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Tren transiberiano, el jinete de la estepa
Subirse al tren equivale a abordar un "hotel rodante" en una tierra lejana; y pasar por ciudades, pueblos, lagos y ríos unidos por una línea que atrae como un imán.

VIAJE A LOS CONFINES DEL MUNDO
Si bien recorrer ciudades europeas de la actual Federación Rusa resulta relativamente fácil -especialmente Moscú y San Petersburgo-, variadas razones se conjugaban en los primeros años postsoviéticos para impedir un viaje a las repúblicas de Asia Central y Siberia: motivos estratégicos (frontera "caliente" con China), la casi nula infraestructura turística y la comunicación sólo en ruso. 

Por eso, atravesar los Urales para adentrarnos en aquel inmenso y desconocido paraje era concretar un verdadero viaje a los confines del mundo. 

Cuando llegó mi primer anochecer a bordo del Transiberiano y los pasajeros comenzaron a desvestirse para marchar a sus camas-cucheta, mis ojos absortos no podían creer semejante espectáculo. El vagón de segunda clase era un verdadero hervidero de idas y vueltas, de sábanas, almohadas y fundas. Los pasajeros se preparaban para dormir, colocándose sus pijamas con la mayor naturalidad del mundo frente a la vista del resto del pasaje: para muchos, éste sería su hogar por más de una semana. 

Habían transcurrido las primeras doce horas desde nuestra partida. El tramo siberiano del recorrido va desde Vladivostock a Novosibirsk, y su duración aproximada es de seis días y otras tantas noches de viaje. 

VLADIVOSTOK, UN PUERTO PROHIBIDO 
Vladivostok -en ruso "Luz de Oriente"- es un puerto estratégico, frente al mar del Japón y asiento de una base militar. Por ello estuvo vedado el ingreso a los extranjeros hasta 1992, cuando los vientos de la Perestroika y la Glandsnok permitieron convertirla en ciudad abierta. Antes, sólo en casos aislados periodistas o delegaciones oficiales podían acceder a ella. 

El viento fresco no parecía muy adecuado para la playa, a pesar de ser julio, pleno verano boreal. Sin embargo, a los lugareños estas condiciones climáticas no los amilanan a la hora de bañarse y tomar sol en las costas marítimas que rodean la ciudad. 

"El invierno no es tan frío como en otras regiones de Siberia: apenas catorce grados bajo cero de temperatura media en enero", comentaba un lugareño a mi amigo ruso Oleg. Vino a mi memoria aquella frase del poeta Dostoievski: "Siberia, sepulcro de los vivos". 

JAVAROVSK, EL CONTINENTE EXTREMO 
Javarovsk se levanta a orillas del río Amur, casi al frente de China. Aquí además de eslavos, viven mongoles, gente de rasgos achinados, pero de ojos celestes, entre otras etnias. 
Mientras caminábamos por la costanera de la ciudad, los mosquitos -convertidos en verdaderos aviones de caza- no dejaban de molestarnos. Sucede que aprovechan el corto pero caluroso estío para desarrollarse al máximo.
En esta zona, ya fuera de la influencia del mar, el clima es continental extremo, con más de 40 grados de diferencia entre las temperaturas medias de invierno y verano. Y el río Amur parece un gigantesco mar en movimiento, ya que permanece congelado 200 días al año, y, en verano, el deshielo y las lluvias generan grandes masas de agua dulce que pueden resultar desastrosas. 

DEL BARCO A LA VÍA ELÉCTRICA 
Cuando en el siglo pasado los zares decidieron construir el tren, impulsados por los descubrimientos de grandes yacimientos minerales y para comunicar y proteger el vasto imperio de la amenaza nipona, las obras se iniciaron en los dos extremos de la línea. 

Recién en 1904 se unieron ambas puntas, aunque el lago Baikal era atravesado por barcos. Hoy, el Transiberiano, llamado Rossia (Rusia) lleva carteles en cada vagón con la leyenda Vladivostock-Moscú y se encuentra electrificado en todo su recorrido. 

DONDE LA TIERRA SE CONGELA
A pesar de haber hecho la reserva correspondiente para continuar viaje, al llegar a Javarovsk, el amontonamiento de gente pugnando por viajar y el desorden y caos que imperaban en la estación, sumados a la pesada maquinaria burocrática, convirtieron la compra en una odisea. Finalmente volvimos a los vagones de segunda. 

En Siberia ('tierra durmiente", en lengua tártara) se encuentra nada menos que el polo del frío de nuestro planeta. En Verkhoyansk la temperatura media de enero cae a 50 grados bajo cero. Por algo gran parte de esas vías por las que circulábamos fueron tendidas por presos y desterrados. Y por algo también el carácter hosco de sus pobladores. "Aquí, la tierra se congela hasta cinco metros de profundidad", nos comentaba Yuri. "Y cuando muere alguien su cadáver no puede ser enterrado por varios días". 

Desde la ventanilla íbamos observando cómo los bosques caducifolios -ahora con frondosos verdes- iban cediendo lugar a la taigá, donde predominan las coníferas y abedules. Resultaba difícil imaginar el invierno. 

Pero no era el único cambio: en Birobidjan los carteles están en dos lenguas, ruso e yiddish, ya que es una región autónoma judía. 

ALMORZANDO A LAS NUEVE DE LA NOCHE 
Tardaríamos más de un día en remontar paralelamente el curso del Amur. Las horas no parecían pesadas, porque tanto afuera como adentro todo nos resultaba novedoso. Escuchando música -generalmente clásica- a través de los parlantes, jugando a la batalla naval y al ajedrez, leyendo o buscando qué comer: nueces, miel, pimientos verdes, leche, fritos, huevos duros, caviar, queso, comidas enlatadas, todo siempre acompañado por el infaltable chai (té). 

Capítulo aparte merece el tema higiene. Los baños dejaban bastante que desear, y no resultaba del todo aconsejable viajar en sus cercanías. ¿Duchas? Ni en sueño. Tampoco las condiciones de limpieza en los puestos de venta de alimentos -en los andenes de las innumerables estaciones- eran del todo presentables. 

Todos los relojes de las estaciones están fuera de hora: el trayecto del Rossia es tan largo que arrastra ocho husos horarios diferentes en sus 9 mil y pico de kilómetros. Los continuos cambios de hora se transforman en un verdadero dolor de cabeza para los pasajeros. Para evitarlo, se mantiene la hora de Moscú en todo el trayecto, e incluso en las tablas horarias de cada vagón y en los relojes de las estaciones. Y así uno termina almorzando a las nueve de la noche, pero con sol. 

RUMBO A CHITÁ, EL TRAMO MÁS EMPINADO 
Ahora el Transiberiano bordeaba el río Shilka, rumbo a la ciudad de Chitá, para comenzar uno de los ascensos más empinados del recorrido. Ibamos a superar los mil metros de altura en la Cordillera Jablonoi. 

En medio de mesetas y estepas, un cartel indicaba que habíamos llegado a Ulan Udé. Y lo pude descifrar solo, porque a esa altura, con varios días de viaje, ya había aprendido a leer -aún sin entender ni jota- el alfabeto ruso, llamado cirílico. Desde este lugar, parte rumbo a Pekín el Transmongoliano, primo hermano de nuestro tren. 

En la estación los vientos de cambio ya irrumpían con fuerza: pequeños comercios privados alineados entre la muchedumbre ofrecen mercaderías importadas de China y Corea. Sin embargo, la desesperación por obtener dólares americanos me recordaba los peores vicios del capitalismo incipiente. 

Al volver al vagón tras una parada más prolongada de lo habitual, percibí que se había convertido, gracias a la euforia alcohólica, en un ruidoso y maloliente salón, inmerso en vodka y caviar. 

A pocos kilómetros de esta ciudad comenzamos a bordear el curso del río Selenga, aunque la oscuridad de la noche ya no nos permitía apreciar qué había allá afuera. 

DEL LAGO-DIOS AL RÍO FURIOSO 
Cuando el sol nuevamente dejó ver los confines de esta finis térrea, la vista se maravilló: contemplábamos por nuestra ventanilla el lago-dios, como lo creían los buriatos: el Baikal. Un lago de 650 km de largo que contiene la quinta parte de las reservas de agua dulce del planeta. Un espejo lacustre de 1.650 m de profundidad, el más hondo del mundo. 

Cuando se cumplían ya casi 87 horas desde que dejamos Javarovsk, pasamos unos días en un lugar casi legendario, mítico: Irkutsk, la capital de Siberia Oriental. La ciudad se presenta muy diferente a la gris arquitectura de la era soviética, con sus conservadas construcciones de madera en diversos colores. A pesar del fin del comunismo, la estatua de Lenin está omnipresente en la principal plaza de la ciudad. Aunque nosotros deambulábamos fatigados en búsqueda de algo más capitalista: el hotel Angará. 

"Está repleto", fue la frase con que nos recibieron y despidieron a la vez. 

Cuando Oleg preguntó a una lugareña de pómulos bien rojos y ojos al tono por otro sitio para descansar, ésta respondió con rapidez: "Les ofrezco una habitación en mi casa, con baño, por 300 rublos" (unos 2 dólares). Pronto descubriríamos que el tan ansiado baño se reducía a un excusado y una palangana... lo que, obviamente, no nos impidió darnos una reconfortante ducha al mejor estilo asiático. 

Ingoda, tal el nombre de la anfitriona, pronto se trenzó en discusiones con Oleg. Gritaba y gesticulaba con inusual furia. Y a la mañana siguiente, como queriendo sacudirnos la modorra matinal, mientras desayunábamos el infaltable chai con pan semiduro y huevos cocidos, se nos presentó fuera de control. Estaba totalmente ebria, gritando y gesticulando. ¿Sería acaso ella descendiente del furioso río Angará que baña su ciudad? 

A MITAD DE CAMINO 
Después de horas de bordear este majestuoso curso, nos detuvimos en el diminuto poblado de Polovina, que en ruso significa "mitad": a mitad de camino entre Moscú y Vladivostock. 

En los siguientes tramos, el tren se detenía o marchaba con lentitud. Habíamos ingresado a la región del Kuzbass, corazón mineral de hierro y carbón. Como aquí los trenes van y vienen con sus vagones repletos, ocurren atrasos. 

Otro día más de marcha para cruzar el Yenisei, dejando atrás Siberia Oriental e ingresando a la ciudad de Krasnoyarsk. 

En cada detención se repitía la escena, y siempre rebotábamos: no había excusa válida, no conseguíamos sájar, azúcar. Seguiríamos bebiendo el chai amargo, en un paisaje cada vez más monótono y de horizontes ilimitados. Transitábamos ya por Siberia Occidental. Más de 40 horas de viaje desde Irkutsk nos iban acercando, por fin, a Novosibirsk. 

BUSCANDO AZÚCAR EN NOVOSIBIRSK 
Con dos millones de habitantes, Novosibirsk es la ciudad más importante entre los Urales y el Pacífico. Levantada a orillas del gigantesco río Obi, concentra científicos y cultura, además de constituirse en centro de comunicaciones y contar con un gran puerto fluvial sobre el río, algo asombroso si se tiene en cuenta su ubicación, en el centro mismo de Siberia. 

Con cada paso aumentaba nuestra sorpresa: encontrábamos los mejores quioscos que habíamos visto en miles de kilómetros. A escasos 20 km hacia el norte, en plena taigá, se erige uno de los orgullos de Novosibirsk: la Akademgorodok o Ciudad Académica, con su villa científica para los miles de "cerebros" que trabajan allí. 

Pero nosotros aún no habíamos encontrado lo más importante: sajar. En los supermercados -aún con todas las mañas de la época soviética- no nos vendían. 

-Necesito azúcar, decía amablemente Oleg a sus interlocutoras, mujeres de aspecto eslavo, muy blancas y gordas. 
-No hay. Debes estar anotado en las listas, respondían secamente, siempre sentadas y como molestas porque las sacaban de su estado de reposo. 
-Pero, estamos viajando en el Transiberiano y no somos de aquí. 
-Lo lamento, pero no podemos venderte si no estás anotado. 

Cansados de dar vueltas y vueltas, finalmente Oleg ideó una trama que dio resultado. 
-Necesitamos sajar porque mi amigo tiene diabetes. 
-Bueno, si es así, podemos considerarlo. 

Increíblemente, más tarde, con la bolsa del oro blanco en polvo, pudimos reposar felices frente a la estación del tren. Aunque las penurias por falta de abastecimiento recién comenzaban, no sólo para nosotros sino para todo el pueblo ruso. 
 

INFO:

¿CÓMO LLEGAR? 
No existen vuelos directos desde Buenos Aires, aunque sí desde Brasil, que llegan a Moscú. Otra posibilidad es volar a alguna ciudad europea y, desde allí, conectar con Moscú en avión o en tren. En la capital rusa se inicia el recorrido del tren transiberiano, que demora unos nueve días hasta Vladivostok. 

¿CUÁNDO IR? 
Se recomienda evitar el invierno -de noviembre a febrero- ya que no sólo las temperaturas son demasiado bajas, sino que además las horas de luz solar se acortan a unas pocas por día, lo cual dificulta apreciar los paisajes. 

IMPERDIBLES
Además de las vivencias propias del tren, es conveniente detenerse en algunos puntos principales de la ruta: Novosibirsk y la ciudad de la ciencia; Irkutsk, arquitectura en madera; Lago Baikal, el más profundo del mundo; Javarovsk, a orillas del Amur y, si llegás, Vladivostok, puerto frente a Japón. 
 

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