Cappadocia
y Pamukkale, el lado oculto de Turquía
Más
allá de Estambul es posible desenterrar los tesoros de una de las
encrucijadas más exóticas del planeta, de una Turquía
que nos revela el misterio y la belleza de Pamukkale y Cappadocia.
Entrar
a Turquía supone ingresar al mágico Oriente, aunque también
tenga mucho de Occidente.
Cuando uno llega a Estambul proveniente
de Europa no siente tanto el choque cultural como cuando se adentra en
el corazón de Turquía. Si bien en la ciudad más conocida
del país se respiran miles de olores extraños y diversos
y se percibe una atmósfera congestionada de sonidos raros, en la
ex Constantinopla no se respira Oriente.
Para rastrear los orígenes
del país y entender su incipiente occidentalización hay que
viajar unas décadas atrás en el tiempo hasta la aparición
del legendario héroe nacional, Mustafá Kemal, conocido como
Atatürk. Este estadista mudó la antigua capital de Estambul
a Ankara, en el centro del país.
Con los despojos del decadente Imperio
Otomano, Atatürk inició profundas reformas que occidentalizaron
una antiquísima civilización. Así, a pesar de que
gran parte de sus sesenta millones de habitantes profesan la religión
musulmana, no se ve aquí la devoción propia de otras tierras
turcas más profundas. Tampoco la lectura de su alfabeto supone problemas
-si bien su idioma se entiende poco- ya que lo s
caracteres árabes de la anterior escritura fueron reemplazados por
la escritura occidental.
Sus 780.000 kilómetros cuadrados
son un paso estratégico entre Europa y Asia y fueron sede de importantes
imperios del mundo antiguo. Hoy quedaron diseminados vestigios hititas,
griegos, romanos, bizantinos y otomanos, entre otros.
El amplísimo litoral marítimo
de Turquía se extiende desde el Mar Negro al norte hasta el Mar
Mediterráneo al sur, incluyendo los célebres estrechos de
Bósforo y Dardanelos. La áspera y árida meseta de
Anatolia cubre más de las tres cuartas partes de su territorio.
Tomamos la brújula y encontramos
la dirección más oculta de la medialuna turca. Nos esperaban
grandes sorpresas.
OBRAS DE
ARTE GEOLÓGICO EN PAMUKKALE
Dejamos Estambul y nos trasladamos
al interior de Turquía en un confortable bus en el que se acostumbra
convidar perfumes a los pasajeros para refrescarse las manos y el rostro.
Rosas y jazmines se suman así a nuestro itinerario.
Lentamente ascendimos desde el litoral
mediterráneo de Estambul, atravesando la cadena de los montes Phrygia
para entrar en
la meseta de Anatolia. Paisajes de ensueño, con bosques de pino,
son reemplazados por el escenario ocre de la altiplanicie, que le otorga
a casi toda la superficie de Turquía un relieve tortuoso y una geografía
montañosa y accidentada. A pesar de ser verano, el descenso de la
temperatura, producido por la altitud, nos obligaba a abrigarnos.
Detenciones en pequeños poblados
y en algunas ciudades nos dejaron finalmente en Denizli. Habíamos
recorrido 652 km, desde nuestra partida a la madrugada, en poco más
de 9 horas. Estábamos en las puertas de Pamukkale, uno de los sitios
más atrayentes de Turquía.
LAS PILETAS
BLANCAS DE PAMUKKALE
A manera de obra de arte geológico,
se encuentran a pocos kilómetros al norte de esta moderna urbe los
piletones de Pamukkale y Hierápolis. Son formaciones muy conocidas
desde tiempos antiguos por las propiedades terapéuticas de sus aguas.
Pero no son termas muy convencionales porque las aguas cargadas de carbonatos
y otros minerales van derramándose por la ladera de una colina y
en su caída milenaria forman increíbles piletas semicirculares
de paredes blancas, como en escalera una
debajo de otra y otra y otra.
Sin durarlo, nos zambullimos y luego
nos extendimos al sol, mientras el fulgor del atardecer teñía
de rojo la palidez de un paisaje único en la Tierra, un lugar ya
conocido desde épocas muy remotas y donde los romanos levantaron
un anfiteatro y otras construcciones para deleitarse con sus baños.
Pura poesía, salvo que después
de estos baños termales nuestros cabellos tomaron la misma docilidad
que la de las estatuas.
Pamukkale es un sitio que merece
varios días, no solamente para recorrer sus alrededores y palpar
en toda su dimensión la belleza y la historia del lugar, sino también
para reponer suficientes energías para el resto del viaje.
ANKARA,
LA CAPITAL
Desde Denizli hay poco menos de
500 km hasta la moderna Ankara, la capital fundada en 1923 por el padre
de la Turquía moderna, Atatürk.
En Ankara se erigen las oficinas
del gobierno central, el Parlamento, el Palacio Presidencial y la fastuosa
tumba de su fundador, sobre una colina que domina toda la ciudad.
La metrópolis está
rodeada de cadenas montañosas, a 850 metros sobre el
nivel del mar. Tiene un clima continental extremo, con inviernos muy fríos.
En Elmadag, a unos pocos kilómetros hacia el oeste, se encuentran
lugares con nieve donde practicar deportes de invierno.
Como estábamos a 320 kilómetros
de Kayseri, en el corazón de la región llamada Cappadocia,
decidimos tomar un tren para recorrerlos. Si bien este medio de transporte
es más lento que un bus, si uno tiene tiempo y paciencia resulta
un agradable modo de viajar. Turkish Railways tiene servicios en tres clases,
incluido coche cama.
CAPPADOCIA,
NATURALEZA Y CIUDADES BAJO TIERRA
Caía la tarde y con los últimos
reflejos del sol arribamos a las pequeña aldea de Bogazkopru, unos
kilómetros antes de Kayseri. Aquí sólo descansamos
para seguir al día siguiente hacia nuestro objetivo, el valle de
Göreme, en el corazón de la mágica Cappadocia.
Nos alojamos en la "Gran Avcilar
Pension", un hotel modesto pero decoroso y acogedor. Allí nos deleitaron
con Kofte (albóndigas con especias) y Bulgur (trigo molido), platos
acompañados por postres, como el Sutlac (budín de arroz).
Al
otro día, en un bus que tarda poco más de una hora, llegamos
al valle de Göreme, que nos servirá como punto de partida para
el recorrido de Cappadocia. Su relieve está dominado por la silueta
del volcán Erciyes. Precisamente han sido sus erupciones hace miles
de años, junto a la acción erosiva del viento y el agua,
las que -a manera de un gigantesco cincel- tallaron caprichosas formas
de pináculos o chimeneas, que nadie podría imaginar y que
se erigen desde el suelo. Una verdadera maravilla geológica.
Los humanos también pudieron
crear otra maravilla. Los primitivos cristianos improvisaron iglesias construyéndolas
en lugares aislados y poco accesibles para refugiarse así de las
persecuciones de que eran objeto. Y luego levantaron ciudades, con casas
y cementerios.
La región de Cappadocia fue
constantemente asolada por los bárbaros. Por ello, como defensa
contra estos peligros, surgieron poblaciones ocultas en el interior o debajo
de la tierra. Estas viviendas eran ideales, en medio de un clima riguroso
y de marcados contrastes térmicos, porque estaban dotadas de un
complejo sistema de ventilación que impedía el enrarecimiento
del aire.
UN RÍO
DE IGLESIAS BIZANTINAS
Hacia el suroeste del valle de Göreme,
la fascinación volvió a invadirnos porque en las paredes
verticales de roca volcánica del río Ilhara fueron talladas
magníficas iglesias de la época bizantina. Aunque resulta
dificultoso acceder al lugar, ya que los transportes llegan solamente hasta
la ciudad de Aksaray, es realmente imperdible. Desde aquí, el cañón
del río Ilhara está a unas pocos kilómetros hacia
el sur. Pero se puede llegar apelando a la ayuda del "dedo" en algún
camión o rústico vehículo.
Viajar por Turquía es deleitar
los sentidos y la imaginación, el esfuerzo y también la fuerza
de voluntad.
INFO:
¿CÓMO LLEGAR?
Se deben hacer escalas en otras
ciudades de Europa, dependiendo de la línea aéra.
¿CUÁNDO IR?
La mejor época para viajar
a Turquía es durante la primavera y el otoño.
RECOMENDACIONES:
Tomar solamente agua de botellas
y tener cuidado con las frutas que se venden en la calle. No comer comida
que no esté cocida. Visitar típico bazar en Estambul.
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