| Moscú,
la guerra de la luna
Un
color recorre Moscú, es el rojo de las banderas soviéticas
que flameaban, altas, en los mástiles hace poco más de 10
años. Hoy quedan los edificios inmensos, las fábricas, la
pileta olímpica para diez mil nadadores, el Museo de la Revolución.
Antes un meridiano dividía al mundo, ahora la división de
los espacios la marca el tiempo.
Tengo
los ojos rojos. Son las banderas que flamean coloradas, enormes en el cielo
gris. Los martillos aparecen y desaparecen entre pliegues de telas enormes,
la hoz se esconde amarilla hasta mezclarse con el sol apenas tímido
del invierno moscovita.
Es
1989 en el cielo. A 20 metros de altura, la Unión Soviética
se niega a desaparecer. Abajo, en tierra, el Imperio Soviético se
derrumba. No hay papas. El rublo cae y cae a cada hora. En Buenos Aires,
las diferencias están dadas sólo por los husos horarios:
la inflación se come al austral. Nada nuevo, y los rusos con la
esperanza del capitalismo que está llegando, torpe. Está
nevando sobre la Plaza Roja.
INVASIÓN
CAPILAR
Una
mano sin guantes llena de relojes me ofrece lo que tiene en venta. Yo me
quedo con uno de Stalin. La esfera cubre toda mi muñeca. En la malla
gris, hay una foto de Yuri Gagarín. "Gagárin" acentúa
en grave el vendedor, enojado por mi elección. Sé que dentro
de dos horas lo habría comprado por menos de la mitad, pero esa
práctica la dejo para casa.
Es
que el capitalismo está entrando, de a cachitos.
Por ejemplo: el caso de la Fanta Naranja. El lema "Calidad, Servicio y
Limpieza" escapa de mi cabeza para rebotar contra el afiche de dimensiones
inconmensurables que cubre una de las paredes laterales del Kremlin. Se
lee en inglés y en ruso "Trabajadores de la industria del calzado
uníos".
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Un
trabajador de dimensiones épicas levanta el puño en alto
dibujado en terracota. Abajo de su torso, una cola de media cuadra, ordenada,
espera su turno frente a la máquina expendedora de Fanta, escrita
la "F" con una elipsis cortada exactamente al medio.
Hago
la cola y cuando llega mi turno frente a la máquina de gaseosas,
pongo mi kopek en la ranura, tomo el vaso de vidrio, lo lleno del burbujeante
líquido naranja aguado y vuelvo a dejar el vaso para el camarada
siguiente. |
LOS
PADRES DE LA REVOLUCIÓN
Tres
pasos a la izquierda y estoy en otra cola. Más larga. ¿Es
la de Lenin? Por la seriedad en las caras de los soldados que me quitan
la cámara de fotos, no caben dudas. Nieva. Me pongo atrás
de un tapado del Ejército Rojo hasta entrar al mausoleo. El silencio
es reverencial y lo compren do.
Lenin está acostado entre sábanas de terciopelo rojo. Es
chiquitito, asusta. Del traje gris sólo se ve el saco, la camisa
blanca y la corbata negra. Los brazos asoman de las sábanas. No
podemos detenernos. Cuatro guardias velan cada esquina del cubo de vidrio.
La mano izquierda descansa extendida a centímetros de la cintura
bajo la manta. La derecha es un puño cerrado con fuerza, por la
parálisis. Murió en 1922. Está embalsamado.
A un
costado del Kremlin, frente al Volga, descansan los padres de la Revolución.
El cenotafio de Stalin, que ha perdido su lugar de embalsamado visitable
hace años, es el que tiene más flores. Está entrando
la nostalgia.
DESAFÍO
AL TIEMPO
Es
cierto que el socialismo todavía resiste, de a pedazos. Por ejemplo:
el caso del Estado. Moscú está construida en escala socialista.
El objetivo es sentirse insignificante frente a esos edificios que ocupan
manzanas enteras a puro cemento. Cada uno de ellos es un sistema: está
el Ministerio de Asuntos Exteriores, la sede del partido, la redacción
del diario Pravda, la KGB, el correo. Todo es muy específico y
a la vez supergeneral.
¿Cuál
de esas ventanas del edificio de la KGB, sería la de Beria, el temible
jefe de los espías rusos? ¿Bajo la luz de cuál lámpara
de todas esas oficinas de los cuarteles centrales del Ejército Rojo,
habrá escrito Trotsky la historia de la Revolución Rusa antes
de ser obligado al exilio?
Estoy
en la puerta del edificio del GOSPLAN, el Comité Central para el
Planeamiento. Da gusto imaginar que coincidieran el número de ventanas
del GOSPLAN con la cantidad exacta de los soviets económicos de
toda la Unión Soviética. Y el Soviet Supremo cuenta con todo
un edificio para sí. Todas estas moles grises tienen una sola puerta.
En la arquitectura soviética no hay contradicciones.
Hace
tres horas estuvo Gorvachov en la tele: continuará la Ley Seca,
dijo serio desde una pared de televisores en la vidriera de un negocio
en los almacenes estatales GUM. Nieva.
En
el cuarto piso de un edificio de cuatro pisos, enfrente a nuestro hotel,
hay una fiesta. Vodka no falta. Lo destilaron la ex campeona nacional de
gimnasia artística y su esposo matemático del tercer o
B. Los del 1F trajeron música: George Michael en cassettes, los
del 4A son armenios y ya están cantando. La dueña de casa
es la abuela de Vladimir. Está sentada al lado de la mesa, de la
cama, de la ventana y del equipo de música.
AL
AMPARO DEL MUNDO SUBTERRÁNEO
Abajo
de la luna de titanio está la entrada de la estación del
subte de Moscú. El Metro de la ciudad es un orgullo soviético
de lujos zaristas. Llegar al andén implica sumergirse en las profundidades
de la tierra a velocidad crucero. Las escaleras mecánicas vuelan
para abajo y para arriba. Hay que guardar la derecha, me señala
una mujer de pómulos altos. Obedezco.
La
primera línea de metro, la roja exactamente, fue inaugurada en 1935
por el supremo Comisario del Pueblo, José Stalin. Y fue pensada
como refugio antibélico, por eso la profundidad. Religiosamente
cada un minuto se va un tren y llega otro.
Los
carteles de las estaciones están escritos en caracteres cirílicos.
Los altoparlantes anuncian las estaciones y uno va aprendiendo que la "P"
suena como una "R", y la "H" como una "N" y la "C" como una "S". Ca da
una señala el nombre de un héroe de la Revolución
de Octubre.
En
una de las estaciones está la foto de Lenin, de perfil, sobre una
tarima con el brazo en alto arengando a los bolcheviques en la Plaza Roja.
A su izquierda, dos pasos más abajo, estaba Trotsky. No está
más, lo borraron de la foto en los años 40. Las arañas
se repiten en los techos abovedados del subte. En otra foto, en los años
50, hicieron desaparecer a Stalin.
Ahora
también están desapareciendo los nombres soviéticos
de las estaciones. Vuelve todo lo ruso: sus escritores, los zares y sus
mujeres. Subo las escaleras mecánicas, perdida. Afuera es 1999.
EL
RELOJ DE LOS ASTROS
Es
invierno. Nieva. En la esquina del museo espacial, ahora ruso, venden latitas
de Coca Cola frías e individuales. Las tiendas estatales GUM ahora
son un shopping calentito. El frío en la calle es más frío.
El
Hotel Cosmos con sus cientos de habitaciones se mantiene idéntico.
El edificio de departamentos de cuatro pisos donde se destilaba vodka casero,
ahora está vacío esperando ser alquilado por su buena ubicación
en la ciudad.
En
1957 la Unión de las Repúblicas Socialistas Soviéticas
envió el primer satélite artificial al espacio. Un obelisco
con un cohete en la punta que va dejando una cola de fuego de 99 metros
hecha en titanio. Adentro del museo espacial toda una sala recuerda a Laika,
la perra que viajó con ropa de astronauta y vio los contornos de
los países desde el espacio. Nieva. Siento que perdimos la guerra
de la luna.

INFO:
¿CUÁNDO
IR?
El
verano moscovita es agresivo: 40 grados de calor. El invierno es cruel:
25 grados bajo cero. Moscú es una ciudad de media estación.
¿CÓMO
LLEGAR?
En
avión desde Buenos Aires (Air France $899 + imp.; Swissair $933
+ imp.; British Airways $972 + imp.; Lufthansa $1109 + imp.) o desde cualquier
ciudad europea.
RECOMENDACIONES
En
otoño asistir al Festival de Cine. El festival de Invierno Ruso
también es un espectáculo que merece conocerse, se realizan
bailes típicos, juegos y hay mucho vodka para divertirse. Se celebra
entre el 25 de diciembre y el 5 de enero.
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