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Luciana Salazar


Real de Catorce, un viaje hacia los orígenes

Desierto de México. Real de Catorce, tierra sagrada de los huicholes. Un viaje en busca del origen, de todo aquello que el hombre occidental ha perdido. El peyote es la puerta hacia una percepción primitiva que nos devuelve como un elemento más del cosmos.

CAMINO A REAL DE CATORCE
Terminé de armar mi bolso una hora antes de salir para el aeropuerto, cerré la llave de gas y le di un sorbo al mate sabiendo que sería el último hasta mi regreso. Lo que sigue se puede resumir en pocas palabras: un largo viaje con escalas, la incomodidad característica de los asientos de clase turista, oferta gastronómica mediocre y azafatas con poco sentido del humor, cuestión que fue especialmente aprovechada por mi compañero, quien gusta de llevar al límite este tipo de situaciones. 

Llegamos al Distrito Federal cuando ya había oscurecido. Tomamos un taxi y nos dejamos llevar a un hotel ubicado en la Zona Rosa. Más tarde, mientras cenábamos en un acogedor y típico restaurante, sucumbimos ante los efectos del chile y el mezcal y a duras penas pudimos llegar hasta la habitación del hotel. 

A la mañana siguiente tomamos un avión rumbo a la ciudad de San Luis Potosí, capital del estado que lleva el mismo nombre, a unos 700 km al norte del Distrito Federal. Desde allí debíamos viajar por tierra rumbo a las montañas y al desierto, a la tierra sagrada donde florece el peyote, un cactus alucinógeno también considerado sagrado por indígenas del norte y occidente de México: los huicholes. 
 

SAN LUIS POTOSÍ

-¿Qué los trae a San Luis Potosí?, nos preguntó el taxista que nos llevaba del aeropuerto hacia la terminal de ómnibus. 
-¿Es la primera vez o ya conocían?, porque hay muchos lugares para visitar. 
-¿Cuánto tiempo piensan quedarse? 
-Pensamos tomar un bus directo a Real de Catorce, contestamos. 
-Ah... van para Real. 

Después de decir esto no volvió a dirigirnos la palabra. Hubo algo en el tono de su voz que, sumado a su repentino silencio, nos resultó extraño. Más tarde pudimos entenderlo. Nos dirigíamos hacia uno de los lugares más místicos de México: a Wirikuta, la tierra de los huicholes. Wirikuta es el desierto, donde crece hikuri, el peyote. Una vez al año, los huicholes emprenden una larga peregrinación por el desierto hasta Real de Catorce, mientras realizan la "cacería del venado" o peyote, para ofrendarlo a la madre tierra. 

El camino hacia la ciudad de Matehuala, uno de los puntos de partida para llegar hasta Real de Catorce, es una buena manera de adentrarse en la altiplanicie central. A pesar de que estábamos en invierno, durante el mediodía las temperaturas eran muy altas. Las ventanillas del bus estaban cubiertas por unas cortinas oscuras para evitar el sol. Yo corrí la mía. El paisaje me conmovió. Estábamos en el medio del desierto. Primero aparecieron algunos cactus, luego todo se cubrió de ellos. 

Después esa especie de arbustos con aspecto de haberse secado hace mucho tiempo, y los pueblos cubiertos de polvo con gente al costado de la ruta; los hombres con sus sombreros de fieltro blanco y las mujeres siempre cargadas de cosas. Todavía no se veían las montañas, sólo la ruta plateada y el desierto, monótono, árido y perfecto. 

Llegar a Matehuala es acercarse a las montañas. Están alejadas de la ciudad, a unas dos horas de viaje, pero se las puede ver como a un cuadro, algunas escarpadas, otras suaves como terciopelo. El sol empezaba a ponerse y arrojaba una luz naranja y cálida sobre ellas. 

De la Central Camionera nos dirigimos a la terminal de los Tamaulipas, en el centro de la ciudad. De allí salen buses para Real a las 8, 10, 12, 14 y 18 hs. Tomamos el de las 14. 
 

PUEBLO FANTASMA

Para entrar a Real hay que hacer un transbordo en el túnel de Ogario. Un viaje de 2 km por el interior de la montaña anticipa la magia venidera. Ya en el último tramo comienza a verse el pueblo y por fin salimos a la luz, la poca luz que quedaba. Eran apenas las seis de la tarde y ya era casi de noche. 

Un grupo de niños nos rodeó mientras bajábamos del micro. Querían llevarnos a un hotel, querían unas monedas. Los seguimos hasta El Mesón de la Abundancia y después de acomodar nuestras cosas, salimos a buscar comida. El pueblo estaba desierto y la oscuridad era casi completa. A diferencia del día, hacía mucho frío y corrimos hacia la plaza. Desde allí vimos una ventana con luz y escuchamos el murmullo de gente reunida. Entramos a El Cactus, un restaurante en el que comimos pastas italianas, bebimos cervezas y mezcal, escuchamos buena música e hicimos nuevos amigos. 

Por la mañana el pueblo es otro: calles de piedra en subida y bajada. Edificios de no más de dos pisos, de mediados del siglo XVII, con marcado estilo español. Todo es piedra, madera y de una austeridad bellísima. El silencio y la calma son cualidades permanentes. 

Real tiene 1.200 habitantes pero sus dimensiones corresponden a las de un poblado de 10.000 habitantes, esto es, hay muchas construcciones y gran cantidad de ellas son ruinas, hecho que le confiere la fama de pueblo fantasma. Basta con alejarse un poco y caminar, por ejemplo, hacia el Cerro del Quemado para descubrir los restos de lo que fue este antiguo asentamiento minero. Y eso hicimos. 

Cargamos agua y frutas y comenzamos a trepar. El aire era demasiado puro para nuestros castigados pulmones y el cielo demasiado turquesa. Nos movimos con una energía inusual e hicimos largas caminatas aún habiendo podido alquilar caballos. Finalmente fuimos hacia el cementerio. Nos dijeron que desde allí podríamos ver la puesta del sol. Una infranqueable puerta con candado nos negó la entrada. No importa, pensamos, tenemos varios días para volver a intentarlo y además, en ese mismo instante, detrás de nosotros, una enorme pelota naranja de fuego estaba bajando a gran velocidad hacia el desierto. Nos sentamos sobre una piedra para observar, en silencio, cómo la tierra se tragaba la pelota y le devolvía el brillo a las estrellas. 

WIRIKUTA

Además de la plata, de la que ya no queda nada, y la belleza del paisaje, Real posee otra riqueza original. Más abajo, hacia el poniente, las tierras bajas y desérticas son la morada del híkuri, el regalo de los dioses, el "venado sagrado". 

Vale aclarar que las personas que visitamos Real de Catorce vamos en busca de algo más que un paisaje que contrasta sierras de 3.000 metros de altura con un llano infinito. Se trata de otro tipo de viaje y de otra búsqueda: encontrarse con el peyote, o mejor dicho, que él nos encuentre a nosotros. Para eso hay que bajar al desierto, y hay que hacerlo con respeto. 

Nos encontramos con Luis, nuestro guía y compañero, en El Minero donde desayunamos té y frutas. Tomamos una de las camionetas que bajan al desierto, cuando hubo la cantidad suficiente de pasajeros como para abaratar el costo del pasaje. El viaje es en bajada, angosto y en muy mal estado. Si se sobrevive a esa experiencia sentís que nada más podrá detenerte. Es importante aclarar que este camino puede hacerse caminando, opción que tendré en cuenta para mi próxima visita. 

Una vez abajo llegamos a Estación Catorce, un pueblo que se encuentra en la entrada del desierto. Allí compramos todas las provisiones necesarias para pasar la noche: agua en cantidad, frutas, pan, queso de cabra, dulces, chocolate, entre otras cosas. También arreglamos con el dueño de una camioneta para que nos hiciera entrar. Se sumaron dos italianos y un peruano, y entramos. 

Luis eligió el lugar: uno de los contados árboles capaces de proveer una sombra razonable. Y arregló con el conductor de la camioneta que nos recogiera al día siguiente, al mediodía. 
Quedamos solos. La inmensidad y nosotros: seis perfectos extraños, sin embargo sentíamos que estábamos en familia. 

Lo primero fue la búsqueda y el encuentro. Yo lo vi sin querer, debajo de una jarilla, apenas asomaba su corona. Me emocioné hasta llorar. 

El peyote crece al ras del suelo y así es como hay que cortarlo. No sacarlo de raíz, esto significaría matarlo. Cortando la parte que sobresale del suelo sólo le tomará 10 años volver a crecer. Luis cortó el mío para enseñarme y me lo dio. Me dijo: "Hay que sacarle los pelitos, esos te atacan el estómago, hay que limpiarlo bien. Y después cortarlo en gajos y comer tantos gajos como te lo indique tu cuerpo. Cuando ya no quieras, no comas más". Eso hice. 

Intentar relatar lo que siguió sería caer en lo aparente. No hay muchas posibilidades para nuestro lenguaje, no alcanza. Un mara´akáme o shaman dijo al respecto: "Existe una puerta dentro de nuestras mentes que normalmente permanece oculta y secreta hasta el momento de morir. La designación huichol para ella es nieríka. La nieríka es un acceso o superficie de contacto cósmico entre las llamadas realidades "ordinaria" y "no ordinaria". Constituye un paso y, al mismo tiempo, una barrera entre los mundos". 
 

INFO:

¿CÓMO LLEGAR?
Desde Distrito Federal podés recorrer los 700 km que lo separan de San Luis Potosí en avión (U$S 160) o un bus (U$S 40). Desde allí hay que tomar otro bus hasta la ciudad de Matehuala (U$S 12). Una vez en la Central Camionera de Matehuala hay que dirigirse al centro de la ciudad, a la terminal de "Los Tamaulipas". De allí salen buses a Real de Catorce. Antes de entrar a Real es necesario hacer un transbordo en el túnel de Ogario, cuyo costo está incluido en el precio del pasaje (U$S 4). 

¿CUÁNDO IR?
La mejor época para visitar Real y el desierto es durante agosto ya que es el verano mexicano. Durante esta época las temperaturas no son tan bajas. Por estar a 3.000 metros de altura, la amplitud térmica es increíble, hay mucha diferencia entre las temperaturas del día y la noche. En verano los días son bien calientes y las noches frescas. 

RECOMENDACIONES
Hay mucho por hacer en Real de Catorce y por lo general todo se hace caminando. Se recomienda recorrer el cerro del Quemado, centro ceremonial en el que los huicholes hacen sus ofrendas luego de la larga peregrinación por el desierto. Hay que caminar hacia el este, bordeando y trepando cerros de colores, durante una hora y media o dos horas. Desde allí se puede acceder a una vista panorámica del pueblo, los alrededores y fundamentalmente, del desierto. También es interesante visitar el palenque, antigua arena construida para las riñas de gallos. Actualmente es escenario de espectáculos y eventos culturales. Y El Panteón, el cementerio desde donde se puede asistir a la puesta del sol más alucinante que jamás hayas visto. Hay millones de lugares hermosos e interesantes en los alrededores de Real. Sobre todo las ruinas, dispersas por la montaña y las viejas minas.
 

 

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