| Mexico,
Ruinas de Teotihuacán
La
ciudad del sol y la luna
La verdad
es que lo estábamos dejando para el postre. Y si no, ¿cómo
se podía entender? Hacía un mes que estábamos en México
y todavía no habíamos visitado ese maravilloso lugar. En
realidad ya teníamos ganas desde Argentina, hacía rato. Habíamos
escuchado hablar del lugar, habíamos visto fotos, videos, leído
notas, buscado en Internet... pero no alcanzaba.
El preámbulo sublime fue en
el D.F., en el Museo de Antropología. Una galería entera
dedicada exclusivamente a esta ciudad sagrada, conocida como la Ciudad
de los Dioses, colmada de las más maravillosas piezas arqueológicas
de la cultura que la habitó: vasijas, máscaras, esculturas,
joyas. Un deleite para la vista... pero tampoco era suficiente, nos faltaba
lo más importante, la esencia. Pisar la tierra, sentir el sol, tocar
las piedras, estar ahí. Esa es la diferencia, ahí radica
el placer de viajar. Sentir el calor abrasador que entra por los poros.
Sentir. Lo inexplicable y lo inentendible. La magia de estar ahí.
Y nosotros queríamos sentir
esa magia.
Llegar a Teotihuacán desde
el D.F. demora por lo menos dos horas, así que nos levantamos temprano
y preparamos el equipo necesario. Cámaras, rollos, un sombrerito
para que el sol no nos dejara como momia egipcia, por lo menos un litro
de agua por persona, manteca de cacao (la sequedad del clima parte los
labios). Si sos muy precavido, unos sandwiches como para engañar
al estómago, ya que son dos horas de ida y dos de vuelta y ahí,
por lo menos, vas a estar tres horas más.
Era lunes, y los lunes, como en
muchas otras partes del mundo, los museos están cerrados. Pero habíamos
tomado los recaudos necesarios (o eso creíamos): averiguamos bien
y Teotihuacán estaba abierto.
Camino a la estación de metro
hicimos el primer alto. Un clásico gastronómico mexicano:
la taquería. Sincronizadas. Un nombre bastante raro para una comida
bastante común. Las
sincronizadas son nada más y nada menos que un sandwich de jamón
y queso en pan árabe. Que fácil es conseguir uno acá
a la vuelta, ¿no? Pero en México el noventa y nueve por ciento
de la comida es súper picante, y las opciones no son muchas.
Con la panza llena la cosa cambió.
Encaramos para el lado del metro y con los boletos en la mano (que habíamos
comprado con anticipación, ya que las colas pueden ser interminables)
tomamos el primero de una larga serie de subterráneos que luego
de varias combinaciones nos dejó en la estación Indios Verdes.
Allí está la terminal de ómnibus desde donde debíamos
tomar el micro que nos llevaría a nuestro destino final... y así
lo hicimos.
El viaje fue muy placentero. Desde
la agobiante ciudad de México con sus autopistas y su polución,
lentamente, el paisaje se fue transformando de una forma casi alquímica
en un panorama imperturbable. Atravesamos pueblitos, campos, sembradíos
y gasolineras abandonadas. Fue como pasar de un rock and roll salvaje a
una delicada balada. Hasta el tiempo cambió. Repentinamente, a lo
lejos, vimos la primera señal. Fue como si hubiese surgido de la
tierra y se aparecía ante nuestros ojos en toda su magnitud. Era
la pirámide del Sol, la más grande de las construcciones
de Teotihuacán. En ese momento sentimos una emoción difícil
de describir...
Pagamos nuestra entrada y averiguamos
el horario de la visita guiada. Faltaban solamente quince minutos. Nos
sentamos a esperar. Un vendedor de "auténticas piezas arqueológicas"
se nos acercó, intentando negociar su mercancía. Rápidamente
lo persuadimos. No teníamos dinero. La charla se extendió
a otros temas de conversación: el fútbol, la política,
las corridas de toros. Cuando nos dimos cuenta había pasado cerca
de media hora. Para hacerla corta, después de muchas vueltas, logramos
averiguar que los lunes no se realizaban las susodichas visitas,
y que por la hora ya no se podían conseguir guías particulares.
Nosotros habíamos llamado para averiguar, nos habían dicho
que estaba abierto y que todo funcionaba, que había visita guiada
y entonces, cuando ya habíamos pagado la entrada, nos decían
que no. Discutimos, reclamamos, insistimos obstinadamente, hasta que no
tuvieron otra opción y nos consiguieron al tan mentado señor
que nos iba a contar con pelos y señales la historia de la sagrada
ciudad de Teotihuacán. De este señor guía no recordamos
exactamente su peculiar nombre, pero era algo así como Florencio,
Floripondio o alguna alternativa por el estilo. Como fuere, Floripondio
nos dijo, entre otras cosas, que la visita duraba dos horas aproximadamente
y que su costo era de 20 dólares. El problema era que lo que le
habíamos dicho al vendedor de "auténticas piezas arqueológicas"
era cierto. Teníamos la plata bastante corta. Juntamos hasta el
último centavo, hasta el dólar de la suerte que estaba escondido
en el fondo de la billetera. Separamos
para la vuelta. El número recaudado fue 16. Que si, que no, quesiqueno...
después de varias idas y venidas el señor Florencio se apiadó
de nosotros, que habíamos llegado desde tan lejos para conocer la
cultura de sus ancestros y así fue como finalmente comenzamos.
Teotihuacán es una palabra
de origen nahuatl (antigua lengua hablada por diversas tribus indígenas
mesoamericanas) cuyo significado es "Ciudad de los Dioses". Esta población
se estableció en el siglo I a.C. Descendientes de los olmecas, la
tribu de los toltecas se asentó en el gran valle, cuando éste
era aún un frondoso bosque. Llegó a ser el asentamiento más
populoso de las Américas, con cien mil habitantes y el mercado más
grande de la zona. La hegemonía del Imperio duró menos de
un siglo (hasta el 750 d.C.) y las causas de su desaparición son
inciertas. Una de las versiones cuenta que al talar el valle
la lluvia cesó, motivando la decadencia de la metrópoli.
La ciudad está organizada
alrededor de un eje central conocido en la actualidad como Calle de los
Muertos, por la vieja creencia de los estudiosos de que los reyes eran
enterrados allí. El primer grupo arquitectónico que encontramos
es La Ciudadela. Quince pequeñas pirámides distribuidas simétricamente
alrededor de un altar desde donde el sacerdote celebraba los ritos sagrados.
Estas estructuras, a diferencia de las pirámides egipcias, estaban
construidas de tierra apisonada y recubiertas de adobe. Eran coloreadas
con una pintura roja (que los indios obtenían mediante un complejo
proceso), que las protegía. Aunque la mayoría de las edificaciones
han sido reconstruidas, actualmente pueden verse fragmentos originales.
Sus habitantes se reunían alrededor del altar para escuchar las
ceremonias religiosas. Floripondio nos instó a situarnos justo frente
al altar para hacernos una demostración de la particular acústica
del lugar. Se ubicó a uno de los lados, a unos diez metros aproximadamente
de donde estábamos, y aplaudió. No pasó nada. Repitió
el ejercicio del otro lado. Nada. Se acercó a donde estábamos
nosotros y volvió a aplaudir...esta vez: un extraño eco.
¡Pero muy extraño!."¿Qué escucharon?" Nosotros
respondimos sin dudarlo: "Un pato... ¡Un pato!" Acto seguido comenzó
a darnos una extraña explicación relacionando este sonido
con el siguiente edificio al que nos dirigiríamos: la Pirámide
de Quetzalcoatl (la serpiente emplumada). Cómo el amigo guía
vinculó al pato con la serpiente emplumada es una pregunta difícil
de responder. Pero lo hizo. El hecho es que esta pirámide es uno
de los pocos edificios del período clásico de la ciudad que
todavía mantiene casi intacto su ornamento original: gran cantidad
de las trescientas sesenta y cuatro máscaras del mitológico
animal rodeadas por imágenes r eferentes
al agua. Esta pirámide fue descubierta de una forma bastante singular,
ya que los Teotihuacanos habían construido encima de ella. El mismo
caso que el del Templo Mayor, en el centro mismo del D.F., donde se pueden
observar hoy en día construcciones de diferentes períodos,
una encima de la otra.
Volviendo a la Calle de los Muertos,
enfilamos en dirección a la Pirámide de la Luna, hacia el
norte. Esa arteria tiene la característica de encontrarse justo
sobre el eje norte-sur. El otro eje imaginario que corta la Pirámide
del Sol es el este-oeste, el del recorrido del sol. Ahora bien, el sol
no sale durante todo el año por el mismo lugar. En invierno lo hace
más hacia el sur y en verano más hacia el norte. La Pirámide
del Sol se encuentra exactamente en el medio, es decir que el día
que el sol cruza justo sobre la pirámide es el día del solsticio
de verano. Esto nos da una pequeña referencia del conocimiento y
la importancia de los astros para la cultura olmeca.
Desde el comienzo de la Calle de
los Muertos hasta la Pirámide de la Luna, hay más de dos
kilómetros sobre los cuales están construidos los villorios
donde vivían los habitantes de la ciudad, ya que la elite (los gobernantes,
los sacerdotes, los astrónomos) lo hacían dentro de la ciudadela.
Estos villorios tenían su altar particular para pequeñas
celebraciones. Las casas eran tan desarrolladas que contaban con duchas,
desagües y hasta red cloacal, las cuales se mantienen en pie hasta
hoy en día.
La Pirámide del Sol es la
construcción más grande construida durante el período
precolombino en América. Sus medidas actuales (ya que al igual que
la de la Luna fue reconstruida durante este siglo) son 220 metros de lado
en la base y 64 de altura. Cuenta con 364 escalones, que representan los
días del año (según el calendario lunar) y su punto
más alto está exactamente al mismo nivel que el
de la Pirámide de la Luna, aunque ésta sea más chica.
Lo que sucede es que el terreno hacia el norte se eleva. Cómo se
pudo calcular esto, es hasta hoy en día un misterio.
Hacia el final de la Calle de los
Muertos, junto al mercado más grande de la ciudad, se encuentran
la Pirámide de la Luna y el Palacio de Quetzalpapalotl (mariposa),
cuyas exquisitas tallas en piedra (las originales; la mayoría ha
sido reconstruida) se conservan en óptimo estado.
Cuando terminamos de visitar el
Palacio ya eran como las cinco y media de la tarde, estábamos rendidos,
hambrientos y sedientos. Nos saludamos con nuestro guía como si
nos conociéramos de toda la vida y subimos a la Pirámide
de la Luna para despedirnos de este maravilloso lugar...
Textos y fotos: Martín Katz
y Carola Maierowsky
Civilización
olmeca-tolteca
La civilización olmeca, que
originalmente se situó en el Golfo de México en los estados
de Tabasco y Veracruz, se considera en la actualidad como la primera de
las culturas nativas desarrolladas en Mesoamérica. Apareció
alrededor del año 1200 a.C. y su población vivía dispersa
por el campo. Hablaba la lengua nahuatl y se le atribuye el haber enseñado
a los demás pueblos mesoamericanos el cultivo del maiz y del algodón.
Divulgó el tejido y sentó principios para el conocimiento
de la astronomía, basándose en observaciones estelares, fundamentalmente
solares y lunares que más tarde alcanzaron gran perfección.
Los toltecas, emigrantes olmecas
que se establecieron en el altiplano (Teotihuacán), llegaron a ser
un pueblo portador de una alta cultura, conocidos como destacados médicos,
geólogos, grandes urbanizadores, artífices en las artes y
astrónomos.
Descubrimientos arqueológicos
demuestran que la influencia de Teotihuacán como centro ceremonial
llegó hasta las civilizaciones mayas de Guatemala, entre otras.
En ruinas de di versas
culturas precolombinas se observa una distribución arquitectónica
característica, en forma de tótem, originaria de la "Ciudad
de los Dioses", en donde el eje principal (Calle de los Muertos) representa
el cuerpo de una serpiente, la Pirámide de la Luna su cabeza, el
conjunto de monolitos al sur de la calzada sus pies, la ciudadela la pelvis
y la gran Pirámide del Sol el corazón.
Los toltecas veneraron a los dioses
de la naturaleza. Entre ellos a Tlaloc, dios de la lluvia y la fertilidad,
a la diosa del agua Chalchiuhtlicue y a la serpiente emplumada Quetzalcoatl,
palabra que en nahuatl se divide en dos: quetzal, que representa a un ave
de plumaje hermoso que vive en libertad y que al ponerla en cautiverio
muere, y coatl, la serpiente que simboliza a la Tierra. En conjunto es
un símbolo de libertad, de misterio, de belleza y de las alturas,
o sea de lo espiritual y superior.
El origen
mítico de Teotihuacán, por Fray Bernardino de Sahagún
"Cuando todo en el mundo era tinieblas,
se reunieron los dioses en lo que hoy es Teotihuacán y decidieron
poner luz en este mundo, para lo cual uno de ellos debía arrojarse
al fuego. Fue designado Tecuciztécatl para que se arrojase y si
él no lo hacía, nombraron a Nanahuatzín como su reemplazo.
Los dos fueron a orar en distintos sitios y luego se presentaron para la
prueba. Tecuciztécatl no se atrevió a lanzarse, entonces
Nanahuatzín se lanzó sin vacilar y al ver esto Tecuciztécatl
lo siguió, convirtiéndose los dos dioses en el Sol y la Luna
respectivamente. Para conmemorar este hecho trascendental, se levantaron
las pirámides en los sitios donde oraron estos dos héroes
antes del sacrificio, de allí el nombre de pirámide del Sol
a la pirámide mayor o Tonatiuh Itzacualli, que significa ´Casa
del Sol´, y a la pirámide menor, Pirámide de la Luna
o Meztli Itzacualli, que significa ´Casa de la Luna´"
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