Expedición
a los Hielos Continentales
Argentina,
Desierto Blanco.
Imaginen
hielo, mucho hielo. Imaginen 22.000 km2 de planicie cubierta solamente
de hielo, un mar blanco sobre el cual poder caminar.
Piensen
ahora en el frío bajo cero y en ráfagas de viento chocando
en la cara a 120 km. por hora; recuerden la tormenta más fuerte
que hayan sufrido en su vida, multiplíquenla por tres y aún
así estarían lejos de la realidad. En este contexto pongamos
una vida humana y nos daremos cuenta del significado de la frase "un medio
ambiente hostil". Olvidemos por un momento los absurdos reclamos territoriales;
esta zona es un patrimonio de toda la humanidad, pues es la masa de hielo
más grande que existe fuera de los casquetes polares, un lugar donde
la belleza es una orgía para los sentidos, que no pueden dar crédito
a lo que ven los ojos.
Es posible
observar con toda claridad cómo se forman las nubes al chocar el
viento helado contra las paredes verticales calentadas por el sol del imponente
cerro Fitz Roy. Sabemos que es el único lugar donde todo se conserva
como fue en la época de los glaciares, cuando la Patagonia era un
bloque de hielo de proporciones astronómicas. Tuvieron que pasar
años, siglos, milenios para que ese continente helado se fuera derritiendo
hasta quedar caprichosamente ancla do
entre los cordones montañosos ignorados de la cordillera sur. Pero
al fin, una mañana de 1933, cuatro hombres y una mujer vieron lo
que ningún ser humano había visto antes: la entrada al hielo
por el corredor de Hicken, en la zona del lago San Martín. Los azotó
el viento y la lluvia, durante meses el frío congeló sus
rostros, pero dieron el primer paso dentro de este monstruo inerte que
los invitaba a seguir.
Cascadas de
hielo, grietas interminables, hongos de nieve, miles de formas delicadamente
moldeadas, cambiando todo el tiempo, avalanchas sorpresivas, derrumbe de
ceracs (cuevas) inmensas, congeladas unos segundos en el aire y luego despedazándose
con la fuerza de mil toneladas en el suelo helado. A veces la planicie
se cubre de sol y el viento cesa inexplicablemente; entonces, el silencio
más absoluto. El viento, con su furia de huracán, no tarda
en volver y hasta la más mínima partícula de hielo
se pone en movimiento; otra vez las nubes ocultan ese espectáculo
de otro mundo y el viento blanco y la lluvia interminable recomienzan la
batalla.
Así
es que quien se embarque en la fabulosa aventura de recorrer los Hielos
Continentales, aunque sea de manera perimetral, sentirá cómo
las perspectivas de todo lo que valoramos
aparecen en otro lugar. Tomarán importancia cosas mucho más
básicas y fundamentales, desde dónde se pone el pie para
dar el siguiente paso, hasta elegir un lugar donde plantar el campamento
y cómo hacerlo para no encontrarse durante la noche con que la carpa
se ha hecho jirones; un lugar sumamente duro donde las consecuencias de
un error ponen en peligro no sólo a uno mismo, sino a todos los
que conviven en la travesía. La conciencia grupal toma dimensiones
insospechadas y aflora la auténtica personalidad del ser humano,
dando a veces verdaderas sorpresas.
Mucho más
que una excursión, visitar el Hielo Continental es tanto una prueba
mental como física. Una exploración del ser interior y de
los lazos que nos unen con nuestros congéneres, es decir, no sólo
exploramos territorios nuevos donde reinan majestuosas montañas
rodeadas de hielo, sino que también exploramos nuevos terrenos de
nuestra mente, donde paraísos e infiernos conviven y se confunden,
enriqueciendo nuestros conocimientos.
La expedicion
La cantidad
de expediciones por los Hielos Continentales aumenta cada año.
El circuito
clásico es el llamado "Travesía Paso Marconi-Paso del Viento".
El itinerario comienza y termina en el Chalté n.
La duración, en general, es de nueve días, de los cuales
seis son de caminata.
Los grupos
tienen un tope máximo de veinte personas, para poder aprovechar
y disfrutar la inmensidad del lugar.
La expedición
está catalogada como difícil, y si bien no hay un límite
de edad se requiere una experiencia previa en trekking y campamento.
Parques Nacionales
exige que cada diez personas haya un guía argentino habilitado,
responsable dentro del parque de que el grupo cuide el lugar.
Es curioso
saber que de cada ocho grupos que hacen la expedición, uno es de
argentinos y los restantes de extranjeros. En casa de herrero...
La caminata
La marcha sobre
el hielo es tranquila y el paso descansado, porque habiendo veinte personas
es difícil que todos tengan el mismo andar. Los guías son
los encargados de "remolcar" las provisiones, carpas y demás productos
de abastecimiento en trineos. Los viajeros sólo llevan sus pertenencias
(lo mínimo indispensable).
La caminata
por el hielo dura entre tres y cuatro horas por día. Se realizan
muchas pausas para descansar, tomar algo y cambiar de vez en cuando las
raquetas de nieve por grampones o esquíes de travesía.
Las comidas
E l
día empieza cuando sale el sol. Mientras la gente se despereza,
los guías se acercan con unos mates. Es fundamental ingerir por
lo menos un litro de agua antes de salir a caminar, para evitar la deshidratación.
Es muy importante
tener un buen desayuno, ya que el día se hace largo. Es imprescindible
consumir hidratos de carbono. Galletitas, dulces y queso son los clásicos.
Las frutas también vienen bien, porque tienen muchas sales y agua.
El almuerzo
es frugal. Se para un rato la marcha y se come "laterío", es decir,
comida envasada: paté, atún, vianda. Se acompaña con
queso fresco, galletitas y alguna fruta. La idea es comer liviano para
poder seguir con la caminata.
La cena es
la segunda comida fuerte del día y la única caliente. Para
prepararla hay que cortar hielo con la pala, derretirlo, esperar a que
hierva y entonces arrojar ahí las comidas "iofilizadas" que vienen
condensadas y listas para cocinar. Así se consiguen mondongo a la
española y diferentes guisos.
De todas las
comidas se encargan los guías y se hacen y consumen dentro de las
carpas, con lo que hay que tener muchísimo cuidado: un calentador
prendido que se cae puede ser fatal.
Se insiste
mucho en la hidratación. Al final del día, cada persona
habrá tomado unos tres litros de líquido, en forma de mate,
té, café y jugos.
Quien tolere
cargar durante nueve días el peso extra, recibirá una jugosa
recompensa al saborear una cerveza, un vino o un champagne.
Tiempo de
jugar
En los momentos
de descanso, cuando los guías trabajan para cocinar o armar el campamento,
la gente juega. Caminan, esta vez sin mochila, se revuelcan en la nieve,
se tiran en trineos, construyen figuras y castillos, como los chicos lo
hacen con arena en la playa. La gente se desenchufa a pleno y se olvida
del esfuerzo que realizó durante el día.
Necesidades
basicas
Durante el
transcurso de la expedición ni sueñen con una ducha. Las
necesidades son otras. Imaginate con ese frío sacarte la ropa. Es
distinto cuando la gente vuelve a la "civilización": ahí
lo primero que ansía es un buen baño.
Ante el llamado
de la naturaleza, uno responde desde el mismo lugar en el que está.
No hay escondites donde ocultarse. La experiencia forma parte del viaje.
Muchos afirman que es el mejor baño que conocieron en su vida porque
¿dónde va a haber otro con semejante paisaje?
Si hay tormenta,
relajate y gozá.
Cuando hay
mucho viento o
tormenta, la nieve se levanta o cae y la visibilidad está muy reducida.
Para esto,
el grupo se encordona, es decir, una soga los une a todos. De esta manera
los guías que van primero no tienen que estar mirando hacia atrás
para saber si vienen todos.
Después
de estar en una, no quedan dudas de que no hay nada como caminar por los
hielos en una buena tormenta. La mejor o única actitud es saber
disfrutarla. Es hermoso, no lo podés vivir en otro lugar. Vas caminando,
encordado a los demás, y sólo ves a tus compañeros
de adelante y de atrás. Por momentos el viento te sacude y sentís,
literalmente, cómo la naturaleza te domina. Es una experiencia inolvidable.
Peligros
El sol es un
gran problema, por supuesto, pero puede prevenírselo perfectamente.
Dos pares de anteojos con filtro UV. 100% son fundamentales. Si no, los
ojos pueden lesionarse seriamente.
Es esencial
que todo el cuerpo esté cubierto, como hacen los árabes en
el desierto, que se cubren desde la cabeza hasta los pies. Si hay partes
expuestas al sol, se corre riesgo de deshidratación.
Texto: Alejandrina
Laprida
y E. J. Luke.
Fotos: Fernando
Marticorena.
Agradecemos
a Aníbal Giménez de "Camino Abierto".
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