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De recorrida por bares y cafés parisinos

Para conocer las nuevas tendencias musicales, hacer amistad con gente de todas partes del mundo, y reconstruir la historia de surrealistas, existencialistas y de importantes escritores, como Julio Cortázar… Sólo debés entrar, degustar y disfrutar.


Explorar París, con sus calles estrechas, sus plazas, sus cafés, sus bares es indagar en la memoria. Postales, novelas, cuadros, la ambientación de numerosas películas… Es un lugar conocido aún cuando nunca se hayan pisado sus calles. Es y seguirá siendo la ciudad más recorrida. 
 

A ella llegué poco después de entrado el otoño. Cuando los días eran claros y ventosos, y en las múltiples tiendas de la rue Mouffetard había estufas para calentar el ambiente. El encanto de las luces, voces y música de una ciudad tan animada era innegable. 

Tenía sólo un poco más de una semana para recorrer París, así que la recorrí con desprolijidad y apresuramiento. Aun así me bastó, no sólo para recorrer los bares que proliferan de noche sino también aquellos que son y han sido conocidos por su clientela desde hace tiempo. 


 

CAFÉ CONCERT 
Uno de esos días, resolví dormir una siesta y salir. Tenía pensado recorrer Montmartre y la Plaza du Tertre antes de que cayera la noche. Así lo hice. Viajé en el metro 12 y me bajé en la estación de Pigalle. 

Con un relieve sumamente montañoso, Montmartre se identifica por sus escaleras de piedra que bordean cada una de las calles. Con subidas y bajadas abruptas, éste es un barrio famoso por su historia. Por allí pasaron Van Gogh, Toulouse Lautrec, Picasso, Dalí, Modigliani; actualmente los museos locales poseen una muestra continua de sus obras. Montmartre conserva además muchas de las casas que han sido utilizadas como talleres de arte y varias fachadas que han servido de inspiración. 

El Moulin Rouge así como también otros burdeles se dan ubicación en sus calles, ahora exclusivamente con aires pintorescos. 

De eterno espíritu festivo, este barrio consigue con la Plaza du Tertre el lugar indicado para que los más variados turistas paseen y sean retratados. Arte y animación parecen las claves de su éxito. 

Deambulé entonces por este solícito paseo lleno de puestos, óleos y retratistas hasta entrado el crepúsculo para luego sentarme a descansar en un café. Lo necesitaba; el relieve de Montmartre requiere un cuerpo preparado para el ejercicio físico, y el mío... bueno, tiene sus límites. 

ENTRADA LA NOCHE
A la noche siguiente decidí permanecer en el hotel hasta entrada la noche y salir luego a recorrer. Así fue como llegué a conocer la Butte aux Cailles. Un espacio alejado del itinerario turístico habitual, frecuentado por la juventud local. 

Repleto de bares iluminados, la Butte aux Cailles es un espacio relajado de veredas angostas, que recibe el mayor número de gente a últimas horas de la noche. Allí pude escuchar, desde afuera, los sonidos que me llegaban de dos locales. En uno de ellos un grupo de música disco en medio de una pista repleta de gente; en otro, un trío pseudo pop en un ambiente cálido con pocas mesas. 

En París los bares son los lugares más indicados para hacerse de amigos; es mayor el movimiento y son más frecuentes las reuniones en las calles que en las casas particulares. 

Seguí recorriendo, decidida a dejarme llevar por el espíritu de la ciudad. Llegué entonces a un bar irlandés de la rue des Bordonnais llamado Oscar Wilde. Son varios los bares irlandeses que residen en tierra parisina ya que París fue originada por la tribu de los Parisii, pertenecientes a un pueblo de pescadores celtas, quienes en el siglo III a.C. se instalaron en la isla mayor del Sena. 

Entusiasmada con el lugar y con la rara costumbre de un happy hour que se extiende desde las 4 de la tarde hasta las 12 de la noche, llamé a unos amigos que había conocido por esos días. Mientras esperaba, me dediqué a probar su deliciosa cerveza. 

Oscar Wilde es un bar muy animado en donde la gente se reúne a escuchar música, no muy estridente, y tomar especialmente cerveza. Las hay para todos los paladares, desde cerveza negra, roja, rubia, hasta mezclas preparadas especialmente. Ese día estaba lleno, aún siendo un día de semana, ya que gran parte de su clientela la conforman los turistas. 

Apenas llegaron mis amigos nos fuimos por la Place du Pantheón, siguiendo por el Boulevard St-Michel hasta dar con un café que seguía aún abierto. Unas copas de ron, y de vuelta al hotel. La noche terminaba. 

UN BUEN CAFÉ DE PARÍS
Al otro día, a la hora en que todas las panaderías compiten por el olor que sale de sus locales y la gente, recién levantada, pasea al aire libre, me decidí a emprender una excursión por los cafés más famosos de París. 

Primero me detuve en el 113 de la rue Notre Dame des Champs, precisamente en La Closerie des Lilas, uno de los mejores cafés de la zona. Un lugar en donde se está cómodo y desde el cual el escritor norteamericano Ernest Hemingway escribía sus cuentos a principios de la década del 20. 

Como el día era claro y me entraron ganas de seguir caminando, atravesé el brazo del Sena hasta Ile St Louis, con sus calles estrechas y sus viejas casas altas y hermosas. Un paisaje mucho más tranquilo, menos gente y animación. 

Al mediodía, cuando el hambre entró a arreciar, retrocedí hasta el Boulevard St Germain y comí, en el Café de Flore, un pequeño sandwich (es un café muy costoso). Lugar frecuentado, en la primera mitad del siglo XX, por Albert Camus y décadas posteriores por el escritor más cosmopolita y porteño que hemos tenido, Julio Cortázar. 

De asientos muy cómodos y un clima distendido, el Café de Flore cuenta con una clientela propia local y con una variedad de turistas que desean conocer este tradicional y famoso lugar. Además brinda para aquellos que requieran información extra unos preciosos libritos donde cuenta quiénes han pasado por sus mesas; un resumen adecuado de historia y color local. 

Apenas salí del café, lo que parecía un mediodía despejado se convirtió en chaparrón. Caminé algunas cuadras, miré alguna que otra vidriera y decidí volver algunos pasos para refugiarme en algún cálido lugar. 

DE ARTISTAS E INTELECTUALES
Muy cerca del Café de Flore se encuentra otro gran café, Les Deux Magots, conocido lugar de encuentro de la corriente surrealista. André Breton, Antonin Artaud, Paul Eluard pasaron por él. Y ahí estaba yo, la ropa empapada, cansada por la caminata, entrando nuevamente a un café en menos de cinco minutos. Pero en el lugar se estaba bien y de a poco la ropa se me fue secando… o eso me pareció. 

Decidí continuar mi viaje. Allí estaba La Copule, antiguo centro de reunión de intelectuales y artistas como Modigliani, Chagall, Cocteau, Boris Vian. Intenté franquear la puerta pero mi cuerpo, esta vez, se negó a seguirme. Estaba rendida. Otra vez será, así me lo prometí. 

Desde la calle, mientras regresaba, pude ver los árboles desnudos y detrás, la lejana fachada de cada uno de los bares que recorrían el Boulevard de St Germain. Otra vez será, volví a repetirme. 
 

INFO:

¿CUÁNDO IR? 
Primavera y verano son los momentos del año más aconsejables. Los bares, con sus mesas a la calle, se ponen muy alegres. Desde un pastis, una cerveza o un café, cualquier bebida se toma con mayor placer sentado a la sombra de sus toldos y a la vista de sus animadas calles. 

¿CÓMO LLEGAR? 
Para llegar a St Germain Des Pres desde la Ile de la Cite se puede ir caminando por el Boulevard St Michel y doblar en el Boulevard St Germain, ya que son pocas las cuadras que separan un punto de la ciudad de otro. Siguiendo el recorrido, para hacer otra escala, esta vez en Montparnasse y tomar algo en uno de sus numerosos bares como es el caso de La Closerie des Lilas o La Copule, se puede tomar el metro número 4 en la estación St Germain des Pres y bajar en Montparnasse. 

RECOMENDACIONES
Saborear el vino típico de cada bar. Y si se está en busca de cerveza, con sus variedades y mezclas, nada mejor que un bar ligado a la cultura celta.



 
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