| En casa convivimos una coreana
que se la pasa desafiando a quien sea al ping pong en un inglés
impecable, un francés que mira todo con aires de fino (pero no lo
es), un holandés que de correcto, aburre, y otra argentina que puertas
afuera se hace pasar por española para poder trabajar legalmente.
Todos escapamos del polaco que regentea el asunto. Él contabiliza
todas las mañanas tempranito la cantidad de pies en cada colchón.
Por cada par, cobra 15 pounds irlandeses.
Hoy
me pasa a buscar Stephen en su fiorino blanca. A eso de las 10 me toca
bocina desde la calle como marca el reglamento universal del novio con
movilidad propia. Tiene un reparto de Guinness. Todas las mañanas
debe asegurarse que en ningún pub de su recorrido le falte el maná
marrón oscuro. Como buen irish boy se enorgullece de su apellido
O'Brien. La O con apóstrofe significa "hijo de", y la lucha de Stephen
más encarnizada es contra los "mac" escoceses y los "son" ingleses,
especialmente estos "son" que son tan son. Eso sí, mucha flema y
mucha isla verde pero en su estéreo no hay mañana que falte
música pop coreana. Tampoco hay que agotarse en lo propio.
-U2 es para los turistas-,
me dijo una tarde.
-A mí me gusta Bono.
-¡Ah! Tú también,
you too, U2-. Sentí que lo decepcioné.
Él es capaz de empezar
el reparto por el medio, arrancar para atrás, después irse
a la mitad de la mitad y arrancar de nuevo, y así. Pero yo tengo
uno preferido, y hoy que es un día para recordar porque de hecho
lo estoy recordando, decidimos seguirlo: el recorrido de descuarticemos
a la monarquía.
Los irlandeses, al igual que
sus enemigos ingleses, tienen la manía de nombrar a sus pubs por
pedacitos de reyes, reinas, infantas y duques; que las piernas de uno,
los brazos de otro, la cabeza de tal señor.
Una manera de recordarles a
los de sangre azul que allá en Francia, del otro lado del charco,
una revolución bastó para desalojarlos de casa. Uno de los
más antiguos, The Duchess's arms (Los brazos de la duquesa) nos
recibe entre alfombras en las paredes, pisos y techos.
EXTERIOR
- CALLE, CONFUNDIDA
Salgo a la calle. Enfrente
a casa hay una pintada gigantesca del IRA: "One law, one land, one trhone",
dice rematando el dibujo de un fusil marrón oscuro sostenido por
un puño excesivamente grande. Las letras de la frase: negras, gruesas.
"Una ley, una tierra, un trono".
Al querer bajar la vereda tengo
una sensación que va a repetirse muchas veces y a la que no me voy
a poder acostumbrar mientras esté en Irlanda: sentir que estoy haciendo
las cosas exactamente al revés. Cuando miro hacia la derecha para
prevenirme de los autos que vienen hacia mí, encuentro que en realidad
en esa dirección los coches van y debo girar inmediatamente y retroceder.
Lo intento de nuevo, digamos, racionalmente, pero en lugar de mirar hacia
la dirección adecuada, todo lo que logro es adelantar la pierna
derecha si antes había adelantado la izquierda, y viceversa -nunca
tan bien puesta esa palabra-. Pero ésa es la realidad del tráfico
en Irlanda, lo que guarda una extraña simetría con el arco
ideológico en un país donde al catolicismo hay que ubicarlo
en la extrema izquierda.
Quizá el de Irlanda sea
uno de los catolicismos más tristes de todas las latitudes. Está
hecho de piedad y silencio, pero de un silencio combativo y resistente.
Irlanda es independiente al
sur y forma parte de la corona británica en el norte. En 1916 Irlanda
declaró su independencia. Gran Bretaña aceptó el asunto
a regañadientes y puso sus condiciones: los seis estados del norte
de la isla, donde vivía la mayoría de los protestantes escoceses
e ingleses, serían independizados después de la Primera Guerra.
Pero una guerra llevó a la otra y nunca hubo un huequito en la apretada
agenda inglesa para tratar el tema. Y así están todavía:
esperando, "one law, one land, one trhone".
INTERIOR
- COLLEGE, CULTA
Cruzo la calle, una vez más
a contramano, pero llego a salvo a la puerta del Trinity College, un orgullo
pretty Irish. En las paredes cuelgan fotos de sus alumnos más preciados:
Joyce se codea con Beckett y Michel Collins. Y también están
las fotos de los que no hay fotos en el aula: los millones de emigrantes
que partieron a abrazarse con la estatua de la Libertad. Está John
Fitzgerald Kennedy y su hijo John John, Eugine O'Neil. Oscar Wilde con
las piernas tirando a obesas cruzadas una sobre otra con un sombrerote
con plumas en la cabeza todavía joven, sonriente. Y una foto de
un campo viejo y seco que sólo marca una fecha: 1845-1848. En esos
años el país se vació. Entre muertos y emigrados desaparecieron
de la verde Irlanda más de dos millones de personas: la cosecha
de papas fracasó un año, y el siguiente y el siguiente y
el siguiente. Y ellos, como buenos creyentes, siguieron rezándole
a San Patricio, que de esclavo de la agricultura mutó a lo que es
hoy, un sinónimo de cerveza y tréboles en celebración.
El 17 de marzo la ciudad enloquece. Ese día todo está permitido:
besitos y arrumacos entre desconocidos, faltar al trabajo, pedir "pido"
si uno no entiende el juego, robarle el casco al policía, comer
hostias sin bendecir. Pero hoy no. Hoy no es 17 de marzo. Hoy es 16 de
junio, el día más detalladamente narrado en la literatura,
el día en que transcurre Ulisses.
James Joyce necesitó
757 páginas en arial 12 para contar 18 horas en la vida de dos dublineses.
Mientras el héroe del poema de Homero debe atravesar el Mediterráneo
para llegar a lo que en aquel momento eran las puertas del mundo y así
reencontrarse con su fiel Penélope, en la novela de Joyce, Leopoldo
debe atravesar Dublin para volver borracho a la cama de Molly, su esposa
que acaba de despedir a su amante.
INTERIOR
- PUB, PUNTUAL
A las siete menos diez me pongo
la chomba reglamentaria de Fitzsimons, el pub donde trabajo, me calzo las
zapatillas negras y mi jefe abre la puerta en O'Connel street. Los primeros
clientes son mis compañeros de habitación, el francés
y la coreana master en tenis de mesa. Se apoltronaron en la barra confiando
en que varias pintas de cervezas saldrían a mi cargo, bueno, no
exactamente.
Los miércoles son los
días de pago en Dublin. Eso significa bolsillos llenos, panza vacía
y mucha cerveza a tomar. Una pinta de Guinness bien tirada exige respetar
un ritmo: hay que hacerlo en etapas, por capricho de esa espuma espesa
y tibia que se la da de lenta. Hay que tirar un poquito y dejarla descansar
para que baje la espuma. Así 8 o 9 veces, con mucha paciencia, despacio.
De este lado del pub los tachos de basura se van colmando; de aquel lado,
un irlandés colorado en la cara, marrón en la cabeza y azul
en los ojos se va enojado porque no está borracho y no le alcanzó
la plata para lograrlo. Dos mujeres de unos cuarenta, saltan de la mesa
con los vasos en la mano cuando suena The Cure. Bailan tambaleándose.
Manchan la alfombra con cerveza negra. Cantan desparejo que no les importa
la tristeza de los lunes, ni la depresión de los domingos porque
los viernes están enamoradas. Dos viejos de traje que seguro en
la mañana no estaban arrugados hacen palmas, y alientan muy borrachos
a las damas: "Chickens, chickens, chickens", les gritan. Ellas disfrutan
del baile y de cuando en cuando se arremangan las camperas que a pesar
del humo y el calor del pub no intentaron ni sacarse.
INTERIOR
- PUB, ENAMORADA
Porque soy extranjera y trabajé
de lo lindo y parejito, me permiten el honor de tocar la campana. El anuncio
del último trago está dado. Ahora restan todavía dos
horas de música y baile porque en un instante todos se lanzaron
a la barra a pedir a cuatro manos más y más Guinness.
Llegó la hora de la melancolía,
de volver a casa con el mono a cuestas.
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