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Luciana Salazar


Mexico, Ruta Maya

Hubo un tiempo en el que Latinoamérica no sólo era grande, sino también poderosa. Eso fue hace mucho, claro, y por estos lados solemos olvidarlo con facilidad. Pero todavía los restos de lo que fue un pasado glorioso esperan en algunos países. De lo mejor que México ofrece, el camino que dejaron trazado los mayas te conduce a su mágica herencia y a los hermosos paisajes que habitaron. 

Bienvenida
Las nubes pasaban apuradas entre las alas del 727 de Ecuatoriana que poco a poco iba dejando atrás el frío invierno de Buenos Aires. 
Un breve paso por el D.F. (Distrito Federal) y una visita a las ruinas de Teotihuacan sirvieron de introducción al viaje. Junto a dos hermanos marplatenses estudiantes de Abogacía, una estudiante de Sociología de Rosario, una psicóloga de Buenos Aires, dos maestras de Colón y un pibe de Roca, descubrí las tierras en las que nació, brilló y decayó una de las más importantes civilizaciones precolombinas: la maya. 

Oaxaca

Nuestra recorrida empezó en la ciudad de Oaxaca, emplazada a los pies del Monte Albán, donde están las ruinas del mismo nombre. Se sabe que la construcción original fue de gran complejidad arquitectónica: una vez elegida la ubicación (en la cima de la montaña para tener pleno control de las entradas al valle) se "serruchó" la cumbre hasta dejar completamente plana una superficie de varios kilómetros cuadrados donde se construyó la ciudad sagrada. 
Durante nuestra visita, el sol iluminaba implacable las ruinas mientras la temperatura subía y nos dábamos cuenta de por qué siempre se insiste en llegar a los sitios arqueológicos por la mañana temprano. Los aviones que despegaban del aeropuerto de Oaxaca pasaban a nuestra altura, dándole a sus pasajeros se llevaban una vista privilegiada. 
A pocos kilómetros de la ciudad se encuentra Mitla, unas ruinas muy particulares por las delicadas construcciones en piedra volcánica hechas bloque sobre bloque, sin ningún tipo de pegamento que las una y entre cuyas uniones no es posible pasar siquiera una hoja. 
En la ciudad, uno de los lugares más concurridos es el mercado de artesanías, alrededor del "zócalo", la plaza central. Ahí podés comprar desde típicos tejidos, joyería dorada o resina hasta música heavy grabada en cassettes TDK. Y hay mujeres que caminan el mercado con enormes canastas de chapulines fritos, ni mas ni menos que esos insectos que inspiraron al antihéroe mexicano de nuestra infancia. Comerlos deja en la boca un gusto similar al maní frito pero mucho más amargo, siempre y cuando pueda uno vencer la impresión de andar masticando patas y antenas. 
Y para seguir con la ingesta de bichos, Oaxaca es también la capital del mezcal, una bebida menos conocida entre nosotros pero tan típica y rica como el tequila, que se obtiene de un cactus llamado agave. Tiene color miel y existen muchísimas variaciones; el gusto se lo da básicamente un gusano que es parásito de la planta y que se coloca dentro de la botella. La tradición dice que comer este gusano trae beneficios afrodisíacos, y, como si fuera poco, la forma de tomar mezcal es similar a la del tequila, solo que la sal tiene gusano molido, que le da un gusto delicioso, seco, picante y ahumado. 
Por la noche en Oxaca hay fiestas para todos los gustos y nosoros optamos por un lugar de salsa y merengue con música en vivo. Allí la banda toca sin parar durante horas frente a la pista de baile, mientras las mesas se pueblan de botellas de cerveza y vasitos de tequila. 
El siguiente destino fue Chiapas, la tierra de los zapatistas y del subcomandante Marcos, un intelectual que decidió dar un vuelco en la historia de los indígenas relegados. 

El Cañon del Sumidero

Llegados en avión a la capital del Estado de Chiapas, un bus nos llevó al imponente Cañón del Sumidero, donde embarcamos en una lancha. Este majestuoso río está flanqueado por paredes verticales de hasta 1500 metros de altura, cubiertas de vegetación. En sus aguas nadan desde pirañas hasta cocodrilos de dos metros de largo que vimos descansar inmóviles y con la boca abierta en las orillas menos escarpadas. 
Desde lo alto del cañón, cuenta la historia, los indígenas se arrojaban a la muerte durante la conquista española para evitar ser "civilizados" por el invasor. 
Cascadas que se diluyen en el aire transformándose en una llovizna refrescante, cuevas donde habitan murciélagos, troncos muertos que emergen del agua, y todo el tiempo la sensación de ser insignificante ante semejante exposición de la naturaleza. 
Tan espectacular es el Cañón del Sumidero que los habitantes de Chiapas lo muestran orgullosos en su escudo estatal. 

San Cristobal de las Casas

Antiguamente esta ciudad era la capital del Estado, pero su emplazamiento montañoso a 2900 metros de altura y los caminos serpenteantes por grandes precipicios hicieron que se decidiera el traslado a Tuxla Gutiérrez, mucho más accesible para el comercio. 
Es común ver a la vera de la ruta a los indios lacandones, descendientes de los pueblos mayas, descalzos y con su ropa tradicional, trasladando a pie las mercaderías que venderán luego en el mercado del pueblo. En general va primero el hombre marcando el camino y con apenas un bulto que lleva cómodamente. Detrás va la mujer con pesadas cargas de leña o pieles que sostienen con la cabeza, obligadamente inclinada hacia delante por el peso, en una postura que la hace aparecer sumisa ante su hombre. Sus polleras hechas con pieles de animales como el guanaco las ayudan a soportar las bajas temperaturas del invierno, pero no pudimos comprender cómo soportaban el calor del verano. 
En San Cristóbal de las Casas se conservan las construcciones de estilo colonial español, con sus rejas de hierro forjado, sus patios con aljibe y sus techos de tejas rojas. Las calles estrechas y empedradas, las veredas más altas que la calle, con lajas de piedra y tan angostas que obligan siempre a bajar a la calle cuando se va de a tres. 
Tras la firma de la tregua con el ejército mexicano los zapatistas (que en la Noche Buena de 1994 irrumpieron sorpresivamente en San Cristóbal) subieron nuevamente a refugiarse a las montañas, pero la base del conflicto (reforma agraria y mejores condiciones de vida para el pueblo indígena) no se ha resuelto y la amenaza de nuevos combates está siempre latente. 
Entre los pueblos indígenas y los blancos hay un enorme abismo. La desconfianza mutua alimentada por siglos de abuso hoy sigue intacta. El discurso oficial mexicano acepta las raíces indígenas del país, pero gran parte de las instituciones y de la gente mantiene una actitud discrimiatoria sin entender ni aceptar las diferencias culturales que hay entre ellos. 
Aprovechando la sorpresiva fama turística que adquirió con el conflicto, los pobladores de San Cristóbal sacan provecho vendiendo muñecos de arcilla vestidos con el uniforme zapatista, pósters y remeras y hasta pasamontañas negros "para que tú también te sientas un Marcos". 
 

San Juan Chamula

A poco más de 20 kilómetros de San Cristóbal está el pueblo de San Juan Chamula, que resultó el lugar más extraño de todo el viaje 
Superficialmente, parece cualquier pueblo de montaña. Pero su organización social es tan diferente a lo que conocemos que es indispensable mantener la mente abierta para descubrirlo. 
En la plaza central se levanta la iglesia mas rara que jamás vi. El piso cubierto de pasto seco que espanta los malos espíritus es el primer indicio de que el catolicismo aquí es una versión adaptada para resguardar las antiguas creencias indígenas. Ningún asiento de madera, ni púlpito, ni cura que dé misa, ya que el contacto con Dios es por intermedio de los chamanes o médicos brujos. 
El ambiente dentro de la iglesia está saturado con el olor que desprenden cientos de velas de colores pegadas en el piso, para pedir por la salud y la buenaventura y para concretar daños o "trabajos". En diferentes puntos del edificio vimos trabajar a los chamanes, rezando en voz baja en lengua indígena. Más allá, un grupo estrangulaba una gallina que, con un grito ahogado, dejó de moverse. Un hombre solo y de mirada ermitaña se sentó en una escalinata a tomar Coca Cola y erutar: estaba expulsando el mal o la enfermedad de su cuerpo. Por eso en Chamula las bebidas gaseosas son consideradas medicinales. 
La organización social del pueblo poco tiene que ver con el sistema mexicano. Tanto la policía como el sistema judicial están en manos de un consejo de indígenas que administra justicia a través de tribunales populares, la pena de muerte es un castigo aceptado y el sistema de salud es brindado por los chamanes (por lo que muchas veces los habitantes llegan al hospital de San Cristóbal en un estado desesperante y no se puede hacer mucho por ellos). 

Palenque

Las ruinas mayas del estado de Chiapas tienen el marco fabuloso de la selva. Palenque es una de las ciudades mayas sagradas más hermosas, antiguas e imponentes de todo México. 
Llegamos como siempre, bien temprano por la mañana, cuando todavía la selva está cubierta de neblina y los pocos visitantes aún no espantan a los animales que por la noche se acercan a las ruinas; sonidos de todos los pájaros imaginables y gritos espeluznantes de monos que cualquier supersticioso adjudicaría a seres mitológicos monstruosos. Esta recorrida por pirámides y recintos subterráneos que están decorados con hermosas representaciones de la historia de Palenque y dioses mezcla de humanos y animales te transporta a las época más gloriosa de la cultura maya, y podés imaginar la vida cotidiana, las celebraciones religiosas donde todo el pueblo se amontonaba a los pies de las pirámides y los templos a rendir culto a los dioses a través de sacrificios humanos o con danzas y cantos. 
El sol entra apenas por el manto selvático y genera una atmósfera de claroscuros que tranquiliza el alma. Por eso muchos solitarios se acercan a estas ruinas a fortalecer el espíritu y a descubrirse a si mismos, escapando de los ruidosos turistas y absorbiendo la energía del sitio sagrado. 
El recorrido de Palenque finaliza en "el baño de la Reina", unas cascadas formadas por el río que corre entre los edificios, donde disfrutamos de un chapuzón absolutamente necesario para bajar el calor provocado por más de 35 grados. 

Merida

Fuimos después hacia la ciudad de Mérida, capital del estado de Yucatán. Una de las ciudades mas europeas de México y con soberbias casas estilo francés. 
Adentrándonos en la península, la ruta maya nos llevó a las ruinas de Uxmal y de Chichen Itza. Las últimas son más imponentes y llenas de historia, pues fueron abandonadas y reconstruidas en varias ocasiones y por diferentes tribus del Imperio. 
Chichen tiene una de las canchas de juego de pelota más grandes que se hayan descubierto. En las paredes inclinadas se alzan, a tres metros de altura, los aros de piedra por donde debía pasar la pelota de caucho, que sólo podía tocarse con los codos, la cadera y los muslos. Tan difícil era, que los juegos podían llegar a durar varios días. 
Hay diferentes teorías acerca de lo que sucedía al final del juego; algunos cuentan que el capitán del equipo vencedor era sacrificado cortándole la cabeza y arrancándole el corazón que ofrecían a los dioses, lo que significaba un gran honor para el elegido. Otros, por el contrario, aseguran que esto le sucedía al capitán del equipo vencido. Una versión diferente dice que quienes se jugaban la vida eran solamente los prisioneros de guerra que entraban al campo de juego completamente desnudos. Lo cierto es que a un costado del juego de pelota se levanta el Muro de los Cráneos. Es un altar adornado por cientos de figuras en relieve de cráneos seguramente pertenecientes a los sacrificados tras el juego. Todos son diferentes y se colocaban allí para que los quetzales, aves sagradas, los comieran a picotazos y se unieran al reino celestial con su vuelo. 
La península de Yucatán es una gran corteza árida sin ríos en la superficie; por debajo el agua corre en forma de pequeñas lagunas llamadas cenotes, cuevas donde las estalactitas cuelgan desde el techo hasta hundirse en el agua. Nadar allí es una experiencia que puede despertar los temores más irracionales, por eso no es de extrañar que los mayas los considerasen como entrada al mundo de los muertos y morada del dios Chac, amo y señor del agua y las lluvias. En Chichen Itza, el cenote sagrado al aire libre fue testigo de innumerables sacrificios, tanto de jóvenes guerreros como de bellas vírgenes a las que drogaban o les ataban pesos al cuerpo para evitar resistencia al caer al agua. En sus turbias aguas buceó Jacques Custeau y encontró desde cráneos humanos hasta piezas de oro y jade. 
 

El Caribe mexicano

Como último destino y algo mareados de tanta historia arqueológica viajamos con rumbo oeste hacia el merecido descanso caribeño en Playa del Carmen. 
A unos 50 kilómetros al sur de la hiperturística Cancún, esta ciudad es mucho más tranquila que su hermana del norte. No hace falta describir mucho el Caribe: imaginate las mejores playas del mundo, con agua turquesa y tibia, arena blanca adornada con palmeras y vos panza arriba tomando una cerveza helada. Eso lo resume todo. 
Claro que hay para todos los gustos en la ciudad. Las playas están repletas de gringos que broncean sus cuerpos al ritmo de la música estridente que sale de los hoteles, sólo interrumpida por locutores que en inglés invitan a todos a unirse al partido de voley organizado por el "departamento de entretenimientos". Más lejos hay posadas donde todo es apacible y es allí donde pasamos los mejores momentos; únicamente snorkelear, tirarse al sol para secarse y volver al agua. 
También fuera de "Playa" hay de todo, desde parques artificiales donde se puede nadar con los delfines, hasta lugares agrestes como Tulum, donde todo depende de uno mismo. Y allí fuimos a quemar los últimos días del viaje. 
Las ruinas de Tulum no son muy espectaculares, pero su emplazamiento, con una magnífica vista de altura al mar turquesa, las hacen parte esencial del circuito. 
Por un camino lateral se llega a una serie de cabañas de playa. Aunque rústicas hasta lo elemental, no hace falta más. Están construidas con troncos de madera y techo de hojas de palma, el piso de la mayoría es de arena y en el interior no hay más que una cama y a veces solamente hamacas. 
Durante mis últimas horas en México, Tulum ya me había convencido y la cabaña era mucho más acogedora. Después de un chapuzón, el barcito de la playa esperaba con una cerveza. Un tipo llevaba en el pecho dos mechones bicolor adornados por un caracol, se mecía en una hamaca y me miró de reojo. "Hello!", me dijo, y le respondí, acostumbrado a ser tratado como güero (blanco) y, por ende, como gringo: "Una cerveza fría". 
En el bar había una suiza que discutía con un guía de buceo si la época de lluvia en Honduras era junio o septiembre y si los corales de allí eran mejores que los de Tulum. Al cabo de unos minutos el mexicano ya estaba irritado por la tenacidad de la chica y decidió cambiar de tema, tras lo cual la suiza se tiró en una hamaca; al rato roncaba como un oso. 
Después de la cuarta botella ya se habían sumado dos españoles y todos charlábamos alegremente sobre la forma de llamar a la resaca en nuestros países. 
Cuando mejor se ponía todo, recordé que mi viaje había terminado y que debía emprender el regreso. Sin más, intercambié direcciones y dejé a todos con sus cervezas bajo el sol caribeño para volver a la interminable odisea de transportes que me trajeron de vuelta a casa. 
En el micro que me llevaba al aeropuerto de Cancún, el mariachi Javier Fernández cantaba una historia típicamente tanguera de la mujer que se fue con su amigo y del pistolón que lavó la deshonra con sangre. Volvía al frío Buenos Aires. 
 

Texto y fotos: Fernando Marticorena 
 

 

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