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San Carlos de Bariloche, la tierra de los duendes  

Siempre pensé que Bariloche eran dos ciudades: la conozco desde chica y les aseguro que si van en verano y luego vuelven en invierno, el recuerdo y las imágenes son tan distintos como si se tratasen de dos lugares diferentes. 

En invierno muchos caminos están cortados por la nieve, algunos de sus lagos se congelan, las temperaturas son bajas y, todo es un referente al cerro Catedral, en donde se encuentra el centro de esquí más grande del hemisferio sur. La ciudad entera se convierte en un sinónimo de nieve.

En verano, por otra parte, todo florece: los lagos empiezan a subir sus temperaturas, los ríos vuelven a correr, las montañas y cerros andinos se hacen transitables. Entonces empiezan las cabalgatas, el rafting, el trekking, las bikes, los campamentos, las salidas a pescar y el paso a territorio Chileno se puebla de autos. 

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TOCANDO EL CIELO
Hace unos veranos estuve en Bariloche con dos amigas, Florencia y Fernanda. Viajamos en micro desde Buenos Aires, y las rutas que recorren todo el trayecto quedaron en mi recuerdo como mis preferidas: sus paisajes son, simplemente, hermosos. Además, esos caminos son famosos para los mochileros del país por el furor que hicieron los chicos hippies en los ´60. 

Nuestra idea era la de unas buenas citadinas: acampar en lagos y refugios de cerros, hacer vida de hotel en la ciudad, y disfrutar de toda esa naturaleza lo más posible. 
Al segundo día de llegadas, nos adentramos en la primera gran aventura: subir los 2.300 m del cerro Catedral. Armamos las mochilas, procuramos toda la información posible en la oficina de Parques Nacionales del centro de la ciudad, y muy temprano nos tomamos el colectivo que nos dejaría en el lugar preciso para empezar una larga caminata de 8 horas. 

El ascenso al cerro -la picada- está señalizado por unas marcas rojas que casi no se ven, y hay que prestar mucha atención para no perderse, por ello no es recomendable subirlo sin un guía. Nos acoplamos a un grupo de gente del lugar y no tuvimos problemas. Siempre hay gente subiendo los cerros, y uno de los puntos de contacto son las oficinas de Parques Nacionales.

Entre mis recuerdos más increíbles, sin duda, está el de haber alcanzado la cima del Catedral. Fue la primera vez que me medía con una montaña y la conocía por dentro: caminás todo el tiempo rodeada por enormes árboles, saltando piedras, cruzando arroyos y, sintiendo aromas riquísimos y naturales. Decididamente, es algo que no se pude dejar de conocer en esta vida. 

En la cima se encuentra el refugio "Frey", donde por poca plata podés dormir y comer. En los picos filosos y agujas se practica andinismo, y, un poco más allá, está la llamada "Laguna Negra". Nosotras instalamos la carpa, recorrimos el lugar y, más tarde, nos fuimos a comer al refugio. Nunca olvidaré la imagen del cielo invadido por millones de estrellas que nos acompañó en el retorno a la tienda.

DE MONTAÑAS Y LAGOS 
NI TAN LEJOS, NI TAN CERCA 
Bariloche está altamente preparada para el turismo, su principal base de sustento. Las actividades de aventura son las que más ofertas proponen: trekking, parapente, rafting (el río Limay y el Manso "son los lugares"), pesca (en el Nahuel Huapi y en todos los lagos y ríos de los alrededores se encuentran las truchas más ricas del mundo), o ir en catamarán hasta la famosa Isla Victoria ubicada en el centro del lago. 
 

El Nahuel Huapi tiene una superficie de 557 m, una profundidad promedio de 280 m y un largo navegable de 96 km. 
 
 

Como la ciudad no es más que un punto entre cerros y lagos, hay dos opciones para vivir el lugar: la primera, la más familiera, es instalarte directamente en alguno de sus muchos hospedajes y recorrer los alrededores, por medio de excursiones o en auto. La otra, si no vas en familia, es tener siempre una mochila bien preparada, un buen iglú, e ir acampando en los distintos lagos y montañas hasta que te vuelvan las ganas de las comodidades de la civilización. 

Entre las atracciones más alejadas pero prometedoras, están dos de los puntos principales de la zona: uno situado hacia el sudeste de la ciudad, y el otro hacia el noreste.

El punto del sur es el cerro Tronador, conocido por sus hielos eternos y el ruido como a trueno que hacen los desprendimientos glaciares de sus picos. Al Tronador lo podés subir caminando o, más confortablemente, en una travesía en 4x4. 

El punto del norte es la península de Quetrihué, a la que llega una excursión en catamarán (la misma que va a la isla Victoria). Pero lo mejor es tomar la ruta a Villa La Angostura, y allí alquilar unas bicicletas y bajar por el istmo que la une a tierra. En Quetrihué se encuentra el Bosque de Arrayanes, que es un lugar único donde el Arrayán (arbusto de corteza fría y rojiza) deja su forma arbustiva y se convierte en un "señor árbol" (los más altos miden casi 25 m). El bosque también es conocido por tener una casita de madera al mejor estilo Bambi, la película de Disney.  

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Los puntos más cercanos y que no podés dejar de visitar si estás en esta ciudad son: el lago Gutiérrez, el cerro López (que cuenta con un refugio), el lago Guillermo (para ir y volver en el día), el Mascardi (conocido como el "lago de los 7 colores" ya que varía sus tonalidades según la época), el cerro Otto (cuenta con un teleférico, una confitería redonda y vidriada que gira constantemente), y el famoso "Circuito Chico", que está ubicado al pie del cerro Campanario desde donde una aerosilla sube hasta la cima, y se ve el lago Moreno, el Nahuel Huapi y la laguna El Trébol. Además, no podés dejar de conocer el emblema de la ciudad: el Llao Llao, un hotel de imponente arquitectura.
BARILOCHE  
DENTRO DEL BOSQUE 
Una vez en la ciudad, y después de darte una vuelta por sus sinuosas y desniveladas calles, pasear por el Centro Cívico (allí se encuentran la intendencia de Parques Nacionales, la Municipalidad, la Policía y el correo) donde te podés sacar alguna foto con unos perros San Bernardo y dormitar en la plazoleta, lo único que queda por hacer es: comer, comer y comer. 

Aparentemente, el barilochense está bien enterado de que las largas caminatas y los días de campamento cansan y exigen de esfuerzos, que luego necesitan ser recompensados con una buena ducha y un plato de comida gratificante. Por ello, cuando caminábamos por el centro, indefectiblemente terminábamos en algún restaurante, presas de los manjares de la zona. Entre los platos típicos, y que no podés dejar de degustar, están, por supuesto, las comidas ahumadas (truchas, ciervos y chanchos), y las fondue. Y para los amantes de lo dulce, hay cantidades de chocolates de todo tipo, tamaño y forma. 

Si querés aprender un poco más sobre la cocina regional, podés visitar los criaderos de truchas y los ahumaderos. 

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Extrañamente, cuando caminás por uno de los bosques de esta zona, te sentís acompañada. La alta vegetación da una luz singular, el ambiente es especial y te atrapa; te llama a silencio, es tan extraño que podés tranquilamente tropezar con un gnomo sin alarmarte. Claramente, estas tierras son más suyas que nuestras. 
 

INFO:

¿CÓMO LLEGAR?
San Carlos de Bariloche se encuentra al pie de la Cordillera de los Andes, en la provincia de Río Negro. Desde Buenos Aires son 1.700 km y el camino comienza tomando la ruta 3 hasta Bahía Blanca, después seguís por la 22 y, por último, la 234. Podés ir en tren, en avión o en ómnibus. 

¿CUÁNDO IR?
Bariloche cambia según la temporada: de diciembre a marzo, las temperaturas son de un promedio de 25º; de julio a septiembre, las temperaturas son bajas (promedio de 2º) y, si es buena temporada, no deja de nevar; de abril a mayo, y de octubre a diciembre, el calor no es tan fuerte, y las nieves ya se han ido. Los precios son más accesibles, pero la ciudad está atiborrada de egresados. 

RECOMENDACIONES
Las mejores guías del lugar son los guardaparques. No dudes en conectarte con alguno de ellos para informarte de todo. 
Bariloche cuenta en las afueras con un albergue estudiantil, donde podés hospedarte por poca plata. 

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