| Dublin,
en tiempo y manera
Dublin
está lleno de puertas de colores vivos. Algo así como una
nostalgia de progreso, de revolución industrial se advierte en su
paisaje: las paredes de ladrillos sin revocar sugieren directamente manos
de hombres trabajando y una chimenea incluso en desuso no deja de ser chimenea
ni de erguirse alta, digna, acaso arrogante.
INTERIOR,
HABITACIÓN, SEMIDORMIDA
El aluminio de una lata de Guinness
vacía brilla junto a un paquete abierto de galletitas de chocolate
sobre mi mesita de luz. Por la ventana entra un viento suave que hace flotar
con gracia una cortina verde y deja ver, de a ratos, pedacitos rojos de
Irlanda: la edificación baja y de ladrillos a la vista del barrio
obrero donde paro; un poco más lejos se recortan chimeneas en desuso
de fábricas abandonadas. Levanto la lata y mirándola fijo,
sentencio:
-Esto es Dublin. Esto.
En casa convivimos una coreana que
se la pasa desafiando a quien sea al ping pong en un inglés impecable,
un francés que mira todo con aires de fino (pero no lo es), un holandés
que de correcto, aburre, y otra argentina que puertas afuera se hace pasar
por española para poder trabajar legalmente. Todos escapamos del
polaco que regentea el asunto. Él contabiliza todas las mañanas
tempranito la cantidad de pies en cada colchón. Por cada par, cobra
15 pounds irlandeses.
Hoy
me pasa a buscar Stephen en su fiorino blanca. A eso de las 10 me toca
bocina desde la calle como marca el reglamento universal del novio con
movilidad propia. Tiene un reparto de Guinness. Todas las mañanas
debe asegurarse que en ningún pub de su recorrido le falte el maná
marrón oscuro. Como buen irish boy se enorgullece de su apellido
O'Brien. La O con apóstrofe significa "hijo de", y la lucha de Stephen
más encarnizada es contra los "mac" escoceses y los "son" ingleses,
especialmente estos "son" que son tan son. Eso sí, mucha flema y
mucha isla verde pero en su estéreo no hay mañana que falte
música pop coreana. Tampoco hay que agotarse en lo propio.
-U2 es para los turistas-, me dijo
una tarde.
-A mí me gusta Bono.
-¡Ah! Tú también,
you too, U2-. Sentí que lo decepcioné.
Él
es capaz de empezar el reparto por el medio, arrancar para atrás,
después irse a la mitad de la mitad y arrancar de nuevo, y así.
Pero yo tengo uno preferido, y hoy que es un día para recordar porque
de hecho lo estoy recordando, decidimos seguirlo: el recorrido de descuarticemos
a la monarquía.
Los irlandeses, al igual que sus
enemigos ingleses, tienen la manía de nombrar a sus pubs por pedacitos
de reyes, reinas, infantas y duques; que las piernas de uno, los brazos
de otro, la cabeza de tal señor.
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Una manera de recordarles
a los de sangre azul que allá en Francia, del otro lado del charco,
una revolución bastó para desalojarlos de casa. Uno de los
más antiguos, The Duchess's arms (Los brazos de la duquesa) nos
recibe entre alfombras en las paredes, pisos y techos.
EXTERIOR
- CALLE, CONFUNDIDA
Salgo a la calle. Enfrente a casa
hay una pintada gigantesca del IRA: "One law, one land, one trhone", dice
rematando el dibujo de un fusil marrón oscuro sostenido por un puño
excesivamente grande. Las letras de la frase: negras, gruesas. "Una ley,
una tierra, un trono". |
Al
querer bajar la vereda tengo una sensación que va a repetirse muchas
veces y a la que no me voy a poder acostumbrar mientras esté en
Irlanda: sentir que estoy haciendo las cosas exactamente al revés.
Cuando miro hacia la derecha para prevenirme de los autos que vienen hacia
mí, encuentro que en realidad en esa dirección los coches
van y debo girar inmediatamente y retroceder. Lo intento de nuevo, digamos,
racionalmente, pero en lugar de mirar hacia la dirección adecuada,
todo lo que logro es adelantar la pierna derecha si antes había
adelantado la izquierda, y viceversa -nunca tan bien puesta esa palabra-.
Pero ésa es la realidad del tráfico en Irlanda, lo que guarda
una extraña simetría con el arco ideológico en un
país donde al catolicismo hay que ubicarlo en la extrema izquierda.
Quizá el de Irlanda sea uno
de los catolicismos más tristes de todas las latitudes. Está
hecho de piedad y silencio, pero de un silencio combativo y resistente.
Irlanda es independiente al sur y
forma parte de la corona británica en el norte. En 1916 Irlanda
declaró su independencia. Gran Bretaña aceptó el asunto
a regañadientes y puso sus condiciones: los seis estados del norte
de la isla, donde vivía la mayoría de los protestantes escoceses
e ingleses, serían independizados después de la Primera Guerra.
Pero una guerra llevó a la otra y nunca hubo un huequito en la apretada
agenda inglesa para tratar el tema. Y así están todavía:
esperando, "one law, one land, one trhone".
INTERIOR
- COLLEGE, CULTA
Cruzo la calle, una vez más
a contramano, pero llego a salvo a la puerta del Trinity College, un orgullo
pretty Irish. En las paredes cuelgan fotos de sus alumnos más preciados:
Joyce se codea con Beckett y Michel Collins. Y también están
las fotos de los que no hay fotos en el aula: los millones de emigrantes
que partieron a abrazarse con la estatua de la Libertad. Está John
Fitzgerald Kennedy y su hijo John John, Eugine O'Neil. Oscar Wilde con
las piernas tirando a obesas cruzadas una sobre otra con un sombrerote
con plumas en la cabeza todavía joven, sonriente. Y una foto de
un campo viejo y seco que sólo marca una fecha: 1845-1848. En esos
años el país se vació. Entre muertos y emigrados desaparecieron
de la verde
Irlanda más de dos millones de personas: la cosecha de papas fracasó
un año, y el siguiente y el siguiente y el siguiente. Y ellos, como
buenos creyentes, siguieron rezándole a San Patricio, que de esclavo
de la agricultura mutó a lo que es hoy, un sinónimo de cerveza
y tréboles en celebración. El 17 de marzo la ciudad enloquece.
Ese día todo está permitido: besitos y arrumacos entre desconocidos,
faltar al trabajo, pedir "pido" si uno no entiende el juego, robarle el
casco al policía, comer hostias sin bendecir. Pero hoy no. Hoy no
es 17 de marzo. Hoy es 16 de junio, el día más detalladamente
narrado en la literatura, el día en que transcurre Ulisses.
James
Joyce necesitó 757 páginas en arial 12 para contar 18 horas
en la vida de dos dublineses. Mientras el héroe del poema de Homero
debe atravesar el Mediterráneo para llegar a lo que en aquel momento
eran las puertas del mundo y así reencontrarse con su fiel Penélope,
en la novela de Joyce, Leopoldo debe atravesar Dublin para volver borracho
a la cama de Molly, su esposa que acaba de despedir a su amante.
INTERIOR
- PUB, PUNTUAL
A las siete menos diez me pongo la
chomba reglamentaria de Fitzsimons, el pub donde trabajo, me calzo las
zapatillas negras y mi jefe abre la puerta en O'Connel street. Los primeros
clientes son mis compañeros de habitación, el francés
y la coreana master en tenis de mesa. Se apoltronaron en la barra confiando
en que varias pintas de cervezas saldrían a mi cargo, bueno, no
exactamente.
Los
miércoles son los días de pago en Dublin. Eso significa bolsillos
llenos, panza vacía y mucha cerveza a tomar. Una pinta de Guinness
bien tirada exige respetar un ritmo: hay que hacerlo en etapas, por capricho
de esa espuma espesa y tibia que se la da de lenta. Hay que tirar un poquito
y dejarla descansar para que baje la espuma. Así 8 o 9 veces, con
mucha paciencia, despacio. De este lado del pub los tachos de basura se
van colmando; de aquel lado, un irlandés colorado en la cara, marrón
en la cabeza y azul en los ojos se va enojado porque no está borracho
y no le alcanzó la plata para lograrlo. Dos mujeres de unos cuarenta,
saltan de la mesa con los vasos en la mano cuando suena The Cure. Bailan
tambaleándose. Manchan la alfombra con cerveza negra. Cantan desparejo
que no les importa la tristeza de los lunes, ni la depresión de
los domingos porque los viernes están enamoradas. Dos viejos de
traje que seguro en la mañana no estaban arrugados hacen palmas,
y alientan muy borrachos a las damas: "Chickens, chickens, chickens", les
gritan. Ellas disfrutan del baile y de cuando en cuando se arremangan las
camperas que a pesar del humo y el calor del pub no intentaron ni sacarse.
INTERIOR
- PUB, ENAMORADA
Porque
soy extranjera y trabajé de lo lindo y parejito, me permiten el
honor de tocar la campana. El anuncio del último trago está
dado. Ahora restan todavía dos horas de música y baile porque
en un instante todos se lanzaron a la barra a pedir a cuatro manos más
y más Guinness.

Llegó la hora de la melancolía,
de volver a casa con el mono a cuestas. El DJ, el tío del dueño,
le hace caso a su público y pone una que sepamos todos. Esto se
pone serio. La gente pone cara de nada y canta, primero bajito y después
con más fuerza en un inglés con letras U muy marcadas, la
versión irlandesa de esa canción de Raúl Porcheto
que batía récord de ventas durante la Guerra de Malvinas:
"Hoy la Reina pasea en los jardines..." la, la, la, la.
Stephen, mi chico del reparto, me
toma de la cintura y me rodea hasta ponerse frente a mi cara. Me besa y
dibuja mi cara con sus manos.
Yo tengo las mías cargadas
con jarras de cerveza y entonces él las agarra y me deja tomarlo
de la cintura y besarlo. Y dibujarle su cara con mis manos.
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