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Luciana Salazar


Costa Rica, la costa de las tortugas 

Entre playas y tortugas, entre barcos y camiones, la costa del Caribe costarricense es una puerta abierta para todo aquel que quiera convivir con la incertidumbre y desprenderse de las rutinas y planificaciones.

En Costa Rica, la costa del Caribe mantiene grandes diferencias con la del Pacífico. Por ejemplo, tiene una infraestructura turística mucho más precaria y existen zonas realmente aisladas por la falta de carreteras. Además, casi la mitad de su extensión está protegida dentro de diferentes Parques Nacionales. Todo esto transforma a la región en un mundo fascinante, abierto a la aventura constante e impregnado por los aires caribeños que la salpican, con las diferentes culturas de las islas cercanas y con un pasado protagonizado por distintos piratas y corsarios. 

LA HISTORIA DEL CAMIÓN
A pesar de que todos la llaman Puerto Viejo, el pequeño poblado del extremo sur de la costa caribeña tiene también un apellido: de Talamanca. Y Puerto Viejo de Talamanca es el lugar en donde más se nota la influencia rastafari, hasta el punto de que cuando llegamos nos pareció arribar a una especie de Jamaica en miniatura, con ese aroma tan característico de la isla y esos personajes con ropa colorida escuchando a toda hora a un Bob Marley inmortal que fluye a todo volumen por los parlantes. 

La mayoría de las casas son construcciones de madera. Hay varios hoteles, pero para los que tengan un presupuesto apretado los precios parecerán realmente excesivos. Así nos pareció a nosotros, que estuvimos durante horas caminando en busca de un lugar accesible para pasar la noche. Ya se estaba haciendo tarde cuando por casualidad nos cruzamos con un grupo de malabaristas argentinos, quienes al vernos vagar sin un rumbo determinado nos ofrecieron un camión abandonado para pernoctar. Sonaba raro, pero era el único salvoconducto que teníamos. 

El camión estaba en el medio de un descampado. Parecía haber estado allí durante los últimos siglos, pero las huellas profundas marcadas en el barro seco delataban su pasado, no tan pasado, cuando debió haber sido un bólido de las rutas centroamericanas. Tanto el exterior como el interior del vehículo estaban invadidos por graffitis de colores e idiomas diversos. Nuestro cuarto de hotel sobre ruedas nos estaba empezando a gustar. Los malabaristas habían vivido en el camión durante unos cuantos meses, pero ya habían encontrado un mayor confort en alguna de las cabañas que decoran las montañas de los alrededores. 

Dejamos las mochilas y nos fuimos a terminar de recorrer el pueblo, en cuyo centro nos habían adelantado que habría una gran fiesta. El reggae sonaba fuerte en medio de la oscuridad. Pocas luces iluminaban las calles en las que la gente bailaba y bebía. Y entre baile y bebida se pasó la noche. 

Al volver al camión nos encontramos con una sorpresa. O, mejor dicho, con varias. No éramos los únicos moradores. Un lanzallamas jamaiquino, un artesano israelí y una española fabricante de trencillas que dormía semidesnuda nos harían compañía en nuestras horas de sueño. Pero lo peor es que ellos, al haber llegado antes, se habían agarrado las mejores ubicaciones, quedando nosotros relegados a un pequeño espacio y teniendo que dormir con medio cuerpo afuera del camión, a la intemperie. Para colmo de males, a medianoche sucedió lo que faltaba: la lluvia había dicho presente. 

AL MAL TIEMPO, BUENA CARA 
Dos días después decidimos que así no podíamos seguir y emprendimos viaje hacia Cahuita. Al llegar, nos sorprendimos nuevamente. Esta vez con el idioma que hablaban muchos de sus habitantes y que consistía en una extraña mezcla entre inglés y español. 

En Cahuita todo fue más normal. El Parque Nacional cercano, que también se llama Cahuita, es muy bueno para practicar buceo. Hay un arrecife de corales y también varias escuelas que dictan cursos y organizan excursiones para bucear tanto con tanques como con snorkel. Las playas son muy buenas, algunas tienen una arena tan blanca que parece harina, mientras que otras son de arena tan negra que dan la falsa impresión de estar empetroladas. En muchas de estas playas está prohibido bañarse por las peligrosas corrientes que ya se han cobrado varias vidas de varios turistas desorientados. 

Desde Cahuita también se pueden hacer expediciones a zonas selváticas, donde tras extensas caminatas en las que hay que vadear y atravesar ríos y canales se puede convivir de cerca con numerosas especies de animales que deambulan tranquilamente entre la vegetación. 

Hacia el anochecer abordamos una especie de camioneta que nos transportó hasta Puerto Limón, la urbe más grande de toda la costa caribeña. Y como su nombre lo indica, el paisaje es bastante ácido. Llaman la atención los cementerios, no porque sean muchos, sino porque no tienen ningún tipo de pared ni nada que los mantenga cercados y aislados del exterior. No es que nosotros le tengamos miedo a los muertos, pero es una característica realmente llamativa. 

Además de los cementerios, Puerto Limón no tiene muchas otras cosas que llamen la atención de los viajeros. Pero si se quiere llegar a Tortuguero en barco éste es el mejor lugar para conseguir uno, aunque tal vez haya que esperar un par de días para que aparezca la tan deseada embarcación. De lo contrario, el único medio para ir a Tortuguero es el avión. Nuestra idea era exactamente la primera de las opciones. Pero los días pasaban y los barcos no. 

EN BUSCA DE LAS TORTUGAS MARINAS
Pasaron tres días hasta que nos avisaron que a la mañana siguiente temprano un pequeño barco saldría desde el muelle de Moín con destino a Tortuguero. Procuramos levantarnos lo antes posible, pero el esfuerzo fue inútil ya que al llegar el barco estaba lleno de lugareños que nos habían ganado de mano. 

Pero no todo estaba perdido. Cuando estábamos volviendo con la frente baja y sólo pensábamos en que tendríamos que seguir esperando, una bocina nos estremeció y un grito preguntando por pasajeros a Tortuguero nos arrancó de nuestra frustración. Ya estábamos a bordo. Y en camino. 

El viaje duró poco más de once horas, pero se hizo muy placentero por lo tranquilo de la navegación. Al llegar a Tortuguero nos encontramos con una pequeña aldea que ponía a disposición del visitante sólo lo indispensable: una cama, algo para comer y algo para tomar. Claro, aquí lo importante era el Parque Nacional. 

Hacia allí nos dirigimos, apenas nos despertamos al día siguiente. El Parque Nacional Tortuguero es el mayor reducto caribeño donde se acercan a anidar las tortugas marinas verdes. El espectáculo es realmente imponente, sobre todo cuando se tiene la posibilidad de apreciar cómo las tortugas desovan sus huevos. Esta maravilla natural se puede observar entre julio y principios de octubre únicamente. 

Es una gran ayuda poder contar con las aclaraciones e informaciones de los científicos que trabajan en el Parque, ya que contestan y disipan todas las dudas que puedan surgir con respecto a la vida de las tortugas y sus formas de reproducción y supervivencia. 

Además de las tortugas verdes, también se acercan al Tortuguero otras especies de tortugas, como la dermochelys coriacea que visita el parque entre febrero y julio, y las tortugas carnívoras que lo hacen entre julio y octubre. 

Pero la riqueza del Parque no se agota con la observación de las colonias de tortugas, ya que también se pueden observar otros animales como osos hormigueros, manatíes, tapires y varias clases de felinos. Una variedad de más de trescientas aves decora el cielo y un gran número de serpientes, cocodrilos y caimanes hace lo propio con el suelo. 

Una vez terminada nuestra vivencia en el Parque, era nuevamente hora de esperar. Esperar un barco que nos devolviera a la "civilización", aunque no estábamos muy seguros de que fuera lo que realmente queríamos. La espera fue aún más larga que la primera, allá, en Puerto Limón. Pero ahora no teníamos tanto apuro, ya habíamos visto mucho y podíamos esperar tranquilos... 
 
 
 

INFO:

¿CÓMO LLEGAR? 
Desde San José hay ómnibus hacia los principales lugares de la costa caribeña, incluidos Cahuita y Puerto Viejo. A Tortuguero sólo se llega por vía marítima o aérea. Si es por mar, el mejor lugar para conseguir embarcaciones es Moín. Si no se quiere esperar, por algo más de dinero, se pueden conseguir excursiones. 

¿CUÁNDO IR? 
Si se quieren ver las tortugas, la mejor época es entre julio y octubre, siendo el mejor momento para ver a las tortugas marinas verdes hacia fines de agosto. Pero también es la temporada donde se registran las mayores lluvias. 

IMPERDIBLES 
Ver desovar a las tortugas. Probar el ron casero que se fabrica en Puerto Viejo y, a lo largo de toda la costa, exquisitos mariscos y frutos de mar, realmente muy baratos, sobre todo las ostras y cangrejos que ofrecen los pescadores en las playas.

 

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