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Tailandia, De Sukkothai al Triángulo de Oro

Una vez reservado el ticket aéreo que nos llevaría a Birmania en cuatro semanas, abandonamos Bangkok, en busca del no-tan-turístico-noroeste thailandés. Habían pasado ya seis meses desde que pisáramos por primera vez el sudeste asiático.
 

Llegamos a Sukkothai, primera capital del reino Thai. La parte antigua de la ciudad está declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. El gobierno le dio status de Parque Histórico a estas ruinas, que suman más de noventa edificios y monumentos y que se hallan dentro de un radio de cinco kilómetros. Era nuestra primera visita a un país budista y todas sus esculturas y palacios nos parecían increíbles. Era como si estuviéramos en un sueño.

Buda era el venerado e innumerables estatuas y templos le rendían tributo. El lugar es gigantesco y bien cuidado, su época dorada fue en los siglos XIII y XIV, coincidiendo con el de mayor esplendor del reino. 
Por supuesto que el mercado nunca es ajeno a estos lugares. Pequeños puestos inundan la entrada y el centro del parque a la espera de turistas. Lo que es inentendible o si se quiere hipócrita, es que permitan la venta de imágenes de Buda a los extranjeros y luego prohíban sacarlas del país. 
Después de pasar unos días en Sukkothai, entre las ruinas y muchos turistas, teníamos dos opciones interesantes: seguir al norte, hacia Chiang Mai (segunda ciudad más visitada de Thailandia), o al oeste. A pesar de viajar sin una guía de viajes y sin información, nos decidimos por el oeste. 

Consultamos un viejo mapa y nos dirigimos a un pequeño pueblito llamado Mae Sot, casi en la frontera con Birmania. 
El viaje duró un par de horas y en el camino vimos a los primeros elefantes montados por hombres. Nos miramos y comprendimos que habíamos acertado en la decisión. 
Mae Sot nos cayó bien desde el principio. Como en casi todas las ciudades thailandesas, el centro de la ciudad es pavimentado y tiene un gran mercado en el medio. Claro que no es un mercado de artesanías sino de verduras, frutas, carne, pescado, pollo, ropas y otras cosas. El pueblo no ofrecía, a primera vista, ningún atractivo más que tranquilidad. 
 

Tuvimos que caminar mucho antes de bajar nuestras mochilas en el Nº 4 Guest House. Después de dejar las cosas en el cuarto nos sumamos a la mesa, que en el salón de estar tenía como protagonista a un montón de europeos que discutían acaloradamente, y nos presentamos a los demás. Había daneses, ingleses, holandeses y franceses. 
Algunos del Cuerpo de Paz de la ONU, otros periodistas y otros simples viajeros como nosotros. Al rato de escuchar atentamente la conversación me fui interiorizando sobre lo que estaba pasando. Entre todos me empezaron a contar del SLORC (State Law and Order Restoration Council), el gobierno militar, que desde hace 30 años domina Birmania. De cómo el pueblo birmano, dividido en numerosas etnias, pelea contra el régimen de facto. Y por supuesto, de los más de 30 campos de refugiados que se ubicaban a lo largo de la frontera thailandesa-birmana con más de 100.000 personas. 

Empezamos entonces a tratar de ordenar toda la información que nos estaban dando. El panorama empezó a aclararse. Mae Sot estaba a sólo 10 kilómetros de Huay Kalouk, un campo de refugiados de casi 7.000 birmanos. 
No podíamos creer que no tuviésemos ni idea de lo que estaba pasando. ¿Cómo era posible que nunca hubiésemos escuchado de Birmania y de lo que ahí sucedía? 
Todas estas inquietudes y las ganas de saber más nos movieron a visitar el campo al otro día. 
Cuando llegamos nos llevamos una sorpresa. El campo de refugiados parecía una gran aldea. No era, gracias a Dios, esas terribles imágenes que alguna vez ví de Burundí o Etiopía. Lleno de chozas muy parecidas unas a otras, era limpio por momentos, caótico en otros. Había chicos jugando por todos lados. El ambiente que allí se respiraba era de resignación, no había sonrisas como era tan común ver en otras parte del país. 
Nuestra primera visita resultó frustante ya que no pudimos encontrar a nadie que hablara inglés. Al otro día volvimos, pero tuvimos más suerte. "Carolyn" (les encanta autobautizarse en inglés) una birmana de la etnia karen empezó a contarnos de su país. Nos relató cómo su padre fue muerto por el SLORC y su marido todavía peleaba junto al Karen Army. De repente se llenó de gente y los relatos llovían uno tras otro e iban dando vueltas en mi cabeza. 

Carolyn nos llevó por todo el campo y nos mostró los diferentes grupos que convivían ahí. El hospital era administrado por Médecins Sans Frontières (Médicos sin Fronteras), una organización no gubernamental francesa. Vimos también cómo una chica alemana organizaba a las mujeres a hacer artesanías para luego venderlas y así comprar alimentos y medicamentos. En ese momento se nos acercó una enfermera y nos dijo que sería conveniente retirarnos del lugar, ya que se había propagado una enfermedad que no sabían qué era ni cómo se transmitía. Con Jasper, un holandés que fue conmigo, decidimos seguir el consejo. Cuando nos íbamos, unos chicos jugaban voley, reían y se cargaban entre ellos como indiferentes ante tanta adversidad. 

Pasamos una semana en Mae Sot y finalmente nos marchamos al norte en dirección a Mae Hong Son. Cuando nos fuimos no teníamos todavía las cosas muy claras en la cabeza, de lo único que estábamos seguros era de que cancelaríamos nuestro pasaje y no iríamos a Birmania. Conocer esta realidad y esa gente nos convenció de que la única forma de ayudarlos era no visitar el país y por lo tanto no generar divisas para el SLORC. Eso y contar lo que está pasando es mi forma de contribuir con ellos. 
Es emocionante saber que no éramos los únicos en tomar una decisión así, ya que todos los viajeros que pasan por Mae Sot, u otro punto del noroeste thailandés se topan con este problema y todos, de una u otra manera, se comprometen con la situación de los refugiados. 
Mae Hong Son era más chico que Mae Sot y más tranquilo. Nos sorprendió la cantidad de monjes budistas que andaban descalzos por las calles. Encontramos un tranquilo y apacible guesthouse y nos instalamos allí. Luego de conocer el pueblo decidimos alquilar motos para ir a ver a las mujeres de Padaung conocidas como las "long neck" o "cuello de jirafa" en español. Ellas pertenecen a una minoría étnica birmana que también huyó de su país. 

A la mañana siguiente me levanté muy dolorido y sin embargo alquilamos las motos (¿hace falta decir que nunca había manejado una?). En la primera parada, sentí que me desmayaba y volaba de fiebre. Enseguida fuimos a un hospital público, muy precario, y nos atendieron muy bien. Me hicieron una serie de análisis de sangre y orina para ver qué tenía. El único problema era que nadie hablaba inglés. A esta altura yo me sentía terriblemente mal y estaba casi convencido de que era malaria. El médico que me atendió me hizo entender por medio de señas que sólo se trataba de una fiebre tropical y que en unos días estaría bien, amén de las catorce pastillas que debía tomar religiosamente todos los días. Recordé, entonces, las palabras de aquella enfermera karen acerca de "una nueva enfermedad". 
Pasaron diez días, en los que mi fiebre alcanzó picos de 40 grados, hasta que finalmente me sentí bien. Fue cuando decidimos volver a alquilar una moto para ver a las "cuello de jirafa". Esta vez iríamos acompañados de Sean (inglés) y Bob (americano). Cuando llegamos a la aldea, previa primera caída en moto, nos encontramos con la desagradable sorpresa de que había que pagar U$D 10 por persona. En Thailandia ésto es mucha plata, pero accedimos, ya que habíamos pasado por tanto para verlas. Bob no quiso entrar. 
El camino estaba todo embarrado pero enseguida las vimos. El espectáculo era bastante decadente. Era como estar en un zoológico. Todas las mujeres, chicas y grandes, estaban ahí sentadas, esperando a que les sacaran una foto. Me sentí muy incómodo y me molestó mucho la forma en que todo estaba montado. Sin embargo, pude hablar con algunas de ellas y conocí un poco más de su historia. Su forma de subsistir era cobrando la entrada, claro que el que administraba esa plata era un hábil usurero thailandés. 

Dejamos Mae Hong Son rumbo a Chiang Rai. Estábamos en la recta final del viaje. Sólo unos pocos kilómetros nos separaban del Triángulo de Oro, frontera natural de Thailandia, Birmania y Laos por la confluencia de los ríos Ruak y Maekhong. Este lugar, al que los viajeros llegan en cantidades, es conocido como la Casa del Opio, ya que es aquí donde se hace el 50% de la producción mundial de heroína. Por supuesto que el Triángulo de Oro no es un punto geográfico sino miles y miles de kilómetros cuadrados, donde es literalmente imposible adentrarse ya que es tierra de selva tupida y de guerrillas. Lo interesante del lugar son las historias que a cambio de un trago de Mekong Whisky los lugareños estarán deseosos de contar y, claro está, exagerar. 
El otro plato fuerte es la cantidad y diversidad de etnias que viven en la montaña. Chinos, tibetanos, birmanos, karen son sólo algunas de las "Tribus de la Montaña" (hill tribes) que se pueden visitar. Nosotros fuimos a Mae Salong y la experiencia fue única. Fue constituída por un grupo de renegados chinos, pertenecientes al regimiento 93, que huyó de su país tras la Revolución China en 1961. Por supuesto que hubo dos accidentes más en moto y otra visita a un nuevo hospital. Pero el balance final fue bárbaro y en este momento el noroeste thailandés está esperando que un nuevo viajero pise sus polvorientos caminos y se embarque en otra alucinante aventura. 
Texto y fotos: Lucas Iturriza 

La Historia de Thailandia en años. 
Se cree que fue la civilización Mon la primera en habitar Thailandia e introducir el budismo desde la India. 
1220. Sukkothai se convierte en la primera capital del reino Siam. 
1350. Un príncipe thai, llamado U Thong, funda otra capital en Ayuthaya. 
Siglos XVI y XVIII. Los birmanos invaden numerosas veces Siam. Toman Chiang Mai y dos veces Ayuthaya, destruyéndola. Nunca se volvió a reconstruir. 
1782. Se funda Bangkok como capital del reino. 
Siglo XIX. Mientras todo el sudeste asiático era conquistado por potencias europeas, el reino de Siam fue el único que se conservó independiente. 
1932. Se produce el primer golpe de estado y convierte el país en una monarquía constitucional. 
1939. Se cambia el nombre de Siam por el de Thailandia. 
2ª Guerra Mundial. Thailandia abre sus puertas a Japón y le permite ocupar el país. En recompensa, Japón le entrega Camboya y Laos (antes colonias francesas) que luego de la guerra serían independientes. 
1979. Después de más de veinte golpes de estado y contragolpes alternando con pequeños lapsos de democracia, hay elecciones que son seguidas de varios años de estabilidad económica y política. 
1991. Un nuevo golpe militar sacude al pueblo que, en manifestaciones más que sangrientas, en 1992 logra que se reinstale la democracia. 
Al día de hoy. Se sucedieron muchos primeros ministros debido a malversación de fondos, escándalos y corrupción. Sin embargo la democracia sigue. La economía está en la cuerda floja, al igual que otros países de la región, y el Baht muy deteriodado.
 

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