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Buenos días Vietnam
Un viaje plagado de recuerdos de guerra, recorriendo una ciudad subterránea. Un campo de batalla y el delta del río Mekong. Excéntricos templos e idílicos arrozales. Manjares con carne de cobra y vietnamitas súper amables.

POSTALES URBANAS
En Vietnam ya no se ven los daños de la guerra, pero todo pareciera estar ligado a ella. Hasta en las salidas nocturnas más populares está presente. El bar Apocalipsis Now (inspirado en la película de Francis Ford Coppola) es un buen ejemplo. Ubicado en Hanoi, la capital, tiene helicópteros pintados en el techo y hélices que hacen las veces de ventilador para despejar el humo sobre las mesas de billar. En la pista de baile, europeos, vietnamitas y hasta algún norteamericano se mueven al ritmo de Light my fire del grupo The Doors. 

Ciudad Ho Chi Minh -antigua Saigón-, también conocida como "La Perla de Oriente", es el paradigma de ciudad indochina. Desordenada y caótica, luce una arquitectura colonial francesa, atravesada por rascacielos ultramodernos: el siglo XXI convive con la década del '40, separado apenas por unas cuadras. 
Una repentina lluvia monzónica descarga su furia sobre miles de personas que transitan la jungla de carteles que es el bulevar Phan Dinh Phung. Muchos van en auto, pero la mayoría se desplaza en motos y ciclo-taxis a tracción humana. Las gotas revientan contra el pavimento vaporoso, pero nadie se da por aludido: todos siguen su camino, implacables, bajo el refrescante chaparrón. 

El excéntrico barrio chino de Cholón, donde vivía la mayoría de las 100 mil prostitutas que atendían al ejército norteamericano durante la guerra, pide ser explorado. Entre las casas de techos chinos surgen misteriosas pagodas color carmesí con dragones dorados decorando las paredes. En el interior de los templos, cantidad de devotos rezan arrodillados con la mirada perdida. Y jarrones milenarios, budas de oro, gongs gigantes, sahumerios con forma de espiral cónico colgando de los techos los adornan. 

HANOI CAMPESINO 
Al abandonar el aeropuerto de Hanoi, la luz del sol se percibe como un suave resplandor verde que tiñe el cielo abierto; es el verdor que emana de los arrozales llenos de campesinos, inclinados dentro del agua con sus rostros escondidos bajo sombreros cónicos.
Hanoi no es todavía una típica capital moderna del mundo globalizado. Es una gran urbe, eso está claro, pero con un particular dejo pueblerino: una ciudad de lagos y pocos edificios altos, donde predomina una arquitectura eurasiática con mansiones al estilo francés. Casi ningún auto circula por los arbolados bulevares que desembocan en maravillosos parques. Pero hay una particularidad que modifica esta perfecta postal urbana: un compacto río de motos y bicicletas inunda las calles. Como nadie reconoce los semáforos, puede llevar más de 10 minutos cruzar una avenida mediana. 

Hanoi es la ciudad socialista por excelencia del país, y un aroma a victoria histórica se respira en sus calles: el 70% de los adultos cubre su cabeza con los típicos sombreros puntiagudos de los campesinos, o con sombreros verdes semi-redondeados que los identifican como simpatizantes del Vietcong. 

Las calles de la ciudad son un gran mercado. Prácticamente todas las casas tienen en el frente algún negocio: conviven modernos comercios de electrónicos con negocios herrumbrosos que parecen un revoltijo de cachivaches metálicos de dudosa utilidad. En Vietnam nada va a parar a la basura, todo se recicla. 

Durante el día, la actividad es frenética. Entre la multitud pasa trotando una muchacha de piel color ámbar oscuro y sombrero vietnamita: lleva dos canastos repletos de mangos en los extremos de un palo apoyado sobre el hombro. A su lado, un grupo de ancianas con pantalones de seda negra conversan en cuclillas al borde de la vereda. Hablan todas a la vez, pero callan cuando un extranjero las mira. 

EXCURSIONES DISTINTAS 
Los hoteles económicos de la calle Pham Ngu Lao convierten a la zona en un paraíso para mochileros. En los cafés se ofrecen las mejores excursiones a precios regalados. La más popular combina la visita a los túneles de Cu Chi con el templo del Cao Dao. 

El complejo de Cu Chi es una virtual ciudad subterránea de 250 kilómetros de largo. Durante la guerra, toda la población del distrito fue trasladada a campos de concentración, bajo la acusación de ser comunistas. Por ello el Vietcong construyó un laberinto de túneles subterráneos a sólo 30 kilómetros de Saigón, donde 16 mil personas vivieron e hicieron la guerra. Allí se recorre un campo de batalla real, con sus trincheras, los restos de un tanque M-41 y cráteres de 20 metros de las bombas de los B-52. 

El guía nos desafió a encontrar el acceso secreto a los túneles, en un diámetro de cinco metros. Como los intentos fueron en vano, corrió unas hojas del piso y destapó una entrada de 20 centímetros de ancho. Nadie pudo resistir la tentación de ingresar en esas calurosísimas catacumbas, donde la única manera de desplazarse era en cuclillas. Recorrimos los tres niveles hasta llegar a 15 metros de profundidad, donde están los dormitorios, la cocina y hasta un hospital donde se realizaban operaciones sin anestesia. 

El siguiente destino estaba en la ciudad de Tanyin: la santa sede del Cao Dao, una ecléctica religión con dos millones de fieles en Vietnam, que pretende ser una síntesis del budismo, el confucianismo y el catolicismo. En el techo del gran templo del Cao Dao están Cristo, Buda y San Víctor Hugo -el autor de Los Miserables-, quien viste el uniforme de la Academia Francesa y luce una aureola alrededor del tricornio. Durante la ceremonia, el "Papa" aparece con sus vestiduras chinescas, seguido por mujeres cardenales. Mientras el gran ojo triangular de Dios vigila todo desde un globo terráqueo, ubicado encima del púlpito, se oyen campanadas, coros y el cantar de los pájaros que sobrevuelan el interior del templo. EL DELTA DEL RÍO MEKONG 
La forma más interesante de conocer el pulso de la vida campesina es un viaje de tres días por el pantanoso delta del río Mekong. La jornada comienza en bus; en el camino aparecen pueblos donde la vida se organiza en torno a mercados campesinos, ferias con perfume a jazmín y carne asada, que brilla con el colorido de frutas tropicales, desconocidas para los ojos occidentales. En un predio atiborrado de puestos de venta, entre grandes canastos con pimientos rojos, los vietnamitas regatean, gritan, se enojan, ríen y compran alimentos que van desde langostinos color celeste hasta manojos de ranas oscuras, patos y cerdos vivos. 

La travesía continúa en un barquito que recorre el delta al mejor estilo Apocalipsis Now. Las casas se vislumbran entre la selva, a la vera del río. Muchas de ellas están elevadas sobre el agua, sostenidas por palos. Desde la ventana de sus cuartos, los niños practican clavados en el río. Las palmeras se multiplican por doquier, incluso dentro del agua, donde se doblan como arcos triunfales que parecen techar los angostos canales. 

Durante la excursión cruzamos barcos y canoas -rebosantes de ananás y jarrones chinos-, que sirven de vivienda y presagian la proximidad de un mercado flotante. Allí, miles de vendedores navegan exhibiendo una muestra de sus productos, en lo alto de una caña de bambú. La variedad de extrañas verduras y tubérculos es asombrosa, y la oportunidad es buena para comprar, por un dólar, una pipa de opio de un metro, tallada en bambú con dragones e ideogramas chinos. 

UNA COBRA PARA LA CENA 
Rodeada de arrozales, Le Mat ofrece al visitante una atmósfera fresca como un caudal de agua, y se encuentra a sólo 15 minutos en bicicleta del centro de Hanoi, al otro lado del río Song Hong. Todos los pobladores se dedican a la cría de serpientes y al arte culinario con carne ofidia -una tradición desde hace 900 años-. Las calles son tan angostas que sólo se las puede recorrer a pie. Las casas son bajas, y en los fondos se crían las serpientes. Resulta difícil rechazar la amabilidad de los pobladores que te invitan a entrar a sus casas, donde automáticamente sacan las inquietas cobras de las jaulas. No parecen muy interesados en vender sus productos, sino más bien en exhibir con orgullo los ejemplares de tres metros de largo que sueltan en el living de la casa. 

En el restaurante Quoc Trieu, el dueño me invitó un té de serpiente, y luego tomó un cuchillo para abrirle la garganta a una cobra: con las vísceras aún latiendo, dejó caer la sangre en una botella y preparó un vino que, según se dice, estimula la líbido. Entre los manjares preparados con serpiente se puede elegir chicharrón, sopa, lumpias o carne asada con arroz y hongos. 

En los albores del siglo XXI -a pesar de las referencias constantes a un pasado que no se puede, ni se quiere olvidar-, Vietnam recibe al viajero en son de absoluta paz. "No podemos darnos el lujo de no perdonar", dice un slogan del gobierno. Lo mismo parece pensar la gente, que recibe al extranjero con una generosidad impresionante. 

Por la talla de los vietnamitas -que es la más pequeña del continente- cuesta creer que estos amigables hombrecitos de aspecto frágil sean los mismos que derrotaron al ejército más poderoso del siglo XX. 

INFO: 

¿CUÁNDO IR? 
No hay un momento especial del año para visitar Vietnam. Aún cuando en una región llueva, siempre hay un rinconcito de sol y buen clima. En Año Nuevo suele llenarse de turistas, así que conviene hacer una reserva previa de hotel. 

¿CÓMO LLEGAR? 
Una ruta recomendable es volar vía Bangkok hasta Ciudad Ho Chi Minh. 

RECOMENDACIONES
El Sinh Café de Ciudad Ho Chi Minh ofrece las tres excursiones más interesantes: tres días en el delta del Mekong, con alojamiento, cuesta 27 dólares. El tour al templo del Cao Dao y los túneles de Cu Chi, cuesta 4 dólares. La excursión, en el día, a las hermosas playas de Ho Coc, cuesta 8 dólares. 
En la calle Pham Ngu Lao, Ciudad Ho Chi Minh, hay infinidad de hoteles buenos y baratos, donde una habitación doble cuesta 10 dólares. 

IMPERDIBLES
Recorrer el Museo de Crímenes de Guerra de Ciudad Ho Chi Minh implica sumergirse en el horror de la Guerra de Vietnam. No sólo están los tanques y los aviones usados en la guerra, sino también los fetos en formol de niños nacidos con dos cabezas, como consecuencia del defoliante "naranja" con el que los estadounidenses arrasaban los campos.
 

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