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Las noches blancas de San Petersburgo

La antigua capital del imperio zarista, diseñada personalmente por Pedro el Grande, narra los tres últimos siglos de historia a través de su arquitectura.

Al llegar a San Petersburgo, uno no sabe a ciencia cierta si es de día o de noche. Son las 12 de la noche -el dato es indiscutible-, pero una luz blanquecina baja de la totalidad del cielo. Nuestro cuerpo no produce sombra, y se puede leer la dirección del hotel en la guía de viajes, sin ayuda de luz artificial. A pesar de lo que uno se pueda imaginar, las "noches blancas" son calurosas y transcurren durante el verano de San Petersburgo, una ciudad cercana al círculo polar ártico, donde a principios de junio el día entra de lleno en la noche, y su luz resplandece continuamente durante 30 jornadas. 

Por la hora se supone que deberíamos ir a dormir; pero, ¿qué sentido tiene si es de día? La mochila queda sobre la cama del hotel y salimos a la calle seducidos por una ciudad desierta y a plena luz. Todos duermen. El tímido murmullo del río Neva se oye con nitidez en el silencio de la noche. Al avanzar por el simétrico trazado de las pomposas avenidas de la ciudad, el fulgor de las cúpulas de oro de la catedral bizantina de San Isaac atrae nuestra mirada. 
 

La coherencia arquitectónica de San Petersburgo, planificada a gran escala por Pedro el Grande (1672-1725) -a la medida de sus aspiraciones de grandeza-, tiene algo de París, con sus anchos bulevares y palacios renacentistas. La avenida Perspectiva Nevsky equivale a los Campos Elíseos; el museo Hermitage al Louvre, y el Gran Palacio de Petrodvorets, con sus jardines acuáticos, rivaliza con Versalles. 
La ciudad también se conoce como "La Venecia del Norte", por los 300 kilómetros de canales que la surcan; pero hay una gran diferencia: la "Venecia del Norte" es diez veces mayor que la del sur. 

Otro rasgo de la ciudad es la cantidad de malecones de granito y de puentes con estatuas ecuestres. 

A todo lo anterior se le debe sumar un estilo imperial similar al de Viena y Estocolmo. San Petersburgo debe su esplendor a los mejores arquitectos europeos del siglo XVIII, contratados en masa por Pedro el Grande (alrededor de 900 artistas y artesanos) para hacer de la ciudad una "ventana hacia Europa". Ya avanzado el siglo XIX, la burguesía rusa continuó edificando San Petersburgo, que se mantuvo durante 200 años como la esplendorosa capital del Imperio Zarista. Aún hoy, su centro histórico mantiene el encanto de las grandes ciudades de los siglos XVIII y XIX... sin duda, una de las más hermosas de Europa. 

EL CENTRO HISTÓRICO

El área entre el famoso Palacio de Invierno y el Almirantazgo es el corazón de San Petersburgo, y la Perspectiva Nevsky su arteria principal. El extremo sur de la Plaza del Palacio está encerrado por el edificio semicircular del Almirantazgo. En el otro extremo reluce la ornamentación rococó del Palacio de Invierno (hoy alberga el museo Hermitage). Este era el centro neurálgico del imperio ruso, y fue justamente en esta plaza donde aconteció el Domingo Sangriento del 9 de enero de 1905, cuando las tropas de Nicolás II masacraron a la población. 

El Hermitage es uno de los más grandes museos de Europa, junto con el Louvre y el Británico. Fue creado por Catalina la Grande en 1764 para albergar su colección personal de joyas y obras de arte (2,7 millones de piezas que van desde la Edad de Piedra hasta el siglo XX). La sección de pintura sobresale con obras de Leonardo da Vinci, Rafael, Caravaggio, Velázquez, El Greco, Gauguin y Picasso. Otra colección célebre es la de joyas de oro, plata y piedras preciosas, con antiquísimas piezas de la India, China, Mongolia, Egipto e Irán. 

Junto al edificio del Almirantazgo nace la Perspectiva Nevsky, una avenida de 4,5 kilómetros de largo y 60 metros de ancho (en algunas secciones), abierta en 1710. 
Al recorrerla pasamos frente a numerosos palacios, añejos teatros, la columnata de la Catedral de Kazan, y por una gran plaza dominada por la estatua de Catalina la Grande, rodeada de todos sus amantes. 

A pesar de disponer de una excelente red de transporte público, los habitantes de San Petersburgo son grandes caminantes. La armonía estética de toda la ciudad y los grandes espacios verdes invitan a hacerlo. Las veredas son anchas y arboladas, y la gente camina a paso tranquilo. Parece que los peterburgueses disfrutan de su ciudad, y la calle aún funciona como un espacio de reunión pública, a diferencia de otras grandes ciudades surcadas por autopistas que separan a las personas. 

Numerosos tranvías y trolebuses dobles (unidos por un fuelle) recorren San Petersburgo; pero el subterráneo, que cruza el río Neva por debajo, es el medio que merece mayor atención. Sus estaciones son verdaderas joyas arquitectónicas y están decoradas con murales y esculturas de artistas famosos. El metro de San Petersburgo irradia una elegancia señorial, y lo que resulta llamativo son sus grandes dimensiones. Por un lado, fue pensado como refugio antiaéreo, y por el otro debió construirse a gran profundidad por la humedad del terreno. Las empinadas escaleras mecánicas descienden hasta 80 metros y, a veces, hay que bajar tres de ellas para llegar al andén (la gente suele leer durante el trayecto). 

LOS JARDINES IMPERIALES
Nada ilustra mejor la opulencia cortesana de los zares que los palacios y jardines de las afueras de San Petersburgo. Son varias residencias (cada integrante de la familia real "necesitaba" una), y, tal vez, una de las más significativas sea la de Petrodvorets, a 29 kilómetros de la ciudad. Fue diseñada personalmente por Pedro el Grande, con el anhelo de eclipsar el Palacio de Versalles. Abarca una superficie de 1.000 hectáreas con más de 20 palacios y pabellones, y siete gigantescos parques con fuentes. 

La residencia ostenta el mayor jardín acuático del mundo ("La Gran Cascada"), con 64 fuentes que caen en cascada y desembocan a través de una "Avenida de Agua" directamente en la costa báltica, sobre el Golfo de Finlandia. Hay fuentes de mármol, algunas con forma de dragón, y la más famosa rodea una escultura de bronce con la imagen de Sansón desgarrando la boca de un león. 

La arquitectura de San Petersburgo narra la historia de Rusia. Todavía perduran sectores de los viejos barrios obreros donde transcurría la vida de los personajes de la novela Crimen y Castigo de Fiódor Dostoiesvki, quienes vivían en casas sin ventilación pegadas unas a las otras, a lo largo de oscuras callejuelas. 

En la Perspectiva Nevky queda un cartel de la segunda guerra mundial que advierte: "Ciudadanos, este lado de la calle es más peligroso durante los bombardeos". Cabe recordar que los nazis asediaron la ciudad durante 900 días y debieron retirarse derrotados, dejando un millón de rusos muertos. 

En los barrios suburbanos proliferan los fríos monoblocks que la etapa comunista le adicionó a la ciudad, en esos años llamada Leningrado. Sin embargo, lo que en verdad sorprende de San Petersburgo es el esplendor extremo de la Rusia zarista, que aún se refleja en la arquitectura palaciega. Tal derroche de opulencia sugiere el enorme contraste social de aquella época, que empujó a los obreros de San Petersburgo a asaltar el Palacio de Invierno, durante el célebre 25 de octubre de 1917, el último de "Los 10 días que conmovieron al mundo". 

INFO:

¿CUÁNDO IR?
Las "nubes blancas" son durante el mes de junio, justo antes y justo después del 21 es lo ideal. Conviene evitar el invierno (21 de diciembre al 21 de marzo). 

¿CÓMO LLEGAR?
San Petersburgo cuenta con un aeropuerto internacional. 

RECOMENDACIONES
El caviar y el vodka (marca Liviz) son un distintivo de la ciudad. El conocido Borshch, sopa de remolacha con crema y trozos de cerdo, es un plato para no perderse. 

IMPERDIBLES
El show artístico que ningún viajero se puede perder es el Ballet Kirov, una de las compañías más prestigiosas del mundo, que se presenta todo el año en el teatro Mariinsky, el mismo donde han estrenado sus obras todos los grandes compositores rusos. El repertorio lo conforman las obras rusas clásicas: El Lago de los Cisnes, El Cascanueces, La Bella Durmiente y Bisele.
 

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