| En Buenos Aires, las diferencias
están dadas sólo por los husos horarios: la inflación
se come al austral. Nada nuevo, y los rusos con la esperanza del capitalismo
que está llegando, torpe. Está nevando sobre la Plaza Roja.
INVASIÓN
CAPILAR
Una mano sin guantes llena
de relojes me ofrece lo que tiene en venta. Yo me quedo con uno de Stalin.
La esfera cubre toda mi muñeca. En la malla gris, hay una foto de
Yuri Gagarín. "Gagárin" acentúa en grave el vendedor,
enojado por mi elección. Sé que dentro de dos horas lo habría
comprado por menos de la mitad, pero esa práctica la dejo para casa.
Es que el capitalismo está
entrando, de a cachitos.
Por ejemplo: el caso de la Fanta Naranja. El lema "Calidad, Servicio y
Limpieza" escapa de mi cabeza para rebotar contra el afiche de dimensiones
inconmensurables que cubre una de las paredes laterales del Kremlin. Se
lee en inglés y en ruso "Trabajadores de la industria del calzado
uníos".
Un trabajador de dimensiones
épicas levanta el puño en alto dibujado en terracota. Abajo
de su torso, una cola de media cuadra, ordenada, espera su turno frente
a la máquina expendedora de Fanta, escrita la "F" con una elipsis
cortada exactamente al medio.
Hago la cola y cuando llega
mi turno frente a la máquina de gaseosas, pongo mi kopek en la ranura,
tomo el vaso de vidrio, lo lleno del burbujeante líquido naranja
aguado y vuelvo a dejar el vaso para el camarada siguiente.
LOS
PADRES DE LA REVOLUCIÓN
Tres pasos a la izquierda y
estoy en otra cola. Más larga. ¿Es la de Lenin? Por la seriedad
en las caras de los soldados que me quitan la cámara de fotos, no
caben dudas. Nieva. Me pongo atrás de un tapado del Ejército Rojo
hasta entrar al mausoleo. El silencio es reverencial y lo compren do.
Lenin está acostado entre sábanas de terciopelo rojo. Es
chiquitito, asusta. Del traje gris sólo se ve el saco, la camisa
blanca y la corbata negra. Los brazos asoman de las sábanas. No
podemos detenernos. Cuatro guardias velan cada esquina del cubo de vidrio.
La mano izquierda descansa extendida a centímetros de la cintura
bajo la manta. La derecha es un puño cerrado con fuerza, por la
parálisis. Murió en 1922. Está embalsamado.
A un costado del Kremlin, frente
al Volga, descansan los padres de la Revolución. El cenotafio de
Stalin, que ha perdido su lugar de embalsamado visitable hace años,
es el que tiene más flores. Está entrando la nostalgia.
DESAFÍO
AL TIEMPO
Es cierto que el socialismo
todavía resiste, de a pedazos. Por ejemplo: el caso del Estado.
Moscú está construida en escala socialista. El objetivo es
sentirse insignificante frente a esos edificios que ocupan manzanas enteras
a puro cemento. Cada uno de ellos es un sistema: está el Ministerio
de Asuntos Exteriores, la sede del partido, la redacción del diario
Pravda, la KGB, el correo. Todo es muy específico y
a la vez supergeneral.
¿Cuál de esas
ventanas del edificio de la KGB, sería la de Beria, el temible jefe
de los espías rusos? ¿Bajo la luz de cuál lámpara
de todas esas oficinas de los cuarteles centrales del Ejército Rojo,
habrá escrito Trotsky la historia de la Revolución Rusa antes
de ser obligado al exilio?
Estoy en la puerta del edificio
del GOSPLAN, el Comité Central para el Planeamiento. Da gusto imaginar
que coincidieran el número de ventanas del GOSPLAN con la cantidad
exacta de los soviets económicos de toda la Unión Soviética.
Y el Soviet Supremo cuenta con todo un edificio para sí. Todas estas
moles grises tienen una sola puerta. En la arquitectura soviética
no hay contradicciones.
Hace tres horas estuvo Gorvachov
en la tele: continuará la Ley Seca, dijo serio desde una pared de
televisores en la vidriera de un negocio en los almacenes estatales GUM.
Nieva.
En el cuarto piso de un edificio
de cuatro pisos, enfrente a nuestro hotel, hay una fiesta. Vodka no falta.
Lo destilaron la ex campeona nacional de gimnasia artística y su
esposo matemático del tercer o
B. Los del 1F trajeron música: George Michael en cassettes, los
del 4A son armenios y ya están cantando. La dueña de casa
es la abuela de Vladimir. Está sentada al lado de la mesa, de la
cama, de la ventana y del equipo de música.
AL
AMPARO DEL MUNDO SUBTERRÁNEO
Abajo de la luna de titanio
está la entrada de la estación del subte de Moscú.
El Metro de la ciudad es un orgullo soviético de lujos zaristas.
Llegar al andén implica sumergirse en las profundidades de la tierra
a velocidad crucero. Las escaleras mecánicas vuelan para abajo y
para arriba. Hay que guardar la derecha, me señala una mujer de
pómulos altos. Obedezco.
La primera línea de metro,
la roja exactamente, fue inaugurada en 1935 por el supremo Comisario del
Pueblo, José Stalin. Y fue pensada como refugio antibélico,
por eso la profundidad. Religiosamente cada un minuto se va un tren y llega
otro.
Los carteles de las estaciones
están escritos en caracteres cirílicos. Los altoparlantes
anuncian las estaciones y uno va aprendiendo que la "P" suena como una
"R", y la "H" como una "N" y la "C" como una "S". Ca da
una señala el nombre de un héroe de la Revolución
de Octubre.
En una de las estaciones está
la foto de Lenin, de perfil, sobre una tarima con el brazo en alto arengando
a los bolcheviques en la Plaza Roja. A su izquierda, dos pasos más
abajo, estaba Trotsky. No está más, lo borraron de la foto
en los años 40. Las arañas se repiten en los techos abovedados
del subte. En otra foto, en los años 50, hicieron desaparecer a
Stalin.
Ahora también están
desapareciendo los nombres soviéticos de las estaciones. Vuelve
todo lo ruso: sus escritores, los zares y sus mujeres. Subo las escaleras
mecánicas, perdida. Afuera es 1999.
EL
RELOJ DE LOS ASTROS
Es
invierno. Nieva. En la esquina del museo espacial, ahora ruso, venden latitas
de Coca Cola frías e individuales. Las tiendas estatales GUM ahora
son un shopping calentito. El frío en la calle es más frío.
El Hotel Cosmos con sus cientos
de habitaciones se mantiene idéntico. El edificio de departamentos
de cuatro pisos donde se destilaba vodka casero, ahora está vacío
esperando ser alquilado por su buena ubicación en la ciudad.
En 1957 la Unión de las
Repúblicas Socialistas Soviéticas envió el primer
satélite artificial al espacio. Un obelisco con un cohete en la
punta que va dejando una cola de fuego de 99 metros hecha en titanio. Adentro
del museo espacial toda una sala recuerda a Laika, la perra que viajó
con ropa de astronauta y vio los contornos de los países desde el
espacio. Nieva. Siento que perdimos la guerra de la luna.
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¿CUÁNDO
IR?
El verano moscovita es agresivo:
40 grados de calor. El invierno es cruel: 25 grados bajo cero. Moscú
es una ciudad de media estación.
¿CÓMO LLEGAR?
En avión desde Buenos
Aires (Air France $899 + imp.; Swissair $933 + imp.; British Airways $972
+ imp.; Lufthansa $1109 + imp.) o desde cualquier ciudad europea.
RECOMENDACIONES
En otoño asistir al
Festival de Cine. El festival de Invierno Ruso también es un espectáculo
que merece conocerse, se realizan bailes típicos, juegos y hay mucho
vodka para divertirse. Se celebra entre el 25 de diciembre y el 5 de enero. |
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