| Una bodega
en Mendoza
Visitar
La Rural es como descubrir esa parte de la historia que se ignora cuando
se descorcha una botella. Visitar el museo de esta bodega resulta una experiencia
con aromas que no se olvidan.
La
lluvia fue el mensaje. Era el llamado de las voces de los toneles. Una
tarde fría como esa no podía pasarse en otro lugar. Mendoza
estaba un poco triste e invitaba a recorrer las calles suburbanas. Habíamos
pasado muchos días en la ruta, y nos merecíamos una visita
al museo del tinto.
La ruta 7,
hasta la calle Ponce, nos llevó a la Bodega La Rural, la agraciada
propietaria del Museo Nacional del Vino y la Vendimia, un edificio muy
viejo que se encuentra después de pasar por una cortada llena de
verjas, plantas y empedrados. Desde el centro de la ciudad son diez kilómetros.
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UN POCO MÁS
QUE UNA COPA DE VINO
Alguien descubrió,
allá por el 1800, que las tierras de Cuyo eran ideales para las
uvas tintas. Esa tarde el hallazgo se afianzó en nuestros cuerpos.
El paladar puede no estar entrenado, pero la intuición jamás. |
La lluvia no equivocó
su mensaje. Estábamos ahí, en ese lugar oscuro y húmedo,
con ese aroma típico, que no sabés si te hace bien o no,
pero que, indiscutiblemente, es interesante.
Es un museo
y por eso la visita es guiada. Todo comienza con una recorrida por la maquinaria
que se usaba en la época de la colonia. Prensas de madera, mucho
hierro, resabios del trabajo manual, vasijas de barro cocido que luego
fueron cubas, más tarde piletas de cemento y ahora tanques de acero
inoxidable.
Es
el momento de la desilusión. Te encontrás con esos gigantes
plateados, fríos y ruidosos, los encargados de contener el vino
para la fermentación "técnica". Por supuesto que todos creímos
que ésa era la instancia final del descanso. Pero se hizo la luz
cuando llegamos a la "sala de aromas" que llaman "la cava". Allí
se apilan cientos de barricas -así denominan a los toneles chicos-
en las que descansa el vino ya fermentado. Cada una alberga 225 litros
y está hecha en un noventa por ciento con roble francés.
El otro diez, infaltable, es de procedencia americana.
El vino se
añeja en esos toneles entre seis meses y dos años, después
pasa a la botella para la largada de los vinos clásicos, varietales
y de exportación.
EL SECRETO
DEL GURÚ
Más
tarde nos enteramos del proceso inicial, del que nadie se pregunta cuando
descorcha una botella. Pero es interesante saber que, después de
la selección, la uva llega a un cilindro que llaman "descobajadora".
Por acción centrífuga, los granos de la vid atraviesan una
pared metálica que tiene orificios del tamaño justo -es como
una prensa neumática-. Luego una bolsa de plástico, que es
como la vejiga del cilindro, se infla y aplasta la uva contra las paredes
internas. No tritura la semilla para que el vino no quede con sabor ácido.
Todo se aprovecha
hasta el fin. El mosto -zumo exprimido de la uva, antes de fermentar- se
saca con la prensa continua para no mezclar la calidad de los líquidos,
y se vende para la fabricación de vinos de inferior calidad. Las
destilerías compran la piel y la semilla para hacer grapa. Las semillas
se transforman en aceite de uva.
Increíblemente,
el guía está hablando de la Curva de Gausse, esa figura que
te recuerda al colegio secundario. Con ese método definen los enólogos
las variables de tiempo y calidad del vino. Saben que existe un punto óptimo:
el techo de la calidad. Cuando sacan el vino del barril, éste no
está en ese techo sino en algún punto de la curva ascendente.
Si lo dejan más tiempo, el sabor se maderiza. Entonces, en la botella
se da el proceso reductor, por la falta de oxígeno; ahí aparece
la optimización. Asimismo, si no sacan a tiempo el corcho portugués
con el que sellan las botellas, el vino caduca. Por eso es tan importante
conocer cómo fue el clima durante la cosecha. Si fue un año
complicado se sabe que el brebaje será diferente; si el sol y la
lluvia se pusieron de acuerdo, tendrás en tu mesa una copa para
no olvidar.
UNA PROVINCIA
QUE CABE EN UNA COPA
Mendoza
reúne al setenta por ciento de los viñedos del país.
Hay más de mil doscientas bodegas que producen Malbec, Cabernet
Sauvignon, Barbera, Merlot, Semillon, Syrah, Ugni Blanc y otras variedades
que habría que conocer. Indiscutiblemente, no habíamos equivocado
nuestro destino.
El guía
del museo se encargó de contarnos que la expansión de la
vid en el continente americano tuvo que ver con los colonizadores españoles
y que las primeras plantaciones se realizaron en el Caribe. Pero la combinación
de calor y humedad no dio buenos resultados, excepto en México;
y el camino del vino se dividió en dos: una flecha fue hacia EEUU
y la otra hacia Perú. Luego a Chile y, en el siglo XVI, a la Argentina
vía Mendoza. No podía ser de otra manera.
Cuando
llegaron las locomotoras de mano de la industrialización creció
la actividad en las tierras mendocinas. Los gringos se asentaron allí
e hicieron de la provincia una princesa de la vid.
RECOMENDACIONES
PARA DIFUNDIR
Dicen
que el vino es la bebida más noble y que hace bien al corazón.
En Inglaterra, por ejemplo, recomiendan cuatro vasos diarios de tinto.
La Organización Mundial de la Salud afirma, y esta vez le creemos,
que después de los cuarenta años, beber con moderación
reduce en un cincuenta por ciento las enfermedades cardíacas. Los
vinos "más saludables" son el Cabernet Sauvignon y el Malbec. En
EEUU sugieren no tomar más de dos vasos por día, pero los
franceses recomiendan nueve. Un lujo.
Según
la Biblia, Noé fue el primer hombre en conocer el vino. Por eso
será que pudo aguantar tanto tiempo solo y con la fr ente
alta. Para los Griegos esta bebida era una ofrenda para los dioses. Los
médicos sacerdotes del mundo helénico inducían a los
enfermos a estados de embriaguez, con fundamentos mágicos. Las Mil
y una Noches, por su parte, está repleta de odres y copas de vino.
No hay nada que hacer: es la purga espiritual, exquisita y popular, a la
vez.
Y, como a veces
los héroes son reconocidos, los Rutini tienen su plaza en la entrada
de la ruta. Cuatro generaciones que adoraron a los santos italianos y trabajaron
en la bodega bajo el lema Labor et Perseverantia. Laburaron bien, parece;
y con perseverancia se quedaron allí, en medio de las montañas,
alegrando los paladares del mundo.
TEXTO: ANDREA
GUAL / ASATEJ
FOTOS: FERNANDO
MARTICORENA / ASATEJ
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