| Costa Rica,
la costa de las tortugas
Entre playas
y tortugas, entre barcos y camiones, la costa del Caribe costarricense
es una puerta abierta para todo aquel que quiera convivir con la incertidumbre
y desprenderse de las rutinas y planificaciones.
En
Costa Rica, la costa del Caribe mantiene grandes diferencias con la del
Pacífico. Por ejemplo, tiene una infraestructura turística
mucho más precaria y existen zonas realmente aisladas por la falta
de carreteras. Además, casi la mitad de su extensión está
protegida dentro de diferentes Parques Nacionales. Todo esto transforma
a la región en un mundo fascinante, abierto a la aventura constante
e impregnado por los aires caribeños que la salpican, con las diferentes
culturas de las islas cercanas y con un pasado protagonizado por distintos
piratas y corsarios.
LA
HISTORIA DEL CAMIÓN
A pesar de
que todos la llaman Puerto Viejo, el pequeño poblado del extremo
sur de la costa caribeña tiene también un apellido: de Talamanca.
Y Puerto Viejo de Talamanca es el lugar en donde más se nota la
influencia rastafari, hasta el punto de que cuando llegamos nos pareció
arribar a una especie de Jamaica en miniatura, con ese aroma tan característico
de la isla y esos personajes con ropa colorida escuchando a toda hora a
un Bob Marley inmortal que fluye a todo volumen por los parlantes.
La mayoría
de las casas son construcciones de madera. Hay varios hoteles, pero para
los que tengan un presupuesto apretado los precios parecerán realmente
excesiv os.
Así nos pareció a nosotros, que estuvimos durante horas caminando
en busca de un lugar accesible para pasar la noche. Ya se estaba haciendo
tarde cuando por casualidad nos cruzamos con un grupo de malabaristas argentinos,
quienes al vernos vagar sin un rumbo determinado nos ofrecieron un camión
abandonado para pernoctar. Sonaba raro, pero era el único salvoconducto
que teníamos.
El camión
estaba en el medio de un descampado. Parecía haber estado allí
durante los últimos siglos, pero las huellas profundas marcadas
en el barro seco delataban su pasado, no tan pasado, cuando debió
haber sido un bólido de las rutas centroamericanas. Tanto el exterior
como el interior del vehículo estaban invadidos por graffitis de
colores e idiomas diversos. Nuestro cuarto de hotel sobre ruedas nos estaba
empezando a gustar. Los malabaristas habían vivido en el camión
durante unos cuantos meses, pero ya habían encontrado un mayor confort
en alguna de las cabañas que decoran las montañas de los
alrededores.
Dejamos las
mochilas y nos fuimos a terminar de recorrer el pueblo, en cuyo centro
nos habían adelantado que habría una gran fiesta. El reggae
sonaba fuerte en medio de la oscuridad. Pocas luces iluminaban las calles
en las que la gente bailaba y beb ía.
Y entre baile y bebida se pasó la noche.
Al volver al
camión nos encontramos con una sorpresa. O, mejor dicho, con varias.
No éramos los únicos moradores. Un lanzallamas jamaiquino,
un artesano israelí y una española fabricante de trencillas
que dormía semidesnuda nos harían compañía
en nuestras horas de sueño. Pero lo peor es que ellos, al haber
llegado antes, se habían agarrado las mejores ubicaciones, quedando
nosotros relegados a un pequeño espacio y teniendo que dormir con
medio cuerpo afuera del camión, a la intemperie. Para colmo de males,
a medianoche sucedió lo que faltaba: la lluvia había dicho
presente.
AL
MAL TIEMPO, BUENA CARA
Dos días
después decidimos que así no podíamos seguir y emprendimos
viaje hacia Cahuita. Al llegar, nos sorprendimos nuevamente. Esta vez con
el idioma que hablaban muchos de sus habitantes y que consistía
en una extraña mezcla entre inglés y español.
En Cahuita
todo fue más normal. El Parque Nacional cercano, que también
se llama Cahuita, es muy bueno para practicar buceo. Hay un arrecife de
corales y también varias escuelas que dictan cursos y organizan
excursiones para bucear tanto con tanques como con snorkel. Las playas
son muy buenas, algunas tienen una arena tan blanca qu e
parece harina, mientras que otras son de arena tan negra que dan la falsa
impresión de estar empetroladas. En muchas de estas playas está
prohibido bañarse por las peligrosas corrientes que ya se han cobrado
varias vidas de varios turistas desorientados.
Desde Cahuita
también se pueden hacer expediciones a zonas selváticas,
donde tras extensas caminatas en las que hay que vadear y atravesar ríos
y canales se puede convivir de cerca con numerosas especies de animales
que deambulan tranquilamente entre la vegetación.
Hacia el anochecer
abordamos una especie de camioneta que nos transportó hasta Puerto
Limón, la urbe más grande de toda la costa caribeña.
Y como su nombre lo indica, el paisaje es bastante ácido. Llaman
la atención los cementerios, no porque sean muchos, sino porque
no tienen ningún tipo de pared ni nada que los mantenga cercados
y aislados del exterior. No es que nosotros le tengamos miedo a los muertos,
pero es una característica realmente llamativa.
Además
de los cementerios, Puerto Limón no tiene muchas otras cosas que
llamen la atención de los viajeros. Pero si se quiere llegar a Tortuguero
en barco éste es el mejor lugar para conseguir uno, aunque tal vez
haya que esperar un par de días para que aparezca la
tan deseada embarcación. De lo contrario, el único medio
para ir a Tortuguero es el avión. Nuestra idea era exactamente la
primera de las opciones. Pero los días pasaban y los barcos no.
EN
BUSCA DE LAS TORTUGAS MARINAS
Pasaron tres
días hasta que nos avisaron que a la mañana siguiente temprano
un pequeño barco saldría desde el muelle de Moín con
destino a Tortuguero. Procuramos levantarnos lo antes posible, pero el
esfuerzo fue inútil ya que al llegar el barco estaba lleno de lugareños
que nos habían ganado de mano.
Pero no todo
estaba perdido. Cuando estábamos volviendo con la frente baja y
sólo pensábamos en que tendríamos que seguir esperando,
una bocina nos estremeció y un grito preguntando por pasajeros a
Tortuguero nos arrancó de nuestra frustración. Ya estábamos
a bordo. Y en camino.
El
viaje duró poco más de once horas, pero se hizo muy placentero
por lo tranquilo de la navegación. Al llegar a Tortuguero nos encontramos
con una pequeña aldea que ponía a disposición del
visitante sólo lo indispensable: una cama, algo para comer y algo
para tomar. Claro, aquí lo importante era el Parque Nacional.
Hacia allí
nos dirigimos, apenas nos despertamos al día siguiente. El Parque
Nacional Tortuguero es el mayor reducto caribeño donde se acercan
a anidar las tortugas marinas verdes. El espectáculo es realmente
imponente, sobre todo cuando se tiene la posibilidad de apreciar cómo
las tortugas desovan sus huevos. Esta maravilla natural se puede observar
entre julio y principios de octubre únicamente.
Es
una gran ayuda poder contar con las aclaraciones e informaciones de los
científicos que trabajan en el Parque, ya que contestan y disipan
todas las dudas que puedan surgir con respecto a la vida de las tortugas
y sus formas de reproducción y supervivencia.
Además
de las tortugas verdes, también se acercan al Tortuguero otras especies
de tortugas, como la dermochelys coriacea que visita el parque entre febrero
y julio, y las tortugas carnívoras que lo hacen entre julio y octubre.
Pero la riqueza
del Parque no se agota con la observación de las colonias de tortugas,
ya que también se pueden observar otros animales como osos hormigueros,
manatíes, tapires y varias clases de felinos. Una variedad de más
de trescientas aves decora el cielo y un gran número de serpientes,
cocodrilos y caimanes hace lo propio con el suelo.
Una vez terminada
nuestra vivencia en el Parque, era nuevamente hora de esperar. Esperar
un barco que nos
devolviera a la "civilización", aunque no estábamos muy seguros
de que fuera lo que realmente queríamos. La espera fue aún
más larga que la primera, allá, en Puerto Limón. Pero
ahora no teníamos tanto apuro, ya habíamos visto mucho y
podíamos esperar tranquilos...
INFO:
¿CÓMO
LLEGAR?
Desde San
José hay ómnibus hacia los principales lugares de la costa
caribeña, incluidos Cahuita y Puerto Viejo. A Tortuguero sólo
se llega por vía marítima o aérea. Si es por mar,
el mejor lugar para conseguir embarcaciones es Moín. Si no se quiere
esperar, por algo más de dinero, se pueden conseguir excursiones.
¿CUÁNDO
IR?
Si se quieren
ver las tortugas, la mejor época es entre julio y octubre, siendo
el mejor momento para ver a las tortugas marinas verdes hacia fines de
agosto. Pero también es la temporada donde se registran las mayores
lluvias.
IMPERDIBLES
Ver desovar
a las tortugas. Probar el ron casero que se fabrica en Puerto Viejo y,
a lo largo de toda la costa, exquisitos mariscos y frutos de mar, realmente
muy baratos, sobre todo las ostras y cangrejos que ofrecen los pescadores
en las playas.
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