundada Ville-Marie, entre la base
del monte y la orilla del Río San Lorenzo. Con el tiempo, este puerto
interior se transformó en uno de los más importantes del
mundo, siendo clave del comercio de la región. A pesar de la feroz
resistencia de los quebecois a toda la colonia, en 1759 los ingleses tomaron
control definitivo del último rincón francófono de
Norteamérica.
A pesar
del nuevo gobierno, del nuevo idioma y de la nueva idiosincracia, la cultura
que había sido sembrada hacía tiempo no pudo ser desterrada,
y actualmente el francés y su joie de vivre florecen muy especialmente
en Montreal y en la ciudad de Quebec.
La
ciudad vieja de Montreal es el alma histórica, con sus pequeñas
calles, sus casonas de hace dos siglos, y con su antiguo puerto reciclado
para regocijo de los ciudadanos. Una hermosa catedral neogótica,
interminables negocios de antigüedades y galerías de arte,
además de restaurantes para todos los paladares...
Al
caminar por esas callejuelas adoquinadas parecería que todavía
se pueden escuchar los caballos y las carretas de una época salvaje,
de largas travesías, aventuras y descubrimientos.
MONTREAL,
EL REINO DE LA GENTE
En
realidad, a simple vista Montreal se parece a cualquier ciudad europea,
con unos toques de la modernidad norteamericana, pero el tesoro real de
esta ciudad viva es la gente. Son muy francófilos, sociables, amantes
del arte, de la vida al aire libre, de la música y del sol.
Como
le pasa a cualquier viajero descuidado, el primer contacto puede llegar
a ser como los párrafos iniciales de un libro... tal vez un poco
chatos (¡esto ya lo vi antes !).
Pero
después de recorrer la "obligada" zona histórica y los típicos
paseos de calles adoquinadas y paredes que se resisten al paso del tiempo
es hora de descubrir el verdadero Montreal. Claro que el verdadero Montreal
tiene sus altibajos: en invierno todos se ocultan del frío blanco
en oficinas, shoppings y restaurantes bajo tierra, comunicados por el metro;
y en verano, luego de meses de espera impaciente, toda esa energía
contenida explota en forma de movimiento, música, colores y risas.
Para
entrar en calor, se puede empezar por una plácida caminata por Saint-Catherine.
Si se tiene la fortuna de estar alojado en el Hostel de Montreal (una especie
de Hostel cinco estrellas para los estándares jóvenes), sólo
se requieren unos diez minutos para llegar al lugar donde está la
acción. A partir del Palace des Arts, la calle se interna por el
Quartier Latin y se viste con la desinhibición de unos neopunks
de raíz francesa. Bares, pubs y negocios de tatuaje y body piercing
se suceden entre paredes pintadas, veredas dominadas por los skaters y
almacenes de inmigrantes de los rincones más remotos del planeta.
Llegando
a la Rue Saint Denis, y justo a la vuelta de la esquina, hay una escuela
de arte, que pareciera ser el centro de producción de esos personajes
de ropas remendadas, cejas y narices atravesadas por acero y cabeza rapada
o pintada con vivos colores. Hay gente poco observadora que en general
prefiere rehuir su presencia, pero si se mira un poco más allá
de su mera apariencia es fácil darse cuenta de que en realidad son
jóvenes como cualquier otro que intenta encontrar su identidad,
exteriorizando sus sentimientos en forma de vestidos y patrones de comportamiento.
Debajo de esas apariencias que chocan con "Polo" y con "United Colors..."
se encuentran unos seres muy amigables e interesados por la gente, muy
defensores de su idioma y su cultura.
Internarse
por Saint Denis es como transportarse a un rinconcito de París...
pero después de haber pasado por un filtro informal. Durante los
claros días de verano, los restaurantes y bares despliegan sus mesitas
y sombrillas para que el joven de Montreal salga a tomar un trago con sus
amigos. El lugar tiene una onda impresionante y dan ganas de quedarse tarde
tras tarde a mirar pasar la gente, a probar cada rincón, o a incursionar
por el cine
montrealense en alguno de sus complejos de múltiples salas.
Colina
arriba, y pasando la Plaza Saint Louise, donde los vecinos salen a descansar
en la sombra de frondosos robles y maples, comienza una callecita peatonal
que reúne diversas opciones de comidas, desde italiana a griega,
en esta ciudad cosmopolita. Después de trabajar, los montrealenses
prolongan su día paseando, charlando o andando en rollers por sus
calles llenas de vida.
Finalmente,
y para tener excusas para quedarse más y más, el mundo latino
también tiene su calle. En el Boulevard Saint Laurent abundan los
cafés, espacios de arte, almacenes latinos y mucha, mucha gente
con la mejor onda.
Al
leer estas líneas sólo se puede llegar a captar un muy breve
porcentaje de las sensaciones que produce deambular, tanto de día
como de noche, por la segunda ciudad francófona del mundo. Es que
las palabras no alcanzan para expresar el mundo de sentimientos y sonidos
que se viven al caer la tarde. ¡Hay que estar allá para poder
vivirlo!
EN
VERANO: SOL, MÚSICA Y QUE VIVA LA FIESTA
Como
la mayoría de los países que padecen largos inviernos, su
gente está meses esperando la llegada del sol... y cuando llega,
todo explota.
Y no
sólo salen todos a la calle sino que la municipalidad y algunas
empresas locales organizan una serie ininterrumpida de festivales espectaculares.
Por ejemplo, cada fin de junio el mundo francófono se da cita para
su festival de música más grande y reconocido: el FrancoFolies
de Montreal.
Más
de 150 conciertos gratis y al aire libre y algunos conciertos pagos le
dan un ritmo increíble a la fiesta por excelencia. Participan grupos
de Bélgica, Canadá, Francia, del Caribe y del Norte de Africa.
Ritmos latinos, pop, rai, hip hop, jazz, funk, poesía y debates
diversifican la fiesta.
Los
montrealenses no pierden el tiempo y al salir del trabajo o de sus estudios,
chicos y grandes se juntan a partir de las cuatro de la tarde para llenar
las gradas, jardines y plazas del complejo del Palace des Arts. Es un espectáculo
imperdible, no sólo escuchar a los músi cos,
sino ver la alegría de todos disfrutando de su idioma tan defendido
y del buen tiempo. ¡Cómo me gustaría que todos pudieran
escuchar al menos unos minutos de las canciones, notas y los diversos sonidos
de esta celebración dionisíaca!
También
a fines de junio, los miércoles y domingos a la noche se baten a
duelo unos artistas especiales en la Benson and Hedges International Pyromusical
Competition. La noche canadiense es desgarrada por los rojos, amarillos
y verdes de los fuegos artificiales mientras la música acompaña
sus trepadas y explosiones. Es una sinfonía de fuego.
La
lista es bastante larga e incluye el Festival de Cine de Montreal, el Gran
Prix de Canadá de Fórmula Uno, el Festival de la Risa, y
muchos más.
Pero
el Festival Internacional de Jazz es el centro y el más esperado
de los festivales. Este acontecimento atrae a los mejores artistas y a
miles de cultores del jazz de todo el mundo. Y la fiesta no termina...
QUEBEC
CITY, EL ALMA EUROPEA
Más
al norte y cerca de la desembocadura del Río San Lorenzo, se yergue
orgullosa la capital de la provincia de Quebec, otro bastión de
la francofonía en Norteamérica.
Cuando
Samuel de Champlain llegó a este rincón, inmediatamente reconoció
el potencial de la ciudadela natural, elevada sobre unos acantilados y
dominando el paso del río. Estableció entonces una posta
para el comercio de cueros, y con el tiempo y los aventureros, la posta
se convirtió en un poblado.
En
la baja ciudad se establecieron los comerciantes y artesanos, mientras
los edificios religiosos y del gobierno encontraban su refugio dentro del
recinto amurallado, muy al estilo de las ciudades medievales de Europa.
Siendo
la única ciudad amurallada de Norteamérica (declarada Patrimonio
de la Humanidad por la UNESCO), este pequeño "Peñón
de Gibraltar" canadiense resistió varios sitios durante las guerras
de los siglos XVI y XVII, pero finalmente los ingleses quebraron la tenaz
resistencia y toda Nueva Francia quedó en manos anglosajonas. Esa
batalla supuso un punto culminante en la historia canadiense.
Hoy
en día, Quebec es la capital política de la provincia canadiense
de Quebec, y existe una fuerte corriente francófila que desea la
separación de Canadá para constituirse en estado independiente.
Este sentimiento de cultura única le da un toque muy especial a
su gente y al lugar que habitan. Los adoquines, los techos de colores,
las murallas antiquísimas y los permanentes sonidos franceses hacen
que uno se olvide de que está en Norteamérica.
La
cultura y la historia están protegidas por este santuario mediante
museos, palacios, iglesias, edificios gubernamentales y por los tozudos
quebecois.
La
elegancia y la distinción reinan en esta pequeña ciudad,
que en invierno se cubre de blanco y semeja un pueblo alpino. Callecitas
adoquinadas realmente angostas caracolean, suben y bajan para dar lugar
a pequeñas galerías de arte, creperies y diversos negocios
que se anuncian con carteles de madera de vivos colores y hierros forjados.
Como
es una población relativamente pequeña, se puede caminar
muy fácilmente. Para poder apreciar por qué fue un punto
estratégico, un breve ascenso hasta la ciudadela permite apreciar
los palacios quebecois, la Cote de Baupre (enfrente), la Isle de Orleans
y las aguas de uno de los ríos más antiguos y caudalosos
del mundo, el San Lorenzo.
A los
pies del Chateux, jóvenes y adultos salen de paseo o simplemente
se sientan en un banco a ver pasar barcos (o hielos en invierno) en la
Terrace Dufferin, una especie de balcón gigante sobre el acantilado,
hecho de madera y metal. Justo aquí se encuentra un pequeño
funicular que comunica la ciudad alta con la antigua y la pintoresca zona
artesanal de Petit-Champlain con el puerto de ferries.
OH
LA LA, NATURE
Toda
la provincia de Quebec está salpicada de parques nacionales, parques
provinciales y reservas biológicas. Según palabras de locales:
"Es como el paraíso en la Tierra".
Viviendo
en cualquier ciudad o pueblo de por aquí es posible tomarse una
tarde, unos días o unos meses acampando en una ladera verde, cerca
de un río o al borde de un lago.
Por
ejempl o,
a unos cuarenta minutos al norte de la ciudad, se encuentra el Parc de
la Jaques Cartier, un paraíso ecológico que alberga flora
y fauna variada, para disfrutar a pleno.
Un
par de días de campamento puede deparar sorpresas como excelentes
senderos para trekking, arroyuelos donde pescar truchas e inclusive algunas
paredes para poder calentar los músculos y escalar unos metros.
El
bosque es muy denso por lo que es bastante difícil ver vida salvaje,
pero los más afortunados han visto alces, osos, lobos, martas, búhos
y otros animales que pueden resistir los fríos inviernos.
Si
bien en verano el valle fluvial genera un microclima de temperaturas agradables
y mucha humedad, en invierno las temperaturas son extremas, con abundantes
nevadas. Este pedacito canadiense ostenta un récord de precipitaciones:
4,000 mm. al año. Para tener una idea, sería algo parecido
a la Selva Valdiviana, al sur, en la frontera entre Argentina y Chile.
El
río Jacques Cartier recorre una antigua morena glaciaria, y los
hielos al retroceder dejaron al descubierto un valle en forma de "U", montañas
suaves y desgastadas, e infinidad de lagos de aguas heladas a diferentes
alturas.
Pasar
un par de días aquí es una bendición. Una caminata
por las montañas o unas horas domando el río en canoa te
pueden hacer olvidar de que existe un mundo de cemento y edificios esperándote
cerca.
Otro
motivo de orgullo quebecois son los ríos de intensas aguas azules
encajonados por montañas antiguas de bosques esmeralda.
Quebec
y Montreal son imperdibles por su cultura y su naturaleza exuberante.
INFO:
¿CÓMO
LLEGAR?
En
tren desde Estados Unidos o en avión desde cualquier ciudad.
¿CUÁNDO
IR?
Todo
el año, depende de las actividades que se quieran realizar: por
ejemplo, esquiar sólo es posible en invierno.
RECOMENDACIONES:
Hay
muchos parques nacionales y posibilidades de hacer rafting y trekking.
Por su parte, las ciudades ofrecen una gran oferta cultural.
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