Filipinas,
una coctelera oriental
Un mega archipiélago
de miles de islas con paisajes sacados de películas de Vietnam;
taxistas que son guías y, al final, amigos. Una mezcla de culturas,
donde los occidentales son bien recibidos... salvo por los guerrilleros
que se esconden en las junglas, claro.
¡¿FILIPINAS?!
Es
una constelación de 7.107 islas, como góndolas gigantescas,
con infinita variedad de cosas para ofrecer. Hay tres archipiélagos
principales rodeados por el mar de China, el de Borneo y el Océano
Pacífico: al norte está Luzón, donde se encuentra
Metro Manila, la capital nacional. Las del centro, que son 6.000, se llaman
Visayas. Al sur se encuentra Mindanao y sus 400 sucursales. Una increíble
coctelera de paisajes y sensaciones; de presente, de historia y progreso.
Los
filipinos, en sí, son muy particulares: en su sangre conviven nacionalidades
casi antagónicas: española, malaya, estadounidense, china.
También hay trazos árabes. Los hombres son flacos, fibrosos
y de una altura media de 1.60 metro. Algo así como Liliputh, donde
cualquier occidental se siente un jugador de la NBA.
En
diciembre de 1996, en ocasión de una pelea por un título
mundial de boxeo, aterricé allí. "¡¿Filipinas?!",
preguntaba todo el mundo: algunos recomendaban sacar la visa; otros, vacunas
contra
la fiebre amarilla... No es necesario ni una cosa, ni la otra. Aún
hoy, el recuerdo más intenso del viaje es el asombro constante.
MABUHAY
Lavarropas,
microondas, una pequeña orquesta típica. Un cartel sobre
la entrada a los mostradores de inmigración decía: "Mabuhay".
En la revista del avión explicaban que esa palabra, en tagalo, el
dialecto local más usado (se hablan al menos 110 más), significaba
más de una cosa: buena suerte, buen viaje, bienvenido, éxitos.
Un documentalista estadounidense que también hacía la cola
(volvía de camino a Sudáfrica) repitió: "Mabuhay",
y luego señaló con la cabeza otro letrero en inglés,
el idioma más usado: "El castigo para los narcotraficantes incluye
la pena de muerte".
MINI
TOUR POR METRO MANILA
En
busca del destino final, había que esperar tres horas para hacer
una conexión hasta la ciudad costera Davao, en Mindanao. Pero para
tomar el vuelo, no alcanza con una cinta mecánica: hay que recorrer
unos kilómetros en bus. Ir desde el Internacional Nimoy Aquino hasta
el discreto aeropuerto nacional fue una buena excusa para rotar por Metro
Manila.
Es
una ciudad impresionante con las características de toda urbe oriental:
rascacielos, museos, discotecas y ecos de la historia reverberando en otras
construcciones. En especial, Intramuros, una especie de fortaleza de piedra.
Se destaca el Fuerte Santiago, una de las construcciones principales, que
sirvió de prisión para miles de filipinos en tiempos de la
conquista.
A diez
minutos del Nimoy Aquino, está el parque José Rizal, algo
así como el Central Park para los neoyorquinos o los lagos de Palermo
para los porteños. Allí los filipinos se tiran panza arriba
o se divierten como niños en su pista de patinaje. En un mausoleo
están los restos de Rizal, héroe en la lucha contra los españoles.
SEÑORITAS
ORQUÍDEA
Por
una extraña casualidad, el último avión, el que une
a Manila con Davao, está repleto de mujeres que se comportan de
forma particular. Sonríen mucho, con calidez; son observadoras y,
con mucho respeto, buscan el espacio para entablar una conversación.
Más adelante, sin cinturones de seguridad de por medio, se haría
evidente su gusto por los occidentales. Más allá de lo físico,
muchas ven en el casamiento un buen método para viajar a Europa.
La combinación de agencias de turismo y matrimoniales funcionan
a full en relación con el Viejo Continente. Aparte de sus rasgos
delicados y su aspecto físico, estas mujeres tienen "algo", que
en especial los alemanes vienen a buscar. Muchas filipinas viajan a Hamburgo
o Frankfurt, detrás de algún marido rubio y de ojos azules,
práctica que está muy bien vista. Para los familiares que
se quedan, la novia así se asegura su bienestar y eso es lo que
importa. Esto lo entendería más tarde, gracias a las tres
personas que me guiaron hasta Koronadal.
BAJO
EL MAR
Mabuhay,
en Davao, es un lugar paradisíaco ideal para los deportes acuáticos,
como el buceo o el esquí. Los negocios especializados o los puestos
improvisados con el equipo (tubos de aire, snorkel o antiparras) son la
evidencia de que el business de los hombres rana funciona a la perfección.
¿Por qué? Sólo hay que aguantar la respiración
y patalear...
El
lecho marino está cubierto por rarísimos caracoles, con forma
de cucuruchos de merengue, otros acampanados, algunos pulidos como si fueran
de mármol.
Finalmente,
una sensación: los amaneceres en las playas que dan al sur de Mindanao,
es decir al mar de Célebes, son un poco grises, casi tristes, pero
al mismo tiempo, el silencio lo cubre todo cuando el sol aparece, y los
hace hermosos. El día comienza, es hora de conocer a los conductores
de la compañía de Perlita Inocente.
BARKADA
DE TAXISTAS
El
primer consejo que uno recibe en el aeropuerto de Manila es evitar tomar
taxis sin autorización. Pero, generalmente, el instinto es el aliado
para decidir con quién viajar. El chofer elegido fue Ken Lioy, un
filipino con una generosa panza que asomaba por su remera levantada. La
idea era llegar hasta una terminal de buses.
Cuando
Ken se enteró de que el destino era Koronadal y por una pelea mundialista,
se ofreció a manejar hasta allá. Por 400 kilómetros,
el precio fue más que justo: 100 dólares. Un viaje en remís
de Buenos Aires a Mar del Plata es la misma distancia, vale el doble y
no incluye el servicio de guía. Trato hecho. "Vamos a buscar a mi
jefe", explicó y se metió por unas callecitas inquietantes.
En
una casa donde dos muchachos jugaban póker en el jardín,
Ken se detuvo, conversaron en tagalo. La aventura les gustó, agarraron
un poco de ropa y desde ese momento fuimos cuatro: Ken, que además
tiene un kiosco; Marcellus (o Mars) y Joey Inocente, los dueños
de la camioneta; y yo. Lo primero que me enseñaron es a decir barkada,
que es la palabra que usan para llamar al grupo de amigos, a los compadres.
RALLY
POR LA JUNGLA
Las
rutas interiores, camino a Koronadal, pueden ser iguales a las de cualquier
provincia de Sudamérica. Pueblos desperdigados, retrasados en su
carrera contra el progreso. Bares que funcionan como kioscos, algo así
como mercaditos de Ramos Generales. Las curvas, las pendientes, la noche
cerrada, apenas cortada por una lamparita de 40 watts en un ranchito, le
dan un toque de aventura al viaje, esquivando rocas que se desprenden de
alguna pared de piedra sobre la ruta, o haciendo equilibrio al borde de
algún abismo. "Subamos las ventanillas", dice Ken, mientras acelera
en lo profundo de la noche. ¿La razón? Mindanao es una de
las zonas donde los fanáticos musulmanes se atrincheran entre la
maleza.
COMIDA
AL PLATO
La
barkada hace su primera parada para llenar el tanque y el estómago.
En medio de la ruta aparece un comedero al paso. En el plato: arroz y menudos
de pollo saltados en una salsa rara. La idea de morir de hambre titila,
sobre todo cuando pidieron una bebida que venía en botella de jarabe
para la tos, pero tenía peor gusto. "Da energía", explicó
uno de ellos.
El
menú se amplió más tarde. El arroz está omnipresente
en forma de bollos muy graciosos, pero también hay comida a la americana:
no hay que olvidar que los estadounidenses se instalaron largo tiempo hasta
la Segunda Guerra Mundial. Así, el desayuno contempla bacon con
huevos y frutas a granel, de las más variadas (el rey es el mango
y la reina es la banana). El plato principal es el lechón asado:
lo cocinan en su propio cuero que, como un plato crocante, después
se puede comer. La cabeza de atún a la parrilla es otra delicia,
y se come mucho marisco inihaw, o a la brasa. La cerveza San Miguel es
tan liviana, que sirve como compañía para comer y para contraatacar
al intenso calor. ¿Precios? No es una preocupación: con 26
dólares, cuatro hombres famélicos quedaron a full.
¿Y
LOS HELICÓPTEROS?
En
las afueras de Koronadal, el pequeño pueblo donde se realizó
la pelea, los caminos de asfalto están resaltados por hondonadas
de verde rabioso por todos lados, con flores enormes (además de
las orquídeas rarísimas, Filipinas tiene ¡10.000 otras
especies!). Pequeñas casitas de bambú. Selva abajo, campos
secos recién cosechados. "Noc, noc", grita Marcellus en la entrada
de una casita baja, fabricada con cañas y maderas, elevada sobre
algunos pilares, en precaución por las alimañas. La onomatopeya
del sonido que se hace al golpear madera sirve para anunciarse. Dos nenes
se asoman, la barkada le explica que sólo vamos a sacar unas fotos
(atención, con la cámara en mano, los filipinos generalmente
decapitan a todo aquel a quien retratan). No hay problema. Un carabao,
especie de buey, que es el animal nacional, come aburrido. Es el escenario
perfecto para una película de Vietnam. Sin guerra por suerte, aunque
aquí la guerrilla toma rehenes entre los turistas... Por suerte,
nada de eso nos rozó de cerca.
INFO:
¿CÓMO
LLEGAR?
Con
una conexión hasta Frankfurt o Hamburgo y desde allí hasta
Bangkok. Filipinas cuenta con 300 aeropuertos; en Manila hay dos internacionales
y uno nacional. De allí se puede llegar a Davao, que tiene un aeropuerto
internacional.
Para
viajar entre las islas se pueden tomar vuelos charters, o utilizar los
ferrys (hay por lo menos 10 líneas marítimas). El recorrido
desde Manila hasta Mindanao demora cerca de 40 horas, pero es bellísimo.
En las ciudades, lo mejor es tomar esas motitos que son como triciclos.
Un dólar equivale a un recorrido completo.
¿CUÁNDO
IR?
Desde
marzo hasta mayo el clima es caluroso y seco (22° a 32° C). De
junio a octubre es fresco y el aire es muy húmedo.
Por
haber sido una colonia española y luego estadounidense, festejan
la Navidad por partida doble: el nacimiento de Jesucristo y la llegada
de Santa Claus, todo a la usanza oriental. Es interesante ir para esta
fecha. Las ciudades se iluminan con lucecitas multicolores.
¿QUÉ
COMPRAR?
Miles
de curiosidades. Lo mejor es invertir en los Pawn Shops o tiendas de empeño,
donde se consigue hermosas, bellísimas, joyas, con piedras semipreciosas.
El oro de los tiempos prósperos de Filipinas está de remate
y a la orden del día. Ideal para dejar con la boca abierta a los
seres queridos.
TEXTO
Y FOTOS: MARIANO DEL AGUILA
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