| Penang,
perfil de Babel asiática
Un
crisol de culturas, propias y ajenas, caracterizan a esta isla. Faquires
de dagas falsas, serpientes, santuarios y mercados… Todos conviven bajo
la omnipresente mirada del Buda.
ENCUENTRO
DE CULTURAS
Penang
se siente Babel. Y eso es algo que está en el aire, en ese ir y
venir de encuentros entre tantas caras diferentes que a pesar de todo mantienen
intacto su plácido esquema de convivencia. Es una isla que decide
llevar hasta el extremo cierta mezcla cultural de hindúes, malayos,
ingleses y chinos que aparece diseminada por todo el territorio de Malasia.
Y justamente es eso lo que la convierte en uno de los lugares más
atractivos del sudeste asiático.
Pero
al mismo tiempo, a partir de ese patchwork de etnias en convivencia, Penang
se transforma en ciudad "eventual"; demasiadas cosas suceden aquí
bajo un mismo techo. Es un épico rincón del mundo, una esquina
agraciada que lleva sobre avenidas el cruce causal o casual de varios circos
itinerantes, adivinadores del futuro, lectores de manos que improvisan
un rito que bordea lo inverosímil, faquires de dagas falsas, apostadores
de almas y vendedores de placeres al mejor postor. Y entre todos, se juntan
y confabulan, para nunca, nunca dejar dormir a la isla.
MECA
DE INTELECTUALES
Puestos
a consideración del rigor geográfico, es bueno aclarar que
Penang vive anexada por un puente de 12 kilómetros al extremo norte
de la Malasia continental, en el corazón del llamado sudeste asiático.
Es la isla que vivió el comienzo de la colonización británica
y el sitio desde donde tambié n
surgieron los primeros intelectuales que empezaron a replantear la naturaleza
invasiva de los muchachos de la bandera en cruz. Hoy es la meca de los
escritores ingleses que viven en la zona, y de esos viejos disidentes de
oriente que buscaron entremezclarse con los occidentales en un intento
por abrir sus horizontes culturales. Georgetown, capital de la provincia,
es la única ciudad; desde allí, y como si fueran patas de
una araña, parten todos los caminos hacia las playas y aldeas pequeñas
de pescadores que hay en el resto del territorio.
ENTRE
CALLES, SANTUARIOS Y MERCADOS
Sobre
las avenidas y casi en fila van apareciendo los templos sin paredes que
protegen la memoria de Alá y la siesta de los fieles musulmanes.
Muy cerca se acomodan esos techos como pestañas doradas que invocan
a un Buda omnipresente, entre sahumerios que humean el aire. Sobre la avenida
Lebuh Chulia, en el centro de la isla y la ciudad, las bibliotecas de libros
para viajeros se van alternando con los carritos de comida hindú
al paso, las cervecerías que despachan Tiger como agua en tiempos
de incendio y los sombrereros que hacen guardia en la noche y esperan vender
al menos un chambergo para justificar la apertura del día. Los triciclos
taxis son también una constante que se abre paso a campanilla libre
por entre los peatones. El tráfico es sobre dos ruedas en su mayoría, pero
de igual manera suele ser un caos. Cerca del puerto, hay algunas mujeres
hindúes de túnicas claras vendiendo cendol -leche de coco
con almíbar de azúcar negra y hielo picado- o tratando de
convencer a los paseantes sobre las "irrefutables propiedades curativas"
de la leche de soja con fermentos, algo así como el yoghurt local
que se vende en botellones de plástico importado. En la misma senda,
media docena de chinos improvisan un mercado callejero y ruegan a escondidas
vender un par de inciensos para poder almorzar su cotidiana porción
de arroz y verduras. Mientras tanto, la tarde se queda para siempre con
ese perfil de calor húmedo, de sarongs (una tela que envuelve a
modo de pollera masculina) pegándose en la entrepierna. En los márgenes
la selva sigue muda. Las playas de tarde empiezan a recibir a los viajeros.
RECORRER
LA ISLA
El
puerto es un cementerio de carcazas oxidadas y espinas dorsales de barcos
que se pudren en un fango salitroso. No muy agradable por cierto, pero
pintoresco. En la misma zona, un barrio entero le fue ganando terreno al
mar -o quizás fue al revés- y las casas se construyeron sobre
pilotes de madera. Hay laberintos de escalinatas y pasadizos angostos que
parecen un continuo muelle enclenque y comunican a las viviendas entre
sí. En uno de los pasajes un grupo de nativos juega al Sepak Raga,
una especie de fútbol loca l
para el cual se arremolinan sobre una pelota pequeña, tejida con
cuerdas vegetales y tratan de mantenerla en el aire durante el mayor tiempo
posible.
En
otra de las orillas de la ciudad está el Kapitan Kling Mosque, un
templo islámico de cúpulas amarillas que marcó el
desembarco hindú en Malasia. Para algunos, es el sitio ideal a la
hora de rendirse a los encantos de una siesta. Cuando callan las plegarias
de la tarde, recostados en el fresco interior de alfombras rojas y paredes
blancas, varios trabajadores de la calle se internan a dormitar en esa
tranquilidad tan intensa. Como es costumbre, allí dentro los pantalones
cortos y las remeras sin mangas están prohibidas, nada puede estar
al desnudo. Las mujeres se cubren al entrar con túnicas marrones
que llegan hasta los pies y parecen atuendos franciscanos. Por su parte
los hombres deben quitarse los zapatos y llevarlos consigo para que no
desaparezcan. Al fondo de la habitación hay grupos arrodillados
que apenas quiebran el silencio con palabras monocordes; en sus costados
no hay iconos, ni estatuas, ni coranes; la imagen a quien va dirigida la
prédica es interna. La oración se repite minuto tras minuto.
A pocos
kilómetros de allí, camino al aeropuerto, está el
templo de la serpiente, uno de los más legendarios de la comarca
para la religión budista. Obviamente en el interior hay rept iles
que deambulan inquietos a ambos lados del Buda principal, se enredan sobre
los altares entre velas y boletines que difunden la doctrina. Estos animales
no atacan a menos que se los maltrate y su labor es cuidar las monedas
y billetes que los creyentes dejan como ofrenda. Como siempre, en la entrada
hay un horno gigantesco donde arden constantemente las varillas y papiros.
De vez en cuando hay turistas que se animan, levantan una de las serpientes
y enredándosela en el cuello, esperan ansiosos el sonido de la polaroid
que "llevará la valentía a casa".
ASIA
EN UN SOLO TEMPLO
Si
Penang sintetiza a Malasia, el templo de Kek Lok Si sintetiza la cultura
de todo el sudeste asiático. Este santuario que se ve desde el mercado
principal es una construcción imponente de varios compartimentos,
pisos y escalinatas, y fue edificado sobre una colina para aumentar y definir
su imagen de guardián o centinela protector de la isla. Las paredes
comenzaron a levantarse en 1890 y recién 20 años más
tarde pudo terminarse el templo principal. De esto se deduce que el emplazamiento
atravesó varias etapas en la historia del país. Según
los especialistas, la torre central lleva influencias de un claro estilo
Burmes en la cúpula, chino en la base y tiene características
tailandesas en el medio.
En
el interior hay más imágenes de Buda que en toda Malasia.
En a lgunas
galerías y pasillos, hay aleros de un azul intenso que regalan sombra,
mientras las esfinges con sus posturas yogui y esas manos de palmas abiertas
acompañan todo los recorridos como si fuesen columnas de una catedral
grecorromana. En otra de las habitaciones hay fuegos eternos que salen
de lámparas de aceite, inciensos de varios metros de altura perfumando
los interiores, alfombras rojas y luces tenues que ambientan la paz del
lugar. El silencio es un huésped cotidiano entre las paredes del
templo.
Para
llegar hasta allí sólo hay que tomar la avenida Lebuh Camarvon
que conduce al mercado central, y desde ahí subir la cuesta que
desemboca en la torre. Es imposible perderse.
PLAYAS
DE POSTAL
Más
tarde, para algunos viajeros cansados de tanto paseo religioso, las playas
se abren como una alternativa perfecta. Al igual que toda isla del sudeste
asiático, Penang está rodeada de arenas blanquísimas
y aguas turquesas, así que con sólo alejarse un poco de la
ciudad aparecen buenos espacios "diseñados" a base de palmas y arecas
con frutos comestibles, golondrinas y una especie de reptil que parece
un dragón bípedo en miniatura. Hay también cabañas
que se alquilan a bajo precio y varias imágenes de postal gratis
por todas partes.
INFO:
¿CUÁNDO
IR?
T odo
el año, aunque conviene ir en invierno porque en verano hace mucho
calor.
¿CÓMO
LLEGAR?
En
avión hasta Kuala Lumpur. Desde allí se puede abordar un
bus hasta Butterworth, para después cruzar el canal que separa a
la isla de tierra firme en un catamarán que parece una grúa
de carga. La ida es gratis y la vuelta cuesta cincuenta centavos de dólar.
La otra posibilidad es tomar uno de los aviones de cabotaje que vuelan
directamente a Georgetown.
RECOMENDACIONES
Las
motocicletas son el medio de transporte por excelencia y eso se pone de
manifiesto durante el cruce en ferry, que tiene un compartimento exclusivo
para las motos. Para recorrer la isla y además estar a tono con
el entorno, lo ideal es alquilar una de estas unidades prácticas
y maniobrables. Por todo el día y solamente presentando un carnet
internacional de conducir se pueden conseguir por ocho dólares.
IMPERDIBLES
Probar
la comida de Penang ya que es una de las más deliciosas y baratas
del sudeste asiático, no sólo por la enorme variedad de platos
que provienen de las tradiciones de las distintas culturas que conviven,
sino también por la nobleza de sus ingredientes y la pasión
por la cocina que demuestran los nativos. El restaurante Dawood, sobre
Lebuh Queen al 63, es el mejor restaurante hindú. Ahí es
fundamental probar el "Curry Kapitan".
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