| Real de
Catorce, un viaje hacia los orígenes
Desierto
de México. Real de Catorce, tierra sagrada de los huicholes. Un
viaje en busca del origen, de todo aquello que el hombre occidental ha
perdido. El peyote es la puerta hacia una percepción primitiva que
nos devuelve como un elemento más del cosmos.
CAMINO
A REAL DE CATORCE
Terminé
de armar mi bolso una hora antes de salir para el aeropuerto, cerré
la llave de gas y le di un sorbo al mate sabiendo que sería el último
hasta mi regreso. Lo que sigue se puede resumir en pocas palabras: un largo
viaje con escalas, la incomodidad característica de los asientos
de clase turista, oferta gastronómica mediocre y azafatas con poco
sentido del humor, cuestión que fue especialmente aprovechada por
mi compañero, quien gusta de llevar al límite este tipo de
situaciones.
Llegamos
al Distrito Federal cuando ya había oscurecido. Tomamos un taxi
y nos dejamos llevar a un hotel ubicado en la Zona Rosa. Más tarde,
mientras cenábamos en un acogedor y típico restaurante, sucumbimos
ante los efectos del chile y el mezcal y a duras penas pudimos llegar hasta
la habitación del hotel.
A la
mañana siguiente tomamos un avión rumbo a la ciudad de San
Luis Potosí, capital del estado que lleva el mismo nombre, a unos
700 km al norte del Distrito Federal. Desde allí debíamos
viajar por tierra rumbo a las montañas y al desierto, a la tierra
sagrada donde florece el peyote, un cactus alucinógeno también
considerado sagrado por indígenas del norte y occidente de México:
los huicholes.
SAN
LUIS POTOSÍ
-¿Qué
los trae a San Luis Potosí?, nos preguntó el taxista que
nos llevaba del aeropuerto hacia la terminal de ómnibus.
-¿Es
la primera vez o ya conocían?, porque hay muchos lugares para visitar.
-¿Cuánto
tiempo piensan quedarse?
-Pensamos
tomar un bus directo a Real de Catorce, contestamos.
-Ah...
van para Real.
Después
de decir esto no volvió a dirigirnos la palabra. Hubo algo en el
tono de su voz que, sumado a su repentino silencio, nos resu ltó
extraño. Más tarde pudimos entenderlo. Nos dirigíamos
hacia uno de los lugares más místicos de México: a
Wirikuta, la tierra de los huicholes. Wirikuta es el desierto, donde crece
hikuri, el peyote. Una vez al año, los huicholes emprenden una larga
peregrinación por el desierto hasta Real de Catorce, mientras realizan
la "cacería del venado" o peyote, para ofrendarlo a la madre tierra.
El
camino hacia la ciudad de Matehuala, uno de los puntos de partida para
llegar hasta Real de Catorce, es una buena manera de adentrarse en la altiplanicie
central. A pesar de que estábamos en invierno, durante el mediodía
las temperaturas eran muy altas. Las ventanillas del bus estaban cubiertas
por unas cortinas oscuras para evitar el sol. Yo corrí la mía.
El paisaje me conmovió. Estábamos en el medio del desierto.
Primero aparecieron algunos cactus, luego todo se cubrió de ellos.
Después
esa especie de arbustos con aspecto de haberse secado hace mucho tiempo,
y los pueblos cubiertos de polvo con gente al costado de la ruta; los hombres
con sus sombreros de fieltro blanco y las mujeres siempre cargadas de cosas.
Todavía no se veían las montañas, sólo la ruta
plateada y el desierto, monótono, árido y perfecto.
Llegar
a Matehuala es acercarse a las montañas. Están alejadas de
la ciudad, a unas dos horas de viaje, pero se las puede ver como a un cuadro,
algunas escarpadas, otras suaves como terciopelo. El sol empezaba a ponerse
y arrojaba una luz naranja y cálida sobre ellas.
De
la Central Camionera nos dirigimos a la terminal de los Tamaulipas, en
el centro de la ciudad. De allí salen buses para Real a las 8, 10,
12, 14 y 18 hs. Tomamos el de las 14.
PUEBLO
FANTASMA
Para
entrar a Real hay que hacer un transbordo
en el túnel de Ogario. Un viaje de 2 km por el interior de la montaña
anticipa la magia venidera. Ya en el último tramo comienza a verse
el pueblo y por fin salimos a la luz, la poca luz que quedaba. Eran apenas
las seis de la tarde y ya era casi de noche.
Un
grupo de niños nos rodeó mientras bajábamos del micro.
Querían llevarnos a un hotel, querían unas monedas. Los seguimos
hasta El Mesón de la Abundancia y después de acomodar nuestras
cosas, salimos a buscar comida. El pueblo estaba desierto y la oscuridad
era casi completa. A diferencia del día, hacía mucho frío
y corrimos hacia la plaza. Desde allí vimos una ventana con luz
y escuchamos el murmullo de gente reunida. Entramos a El Cactus, un restaurante
en el que comimos pastas italianas, bebimos cervezas y mezcal, escuchamos
buena música e hicimos nuevos amigos.
Por
la mañana el pueblo es otro: calles de piedra en subida y bajada.
Edificios de no más de dos pisos, de mediados del siglo XVII, con
marcado estilo español. Todo es piedra, madera y de una austeridad
bellísima. El silencio y la calma son cualidades permanentes.
Real
tiene 1.200 habitantes pero sus dimensiones corresponden a las de un poblado
de 10.000 habitantes, esto es, hay muchas construcciones y gran cantidad
de ellas son ruinas, hecho que le confiere la fama de pueblo fantasma.
Basta con alejarse un poco y caminar, por ejemplo, hacia el Cerro del Quemado
para descubrir los restos de lo que fue este antiguo asentamiento minero.
Y eso hicimos.
Cargamos
agua y frutas y comenzamos a trepar. El aire era demasiado puro para nuestros
castigados pulmones y el cielo demasiado turquesa. Nos movimos con una
energía inusual e hicimos largas caminatas aún habiendo podido
alquilar caballos. Finalmente fu imos
hacia el cementerio. Nos dijeron que desde allí podríamos
ver la puesta del sol. Una infranqueable puerta con candado nos negó
la entrada. No importa, pensamos, tenemos varios días para volver
a intentarlo y además, en ese mismo instante, detrás de nosotros,
una enorme pelota naranja de fuego estaba bajando a gran velocidad hacia
el desierto. Nos sentamos sobre una piedra para observar, en silencio,
cómo la tierra se tragaba la pelota y le devolvía el brillo
a las estrellas.
WIRIKUTA
Además
de la plata, de la que ya no queda nada, y la belleza del paisaje, Real
posee otra riqueza original. Más abajo, hacia el poniente, las tierras
bajas y desérticas son la morada del híkuri, el regalo de
los dioses, el "venado sagrado".
Vale
aclarar que las personas que visitamos Real de Catorce vamos en busca de
algo más que un paisaje que contrasta sierras de 3.000 metros de
altura con un llano infinito. Se trata de otro tipo de viaje y de otra
búsqueda: encontrarse con el peyote, o mejor dicho, que él
nos encuentre a nosotros. Para eso hay que bajar al desierto, y hay que
hacerlo con respeto.
Nos
encontramos con Luis, nuestro guía y compañero, en El Minero
donde desayunamos té y frutas. Tomamos una de las camionetas que
bajan al desierto, cuando hubo la cantidad suficiente de pasajeros como
para abaratar el costo del pasaje. El viaje es en bajada, angosto y en
muy mal estado. Si se sobrevive a esa experiencia sentís que nada
más podrá detenerte. Es importante aclarar que este camino
puede hacerse caminando, opción que tendré en cuenta para
mi próxima visita.
Una
vez abajo llegamos a Estación Catorce, un pueblo que se encuentra
en la entrada del desierto. Allí compramos todas las provisiones
necesarias para pasa r
la noche: agua en cantidad, frutas, pan, queso de cabra, dulces, chocolate,
entre otras cosas. También arreglamos con el dueño de una
camioneta para que nos hiciera entrar. Se sumaron dos italianos y un peruano,
y entramos.
Luis
eligió el lugar: uno de los contados árboles capaces de proveer
una sombra razonable. Y arregló con el conductor de la camioneta
que nos recogiera al día siguiente, al mediodía.
Quedamos
solos. La inmensidad y nosotros: seis perfectos extraños, sin embargo
sentíamos que estábamos en familia.
Lo
primero fue la búsqueda y el encuentro. Yo lo vi sin querer, debajo
de una jarilla, apenas asomaba su corona. Me emocioné hasta llorar.
El
peyote crece al ras del suelo y así es como hay que cortarlo. No
sacarlo de raíz, esto significaría matarlo. Cortando la parte
que sobresale del suelo sólo le tomará 10 años volver
a crecer. Luis cortó el mío para enseñarme y me lo
dio. Me dijo: "Hay que sacarle los pelitos, esos te atacan el estómago,
hay que limpiarlo bien. Y después cortarlo en gajos y comer tantos
gajos como te lo indique tu cuerpo. Cuando ya no quieras, no comas más".
Eso hice.
Intentar
relatar lo que siguió sería caer en lo aparente. No hay muchas
posibilidades para nuestro lenguaje, no alcanza. Un mara´akáme
o shaman dijo al respecto: "Existe una puerta dentro de nuestras mentes
que normalmente permanece oculta y secreta hasta el momento de morir. La
designación huichol para ella es nieríka. La nieríka
es un acceso o superficie de contacto cósmico entre las llamadas
realidades "ordinaria" y "no ordinaria". Constituye un paso y, al mismo
tiempo, una barrera entre los mundos".
INFO:
¿CÓMO
LLEGAR?
Desde
Distrito Federal podés recorrer los 700 km que lo separan de San
Luis Potosí en avión (U$S 160) o un bus (U$S 40). Desde allí
hay que tomar otro bus hasta la ciudad de Matehuala (U$S 12). Una vez en
la Central Camionera de Matehuala hay que dirigirse al centro de la ciudad,
a la terminal de "Los Tamaulipas". De allí salen buses a Real de
Catorce. Antes de entrar a Real es necesario hacer un transbordo en el
túnel de Ogario, cuyo costo está incluido en el precio del
pasaje (U$S 4).
¿CUÁNDO
IR?
La
mejor época para visitar Real y el desierto es durante agosto ya
que es el verano mexicano. Durante esta época las temperaturas no
son tan bajas. Por estar a 3.000 metros de altura, la amplitud térmica
es increíble, hay mucha diferencia entre las temperaturas del día
y la noche. En verano los días son bien calientes y las noches frescas.
RECOMENDACIONES
Hay
mucho por hacer en Real de Catorce y por lo general todo se hace caminando.
Se recomienda recorrer el cerro del Quemado, centro ceremonial en el que
los huicholes hacen sus ofrendas luego de la larga peregrinación
por el desierto. Hay que caminar hacia el este, bordeando y trepando cerros
de colores, durante una hora y media o dos horas. Desde allí se
puede acceder a una vista panorámica del pueblo, los alrededores
y fundamentalmente, del desierto. También es interesante visitar
el palenque, antigua arena construida para las riñas de gallos.
Actualmente es escenario de espectáculos y eventos culturales. Y
El Panteón, el cementerio desde donde se puede asistir a la puesta
del sol más alucinante que jamás hayas visto. Hay millones
de lugares hermosos e interesantes en los alrededores de Real. Sobre todo
las ruinas, dispersas por la montaña y las viejas minas.
|