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Gira por Europa Oriental

Un recorrido inédito por las rutas más raras y menos transitadas de Europa, las del Este.

RUTAS VACÍAS, CIUDADES ENCANTADAS Y PRECIOS DE REGALO 
Lo mejor de Europa Oriental es que no está invadida por el turismo. No hay ómnibus repletos de turistas ni carteles multilingües y por eso cada país conserva su tono local y único. Dado que las rutas son muy buenas, que la hotelería y la comida son de calidad y tienen precios increíblemente accesibles, no se comprende por qué tan poca gente conoce las repúblicas Checa y Eslovaca o Polonia. Queriendo ir antes de que se corra la voz y se llene de vistantes, fui en auto desde París a Berlín, y de ahí a Praga vía Dresden. En esa ruta supe que las señales viales que indican "ciervo a la vista" no están de adorno: varias veces tuve que frenar porque una interminable manada de venados se me cruzó a toda carrera como apareciendo de la nada. 
 

No hay publicación dedicada al turismo que no haya hablado de Praga. Y esto es porque la ciudad tiene carácter y personalidad: no se parece a nada, no se copia de ninguna otra capital europea. Praga es Praga: tan checa como una biro (cerveza) Pilsner. Praga me fascinó con sus mansiones enormes de portones tan grandes como para que pase un carruaje, su cochero y varios caballos. Sus iglesias bellísimas, el barrio Malá Strana del otro lado del río Vltava y el adorable barrio de Josefov. El puente San Carlos te muestra el mejor panorama de una ciudad pensada para ser caminada siguiendo los pasos de su ciudadano más famoso: Kafka. 

Curiosamente, quienes venden los planos de la ciudad son inmigrantes chilenos que se encargaron de llenar el existente vacío de mapas turísticos, vendiéndolos en la plaza central y ganándose unos mil dólares por día en plena temporada. En el suburbio de Barrandov existen los estudios de cine más famosos de Europa luego de Cinecittá en Roma, de donde salen los mejores dibujos animados del mundo. No pude detenerme demasiado porque las montañas de Bohemia me estaban esperando. 

Recorrí colinas verdes salpicadas de pueblos que crecieron a puro monoblock, hasta llegar a la bella y antigua Brno, ciudad señorial con amplias plazas, edificios con grandes cúpulas, campanarios y fachadas renacentistas, rodeada por murallas del siglo X y paseos por jardines arbolados. Brno tiene un pasado esplendoroso que quedó detenido en el tiempo. Ahí visité el Rolny Grand Hotel, que era de la familia de mi bisabuela y fue expropiado por los soviéticos. El hotel de lujo es ahora una cervecería con arañas de cristal, boisserie lustrada y gobelinos quemados por pipas y cigarrillos socialistas. En Brno hice una compra mala y una buena: no se te ocurra comprar calzado, porque se destroza en la primera caminata, pero los relojes cucú son preciosos, llenos de pajaritos cantores y hojitas de robles, a precios bajísimos. No te pierdas en Brno la Catedral de San Pedro y San Pablo, la Vieja Municipalidad y el castillo Spilberk del siglo XIII. 

CASTILLOS EN LOS BOSQUES 
Más al norte, la ruta me llevó a Prostejov, el pueblo natal de mi abuelo materno, con un campanario con reloj medieval sobre la enorme plaza y curiosidades como una casona art decó y egipcia que hicieron en 1910 el matrimonio de Karla y Karly Vojanovich, quienes, acongojados por no haber podido tener hijo, quisieron ser recordados al menos con una construcción muy extraña. 
 

Estuve una hora buscando a una vieja amiga de la familia que vivía en la calle Ulice. ¡Hasta que me di cuenta que ulice en checo significa calle! 

Con esa familia conocí castillos medievales de la zona, con su vajilla y muebles intactos. En el bosque, en Olomouc, fuimos a una cervecería alucinante donde probé el jamón de jabalí. Visitamos Austerlitz (ahora Slavkov) donde Napoleón venció a los rusos en 1805, en una batalla que le da nombre a una estación del Metró parisino. En el camino está el castillo de Moravsky Krumlov, que tiene unos bellísimos cuadros épicos. También fuimos al Monasterio de Koenig, donde Gregor Mendel, padre de las leyes de la genética, comprobó en 1860 que las arvejas no nacían con los colores al azar, sino siguiendo leyes absolutamente predecibles. 

Siguiendo hacia el este, la ruta 50 me llevó a montañas llenas de bosques de coníferas que trepan hasta llegar a Strbské-Pleso en pleno Parque Nacional de los Montes Tatras, un hermoso centro de esquí. Ahí paré en el alucinante Hotel Patria, de estilo alpino y habitaciones de madera con vista al pico Gelachovsky-stit, de 2.655 metros. Es como parar en Suiza, pero con precios cinco veces más bajos. 

HACIA EL SUR DE POLONIA
Al día siguiente crucé la cordillera de los Tatras hasta llegar a Javorina y el puesto de frontera con Polonia. La policía migratoria fue más molesta que la checa: le tuve que mostrar toda la plata que llevaba para que me dejen entrar, convencidos de que era una checa en busca de trabajo en Polonia. Crucé colinas con hermosísimas mansiones íntegramente hechas con madera oscura, con terrazas, balcones y techos que les daban un aspecto gótico de casas embrujadas. Pasé por Poronin, el pueblito de Nowy Targ, y por una ruta bordeada de álamos llegué a Myslenice, donde alquilé una cabaña de madera en un camping con piletas de natación de aguas termales, bordeadas de flores y a cielo abierto. Ahí me quedé tres días porque la comida era excelente y baratísima, y el lugar era un sueño de flores, paz y agua calentita techada por sauces. Si quería pollo, decía "pío- pío"; si quería milanesa, pedía Wienerschnitzel en alemán. A todo lo servían con una guarnición de tres rodajitas de tomate y tres pepinos en un platito de café. Un día, por curiosidad, pedí algo que en le menú figuraba como mizeria. ¡Sorpresa!: me trajeron otra vez ese platito con los tres tomates y los tres pepinos. 

Después de una siesta en hamacas paraguayas colgando entre las ramas de sauces de ese vergel termal, partí a la impactante Cracovia, con su estilo tan antiguo que se recorre con tranvías tirados por percherones blancos. Los panoramas desde el puente sobre el Río Wista te llenan los ojos de cúpulas que brillan al sol. En la ciudad hay numerosas construcciones históricas. La más importante es la catedral gótica de San Estanislao (de 1359), patrón de Polonia asesinado ante el altar de la catedral en 1079 por orden del rey polaco Boleslao II. La catedral fue durante mucho tiempo el lugar de la coronación de los reyes de Polonia y contiene sepulturas de personalidades famosas de la historia polaca. Pero lo más lindo es que está íntegramente iluminada con velas. 

Fui al histórico restaurante Wierzynek -lugar de reunión de monarcas desde el 1300- y almorcé deliciosos pierogis con servilletas blancas y copas de cristal: un lujo a cuerpo de rey a magros 10 dólares. El ambiente y la decoración son excelentes. 

De todos los países del este europeo, Polonia es el más unido y moderno. El centro de Cracovia tiene la mayor plaza medieval de Europa, la Vieja Plaza del Mercado, rodeada de edificios históricos como la galería de mercaderes del siglo XIII que reúne la mayor cantidad de puestos de venta de joyas en ámbar que vi en mi vida. La Torre de la Municipalidad tiene una atractiva taberna cervecera en el mismo sótano donde antiguamente funcionaba la cámara de torturas. Me fui a caminar por Planty -un cinturón verde que rodea la ciudad donde hubo murallas- y llegué al barrio judío de antaño, Kazimierz, con impresionantes sinagogas junto al antiguo cementerio. En los bares cercanos, tomé una cerveza en un bar llamado Ariel, donde unos gitanos me dedicaron unas alegres mazurkas y polkas en violín y acordeón. 

Hay mucho más para ver en Polonia: monasterios antiguos, minas de sal de diez siglos de explotación, parques nacionales con senderos para trekking y una gente simple, sumamente amable, muy orgullosa de sus raíces y de su historia. 

Todavía me pregunto por qué en todo el recorrido casi no me crucé con otros viajeros. Polonia y Checoslovaquia son aún territorios por descubrir, que nos esperan con sus puertas abiertas, unos precios increíblemente económicos y paisajes encantadores. 
 

INFO:

¿CÓMO LLEGAR? 
Las rutas desde Alemania a la República Checa y Polonia son impecables y están bien señalizadas. Conviene llevar un atlas de Europa completo para encontrar en él los pueblitos de nombres llenos de consonantes, porque a los hispanoparlantes nos resultan todos muy similares. 

¿CUÁNDO IR? 
Definitivamente, entre los meses de marzo y septiembre. Los inviernos son sumamente fríos y las horas de luz duran muy poco. Están tan poco acostumbrados al calor, que en verano escasea el hielo y los ventiladores. Por suerte, abundan los bares con mesas afuera. 

IMPERDIBLES
Los negocios de Praga que venden cristales de Bohemia a precios increíbles; aunque no pienses en comprar nada, vale la pena conocer estos negocios principescos con cristal tallado de primera calidad. En los montes Tatras, tomar el funicular que va desde Zakopane al monte Gubalowka, que ofrece el mejor panorama de montaña y desde donde salen miles de senderos para trekking. El pueblo montañés de Chocholowska, donde los artesanos viven en cabañas de troncos entrelazados construidas sin un solo clavo. 
 

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