Tenía sólo un
poco más de una semana para recorrer París, así que
la recorrí con desprolijidad y apresuramiento. Aun así me
bastó, no sólo para recorrer los bares que proliferan de
noche sino también aquellos que son y han sido conocidos por su
clientela desde hace tiempo.
CAFÉ
CONCERT
Uno de esos días, resolví
dormir una siesta y salir. Tenía pensado recorrer Montmartre y la
Plaza du Tertre antes de que cayera la noche. Así lo hice. Viajé
en el metro 12 y me bajé en la estación de Pigalle.
Con un relieve sumamente montañoso,
Montmartre se identifica por sus escaleras de piedra que bordean cada una
de las calles. Con subidas y bajadas abruptas, éste es un barrio
famoso por su historia. Por allí pasaron Van Gogh, Toulouse Lautrec,
Picasso, Dalí, Modigliani; actualmente los museos locales poseen
una muestra continua de sus obras. Montmartre conserva además muchas
de las casas que han sido utilizadas como talleres de arte y varias fachadas
que han servido de inspiración.
El
Moulin Rouge así como también otros burdeles se dan ubicación
en sus calles, ahora exclusivamente con aires pintorescos.
De eterno espíritu festivo,
este barrio consigue con la Plaza du Tertre el lugar indicado para que
los más variados turistas paseen y sean retratados. Arte y animación
parecen las claves de su éxito.
Deambulé entonces por
este solícito paseo lleno de puestos, óleos y retratistas
hasta entrado el crepúsculo para luego sentarme a descansar en un
café. Lo necesitaba; el relieve de Montmartre requiere un cuerpo
preparado para el ejercicio físico, y el mío... bueno, tiene
sus límites.
ENTRADA
LA NOCHE
A la noche siguiente decidí
permanecer en el hotel hasta entrada la noche y salir luego a recorrer.
Así fue como llegué a conocer la Butte aux Cailles. Un espacio
alejado del itinerario turístico habitual, frecuentado por la juventud
local.
Repleto de bares iluminados,
la Butte aux Cailles es un espacio relajado de veredas angostas, que recibe
el mayor número de gente a últimas horas de la noche. Allí
pude escuchar, desde afuera, los sonidos que me llegaban de dos locales.
En uno de ellos un grupo de música disco en medio de una pista repleta
de gente; en otro, un trío pseudo pop en un ambiente cálido
con pocas mesas.
En París los bares son
los lugares más indicados para hacerse de amigos; es mayor el movimiento
y son más frecuentes las reuniones en las calles que en las casas
particulares.
Seguí recorriendo, decidida
a dejarme llevar por el espíritu de la ciudad. Llegué entonces
a un bar irlandés de la rue des Bordonnais llamado Oscar Wilde.
Son varios los bares irlandeses que residen en tierra parisina ya que París
fue originada por la tribu de los Parisii, pertenecientes a un pueblo de
pescadores celtas, quienes en el siglo III a.C. se instalaron en la isla
mayor del Sena.
Entusiasmada con el lugar y
con la rara costumbre de un happy hour que se extiende desde las 4 de la
tarde hasta las 12 de la noche, llamé a unos amigos que había
conocido por esos días. Mientras esperaba, me dediqué a probar
su deliciosa cerveza.
Oscar Wilde es un bar muy animado
en donde la gente se reúne a escuchar música, no muy estridente,
y tomar especialmente cerveza. Las hay para todos los paladares, desde
cerveza negra, roja, rubia, hasta mezclas preparadas especialmente. Ese
día estaba lleno, aún siendo un día de semana, ya
que gran parte de su clientela la conforman los turistas.
Apenas llegaron mis amigos nos
fuimos por la Place du Pantheón, siguiendo por el Boulevard St-Michel
hasta dar con un café que seguía aún abierto. Unas
copas de ron, y de vuelta al hotel. La noche terminaba.
UN
BUEN CAFÉ DE PARÍS
Al otro día, a la hora
en que todas las panaderías compiten por el olor que sale de sus
locales y la gente, recién levantada, pasea al aire libre, me decidí
a emprender una excursión por los cafés más famosos
de París.
Primero me detuve en el 113
de la rue Notre Dame des Champs, precisamente en La Closerie des Lilas,
uno de los mejores cafés de la zona. Un lugar en donde se está
cómodo y desde el cual el escritor norteamericano Ernest Hemingway
escribía sus cuentos a principios de la década del 20.
Como
el día era claro y me entraron ganas de seguir caminando, atravesé
el brazo del Sena hasta Ile St Louis, con sus calles estrechas y sus viejas
casas altas y hermosas. Un paisaje mucho más tranquilo, menos gente
y animación.
Al mediodía, cuando el
hambre entró a arreciar, retrocedí hasta el Boulevard St
Germain y comí, en el Café de Flore, un pequeño sandwich
(es un café muy costoso). Lugar frecuentado, en la primera mitad
del siglo XX, por Albert Camus y décadas posteriores por el escritor
más cosmopolita y porteño que hemos tenido, Julio Cortázar.
De asientos muy cómodos
y un clima distendido, el Café de Flore cuenta con una clientela
propia local y con una variedad de turistas que desean conocer este tradicional
y famoso lugar. Además brinda para aquellos que requieran información
extra unos preciosos libritos donde cuenta quiénes han pasado por
sus mesas; un resumen adecuado de historia y color local.
Apenas salí del café,
lo que parecía un mediodía despejado se convirtió
en chaparrón. Caminé algunas cuadras, miré alguna
que otra vidriera y decidí volver algunos pasos para refugiarme
en algún cálido lugar.
DE
ARTISTAS E INTELECTUALES
Muy cerca del Café de
Flore se encuentra otro gran café, Les Deux Magots, conocido lugar
de encuentro de la corriente surrealista. André Breton, Antonin
Artaud, Paul Eluard pasaron por él. Y ahí estaba yo, la ropa
empapada, cansada por la caminata, entrando nuevamente a un café
en menos de cinco minutos. Pero en el lugar se estaba bien y de a poco
la ropa se me fue secando… o eso me pareció.
Decidí continuar mi viaje.
Allí estaba La Copule, antiguo centro de reunión de intelectuales
y artistas como Modigliani, Chagall, Cocteau, Boris Vian. Intenté
franquear la puerta pero mi cuerpo, esta vez, se negó a seguirme.
Estaba rendida. Otra vez será, así me lo prometí.
Desde la calle, mientras regresaba,
pude ver los árboles desnudos y detrás, la lejana fachada
de cada uno de los bares que recorrían el Boulevard de St Germain.
Otra vez será, volví a repetirme.
¿CUÁNDO
IR?
Primavera y verano son los
momentos del año más aconsejables. Los bares, con sus mesas
a la calle, se ponen muy alegres. Desde un pastis, una cerveza o un café,
cualquier bebida se toma con mayor placer sentado a la sombra de sus toldos
y a la vista de sus animadas calles. |