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Afganistán, Historia de una lucha eterna

Afganistán es un país que soporta invasiones foráneas desde hace siglos. Integrante de la desaparecida Unión Soviética, se sumergió en un conflicto interno que hoy ha derivado en el control del país por parte de los talibanes, un grupo de islámicos ultra extremos que han reactualizado la muerte por lapidación, entre otros atropellos a los derechos humanos. 
Lo que sigue es el relato de los primeros días del dominio talibán.
 

Fervor islámico en una guerrilla de estudiantes 
A lo largo de la historia, sucesivos ejércitos invadieron Afganistán, dada su importante condición geoestratégica, pero ninguno logró colonizarlo. 
En los siglos XVIII y XIX, el dominio anglo-ruso se expandió en el Asia Central, desde la India y desde Rusia, respectivamente. Sin embargo, ninguno pudo alzarse con Afganistán, a punto tal que los ingleses debieron retirarse con cuantiosas pérdidas. 

En el presente siglo, la monarquía afgana intentó un proceso de occidentalización forzada que finalizó en 1973, con la caída del rey Mohammed Daud, abriéndose un período de inestabilidad política, mientras sucesivos gobernantes estrechaban más la dependencia con la Unión Soviética. En la Navidad del '79, la paciencia del gigante se agotó y el país fue invadido por decenas de miles de efectivos del Ejército Rojo con el propósito de "sovietizarlo" y llegar a las aguas cálidas del Océano Indico. Lo que al principio parecía un juego de niños pronto se transformó en una pesadilla: las guerrillas (mujaidines) armadas por Occidente combatieron tenazmente a los invasores hasta que, sin otra alternativa, Mijail Gorbachov inició el retiro de tropas de la ex U.R.S.S., en plena Perestroika. 

Pero entonces comenzó una larga lucha, más desgastante aún, entre las tres facciones que se habían unido circunstancialmente, hasta que apareció un cuarto grupo: los talibanes. 
Formado en su mayoría por jóvenes estudiantes religiosos que han crecido luchando contra los comunistas, su fervor islámico es visceralmente enemigo de esta ideología, pero también de otros grupos a los que ellos consideraban "blandos". Poco a poco, fueron ganando adeptos y controlando el interior del país, hasta que hace dos años (septiembre de 1996) tomaron Kabul, la capital, e impusieron un gobierno estrictamente basado en su muy particular y estricta interpretación de la Sharia, la Ley Islámica. 
 

Otros intereses ajenos a la religión pero con olor a hidrocarburos ayudan a comprender el respaldo tácito que los talibanes han recibido. En efecto, grandes multinacionales estadounidenses se están arraigando en toda Asia Central, buscando dominar una región de cuantiosas reservas de petróleo y gas. 
Los acontecimientos indican que los talibanes han consolidado su poder y controlan gran parte del país dificultosamente, pero nadie podría asegurar hasta cuando. 
Lo seguro en el momento de mi llegada era que Afganistán se había convertido en un territorio de pesadilla. 

Entre mujaidines y talibanes 
Estaba en mis planes llegar a Pakistán y tramitar en la capital de ese país, Islamabad, la visa de ingreso a Afganistán por un mes, sin imaginarme que obtendría solamente una semana de permiso, previa intervención del embajador argentino en Pakistán. 
Dejé mi equipaje en nuestro pequeño suelo patrio de Islamabad. Cargando únicamente sobre las espaldas una diminuta mochila y la cámara fotográfica al hombro, completé así la inseparable trilogía viajera y marchamos rumbo a la ciudad limítrofe de Peshawar. Atravesamos la frontera por el célebre paso de Khyber -la trampa mortal de todos los invasores que intentaron a lo largo de milenios conquistar el país-, a 1.080 metros de altura, en la cadena montañosa llamada Safed. 
Consciente del peligro que me esperaba, mientras me dirigía en el pequeño micro hacia la meta dejé volar mi imaginación y comencé a recordar los momentos más significativos de mi vida a sabiendas de que, de allí en adelante, me esperaba quizás la aventura más emocionante, riesgosa y desconocida. 

De pronto, nos detuvimos frente a un portón negro. Este no es una mera figura arquitectónica, ya que su misión es dividir dos mundos infinitamente semejantes pero con la gran diferencia que significa- desde hace años, cuando el horror de la guerra se ha instalado en uno de ellos- oficiar de separación entre la vida y la muerte. 
La realidad me sorprendió: a mi alrededor, un mundo absolutamente increíble, con miles de contenedores utilizados como refugios, con sus moradores viviendo en condiciones extremas, sin agua ni ningún otro servicio elemental, que solamente intentaban escapar de la catástrofe que asola a su país desde hace años. Sorprendidos, me miraban creyendo, tal vez, que yo no sabía lo que estaba ocurriendo o que estaba loco: ellos huyendo, yo ingresando al infierno afgano. 
Hipnotizado por esta primera escena, el ruido de un tanque me devolvió pronto a la realidad. Carteles con dibujos ya que el noventa por ciento de la población es analfabeta- advertían sobre los territorios minados; otros indicaban la llegada a un país ¨libre de drogas¨, a pesar de que el tráfico de opio sigue constituyendo una fuente insustituible de dinero. 
Ahora sí, ante mis ojos veinte años de interminables conflictos bélicos habín aparecido con toda su carga de dramatismo. 
Tampoco hubiera podido imaginar jamás -ni en las épocas más remotas- que dos personas con aire despreocupado, sin armas y sin ningún tipo de custodias, sentados en el suelo frente a cajas de metal, representaban lo que nosotros llamamos casa de cambio o bancos. Riéndose amablemente, me cambiaron rupias pakistaníes por afganís muy vistosos aunque semiderruidos. 
Ya dentro de Afganistán, la única alternativa que existía para llegar a la ciudad capital, Kabul, el corazón del país, era viajar por vía terrestre. No existía -y seguramente aún hoy no existe- otra posibilidad... 

La primera noche la pasé en la ciudad de Jalalabad, a unas pocas decenas de kilómetros de la frontera pakistaní. Dormí bastante mal, sobresaltado por los ruidos. El Spin Ghar Hotel, que de habitable tiene poco y nada, fue la única alternativa posible. 
A la mañana siguiente, entre informaciones inciertas y hasta contradictorias sobre los acontecimientos bélicos que día a día castigan al país, esperé la partida del destartalado micro japonés sin demasiada ansiedad -el ansioso puede terminar su existencia en poco tiempo por allí-, charlando como pude con algunos pasajeros. Su curiosidad y hospitalidad me hacían sentir protegido; se acercaban para averiguar de dónde venía, qué hacía por ahí, mientras me ofrecían porciones de nan (pan afgano) y chai (té). 

Todos poseían una fisonomía similar: jóvenes barbudos, ataviados con sus típicos turbantes. Ellos se sentían orgullosos de haber logrado expulsar "un régimen ateo". Pertenecían a los grupos de estudiantes de teología de las madrasas -escuelas coránicas- y todos ellos simpatizaban con los talibanes, el movimiento integrista que buscaba, en aquel entonces, llegar al poder. Me aseguraban que, cuando éstos gobernaran, podría conocer tranquilo todo el país. ¿Son ellos, acaso, otro instrumento occidental para contener el expansionismo iraní? ¿Puede el Islam sacar al país de su posición entre los diez estados más pobres del mundo? 
El viaje a Kabul se hizo interminable. Cada tanto, los mujaidines estaban a bordo, revisando todo lo que encontraban en el interior del bus, aunque mi condición de extranjero me eximía del tedioso trámite. 
Pero también nos deteníamos por necesidades más celestiales: las plegarias de los creyentes en Alá, tras las abluciones correspondientes. Efectivamente, los musulmanes realizan cinco plegarias al día, inclinándose a rezar de cara a La Meca, su ciudad más sagrada. No podía comprender cómo a un pueblo tan fervorosamente creyente se le había intentado imponer una ideología atea. 
Lentamente ascendíamos por el destruido pavimento, bordeando el cañon del río Kabul, bajo una pertinaz llovizna que agregaba más tristeza al paisaje, mientras todo transcurría sin mayores prisas. 
Kabul está ubicada a 1.800 metros de altura sobre el nivel del mar, rodeada por imponentes montañas. Alli convergen las distintas etnias -hazara, mongoles; kirguises, turcos; kuchis, nómades- a practicar su ancestral regateo y trueque de productos. Muy atrás han quedado ahora las épocas del "flower power" de la década de los sesenta, cuando los turistas occidentales llegaban aquí atraídos por la droga. Ahora la ciudad ha quedado en ruinas, sin electricidad ni agua, con sus parques cubiertos por trapos verdes. Se han convertido en las tumbas de los miles de mujaidines que combatieron al invasor soviético, entre otras pocas con colores rojos, las de sus enemigos comunistas. 
Intenté añadir una cuota de alegría a tanta tristeza, procurando a comer el palao -arroz y cordero- con la mano, aunque mi torpeza sólo provocó la risa de mis ocasionales anfitriones. 

Por la noche, la pesadilla de los disparos y estruendos de las bombas parecía multiplicarse infinitamente. Los talibanes continuaban su avanzada, produciendo una música infernal que se repetía en el anfiteatro montañoso con su eco de muerte. Los mujaidines me trasladaban de un lugar a otro de Kabul, para exhibirme paisajes de desolación, dentro de lo que aún quedaba bajo su dominio. Me impresionó el cuartel donde se asentaba la jefatura de las tropas soviéticas, el aeropuerto reducido a escombros, los transportes de tropas circulando por las calles como lo más natural del mundo. Kabul estaba dividida entre las distintas facciones en pugna, y resultaba imposible cruzar de un sector a otro. Las mujeres, las pocas mujeres que se atrevían a desafiar las leyes coránicas, ataviadas con sus característicos chadris de pies a cabeza, parecían fantasmas atravesando con rapidez de un lugar a otro, en búsqueda de poder encontrar algo para cocinar. 
"La aventura ha llegado demasiado lejos", pensé, aunque hacía rato ya que decidir estaba fuera de mis posibilidades. Sólo me quedaba pedirle al Creador que me permitiera contar todo esto. 
El regreso desde Kabul supuso otra contingencia no menos dificultosa que la llegada. Al cruzar nuevamente el portón negro y pisar suelo pakistaní, parecía sentirme en casa a pesar de encontrarme a miles de kilómetros de distancia. 
Aunque, en realidad, no creo haberme ido de Afganistán, sino simplemente haberlo dejado no más que por un tiempo. 
Texto y fotos: Pablo Sigismondi 

Postales del aislamiento 
Afganistán ocupa una porción de la región conocida como Asia Central. Su principal característica geográfica es el completo aislamiento de la influencia oceánica, lo cual origina que la mayor parte de su territorio sea extremadamente árido y de muy marcados contrastes térmicos. 
Este aislamiento geográfico dentro de la mayor masa de tierras emergidas de nuestro planeta, ha sido la principal causa de que los pueblos de Asia Central hayan quedado al margen de los procesos de exploración marítima y expansión política de las potencias europeas. Así, ninguna otra zona en el mundo antiguo ha sido tan impenetrable a las presiones foráneas. 

En la variedad de paisajes están siempre presentes las montañas, que han jugado un papel histórico fundamental, al acentuar aún más ese aislamiento. Las condiciones desérticas sólo están rotas por los oasis de los ríos, alimentados por los glaciares de las cadenas del Indo Kush y del Pamir, cuyos picos sobrepasan los siete mil metros de altitud. 
En la historia, Afganistán ha cumplido dos funciones contradictorias: como resultado de sus características geográficas, ha separado las civilizaciones de su periferia (china, iraní, rusa, india), pero a la vez ha sido un eslabón clave en la ruta transcontinental entre el Lejano Oriente, el Cercano Oriente y Europa. Por ello, el país se expuso (y expone) al permanente flujo y reflujo de gran diversidad de razas y culturas. Mil años atrás, la influencia musulmana sustituyó al budismo. 
Pero también estas características determinan a su vez el carácter afgano: diversidad de tribus nómades se desplazan por sus desiertos, dependientes de sus animales para vivir, y otorgando a este conjunto racial una movilidad sorprendente, que se desplaza con sus ganados (camellos, cabras y caballos) en la búsqueda de pasturas apropiadas y de condiciones más benignas de temperatura, especialmente durante el crudo invierno. A su vez, ello ha traído aparejadas consecuencias que luego jugarían un papel preponderante a lo largo de la historia del país: un físico robusto, una mente independiente y ágil, presta a tomar y a soportar las condiciones más extremas para asegurar su libertad, cualquiera que sea el invasor que intente dominarlos. El dicho afirma que "es mejor ser mordido por la más venenosa de las serpientes que tener a un afgano de enemigo". Y, hasta ahora, la historia demuestra que no hay que tomar en broma esta afirmación. 

Las huellas de la invasión y de la guerra son imborrables 
Las consecuencias de la invasión soviética y de la guerra civil se pagarán durante generaciones en Afganistán, aunque esto poco importará si no se ven afectados los intereses de la región. 
Entre esas secuelas que costará lo impredecible dejar atrás, pueden enumerarse las siguientes: 
-Entre 500 mil y un millón de muertos. 
-Varios millones de mutilados. 
-Siete millones de desplazados y/o exilados. 
-Más de 20 millones de hectáreas (la tercera parte del país) minadas y sin posibilidades para el cultivo. 
-Destrucción del delicado balance ecológico, voladuras de suelos. 
-Destrucción de la ya escasa infraestructura (diques, aeropuertos, etcétera). 
-Ausencia total de energía eléctrica y escasez de agua potable. 
-Contaminación de aguas y suelos. 
-Destrucción de la biodiversidad.
 

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