| Creta:
cuna de Zeus y del minotauro
Desde
el moderno Palacio de Knossos hasta las doradas playas del sur, la isla
al sur del Egeo te sorprende a cada paso.
LLEGADA
A HIRAKLIÓN
Al llegar a la isla de Creta, nada
hace suponer que estás entrando en un lugar tan distinto al que
te recibe en el puerto de Hiraklión, con sus casas altas con balcones
mirando al mar, la fortaleza antigua que resguarda la entrada del puerto,
sus calles anchas y empedradas, y sus plazas donde una juventud bullanguera
come kebabs de carne asada.
|
|
La capital de la quinta
isla más grande de esta parte del Mediterráneo está
llena de negocios que venden infinidad de artículos de cuero de
vaca y gamuza, mochilas muy bien diseñadas, guantes y botas con
piel
de oveja y sombreros tipo cowboy. Y no te asombres si a la vuelta de cada
esquina encontrás obras edilicias detenidas porque en la excavación
encontraron ánforas gigantes del 2000 a.C., con guardas imitando
las sogas con que las transportaban. Al llegar la noche, la ciudad se ilumina
y sus pubs y cafés se llenan de luz, música, risas y humo
de tabaco de pipa, a la que los griegos son muy afectos. |
Aunque todo queda cerca en esta isla
de 260 km de largo por unos 50 de ancho, conviene alquilar un auto para
recorrerla como merece, y sorprenderse con sus paisajes de sucesivas cadenas
montañosas superpuestas que pintan los campos de todos colores,
festoneadas con el verde oscuro de los cipreses. Como dijo el escritor
viajero Lawrence Durrell: "Creta es uno de esos sitios que te marcan. Su
maravilloso paisaje clásico es tan mágico que sirve de empapelado
de fondo aún para
tus sueños".
Cada metro cuadrado de esta isla
de tierra fértil se usa para cultivar hortalizas, árboles
frutales o cereales. El paisaje de Chanea y Sitia parece pintado por el
amarillo de los trigales, el verde seco de los olivares o el verde claro
de los viñedos que están brotando. El panorama cambia abruptamente
al oeste, región cruzada por la cadena montañosa llamada
Leuka Ori (Montañas Blancas) que superan los 2.200 metros y suelen
estar coronadas de nieve hasta en verano.
EL PALACIO
DE KNOSSOS
La atracción más importante
queda a sólo 5 km de Hiraklión. Es la imperdible zona arqueológica
de Knossos, un paisaje dominado por verdes olivares y cipreses, sobre la
colina de Kefala. Desde allí se obtiene una espectacular vista panorámica
del valle del río Kairatos.
No se sabe mucho acerca de esta civilización
minoica que tanto estudió el arqueólogo británico
Sir Arthur Evans, responsable de su descubrimiento. Se sabe que data del
3000 a.C., que fue la capital de la civilización minoica que regía
las islas Cícladas y que fue destruida por la erupción del
volcán que formó la isla de Santorini en el 1450 a.C.
La leyenda mitológica cuenta
que el rey de Creta era Minos, hijo de Zeus y la princesa Europa, quien
fue castigado por Poseidón por no querer sacrificar un toro, logrando
que su esposa Pasifae se enamorara de la bestia y engendrara con ella un
monstruo mitad hombre, mitad toro, llamado Minotauro, que vivía
en un
laberinto y recibía como tributo a jóvenes atenienses como
sacrificio.
Se supone que fue la intrincada arquitectura
del palacio de Knossos la que estimuló la leyenda del laberinto.
Lo increíble de este lugar es que tanto el palacio como las viviendas
que lo rodean están hechos con conceptos arquitectónicos
tan modernos como no se concibieron en los siglos posteriores. Los baños
tienen bañeras, ducha, cloacas, un sistema de agua corriente, lavaderos,
piletas de natación bajo techo, escaleras que llevan a terrazas
y miradores interconectados (con vistas espléndidas del valle) y
muros pintados con gracia única, donde se observa gente bailando,
practicando deportes, tocando música y disfrutando de la vida como
seguramente lo hizo este pueblo feliz.
Evans
fue muy criticado por pintar las obras con los colores que creía
que eran los originales. Pero no tenía opción: o dejaba las
piedras tiradas como las encontró, o trataba de reconstruir todo
respetando el estilo original. El resultado es asombroso: todo parece flamante.
En el Museo Arqueológico de Hiraklión -uno de los más
impactantes de Europa- se exhiben imágenes halladas en las excavaciones
que te muestran que la moda cretense del 2000 a.C. fue mucho más
avanzada que la de las simples túnicas drapeadas que usaron los
atenienses mil quinientos años después. Las damas usaban
crinolinas, corsets y miriñaques como las francesas del siglo XVIII,
con el detalle de que lucían sus pechos al aire ,
o sea que más sexy. Y en verano, se lanzaban a las piscinas con
bikinis idénticas a las actuales.
Un camino de piedra rectilíneo
cruza el predio de 21.000 metros cuadrados de lado a lado, y se interrumpe
súbitamente penetrando debajo un paredón de tierra compactada,
que es hasta donde llegaron las excavaciones. Para seguirlas, habría
que seguir excavando por debajo de la ruta a Arjanes que corre por encima,
donde autos, camiones y colectivos circulan, sin saberlo, sobre tesoros
aún no descubiertos.
POR LAS
PLAYAS DEL SUR
El camino al sur de la isla atraviesa
colinas donde se ven rebaños de cabras con cuya leche se prepara
el delicioso queso feta, ingrediente irremplazable en las frescas ensaladas
griegas.
Al sur hay algunas playas muy hermosas,
llenas de palmeras datileras cuyas semillas llegaron fortuitamente a esta
arena dorada, traídas por las olas del mar desde Africa. Ahora le
dan al paisaje un aspecto muy particular y muy norafricano.
Tal como menciona Homero en su Odisea,
esta isla fue habitada por más pueblos distintos que ninguna otra
parte de Grecia: aqueos, sidonios y fenicios pasaron por aquí y
se afincaron, enamorados del paisaje. Luego de sucesivas invasiones, los
romanos la colonizaron al principio de la era cristiana. En el año
1200, la isla fue vendida a los venecianos que dejaron bellas mansiones
frente al mar, que contrastan con las blancas iglesias ortodoxas de paredes
macizas para e vitar
derrumbes durante los frecuentes terremotos que asolan esta zona de intensa
actividad telúrica.
En la llanura de Messara encontrás
las ruinas de Faestos, en un sitio con un paisaje de colinas y arboledas.
Aquí no hubo reconstrucciones como en Knossos, pero se nota a las
claras que la región fue habitada por una civilización exquisita,
más orientada a la armonía y la alegría de vivir que
a la gloria de las conquistas.
En el golfo de Soudha hay un importante
puerto pesquero. Hasta llegar ahí pasás por pueblos con cantinas
sobre la costanera, con mesitas bajo toldos de paja junto a la rompiente,
donde un sinfín de restaurantes compiten entre sí para servirte
el más delicioso psari, o pescado fresco a las brasas. Se recomienda
especialmente probar la barbunia, pescado de carne tierna y sabrosa con
muy pocas espinas. La ensalada se adereza con el mejor aceite de oliva
del mundo, verde, denso y con un fuerte aroma a aceitunas. Gracias a este
aceite que destapa las arterias, en Creta los ancianos cumplen mucho más
de cien años y no se registran casos de infartos, arterioesclerosis
o enfermedades cardíacas. En todas las veredas de los pueblos, a
la sombra de las higueras, ves ancianitas nonagenarias hilando la lana
de cabra en husos manuales... ¡Y ninguna de ellas usa anteojos!

Si lo que te gusta es trepar montañas,
Creta es tu lugar ideal, porque las cimas te regalan espectaculares paisajes
donde la vista llega hasta el mar d e
intenso color azul.
LOS MOLINOS
DE LASITHI Y LA CUEVA DE ZEUS
En el corazón de la isla,
y detrás de una zigzagueante ruta que trepa las montañas,
te llevás una sorpresa mayúscula: cuando creías que
llegarías a una cima escarpada, te encontrás con una enorme
llanura verde. Es la altiplanicie de Lasithi, que también está
llena de cultivos variados, ves gente labrando la tierra con antiquísimos
arados tirados por bueyes, de esos que en otras partes de Europa sólo
se ven en los museos medievales. Miles y miles de molinos de viento despliegan
sus velas de blanco algodón como si fueran las de un velero, proporcionando
a los pobladores agua para el riego que de otro modo sería imposible
de obtener en estas alturas. Aquí encontrás pueblos blancos
de labriegos, pequeños y sencillos, como el pueblito que curiosamente
se llama Psicólogos, aunque nadie necesite terapia en este lugar
donde todo es calma y placidez.
Otra sorpresa es que muy cerca de
aquí se encuentra el Dikteon, una gruta gigantesca de estalagtitas
y estalagmitas que penetra en la tierra hasta profundidades insondables.
Se desciende por una escalerilla de metal llevando en la mano una vela
que te venden los chicos del pueblo para que ilumine frágilmente
tu camino en la oscuridad. En las entrañas de esta cueva nació
Zeus, el dios de los dioses. Nadie lo va a discutir: no existe lugar más
impresionante. Es muy difícil saber dónde termina esta cueva,
porque parece no tener fin.
Cada atardecer salen de ella cientos de nicterides, murciélagos
pequeños que se encargan de mantener la zona libre de mosquitos.
Bajando a la costa norte, vas a ver
que es muy accidentada y rocosa, llena de acantilados y pueblitos que miran
al mar, balconeando sobre el horizonte azul. Aunque esta zona no es muy
apta para nadar, los habitantes se las ingeniaron para llenarla de puertitos
donde se aglomeran barcos pesqueros.
INFO:
¿CÓMO LLEGAR?
Hay vuelos directos Buenos Aires-Roma,
con conexión inmediata a Atenas. Se ofrecen vuelos diarios entre
Hiraklión y Atenas, o se puede optar por el ferry, que parte del
puerto de El Pireo, hace escalas en otras islas y tarda unas doce horas.
¿CUÁNDO IR?
La mejor época para visitar
las islas es entre mayo y septiembre. Los ferries circulan en ese período
pero es aconsejable chequear frecuencias y horarios al llegar.
IMPERDIBLES:
Al sudeste de la isla encontrás
la zona montañosa de Sphakia, que parece detenida en el tiempo.
Sus habitantes usan la misma barba puntiaguda que usaban los héroes
homéricos, y podés visitar alfarerías donde siguen
haciendo a mano los mismos pithoi, ánforas de terracota de más
de un metro de alto, en las que los cretenses desde hace cuatro mil años
conservan su producción de aceite de oliva: una artesanía
idéntica a la de los minoicos.
|