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Katmandú, Donde los dioses escuchan

"Quienes lleguen a katmandú no reconocerán lo aquí escrito. Quienes sigan los caminos que llevan allá no reconocerán los caminos de este relato. Cada uno sigue su camino que no es igual a ningún otro, y nadie desemboca en el mismo lugar". René Barjavel.

Los Caminos a Katmandú 
Caótico. Es la palabra que resume al aeropuerto internacional de Katmandú. Después de un apacible vuelo desde Bangkok, ni el más delirante hubiera podido prever semejante quilombo. 
El primer paso, el del visado, fue relativamente tranquilo; una vez pasada la aduana, tomé aire y encaré la gran confusión reinante en el hall principal. 
 

Choferes de taxis, que se abalanzaban prometiéndome los mejores precios para llevarme a la ciudad, porteadores que trataban infructuosamente de sacarme la mochila para cargarla hasta la salida y por ello cobrarme precios exorbitantes, encargados de hoteles que a los gritos daban todas las explicaciones de por qué debía alojarme en sus respectivas habitaciones... todo esto sumado a la masa humana que sólo estaba ahí de paso, me arrancó una sonrisa y en criollo dije para mis afueras: "¡Bienvenido a Nepal!" 

Con mucha decisión me subí al primer taxi que vi y mientras mi chofer, guía de turismo, profesor de inglés y gurú budista, Bodu, me hablaba de las maravillas de este pequeño Reino Hindú (Nepal es el único país en el mundo que exhibe su creencia desde el nombre) ubicado a los pies de los Himalayas, yo no podía más que mirar por la ventanilla del destartalado vehículo y asombrarme con las imágenes que mis ojos captaban y mi cabeza no podía asimilar. 

Las palabras y las sensaciones de ese primer viaje a la ciudad no las puedo describir y volcar en este relato. Estaba bajo los efectos del shock cultural al que me sometía esa ciudad medieval, corazón del reino detenido en el tiempo que es Nepal. No contaban los seis meses anteriores recorriendo el sudeste asiático: era como si por primera vez estuviera pisando Asia. 
Una vez instalado en un confortable hotel de Thamel (el gueto turístico de Katmandú, típico de casi toda ciudad asiática) y luego de que mi entonces gran amigo Bodu hubiera peleado con el dueño de la pensión para pagar la módica suma de U$D 3 por noche (sí, leíste bien), fue el momento indicado para que con un grupo de viajeros de otras latitudes, que como yo eran recién llegados, ganáramos la calle para tener un contacto más real con este maravilloso lugar. 
Es increíble cómo, cuando uno viaja, la capacidad de asombro no se acaba sino que por el contrario crece. No importa cuánto uno haya visto: todo sorprende y emociona. 
Las pequeñas calles zigzagueantes eran consecuentes con el espectáculo presenciado unas horas antes en el aeropuerto. El centro de la ciudad era una gran confusión. 
El 90% de los vehículos de Nepal se concentra en Katmandú, y parecía que en ese momento estaban todos ahí. 
Autos destartalados y nuevos, colectivos llenos de gente por dentro y por fuera; motos, bicicletas, taxis, rickshaws (transporte oriundo del Asia que es una suerte de sulki tirado por una persona o por una bicicleta), transeúntes, perros, turistas con su clásico gorro blanco y su filmadora colgando del cuello, mochileros, algún viejo hippie que quedó varado y, por supuesto, las infaltables vacas sagradas, que causaban más de un embotellamiento y dificultaban la circulación. 
 

Barberos afeitando en mitad de las calles que, contrariando el sentido común, no tienen nombres ni numeración. Grupos de hasta veinte personas amontonadas; grande fue mi sorpresa cuando me di cuenta de que era una versión local del famoso ludo lo que los congregaba.
Esta era Katmandú y decididamente fue un amor a primera vista. 
Decidimos hacer un alto con mis compañeros de turno para probar las bondades de la comida local. 

Pero una vez que tuve el menú frente a mí, me percaté de que a pesar del aspecto "nepalí" del lugar, la carta estaba escrita en inglés y los platos estaban lejos de ser recetas autóctonas. De buena gana ordené un jugoso bife con papas fritas y una cerveza. Mientras esperaba ansioso, me preguntaba qué sentido tenía haberle cedido el paso a un par de "vacas sagradas" minutos antes si después iban a terminar en mi plato. El mozo trató de darme la respuesta a esta contradicción diciendo que el bife no era de vaca sino de búfalo. Después de un tiempo en Nepal y de comer numerosísimos bifes y de no ver ningún búfalo, supe que la verdadera respuesta estaba en el lado negativo del turismo y de la occidentalización por la que está atravesando esta cultura. 

La gente 
El nepalí es abierto y de corazón generoso. No es fácil acercarse a él ya que no todos hablan inglés y los que lo hacen siempre tratan de venderte algo. Pero una vez que conocés a alguno es inevitable la situación de ser dos queriendo saber todo del otro. Los monjes son generalmente los más accesibles. Cuando uno sale a caminar, sólo hace falta mirarlos a la cara, para que casi instantáneamente devuelvan una sonrisa que tiene algo de inocente, indiferentes a esa fría estadística que los sitúa entre las diez naciones más pobres del mundo. 
Por sobre todo, la sensación que deja el pueblo es la de su espiritualidad, que se respira en todo momento. Al pasar delante de cualquier templo, a cualquier hora del día, se puede ver a sus fieles rezando y haciendo ofrendas. No importa si son hindúes y tienen más de trescientos millones de dioses o si son budistas y no tienen ningún dios, ya que decir que la religión es una parte importante en la vida del nepalí es quedarse corto, pues la religión es la vida misma. 
En su visión del mundo, el nepalí sabe que cada acto tiene implicaciones espirituales. Se asume que los dioses son los responsables directos de los fracasos y éxitos de cada uno y por eso deben ser apaciguados permanentemente. De esta forma es comprensible que, no importa cuánto tiempo se esté en Katmandú, tres semanas, seis meses o un año, nunca se terminen de visitar todos los templos de la ciudad. 
Oración y plegaria se viven a cada instante. La mayoría de los templos tienen campanas en sus entradas y me sorprendió que mucha gente las hiciera sonar antes de entrar o al pasar. Cuando le pregunté a un chico el por qué, me dijo con una convicción pasmante: "Sonamos las campanas porque los dioses están durmiendo y de esta forma los despertamos para que escuchen nuestra oración". 

Thamel
Es el centro o gueto turístico de la ciudad. En sus pequeñas calles se debe encontrar la mayor densidad mundial de hoteles y guesthouses por metro cuadrado (sólo Kao San Road en Bangkok puede competir con ella). Para el que llega de Occidente es alucinante. Hoteles, restaurantes, bares, empresas de trekking y rafting, negocio de todo-lo-que-se-puede-encontrar-en-Asia, mercado negro de dinero, excelentes casas de libros de segunda mano. El cansado viajero que llega de la India o de Pakistán encuentra en este lugar vestigios de occidentalización y tranquilidad. 

Durbar Square 
Muy cerca de Thamel se encuentra esta "plaza de templos", que es el antiguo centro de la vieja Katmandú. El lugar está lleno de templos muy bien trabajados. Fui allí a primera hora en la mañana y luego de subir unos escalones me senté a ver pasar la gente. El lugar estaba repleto. Pero el espectáculo no fue muy prometedor. Se veían un par de falsos hombres sagrados que miraban con aires místicos, esperando a que los turistas se fotografiaran con ellos y a cambio les dieran alguna rupia. Si bien estaba en el lugar obligado para comenzar a explorar la ciudad, decidí saltearlo. Algo no muy recomendable para quien se precie de buen explorador. 
Antes de irme pasé por el mercado que estaba montado for export. Difícil de decir qué no vendían. Ruedas de oración tibetanas, cuchillos gurkas, pipas para fumar opio, brazaletes, piedras semipreciosas y toda clase de artesanías, inventadas y por descubrir. En fin, un paraíso para comprar de todo por muy poca plata, luego del riguroso regateo, por supuesto. Un previo paso por Freak Street, antes de irme, una de las pocas calles bautizadas, y el primer gueto turístico, que consiguió su nombre tras la invasión de hippies que llegaron a estos pagos a finales de los '60 y principios de los '70, en su tan ansiada búsqueda de misticismo y amor, y que se concentraban en esta calle durante el día y la noche. 

El Templo de los Monos 
Si bien Buda nació en Nepal, en un pueblo del sur llamado Lumbini en el año 563 a.C. bajo el nombre de Siddartha, el hinduismo comprende casi el 70% de la población local. 
Aún así hay muchos templos budistas que son verdaderas obras maestras y vale la pena visitarlos. Uno de ellos se sitúa a unos 45 minutos de Durbar Square en las afueras de la ciudad: la stupa (templo) de Swayambunath, popularmente conocida como el Templo de los Monos. Tiene la particularidad de que fue construido en una colina cuyos habitantes son los monos rhesus. Cuando uno sube los interminables escalones del templo, se cruza con cientos de ellos. Los ojos de Buda contemplan el valle de Katmandú desde las alturas. Alrededor del bloque central de la stupa se encuentran las ruedas de oración tibetanas que todos los fieles hacen girar mientras recitan sus mantras. 
Es posible, si uno se escabulle lo necesario, meterse dentro del templo y acceder al salón en donde los monjes llevan a cabo su oración, recitando mantras y meditando. 

Pashupatinath
También en las afueras de la ciudad se encuentra este importantísimo complejo de templos hindúes construido para venerar a Shiva. 
Apenas llegado, encaré para la puerta e inmediatamente miles de voces me frenaron en seco. Sin explicarlo y con cara de indignación, todos los que pasaban por ahí me señalaron un cartel que en la entrada rezaba: "Sólo hindúes". 
Me senté a un costado y dejé que el lugar tomara toda su dimensión. Estaba lleno de gente que iba y venía: chicos, grandes, mujeres, hombres santos, mendigos y de todas las castas. Mercaderes se atrincheran frente al templo y ofrecen desde arroz y flores para las ofrendas hasta imágenes de casi todas las deidades. 
Caminando alrededor del templo llegué a orillas del río Bagmati, que tiene status de santo. En sus aguas los hindúes se purifican una vez que terminan su peregrinación. Es increíblemente atrapante. Algunos meten medio cuerpo y se bañan, otros realizan ofrendas y dejan que la corriente se las lleve, chicos que a tan sólo diez metros las esperan ansiosos y las retiran del agua como si fueran ellos los venerados. 
En las márgenes del río, a pocos metros del templo, está el sitio destinado a las cremaciones. Cuando pasaba por ahí tuve la suerte de presenciar dos. Este sí que no es un espectáculo for export sino que obedece al ancestral ritual hindú de purificación. 
Mientras miraba las cremaciones llevarse a cabo para que luego las cenizas fueran arrojadas al río, se me acercaron varios nativos, chicos y no tanto, tratando de vender nuevas y viejas versiones del Kamasutra. 
Katmandú, asombrosa hasta lo inimaginable, fue sólo la puerta de entrada al grandioso Nepal, a sus Himalayas listos para el trekking y el rafting, en los que estuve a punto a dejar el cuerpo. 
Pero esa es otra historia. 
Baba, un Sadhu en Katmandú 
De todos los personajes que conocí en Katmandú, creo que Baba fue el que más me sorprendió. Lo encontré en las inmediaciones de Pashupatinath. Estaba sentado en posición de loto, con los ojos perdidos, mirando el vacío, sin focalizar. Su pelo -¿pelo?- caía en largos dreadlocks hasta el piso. No podía creer lo que tenía frente a mis ojos. Lo miraba fijo, pero era como si yo no estuviera. En realidad era como si nada existiera delante de él. Quería saber más acerca de él: intenté hablarle pero no recibí respuesta. 
"No habla inglés", me contestó alguien que estaba cerca. Y sin esperar a que yo preguntara, empezó de a poco a contarme de Baba. "El es un sadhu", me dice. Y ante mi cara de desconcierto me explica que los sadhus son hombres religiosos, en su mayoría devotos de Shiva, el gran dios hindú de la destrucción. "Son ascetas, viven una vida simple, renunciando a todo lo material, duermen en donde pueden, sobreviven con lo que la gente les da. Viven meditando, son célibes, no toman alcohol. Fuman marihuana, ya que le atribuyen a Shiva, el descubrimiento de los poderes trascendentales para meditar de la ganja". 
"Es un ejemplo de vida", ironicé mientras miraba a Baba a los ojos. "No le va a contestar, ya le dije que no habla inglés. Además está meditando y estuvo fumando toda la tarde", siguió el nepalí que estaba a mi lado. 
"En mi país tenemos una idea bastante diferente de los hombres religiosos" contesté, pero esta vez dirigiéndome al otro hombre. "Los nuestros generalmente andan vestidos y tienen el pelo corto o no tienen". 
"El pelo es importante en un sadhu porque Yogin, el maestro del yoga, estuvo meditando durante miles de años sobre un pico en los Himalayas y de su pelo nació el poderoso río Ganges, un río sagrado para todos los hindúes. Los sadhus son nómades, siempre caminan en busca de los lugares santos y meditan con un poco de ganja. Su forma de vida no es fácil, ya que viven de la caridad ajena. Influye también, la falta de trabajo en Nepal, que deja pocas alternativas. No son dueños de nada más de lo que pueden cargar. Baba, por ejemplo, eligió esta forma de vida hace 35 años. Desde ese día nunca más se cortó el pelo". 
"¡Treinta y cinco años sin cortarse el pelo!", pensé mientras volvía a mi hotel. Treinta y cinco años sin dormir en un colchón. Treinta y cinco años sin sexo... Traté de ordenar las ideas en mi cabeza, pero no pude. 

El valle de Katmandú 
La ciudad de Katmandú se encuentra situada en el valle del mismo nombre. En la antigüedad, Patan y Bhaktapur, las otras dos ciudades más importantes, competían con la mismísima Katmandú. Hasta el siglo XVIII se llamaba Nepal sólo a esta región. Los fuerte lazos comerciales con Tibet hicieron que fuera Katmandú la ciudad más fuerte del valle. 
Las ciudades de Patan y Bhaktapur, con sus propias "plazas de templos", son tan alucinantes como todo el valle y el interior mismo del país. Menos visitadas y transitadas que Katmandú, hacen que uno se sienta más cómodo y menos intruso. 
 

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