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Luciana Salazar


Mexico, Ruinas de Teotihuacán

La ciudad del sol y la luna 
La verdad es que lo estábamos dejando para el postre. Y si no, ¿cómo se podía entender? Hacía un mes que estábamos en México y todavía no habíamos visitado ese maravilloso lugar. En realidad ya teníamos ganas desde Argentina, hacía rato. Habíamos escuchado hablar del lugar, habíamos visto fotos, videos, leído notas, buscado en Internet... pero no alcanzaba. 

El preámbulo sublime fue en el D.F., en el Museo de Antropología. Una galería entera dedicada exclusivamente a esta ciudad sagrada, conocida como la Ciudad de los Dioses, colmada de las más maravillosas piezas arqueológicas de la cultura que la habitó: vasijas, máscaras, esculturas, joyas. Un deleite para la vista... pero tampoco era suficiente, nos faltaba lo más importante, la esencia. Pisar la tierra, sentir el sol, tocar las piedras, estar ahí. Esa es la diferencia, ahí radica el placer de viajar. Sentir el calor abrasador que entra por los poros. Sentir. Lo inexplicable y lo inentendible. La magia de estar ahí. 

Y nosotros queríamos sentir esa magia. 
Llegar a Teotihuacán desde el D.F. demora por lo menos dos horas, así que nos levantamos temprano y preparamos el equipo necesario. Cámaras, rollos, un sombrerito para que el sol no nos dejara como momia egipcia, por lo menos un litro de agua por persona, manteca de cacao (la sequedad del clima parte los labios). Si sos muy precavido, unos sandwiches como para engañar al estómago, ya que son dos horas de ida y dos de vuelta y ahí, por lo menos, vas a estar tres horas más. 
Era lunes, y los lunes, como en muchas otras partes del mundo, los museos están cerrados. Pero habíamos tomado los recaudos necesarios (o eso creíamos): averiguamos bien y Teotihuacán estaba abierto. 
 

Camino a la estación de metro hicimos el primer alto. Un clásico gastronómico mexicano: la taquería. Sincronizadas. Un nombre bastante raro para una comida bastante común. Las sincronizadas son nada más y nada menos que un sandwich de jamón y queso en pan árabe. Que fácil es conseguir uno acá a la vuelta, ¿no? Pero en México el noventa y nueve por ciento de la comida es súper picante, y las opciones no son muchas. 
Con la panza llena la cosa cambió. Encaramos para el lado del metro y con los boletos en la mano (que habíamos comprado con anticipación, ya que las colas pueden ser interminables) tomamos el primero de una larga serie de subterráneos que luego de varias combinaciones nos dejó en la estación Indios Verdes. Allí está la terminal de ómnibus desde donde debíamos tomar el micro que nos llevaría a nuestro destino final... y así lo hicimos. 
El viaje fue muy placentero. Desde la agobiante ciudad de México con sus autopistas y su polución, lentamente, el paisaje se fue transformando de una forma casi alquímica en un panorama imperturbable. Atravesamos pueblitos, campos, sembradíos y gasolineras abandonadas. Fue como pasar de un rock and roll salvaje a una delicada balada. Hasta el tiempo cambió. Repentinamente, a lo lejos, vimos la primera señal. Fue como si hubiese surgido de la tierra y se aparecía ante nuestros ojos en toda su magnitud. Era la pirámide del Sol, la más grande de las construcciones de Teotihuacán. En ese momento sentimos una emoción difícil de describir... 

Pagamos nuestra entrada y averiguamos el horario de la visita guiada. Faltaban solamente quince minutos. Nos sentamos a esperar. Un vendedor de "auténticas piezas arqueológicas" se nos acercó, intentando negociar su mercancía. Rápidamente lo persuadimos. No teníamos dinero. La charla se extendió a otros temas de conversación: el fútbol, la política, las corridas de toros. Cuando nos dimos cuenta había pasado cerca de media hora. Para hacerla corta, después de muchas vueltas, logramos averiguar que los lunes no se realizaban las susodichas visitas, y que por la hora ya no se podían conseguir guías particulares. Nosotros habíamos llamado para averiguar, nos habían dicho que estaba abierto y que todo funcionaba, que había visita guiada y entonces, cuando ya habíamos pagado la entrada, nos decían que no. Discutimos, reclamamos, insistimos obstinadamente, hasta que no tuvieron otra opción y nos consiguieron al tan mentado señor que nos iba a contar con pelos y señales la historia de la sagrada ciudad de Teotihuacán. De este señor guía no recordamos exactamente su peculiar nombre, pero era algo así como Florencio, Floripondio o alguna alternativa por el estilo. Como fuere, Floripondio nos dijo, entre otras cosas, que la visita duraba dos horas aproximadamente y que su costo era de 20 dólares. El problema era que lo que le habíamos dicho al vendedor de "auténticas piezas arqueológicas" era cierto. Teníamos la plata bastante corta. Juntamos hasta el último centavo, hasta el dólar de la suerte que estaba escondido en el fondo de la billetera. Separamos para la vuelta. El número recaudado fue 16. Que si, que no, quesiqueno... después de varias idas y venidas el señor Florencio se apiadó de nosotros, que habíamos llegado desde tan lejos para conocer la cultura de sus ancestros y así fue como finalmente comenzamos. 
Teotihuacán es una palabra de origen nahuatl (antigua lengua hablada por diversas tribus indígenas mesoamericanas) cuyo significado es "Ciudad de los Dioses". Esta población se estableció en el siglo I a.C. Descendientes de los olmecas, la tribu de los toltecas se asentó en el gran valle, cuando éste era aún un frondoso bosque. Llegó a ser el asentamiento más populoso de las Américas, con cien mil habitantes y el mercado más grande de la zona. La hegemonía del Imperio duró menos de un siglo (hasta el 750 d.C.) y las causas de su desaparición son inciertas. Una de las versiones cuenta que al talar el valle la lluvia cesó, motivando la decadencia de la metrópoli. 
 

La ciudad está organizada alrededor de un eje central conocido en la actualidad como Calle de los Muertos, por la vieja creencia de los estudiosos de que los reyes eran enterrados allí. El primer grupo arquitectónico que encontramos es La Ciudadela. Quince pequeñas pirámides distribuidas simétricamente alrededor de un altar desde donde el sacerdote celebraba los ritos sagrados. Estas estructuras, a diferencia de las pirámides egipcias, estaban construidas de tierra apisonada y recubiertas de adobe. Eran coloreadas con una pintura roja (que los indios obtenían mediante un complejo proceso), que las protegía. Aunque la mayoría de las edificaciones han sido reconstruidas, actualmente pueden verse fragmentos originales. Sus habitantes se reunían alrededor del altar para escuchar las ceremonias religiosas. Floripondio nos instó a situarnos justo frente al altar para hacernos una demostración de la particular acústica del lugar. Se ubicó a uno de los lados, a unos diez metros aproximadamente de donde estábamos, y aplaudió. No pasó nada. Repitió el ejercicio del otro lado. Nada. Se acercó a donde estábamos nosotros y volvió a aplaudir...esta vez: un extraño eco. ¡Pero muy extraño!."¿Qué escucharon?" Nosotros respondimos sin dudarlo: "Un pato... ¡Un pato!" Acto seguido comenzó a darnos una extraña explicación relacionando este sonido con el siguiente edificio al que nos dirigiríamos: la Pirámide de Quetzalcoatl (la serpiente emplumada). Cómo el amigo guía vinculó al pato con la serpiente emplumada es una pregunta difícil de responder. Pero lo hizo. El hecho es que esta pirámide es uno de los pocos edificios del período clásico de la ciudad que todavía mantiene casi intacto su ornamento original: gran cantidad de las trescientas sesenta y cuatro máscaras del mitológico animal rodeadas por imágenes referentes al agua. Esta pirámide fue descubierta de una forma bastante singular, ya que los Teotihuacanos habían construido encima de ella. El mismo caso que el del Templo Mayor, en el centro mismo del D.F., donde se pueden observar hoy en día construcciones de diferentes períodos, una encima de la otra. 
Volviendo a la Calle de los Muertos, enfilamos en dirección a la Pirámide de la Luna, hacia el norte. Esa arteria tiene la característica de encontrarse justo sobre el eje norte-sur. El otro eje imaginario que corta la Pirámide del Sol es el este-oeste, el del recorrido del sol. Ahora bien, el sol no sale durante todo el año por el mismo lugar. En invierno lo hace más hacia el sur y en verano más hacia el norte. La Pirámide del Sol se encuentra exactamente en el medio, es decir que el día que el sol cruza justo sobre la pirámide es el día del solsticio de verano. Esto nos da una pequeña referencia del conocimiento y la importancia de los astros para la cultura olmeca. 

Desde el comienzo de la Calle de los Muertos hasta la Pirámide de la Luna, hay más de dos kilómetros sobre los cuales están construidos los villorios donde vivían los habitantes de la ciudad, ya que la elite (los gobernantes, los sacerdotes, los astrónomos) lo hacían dentro de la ciudadela. Estos villorios tenían su altar particular para pequeñas celebraciones. Las casas eran tan desarrolladas que contaban con duchas, desagües y hasta red cloacal, las cuales se mantienen en pie hasta hoy en día. 
La Pirámide del Sol es la construcción más grande construida durante el período precolombino en América. Sus medidas actuales (ya que al igual que la de la Luna fue reconstruida durante este siglo) son 220 metros de lado en la base y 64 de altura. Cuenta con 364 escalones, que representan los días del año (según el calendario lunar) y su punto más alto está exactamente al mismo nivel que el de la Pirámide de la Luna, aunque ésta sea más chica. Lo que sucede es que el terreno hacia el norte se eleva. Cómo se pudo calcular esto, es hasta hoy en día un misterio. 
Hacia el final de la Calle de los Muertos, junto al mercado más grande de la ciudad, se encuentran la Pirámide de la Luna y el Palacio de Quetzalpapalotl (mariposa), cuyas exquisitas tallas en piedra (las originales; la mayoría ha sido reconstruida) se conservan en óptimo estado. 
Cuando terminamos de visitar el Palacio ya eran como las cinco y media de la tarde, estábamos rendidos, hambrientos y sedientos. Nos saludamos con nuestro guía como si nos conociéramos de toda la vida y subimos a la Pirámide de la Luna para despedirnos de este maravilloso lugar... 
Textos y fotos: Martín Katz y Carola Maierowsky 
 

Civilización olmeca-tolteca 

La civilización olmeca, que originalmente se situó en el Golfo de México en los estados de Tabasco y Veracruz, se considera en la actualidad como la primera de las culturas nativas desarrolladas en Mesoamérica. Apareció alrededor del año 1200 a.C. y su población vivía dispersa por el campo. Hablaba la lengua nahuatl y se le atribuye el haber enseñado a los demás pueblos mesoamericanos el cultivo del maiz y del algodón. Divulgó el tejido y sentó principios para el conocimiento de la astronomía, basándose en observaciones estelares, fundamentalmente solares y lunares que más tarde alcanzaron gran perfección. 
Los toltecas, emigrantes olmecas que se establecieron en el altiplano (Teotihuacán), llegaron a ser un pueblo portador de una alta cultura, conocidos como destacados médicos, geólogos, grandes urbanizadores, artífices en las artes y astrónomos. 
Descubrimientos arqueológicos demuestran que la influencia de Teotihuacán como centro ceremonial llegó hasta las civilizaciones mayas de Guatemala, entre otras. En ruinas de diversas culturas precolombinas se observa una distribución arquitectónica característica, en forma de tótem, originaria de la "Ciudad de los Dioses", en donde el eje principal (Calle de los Muertos) representa el cuerpo de una serpiente, la Pirámide de la Luna su cabeza, el conjunto de monolitos al sur de la calzada sus pies, la ciudadela la pelvis y la gran Pirámide del Sol el corazón. 
Los toltecas veneraron a los dioses de la naturaleza. Entre ellos a Tlaloc, dios de la lluvia y la fertilidad, a la diosa del agua Chalchiuhtlicue y a la serpiente emplumada Quetzalcoatl, palabra que en nahuatl se divide en dos: quetzal, que representa a un ave de plumaje hermoso que vive en libertad y que al ponerla en cautiverio muere, y coatl, la serpiente que simboliza a la Tierra. En conjunto es un símbolo de libertad, de misterio, de belleza y de las alturas, o sea de lo espiritual y superior. 
 

El origen mítico de Teotihuacán, por Fray Bernardino de Sahagún 

"Cuando todo en el mundo era tinieblas, se reunieron los dioses en lo que hoy es Teotihuacán y decidieron poner luz en este mundo, para lo cual uno de ellos debía arrojarse al fuego. Fue designado Tecuciztécatl para que se arrojase y si él no lo hacía, nombraron a Nanahuatzín como su reemplazo. Los dos fueron a orar en distintos sitios y luego se presentaron para la prueba. Tecuciztécatl no se atrevió a lanzarse, entonces Nanahuatzín se lanzó sin vacilar y al ver esto Tecuciztécatl lo siguió, convirtiéndose los dos dioses en el Sol y la Luna respectivamente. Para conmemorar este hecho trascendental, se levantaron las pirámides en los sitios donde oraron estos dos héroes antes del sacrificio, de allí el nombre de pirámide del Sol a la pirámide mayor o Tonatiuh Itzacualli, que significa ´Casa del Sol´, y a la pirámide menor, Pirámide de la Luna o Meztli Itzacualli, que significa ´Casa de la Luna´"
 

 

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