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Luciana Salazar


Holguín: el esplendor del Oriente cubano

La ciudad de Holguín se encuentra a 750 kilómetros al este de La Habana, en el corazón de la provincia cubana de Oriente. La misma región de donde hace 40 años partieron los revolucionarios rumbo a La Habana es famosa por sus variadas atracciones turísticas. 

MUCHO MÁS QUE GUARDALAVACA

La hermosa provincia cubana de Oriente se hizo célebre hace 500 años por ser el segundo lugar de América que pisó Colón y el primero poblado por colonos españoles. Las playas que pisó el conquistador son también el pueblo natal del escritor Arturo Cabrera Infante: el pueblo de Gibara, colonial, derruido, misterioso, donde todos viven del puerto pesquero. El mismo Fidel Castro nació en Holguín, hijo de una familia pudiente y propietaria de grandes extensiones de tierra en el vecino pueblo de Birán. 

La principal atracción turística de la región son las playas de Guardalavaca, donde hay una importante cadena de hoteles. Su nombre se debe al grito de alerta de los campesinos cuando veían barcos piratas acercándose en el horizonte: "¡Guarda la vaca!" (o terminaba asada en la playa y comida por el invasor). 

Muchas otras bellezas variadas esperan al viajero que quiera descubrir algo más que el confort capitalista. Mientras que el resto de la isla grande del Caribe es una gran llanura cubierta de plantaciones de caña de azúcar, el sur de Holguín se ondula con montañas boscosas y el norte salpica un mar transparente y turquesa con cayos, caletas e islas de arenas blanquísimas ideales para el snorkel. Nada anticipa las impresionantes cuevas de estalagmitas y estalagtitas de la zona, como la de Bellamar y la de Saturno, que está justo debajo de la ruta al aeropuerto de Holguín. 

HOLGUÍN, CAPITAL VIVAZ

A una hora de viaje desde las playas se llega a Holguín capital, donde habita un tercio del millón de habitantes de la provincia. La más antillana de las ciudades cubanas tiene casonas de grandes ventanales y muros anchos pintados con alegres tonos pastel, que rodean tres plazas sucesivas y muy arboladas donde se concentra toda la actividad urbana. La ciudad no cambió mucho desde que el capitán español García Holguín la fundara en 1523. Frescas galerías encolumnadas techan veredas desde donde, a través de enormes portones antiguos, se adivinan grandes patios azulejados con aljibes y balcones de madera. En uno de ellos funciona la Casa de la Trova, donde siempre hay alguien entonando con su guitarra canciones de Carlos Puebla o de Pablo Milanés. Aunque las vidrieras sólo ofrecen baldes y palanganas de plástico mezcladas con artesanías hechas con caracoles o tarro (asta de toro), la gente igual sale a pasear mirando estos escaparates vacíos. Y usan enormes paraguas como sombrillas, para protegerse del implacable sol tropical. 

Morenas de pelo recogido en altos rodetes hacen cola para pintarse las uñas en comercios a la calle, eligiendo el tono más chillón entre cientos de botellitas de esmalte. Las cubanas hacen de sus uñas un culto: son su lujo y su arma de seducción. Maniceros con racimos de cucuruchos calentitos de papel y vendedores del diario "Granma" (el único) se abren paso entre taxis-triciclo con radiograbadores que inundan la calle de estruendosa música salsa. Cuando escuchan hablar argentino, no hay cubano que no pregunte por los últimos capítulos de alguna serie televisiva o por si trajimos el último libro de Sábato o algo de Benedetti: "Aquí tardan años en llegar". 

El aire colonial de Holguín, con sus montañas azules asomando sobre los tejados rojos y el campanario de su iglesia, recuerda a las capitales del noroeste argentino. Curiosamente, el párroco de la iglesia más antigua -la de San José, de medio milenio- es argentino. El padre Adrián Santarelli -oriundo de Martínez- cuenta que para él, lo mejor de vivir en Cuba es que está todo por hacerse. "Lo peor es que a ningún empresario argentino se le ocurrió poner heladerías porteñas acá: los helados cubanos son horribles", afirma el sacerdote. Cerca de la iglesia hay una fábrica de muñecas folclóricas cubanas, que representan las deidades del rito Yoruba o Candomblé. Está abierta al público y se puede ver cada paso de la producción artesanal. También se puede ver cómo se fabrican cigarros y cigarrillos en la fábrica Lázaro Peña González. 

FLORES NOCTURNAS EN LA MONTAÑA

Un cruce de caminos junto a la tabacalera lleva al Mirador de Mayabe. La subida al Mirador es una cuesta empinada en torno a una sierra cubierta por una frondosa vegetación selvática. En la cima, el Hotel del Mirador de Mayabe ofrece una espectacular vista panorámica sobre la ciudad. En el bar del mirador la curiosidad es un burro que bebe cerveza con fruición. "Es el cuarto: los otros tres murieron de cirrosis", nos cuenta un cuidador, con una sonrisa pícara. 
Desde este mirador se ven las montañas de Mayarí, que esconden cascadas entre bosques de pinos, ríos de montaña y plantaciones de plátano, guineo, cacao, y café que los campesinos explotan artesanalmente. Y hasta, cafecito mediante, te cuentan todos los secretos del cultivo. Detrás del azul de los pinares está el parque forestal de El Planchón, con ollas naturales de aguas transparentes rodeadas de flores gigantes de colores tan brillantes que se ven de noche. 
Eso es lo que tiene de bueno esta zona: podés elegir jugar al ping pong o al metegol en un hotel que te ofrece concursos de salsa y de preguntas y respuestas en la playa, ganando botellas de ron como premio mientras tomás sol y comés langostas asadas. Pero también podés escaparte a los parques nacionales, a charlar con la gente de cada pueblo que invariablemente te invita con un fragante café cubano, o bucear en aguas claras de color turquesa, donde los peces tropicales jamás son molestados por los intrusos. Y por eso mismo, en vez de espantarse a tu llegada, se acercan, curiosos, a conocerte. 

UN PARQUE TEMÁTICO CON VISTA AL MAR

Un poco más al noreste se llega a unas bellas colinas con vista al mar turquesa. Este lugar privilegiado se llama Chorro de Maita, y fue un importante asentamiento de indios arauac. Los 108 cuerpos de indios hallados en excavaciones arqueológicas se exhiben en el museo que protege el sitio funerario más grande de las Antillas, ahora Monumento Nacional. A metros del museo y sobre una colina bellísima con vista a los palmares y el mar, está el flamante parque temático de la Aldea Taína, que logra la fiel reproducción de una aldea precolombina, con sus chozas, graneros, huertos y corrales y sus bellos habitantes, en tamaño natural, cincelados en cerámica por estudiantes de Bellas Artes de La Habana. Es como un viaje al pasado: los guías te cuentan la vida en la isla mucho antes de que llegaran los españoles, y todo se acompaña por música de tambores tribales que te ponen en clima. 
Holguín tiene una ciudad hermosa, playas de aguas turquesas especiales para el relax, ríos, grutas y colinas para descubrir. Pero solamente si uno sale de los resorts internacionales de Guardalavaca podrá encontrarse con la auténtica Cuba de los campesinos que caminan kilómetros entre selvas y cascadas para buscar su ración mensual de arroz, leche y tabaco gratis. Y para sorprenderse (con suerte), con el melódico canto del tocororó, el ave nacional, que busca refugio en la quietud de las montañas, y que -como los grandes divos de la ópera- canta poco pero de un modo maravilloso. 

No esperes lujos en Cuba: fuera de los fastuosos hoteles y de la zona turística de Guardalavaca, todo es sencillo, colonial, humilde y digno. Pero una vez roto el hielo de desconfianza al turista, los cubanos te esperan a manos y puertas abiertas, con la hospitalidad más cálida que se puede vivir en un destino tropical. Ganarse amigos en Cuba es lo más fácil del mundo. Ganarse amores ya es una tradición. Y no es cierto que los cubanos sólo se enamoren de los turistas para poder salir de Cuba. Me consta que esos amores son tan perdurables como la alegría que te queda en el alma después de bailar un son junto a una fogata en la playa donde el mar sigue tibio aún bajo las estrellas. 
 

INFO:

¿CÓMO LLEGAR?
Por avión hasta Guardalavaca. Cualquier paquete turístico te lleva allá. Pero para conocer Holguín vas a tener que levantarte temprano y alquilar un auto en el hotel. No son caros, pero a veces están un poco desvencijados. Las rutas son un desastre: cero señalización y malos caminos. No salgas sin mapa, porque te perdés. Y exigile indicaciones ruteras y mapa al que te alquila el auto. 

¿CUÁNDO IR?
Definitivamente, en el invierno de allá (nuestro verano). Si uno se muere de calor en invierno, mejor no imaginar lo que será el verano cubano. 

RECOMENDACIONES
No lleves jabones, ni champúes, ni caramelos para regalar a los cubanos. Algo más útil es llevarles libros. Los cubanos están desesperados por leer cosas nuevas, y ellos mismos se encargan de fotocopiar libros extranjeros y repartirlos por todas partes. Soriano, Benedetti, Briante, Sábato, Orozco, Gelman... Todo les viene bien, y les durará mucho más que un jabón. 

IMPERDIBLES
Hay un pueblito alucinante cerca de Holguín, trepando las sierras, que se llama de una manera que no merece en absoluto: Retrete. En realidad, el pueblo se divide en dos partes: Retrete de Arriba y Retrete de Abajo. Su geografía es privilegiada: ceibas milenarias le dan sombra a las calles y enredaderas decoran los cercos con flores multicolores. Las casas son antiguas pero bien cuidadas, alegres y con porches amplios donde los vecinos se juntan a conversar. La calle principal sube y baja entre palmares y bosques, y los panoramas circundantes son bellísimos. Todos se saludan entre sí y conversan todo el día mostrando una permanente alegría callejera. 
 

 

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