Palmira,
un tesoro en el desierto
Siria. Encrucijada
de Medio Oriente. En Palmira el viajero es testigo de un pasado tan tangible
como esplendoroso. Los gritos y rugidos de griegos, romanos y árabes
atados a su arquitectura parecen revivir llenando de misterio la imaginación.
Comencé
a descubrir Siria ávido por excavar mis propias raíces. Refugiadas
en la soledad de su desierto, a espaldas del tiempo, me topé con
las ruinas de la ciudad de Palmira o Tadmor. Esta antigua ciudad fue redescubierta
a principios del siglo XX luego de permanecer tapada por la arena del desierto
durante cerca de 800 años.
"Lejos quedó la época
en que estas calles estaban atestadas de gente. Ahora nos ilusionamos con
la llegada de turistas", comentó Ismael, el guía, mientras
me señalaba el circuito a seguir para recorrer las ruinas de la
ciudad.
La arena llevada por el viento del
desierto había entrado en toda mi ropa, pero eso poco me importaba
ya. La emoción de estar en estas desconcertantes tierras -mezcla
de elegancia y abandono- me cautivó enseguida.
Tampoco me interesó el zarandeo
que soporté durante horas en el destartalado bus. Ni el camino entre
Damasco y Palmira -sin demasiados atractivos-, que me resultó tedioso
y monótono. Lo mismo que el calor insoportable de la jornada veraniega.
Nada importaba porque al fin podía emp ezar
a disfrutar de uno de los focos más importantes del mundo antiguo.
CENTRO DE
LA ANTIGÜEDAD
La denominada Medialuna Fértil
es un amplio arco de verdes oasis que se inicia en la Mesopotamia -en la
llanura aluvial de los legendarios ríos Eufrates y Tigris- y concluye
en los fértiles valles que salpican las montañas del Líbano,
en la costa del Mediterráneo.
Dentro de esa curvatura queda encerrado
el vasto desierto sirio. Y, a manera de pequeñísimas estrellas
en su interior, asoman los oasis, rompiendo así la ocre monotonía.
Precisamente en uno de estos sitios,
donde el agua ganó la lucha a la aridez, casi como un espejismo,
aparece Palmira, en la vertiente de Afqa ("salida" en lengua aramea).
Palmeras datileras y olivares transformaron
la desnudez en un tapiz vegetal, permitiendo así la vida.
De las ruinas que salpican precisamente
el desierto de Siria, Palmira es la más estupenda. Su estratégica
ubicación en el camino de Damasco a la Mesopotamia y la presencia
de un abundante manantial de agua pronto jugó un rol
fundamental en la región. Las caravanas que venían de la
India, China y Persia -cargadas con sedas, especies e incienso- debían
parar allí obligadamente, si no querían morir desecadas.
En sentido inverso, los comerciantes que traían desde Egipto y Fenicia
lanas, vinos o pescados, también se quedaban a reponer fuerzas en
la ciudad.
De esta manera, Palmira creció
hasta convertirse en un gran centro comercial y cultural, poblado por arameos
y árabes de origen nabateo, aquéllos mismos que levantaron
Petra, otra estrella del desierto de Jordania.
En el año 106 de nuestra
era, el Imperio Romano la anexó a sus vastos dominios. Entonces
la ciudad mutó su antiguo nombre de Tadmor (ciudad de los dátiles)
por el de Palmira (ciudad de las palmeras).
Sin embargo, fue una mujer quien
marcaría a fuego su historia. En el año 266 ascendió
al trono la reina Zenobia. Considerándose a sí misma como
descendiente de Cleopatra, su excepcional habilidad y ambición la
llevaron a conquistar gran parte de Medio Oriente, hasta enfrentar a las
tropas de Aureliano .
Pero éste finalmente detuvo su avance y arrasó su ciudad.
En el siglo VII, Palmira fue conquistada
por los árabes, hasta que un terremoto la destruyó completamente
en el siglo XI, permaneciendo oculta bajo las arenas del desierto que la
protegieron hasta que, a principios del siglo XX, comenzó a ser
excavada y redescubierta.
LA REINA
DEL DESIERTO
Palmira me sorprendió a cada
paso con sus ruinas en admirable estado de conservación: ágora,
teatro, templo de Bel. Durante todo el día recorrí la magnífica
ciudad, fatigándome entre sus piedras.
Las ruinas cubren más de
50 hectáreas, así que recorrerlas lleva varios días.
En mi última jornada, ascendí durante el atardecer a la colina
que domina las ruinas. Allí se erige el fuerte árabe del
siglo XVII llamado Qalaat Ibn Maan. Una panorámica vista de excepción,
con las ruinas, el oasis y el desierto parecían el cierre de oro
del lugar.
El misterio y la inmensidad de mi
propia imaginación se transformaron en los únicos límites.
En medio de esta nada, un golpe de humanismo intens o
me hizo descubrir otra faceta, muy distinta de la arqueológica.
Alejándome de las ruinas, me topé con un grupo de beduinos
que descansaba bajo la sombra de su tienda. No tardé en acercarme
a ellos.
-Marhaba, ¿quieres almorzar
con nosotros?, me dijo el hombre de piel trigueña que lucía
un turbante blanco, mientras gritaba algo en árabe a la mujer.
-Shukram (muchas gracias), contesté
encantado, mientras me ubicaba bajo el sosiego de la sombra, sentado en
el piso.
Me ofrecían su amistad sin
siquiera conocerme. A través del lenguaje universal de las sonrisas,
enseguida me sentí cómodo y pude así descubrir los
dientes de oro que engalanaban a la mujer.
Pasaron unos minutos hasta que ella
comenzó a traer bandejas y las colocaba sobre la alfombra. Ataviada
con ropas de color oscuro, comenzó con una fuente que contenía
la carne de cordero, que parecía nadar en grasa. Lo mezcló
con leche cuajada "lavan" y me lo dio.
-Shukran, atiné a decir boquiabierto,
mientras pregunté cómo lo preparaban.
-El cordero se frita con grasa en
un
sartén, con cebollas, me contestó sonriente.
Enseguida la mujer trajo otra bandeja
con té, pan y queso y los infaltables pepinos.
Ellos consideran una descortesía
dejar restos de comida en el plato, así que no tuve más remedio
que comer todo.
-Shukran. Ma'asalaama (adiós),
dije al rato, con mi estómago repleto y pesado.
-"Oh no, para nosotros la hospitalidad
es un deber. Aun a nuestros propios enemigos no se la podríamos
negar. Inch Allah", contestaron.
DESIERTO
Y ESTRELLAS
Mi irremediable curiosidad me llevaba
a saber qué eran unas construcciones que yacían desparramadas
más allá de las ruinas, entre las arenas del desierto. Al
preguntar me dijeron que son las ostentosas y centenarias tumbas-torre,
monumentos cuadrados, preparados para recibir a los difuntos de la misma
familia por generaciones.
Algunos sostienen que los dueños
eran los caballeros cruzados y sus descendientes. No me pareció
válido ese argumento, así que me quedé con la incógnita
flotando en mi cabeza mientras ingresaba a una. Las inscripcion es
adentro resultaban imposibles de leer, aunque parecían letras del
alfabeto griego.
El esplendor del atardecer rojizo
en el horizonte me conmovió. Fue entonces el turno de las estrellas,
que me hicieron cómplice del desierto.
Descendí ya en la noche fría
a mi albergue. Cuando a las cinco de la madrugada del día siguiente
me despertaron los gritos que resonaban a través del altavoz, comencé
a prepararme para la despedida.
El
canto repiqueteaba largo y melodioso. Convocaba a los creyentes en Allah
a la primera de sus cinco plegarias del día. Entonces el movimiento
en la casa se generalizó. Como cada día, como todos sus días.
Debían realizar sus abluciones para poder orar. Ismael, mi anfitrión
y guía, tomó su cadena de cuentas -algo así como un
rosario- para repetir monótonamente la frase Allah Akbar.
Pude comprender entonces por qué,
en el desierto, la frase "Dios es el más grande" parece sonar con
más poder. Me sentí transportado a los cuentos de Las mil
y una noches.
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