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Luciana Salazar


Expedición a los Hielos Continentales 
Argentina, Desierto Blanco.

Imaginen hielo, mucho hielo. Imaginen 22.000 km2 de planicie cubierta solamente de hielo, un mar blanco sobre el cual poder caminar.

Piensen ahora en el frío bajo cero y en ráfagas de viento chocando en la cara a 120 km. por hora; recuerden la tormenta más fuerte que hayan sufrido en su vida, multiplíquenla por tres y aún así estarían lejos de la realidad. En este contexto pongamos una vida humana y nos daremos cuenta del significado de la frase "un medio ambiente hostil". Olvidemos por un momento los absurdos reclamos territoriales; esta zona es un patrimonio de toda la humanidad, pues es la masa de hielo más grande que existe fuera de los casquetes polares, un lugar donde la belleza es una orgía para los sentidos, que no pueden dar crédito a lo que ven los ojos. 

Es posible observar con toda claridad cómo se forman las nubes al chocar el viento helado contra las paredes verticales calentadas por el sol del imponente cerro Fitz Roy. Sabemos que es el único lugar donde todo se conserva como fue en la época de los glaciares, cuando la Patagonia era un bloque de hielo de proporciones astronómicas. Tuvieron que pasar años, siglos, milenios para que ese continente helado se fuera derritiendo hasta quedar caprichosamente anclado entre los cordones montañosos ignorados de la cordillera sur. Pero al fin, una mañana de 1933, cuatro hombres y una mujer vieron lo que ningún ser humano había visto antes: la entrada al hielo por el corredor de Hicken, en la zona del lago San Martín. Los azotó el viento y la lluvia, durante meses el frío congeló sus rostros, pero dieron el primer paso dentro de este monstruo inerte que los invitaba a seguir. 

Cascadas de hielo, grietas interminables, hongos de nieve, miles de formas delicadamente moldeadas, cambiando todo el tiempo, avalanchas sorpresivas, derrumbe de ceracs (cuevas) inmensas, congeladas unos segundos en el aire y luego despedazándose con la fuerza de mil toneladas en el suelo helado. A veces la planicie se cubre de sol y el viento cesa inexplicablemente; entonces, el silencio más absoluto. El viento, con su furia de huracán, no tarda en volver y hasta la más mínima partícula de hielo se pone en movimiento; otra vez las nubes ocultan ese espectáculo de otro mundo y el viento blanco y la lluvia interminable recomienzan la batalla. 
Así es que quien se embarque en la fabulosa aventura de recorrer los Hielos Continentales, aunque sea de manera perimetral, sentirá cómo las perspectivas de todo lo que valoramos aparecen en otro lugar. Tomarán importancia cosas mucho más básicas y fundamentales, desde dónde se pone el pie para dar el siguiente paso, hasta elegir un lugar donde plantar el campamento y cómo hacerlo para no encontrarse durante la noche con que la carpa se ha hecho jirones; un lugar sumamente duro donde las consecuencias de un error ponen en peligro no sólo a uno mismo, sino a todos los que conviven en la travesía. La conciencia grupal toma dimensiones insospechadas y aflora la auténtica personalidad del ser humano, dando a veces verdaderas sorpresas. 
Mucho más que una excursión, visitar el Hielo Continental es tanto una prueba mental como física. Una exploración del ser interior y de los lazos que nos unen con nuestros congéneres, es decir, no sólo exploramos territorios nuevos donde reinan majestuosas montañas rodeadas de hielo, sino que también exploramos nuevos terrenos de nuestra mente, donde paraísos e infiernos conviven y se confunden, enriqueciendo nuestros conocimientos. 
 

La expedicion 

La cantidad de expediciones por los Hielos Continentales aumenta cada año. 
El circuito clásico es el llamado "Travesía Paso Marconi-Paso del Viento". El itinerario comienza y termina en el Chaltén. La duración, en general, es de nueve días, de los cuales seis son de caminata. 
Los grupos tienen un tope máximo de veinte personas, para poder aprovechar y disfrutar la inmensidad del lugar. 
La expedición está catalogada como difícil, y si bien no hay un límite de edad se requiere una experiencia previa en trekking y campamento. 
Parques Nacionales exige que cada diez personas haya un guía argentino habilitado, responsable dentro del parque de que el grupo cuide el lugar. 
Es curioso saber que de cada ocho grupos que hacen la expedición, uno es de argentinos y los restantes de extranjeros. En casa de herrero... 
 

La caminata

La marcha sobre el hielo es tranquila y el paso descansado, porque habiendo veinte personas es difícil que todos tengan el mismo andar. Los guías son los encargados de "remolcar" las provisiones, carpas y demás productos de abastecimiento en trineos. Los viajeros sólo llevan sus pertenencias (lo mínimo indispensable). 
La caminata por el hielo dura entre tres y cuatro horas por día. Se realizan muchas pausas para descansar, tomar algo y cambiar de vez en cuando las raquetas de nieve por grampones o esquíes de travesía. 

Las comidas 

El día empieza cuando sale el sol. Mientras la gente se despereza, los guías se acercan con unos mates. Es fundamental ingerir por lo menos un litro de agua antes de salir a caminar, para evitar la deshidratación. 
Es muy importante tener un buen desayuno, ya que el día se hace largo. Es imprescindible consumir hidratos de carbono. Galletitas, dulces y queso son los clásicos. Las frutas también vienen bien, porque tienen muchas sales y agua. 
El almuerzo es frugal. Se para un rato la marcha y se come "laterío", es decir, comida envasada: paté, atún, vianda. Se acompaña con queso fresco, galletitas y alguna fruta. La idea es comer liviano para poder seguir con la caminata. 
La cena es la segunda comida fuerte del día y la única caliente. Para prepararla hay que cortar hielo con la pala, derretirlo, esperar a que hierva y entonces arrojar ahí las comidas "iofilizadas" que vienen condensadas y listas para cocinar. Así se consiguen mondongo a la española y diferentes guisos. 
De todas las comidas se encargan los guías y se hacen y consumen dentro de las carpas, con lo que hay que tener muchísimo cuidado: un calentador prendido que se cae puede ser fatal. 
Se insiste mucho en la hidratación. Al final del día, cada persona habrá tomado unos tres litros de líquido, en forma de mate, té, café y jugos. 
Quien tolere cargar durante nueve días el peso extra, recibirá una jugosa recompensa al saborear una cerveza, un vino o un champagne. 

Tiempo de jugar

En los momentos de descanso, cuando los guías trabajan para cocinar o armar el campamento, la gente juega. Caminan, esta vez sin mochila, se revuelcan en la nieve, se tiran en trineos, construyen figuras y castillos, como los chicos lo hacen con arena en la playa. La gente se desenchufa a pleno y se olvida del esfuerzo que realizó durante el día. 

Necesidades basicas 

Durante el transcurso de la expedición ni sueñen con una ducha. Las necesidades son otras. Imaginate con ese frío sacarte la ropa. Es distinto cuando la gente vuelve a la "civilización": ahí lo primero que ansía es un buen baño. 
Ante el llamado de la naturaleza, uno responde desde el mismo lugar en el que está. No hay escondites donde ocultarse. La experiencia forma parte del viaje. Muchos afirman que es el mejor baño que conocieron en su vida porque ¿dónde va a haber otro con semejante paisaje? 
 

Si hay tormenta, relajate y gozá.

Cuando hay mucho viento o tormenta, la nieve se levanta o cae y la visibilidad está muy reducida. 
Para esto, el grupo se encordona, es decir, una soga los une a todos. De esta manera los guías que van primero no tienen que estar mirando hacia atrás para saber si vienen todos. 
Después de estar en una, no quedan dudas de que no hay nada como caminar por los hielos en una buena tormenta. La mejor o única actitud es saber disfrutarla. Es hermoso, no lo podés vivir en otro lugar. Vas caminando, encordado a los demás, y sólo ves a tus compañeros de adelante y de atrás. Por momentos el viento te sacude y sentís, literalmente, cómo la naturaleza te domina. Es una experiencia inolvidable. 
 

Peligros

El sol es un gran problema, por supuesto, pero puede prevenírselo perfectamente. Dos pares de anteojos con filtro UV. 100% son fundamentales. Si no, los ojos pueden lesionarse seriamente. 
Es esencial que todo el cuerpo esté cubierto, como hacen los árabes en el desierto, que se cubren desde la cabeza hasta los pies. Si hay partes expuestas al sol, se corre riesgo de deshidratación. 
Texto: Alejandrina Laprida 
y E. J. Luke. 
Fotos: Fernando Marticorena. 

Agradecemos a Aníbal Giménez de "Camino Abierto".

 

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