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Viaje a las Cataratas del Iguazú  

En la unión de las fronteras de Argentina, Paraguay y Brasil existe un paraíso de cascadas monumentales, selva exuberante y deslumbrantes ruinas jesuitas, que todo ser humano debería conocer. 

Una leyenda guaraní cuenta que las Cataratas del Iguazú nacieron cuando el dios del bosque se enteró que la muchacha con la que planeaba comprometerse había huido en una canoa junto a un joven guerrero. En un intento por detener la fuga de los amantes y dominado por una ira incontenible, el dios hizo que el lecho del río se derrumbara, lo que produjo una gran catarata que arrastró el cuerpo de la muchacha. El guerrero sobrevivió, pero sus pies echaron raíces y su cuerpo se transformó en un árbol que observa desde aquel día la eterna caída de la joven. Según la misma leyenda, ambos permanecerán así hasta el desenlace de los tiempos y la historia...   336x280
LAS CATARATAS DEL IGUAZÚ, UN TESORO NATURAL 
Apenas entré al Parque Nacional Iguazú mis oídos comenzaron a naufragar entre las melodías que provocan las aguas de las vertientes al chocar contra las rocas. Melodías que eran, sin lugar a dudas, una premonición de la inmensidad que más tarde iba a contemplar. Sin embargo, preferí extender ese momento previo colmado de expectativas y en lugar de dirigirme directamente a presenciar las caídas de agua, me dediqué sin prisa ni apuro a recorrer el museo y a charlar con os guardaparques sobre distintas cuestiones. 

Así me enteré que el Parque Nacional Iguazú es uno de los tesoros ecológicos más importantes del mundo, que fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO y que la biodiversidad de especies que habitan sus 55.000 hectáreas lo convierten en un lugar único en América del Sur. 

También me dijeron que en las Cataratas hay entre 160 y 270 caídas de agua que varían según el caudal del río y alcanzan un frente de casi tres kilómetros y una altura aproximada de setenta metros. De todos los saltos, el más destacado es el llamado Garganta del Diablo, que agrupa varias caídas en un semicírculo de 200 metros de ancho y 90 de alto. Su nombre se debe al halo de misterio que producen el ruido de sus aguas y el vapor que generan al caer. Llegar hasta este sitio sólo es posible mediante el uso de una lancha, ya que los pasadizos que antes conducían hasta la Garganta se destruyeron a causa de diferentes inundaciones. 

Los mismos guardaparques me recomendaron recorrer los senderos y los miradores lo antes posible para evitar que el aluvión de turistas que llega al lugar hacia el mediodía rompa el efecto majestuoso que brinda la naturaleza. Les hice caso y la primera impresión fue espectacular. Si bien había visto esa imagen en miles de fotografías, el hecho de tenerla ante mí, en vivo y en directo, fue como escuchar al planeta gritar en mil idiomas mezclados con rocas y agua, con cantos de pájaros y selvas. Caminé durante horas por los rústicos y zigzagueantes senderos. Me detuve ratos interminables en cada uno de los miradores. Liberé a mi cuerpo y dejé volar mis pensamientos. Y así, finalmente, comprendí que el planeta estaba gritando que está vivo, y pensé que aquel castigo impuesto al joven guerrero de la leyenda no era más que un premio para su audacia desafiante.

LA TRIPLE FRONTERA
 
Al día siguiente, en Puerto Iguazú, me llamó la atención la peculiar forma de vida que lleva la gente, cruzando fronteras varias veces al día y hablando de ello con total naturalidad. En el punto exacto donde los países dividen sus territorios se construyó un monumento en el que flamean las banderas de las tres naciones. Igualmente, ésta es una división emblemática, ya que los pueblos están unidos y comparten mucho más que esto: comparten su vida diaria sin fronteras que los dividan. 

El viaje de una ciudad a otra se puede realizar en cualquier bus de línea sin más trámite que mostrar el documento a Gendarmería. 

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Es más, los que viven en la zona cruzan la frontera exhibiendo tan solo un carnet municipal que acredita su identidad ante las autoridades migratorias. 

Muchos de sus habitantes llaman a Puerto Iguazú "la ciudad acompañada", debido a que cuenta con dos vecinas incondicionales: la paraguaya Ciudad del Este y la brasileña Foz do Iguazú. 

Cada una de estas ciudades tiene un atractivo propio. En Foz do Iguazú es donde se encuentran los hoteles cinco estrellas más baratos y, por lo tanto, donde se hospeda la mayor cantidad de turistas. También es el punto desde el cual se aprecian las mejores vistas panorámicas de las Cataratas. 
 

Por su parte, Ciudad del Este es un emporio de toda clase de mercaderías que incluyen desde sofisticados y modernos artículos electrónicos hasta repuestos para automotores y ropa de vestir. Por esto no asombra el hecho de que cualquier argentino de la zona cruce la frontera y vaya a hacer sus compras diarias a Paraguay, ya que de esa manera ahorran bastante dinero. 

En el lado argentino están las mejores instalaciones para visitar las Cataratas de cerca y es el lugar desde donde salen las embarcaciones que llegan hasta la Garganta del Diablo y la isla San Martín. Esto sucede porque la mayor parte de las Cataratas del Iguazú se encuentran geográficamente en territorio argentino.

EN BUSCA DE LOS JESUITAS PERDIDOS
 
Luego de pasar la noche en la terminal de buses, abandoné Puerto Iguazú. Mientras avanzaba por la Ruta Nacional Número 12 rumbo a Posadas me distraje leyendo una pequeña información sobre las ruinas que se encuentran a uno y otro lado de la carretera. Los misioneros católicos de la Compañía de Jesús -más conocidos como Jesuitas- dejaron el significado de su misión latente en las numerosas construcciones que se levantan a lo largo de la provincia de Misiones y en algunos sitios específicos de Brasil y Paraguay. Los Jesuitas fundaron treinta pueblos durante el siglo XVI, constituyendo de ese modo la gesta evangelizadora más extraordinaria de América, cuya organización todavía hoy asombra al mundo entero. 

Las ruinas más importantes son las de San Ignacio Miní, que datan del año 1695 y se encuentran a 60 kilómetros de Posadas y a 237 de Puerto Iguazú. Antes de conocerlas pensaba encontrarme con un pequeño conjunto de piedras gastadas por el paso del tiempo, pero la realidad fue otra y las ruinas se presentaron realmente como testigos directos de aquella civilización tan maltratada por sus contemporáneos. 
 

La conservación de las edificaciones es muy buena, en gran medida por los trabajos de restauración que se llevan a cabo periódicamente. Deambulando entre sus muros y pórticos labrados me sentí prisionero del pasado. Pero no de un pasado cualquiera, sino de uno más bien místico, en el que el aire transportaba sabiduría y divinidad, conjugándose todo en una sensación parecida a la que se experimenta en el interior de una vieja y gran iglesia, rodeado de silencio y devoción. 

En su apogeo, San Ignacio Miní llegó a tener más de 3.300 habitantes y su cercanía con el río Paraná le permitió mantener una estrecha relación de intercambios con los demás pueblos de la misión. Uno de ellos era lo que hoy son las ruinas de Nuestra Señora de Loreto. Este pueblo, fundado en 1632, fue uno de los establecimientos jesuíticos más importantes debido a su excelente producción de lienzos y yerba mate y, sobre todo, por ser el sitio donde funcionó la primer imprenta de la época. 

Quizá la más descuidada de las ruinas jesuitas de Misiones sea la de Santa Ana. Allí se puede ver cómo la selva hambrienta comenzó a devorar los cimientos del emplazamiento. Algunos árboles crecen pegados a los muros y, entre las uniones de las piedras que los forman, se aprecian rastros de una vegetación que poco a poco va abrazando celosamente todo el lugar. La misma situación ocurre en la misión de Santa María la Mayor, situada al otro lado de la provincia, cerca del río Uruguay. Aquí también los muros y construcciones son presa fácil para la selva que avanza a paso firme. Santa María estaba en plena etapa de consolidación cuando en 1767 los españoles expulsaron a los jesuitas, por lo que algunos de sus edificios nunca fueron terminados. 

Para quienes quieran visitar las ruinas más detenidamente, existen los recientemente construidos Centros de Interpretación, ubicados cerca de San Ignacio Miní, cuya finalidad es brindar apoyo y protección tanto a los visitantes comunes como a los investigadores. Estos centros están provistos de servicios básicos y material didáctico conseguido a través de los trabajos arqueológicos desarrollados en la zona.  

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