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Luciana Salazar


Calma Azul, Argentina

El Monasterio Trapense en Azul es uno de esos rincones en donde el que descansa es ese otro yo que todos llevamos dentro. La ciudad con sus toques de art-decó y una pulpería que lleva esa estética de las de antes cierran el círculo para hacer este lugar super atractivo. 

Azul, ubicada al sur de la Pcia. de Bs. As. es casi multicultural, abismal y silencioso. El monasterio guarda secretos y una veintena de monjes de cogulla cónica y cabezas meditativas. Padres y Hermanos que llegaron desde distintos rincones del planeta y hoy hincan sus vidas a rezarle credos al Cristo que cuelga en el centro de escena. Como siempre, y como era de esperar, la puerta de la iglesia es lo suficientemente espesa como para llorar en ruidos el dolor de las visagras. 

Hay un vitraux que desde el fondo da en luces una virgen pintada con niño en brazos, la misma a quien le ha sido encomendado el deber de resguardar la calma, esa que aquí es ley fundamental de cuanto sucede. Como toda mañana, es tiempo de plegarias en esta esquina del planeta. Como toda mañana, comienza sus tareas el convento de los trapenses. Afuera, un ginkgo biloba de hojas amarillas (según la botánica china, el árbol más antiguo del mundo) vigila, creyéndose una especie de centinela para todos. 

Si bien estos monjes siguen las reglas de San Benito al igual que los benedictinos, a la hora de dictar los pasos de cada día, parecen haberlas llevado hasta el extremo. De hecho, sus vínculos comunicativos con la sociedad en general son bien estrechos; sólo hay un par de Hermanos designados para hablar con los visitantes. De todas maneras bien vale la pena una visita al lugar, conocer los alrededores y dedicarse al placer divino del ocio productivo. La idea es aquí encontrarse con otro tipo de descanso, que poco tiene que ver con ese desbaratarse sobre la arena en alguna playa tropicalísima. Aquí el tema está más vinculado con esa introspección a veces tan necesaria. Más allá de toda creencia religiosa, todos son siempre bienvenidos. 

El Hermano Tomás es quien atiende lo relativo al hospedaje, recibe y contesta las cartas de los que buscan un refugio para sus ánimos y se encarga de guiar hasta las habitaciones y hacer las recomendaciones necesarias como para que todos los huéspedes obtengan lo que fueron a buscar. 

OFICIOS TERRESTRES 
Esencias de hierbas que extraen de las sierras y los campos de los alrededores. Menta, peperina, marcela y otras plantas chicas que crecen por todas partes son llevadas por los monjes a extractos que después se comercializan en las ciudades aledañas. Dulces, turrones y chocolates también son aquí elaborados para ofrecer a los visitantes, al igual que un tipo de miel que lleva cierto dejo a eucaliptus por la afluencia de estos árboles en la región. Cada hermano tiene su tarea definida y entre todos se encargan de que esta estructura productiva salga adelante. Tienen 1.000 hectáreas y unas 800 piezas de ganado vacuno que los ayudan a autoabastecerse. 

EL PRIMERO EN SU TIPO 
La Trapa, como se llama en Azul al monasterio, fue la primera en su tipo en instalarse en América Latina (hoy existe uno en Brasil y otro en Chile). Se levantó en un terreno donado por Pablo Acosta, un estanciero que había conseguido sus hectáreas en la llamada Guerra del Desierto. El primer Pablo de la generación murió en manos indígenas. Una cruz plateada e inclinada marca sobre la cima de uno de los cerros, el sitio donde el malón emboscó al hacendado. El segundo Acosta les regaló a los monjes el terreno. El y su mujer fueron enterrados dentro de la capilla, donde su nombre en una lápida resguarda la memoria. 

La estructura monástica está construida de manera tal que durante todo el día el sol ilumina los interiores. Su arquitectura sigue estrictamente los parámetros de las edificaciones medievales; son paredes anchas de ladrillo a la vista, preparadas para resistir hasta 200 años de historia. "Al mediodía, cuando el sol pega verticalmente sobre la tierra, la luz se abre paso entre los vitraux de las paredes más altas y forma una cruz fantasmagórica en los mosaicos de la capilla", explica el hermano Antonio, encargado de recibir a los huéspedes en el pequeño almacén de productos artesanales que ocupa una de las entradas del convento. Antonio espera a los visitantes con el pelo muy corto, peinado hacia atrás y un delantal de jean cubriéndole el atuendo monástico. Sonríe amigablemente y se interna en conversaciones que dejan al descubierto una excelente predisposición para hablar, a pesar de la regla que rige su conducta. 

UNA ORDEN CON HISTORIA 
La Orden de los monjes trapenses tuvo sus inicios en el año 1098. En ese entonces los santos Roberto, Alberico y Esteban, buscaron un sitio donde desarrollar y empaparse en los laberintos espirituales de la vida monástica. Siguiendo las reglas descriptas por San Benito se instalaron en un lugar pantanoso llamado Cister, en Dijón, Francia, y se propusieron volver a la sencillez, lejos de la ostentación y la contaminación de las ciudades. Quinientos años más tarde, Cister fue el epicentro de una nueva revolución espiritual liderada por el Abad de Rancé en su Abadía de la Trappe, en Francia. En 1892 el Papa León XIII decidió crear una nueva Orden dentro de la iglesia católica a partir de aquella reforma llevada a cabo en la Trappe. El nombre asignado al movimiento fue Orden de los Cistercienses de la Estricta Observancia, más conocidos como trapenses. 

LA IDIOSINCRASIA INTERNA 
"Para ingresar a la orden hay que tener más de 18 años y abandonar todas las riquezas adquiridas en el mundo consumista", cuenta Viviana Coluccio, una de las guías de la ciudad de Azul y quizás la mujer que más contacto ha tenido con los monjes en los últimos años. "Al ingresar, cada hermano hace sus votos de permanencia y no se traslada hasta la muerte. Eso sí, antes de internarse cada uno puede elegir en qué monasterio le gustaría vivir." Durante la estadía, los hermanos duermen en un cuarto en el que sólo hay una silla, una mesa, una biblioteca y un catre sin colchón. El estilo de vida austero, sencillo y frugal es una de las condiciones básicas para dedicarse a la búsqueda de la paz espiritual sin dejarse llevar por los laberintos de la vida mundana. "La separación física del mundo y el clima de silencio y recogimiento es el nudo central de la existencia monástica", relata por su lado el hermano Antonio. 

Hace unos años, el entonces presidente Carlos Menem fue uno de los visitantes del monasterio. Allí realizó durante una semana el retiro espiritual junto a los monjes. El padre Hugo Mujica, sacerdote y reconocido pensador contemporáneo adorador de Martín Heidegger, estuvo durante dos años en "La Trapa", conviviendo bajo la regla de San Benito. Por otro lado, las leyendas locales suelen contar que allí pasó sus últimos días exiliado de sí mismo uno de los pilotos norteamericanos que soltó la bomba atómica sobre la ciudad de Hiroshima al término de la Segunda Guerra Mundial. 

AZUL DE ARROYO 
Después de unos días en el monasterio quizás no sea mala idea enfilar veletas para Azul. Es una ciudad que verdaderamente brinda sorpresas, una de las únicas con el art-decó en las plazas, iglesias y en varios rincones fáciles de visitar. La entrada del cementerio es quizás la más espectacular del país, ya que lleva en sus pliegues detalles de ese estilo nacido en Francia. Hay también un teatro precioso, el Español, incluso más antiguo que el Colón, inaugurado en 1897. Carlos Gardel testeó la acústica en varios recitales y Miguel Angel Firpo peleó sobre un ring improvisado sacando las butacas a principios de siglo. Hay una escultura llamada La Madre que fue donada y realizada por el premio Nobel Pérez Esquivel y que hoy decora la esquina de la plaza central. La calle Bolívar es la que lleva toda esa estética afrancesada en los aleros y las ventanas de las casas y bien merece un recorrido a paso cansino. 

LA ÚLTIMA PULPERÍA
Para el otro lado del monasterio y a pocos kilómetros de Azul, se yergue imponente desde 1850 la última pulpería de toda la región. Un santuario para los paisanos de la zona al momento del trago nocturno, y una antigua posta para el cambio de caballos de los carteros que cruzaban la pampa uniendo destinos. Los hermanos Toso atienden el negocio desde atrás de las rejas que solían proteger a los gauchos de los ataques de la indiada. Una puerta pesada de madera oscura y cerrojos de hierro forjado marcan la entrada. 

El local sigue tal cual estaba en sus principios, con los paisanos bebiendo de un sorbo sus tragos blancos en vasitos pequeños de vidrio esmerilado. Algunos niños desafían la siesta y corretean entre las calles mientras un perro duerme la siesta de cada día. Allí, siempre hay viajeros que se sientan a compartir la mesa con los Toso, y entre fiambres, quesos caseros, rosquetas y algún vermucito, aprovechan la tarde escuchando anécdotas de potrancas, ñandúes y establos. 
 
 

INFO: 

¿CUÁNDO IR? 
Para reservas hay que escribir a: Monasterio Trapense C.C. 34 (7300) Azul, Pcia. de Buenos Aires. Hay cuatro lugares para hombres solos y cuatro para matrimonios. Los retiros espirituales pueden hacerse de martes a viernes, o de viernes a martes. 

¿CÓMO LLEGAR? 
Aunque lo ideal es ir con auto propio, se puede tomar un bus en Retiro. La Estrella, El Cóndor y Ferrobaires (más económico) tienen servicios que conectan diariamente la Capital con la ciudad de Azul. Desde allí es conveniente contratar un remís o bien hablar a la dirección de turismo al tel.: 0281-31751, ya que desde allí suelen salir camionetas todos los domingos para el monasterio. 

RECORRIDA: 
La Licenciada Viviana Coluccio organiza viajes desde Buenos Aires al monasterio y sus alrededores todos los meses del año. Por cualquier consulta llamar a los teléfonos 02281-428446/428401. Ella es quien sabe cómo llegar desde Azul a la pulpería.

TEXTOS Y FOTOS: MARTÍN CORREA URQUIZA.

 

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