Su fantástica historia
de excesos no la agotó ni mucho menos; como una diosa indiferente
se nutrió de su gente para convertirse en objeto de reverencia de
toda la civilización occidental. París es París, y
con esa maravillosa convicción cinco millones de turistas dirigen
sus pasos hacia ella cada año.
Estar ahí es la oportunidad
ideal para hacer amigos. Vas a volver con miles de direcciones, no solamente
de Europa o Latino América, sino también de los lugares más
insólitos. A mí me tocó compartir ocho días
con un chico de Omán, un pequeño país al sur de Arabia.
Piloto de helicóptero, era tal cual imaginé durante mi infancia
a Alí Babá; lo único que le faltaba era el turbante.
Con su elemental inglés, su picardía y
su humor, Munir me hizo morir de risa. También me hizo pensar: parados
frente a la tumba de Jim Morrison, me decía que él, por ser
musulmán, no le encontraba sentido a visitar a los muertos.
La ciudad impuso el charme
a cada uno de sus rincones. Lo visual se impone en ella de principio a
fín. Es una gran vidriera en la que se impone la lógica de
ver y ser visto. Nadie se salva de estar inmerso en la belleza, tropezando
con ella paso a paso, viviéndola en el contacto físico. Con
premeditación o sin ella, o más seguramente combinando ambas
posibilidades, París siempre está lista para la foto. Son
sus calles lo que anhelamos. Pasearnos a la orilla del Sena, sentarnos
en algún café, ver la Torre Eiffell... por eso sacamos un
ticket con destino "Orly". Cada cosa en la capital contribuye al collage
de postales en movimiento.
En principio, los bistrot (bares
y restaurantes) son un punto obligado de la vidriera parisina. En ellos
tiene lugar el rito cotidiano de leer el diario y reunirse a conversar.
Pero, principalmente, la atracción es contemplar las instantáneas
que la calle tiene para ofrecer. No es casual que todos saquen mesas a
las vereda. Es la posibilidad de degustar el paisaje con absoluta comodidad.
Cambiando las sillas de los
bares por las zapatillas cómodas y livianas, las caminatas descubren
otras muestras de encanto urbanístico. Ciudad devenida mundo, París
ofrece contrastes deliciosos. Por un lado, Les Champs-Élysées,
la glamorosa avenida de veredas anchísimas por las que circulan
gran cantidad de personas. Por otro, las tortuosas callecitas del barrio
de Montmartré, zigzagueantes, empinadas y angostas. Entre una y
otras, la diferencia es la de una vía triunfal, por la que el progreso
avanza sin barreras, y un refugio de los bohemios de fines del siglo XIX,
que se instalaron en Montmartré a confabular contra lo establecido
y a favor del arte.
Las calles serán también,
muchas veces, el comedor de los visitantes. A causa de sus precios altos,
los restaurantes son figuritas difíciles para quienes hacemos viajes
de bajo presupuesto. Entonces, la mejor alternativa gastronómica
para nosotros es la súper típica baguette. Las combinaciones
para rellenar éste delicioso y nutritivo pan son infinitas: queso,
paté, sardinas, atún, manteca, sal, tomate ...la consigna
de los estudiantes de mayo del '68, "la imaginación al poder", se
hace carne en los cientos de jóvenes que se sientan en los parques
de la ciudad a saborear sus larguísimos sandwiches. No miente el
viajero que sostiene que la Torre Eiffell impresiona, pero que las baguettes
son de no creer.
París agrega a la belleza
de sus calles el despliegue de la movida cultural que improvisa escenarios
y atelliers al aire libre. La experiencia estética no está
solamente al otro lado de las puertas de los museos. La fuerza de la tradición
es tal que parece que su espíritu traspasara los poros de las paredes
y alcanzara a toda la ciudad, pero desprovisto de la contractura típica
de cualquier colección. Arte y vida cotidiana van de la mano y crean
un ambiente único. El espectáculo sale a la calle y atrapa
a los transeúntes. La actitud hacia los artistas callejeros es muy
distinta a la que estamos acostumbrados a tomar. Se los respeta muchísimo
y eso hace posible que se mantenga y reproduzca la costumbre.
¿Y
cómo iban los habitantes a quedar fuera de la foto? Como todo en
París, mujeres y hombres emanan estilo. Hasta los agujeros de sus
pantalones comprados en el mercado de pulgas quedarían bárbaro
en una coqueta recepción en nuestras tierras. Tampoco debemos olvidar
el otro elemento que hace que no pasen inadvertidos y para el cual se dice
que, hábilmente, inventaron los perfumes. En todos lados vas a asombrarte
viendo ropa, pelos y accesorios rarísimos y de todos los tonos imaginables.
Lo mejor es que se mueven con absoluta naturalidad porque nadie los mira
con curiosidad o con mala cara. La cosa cambia con los extranjeros. Hartos
de cruzarse con turistas en su camino a lo largo de toda su vida, los parisinos
no van a tratarte precisamente con amabilidad cuando te acerques a preguntarles
algo. Es fija. Además, hay algo en su manera de ser que los hace
así de antipáticos. Ojalá nunca estés en medio
de una huelga parisina. Yo sí estuve y fue bien feo. Situación:
paro de ferroviarios el día que me iba al sur de Francia. Carteles
indicadores de la estación apagados. Señor de informes que
se niega a decirme si salen trenes rumbo a Niza para no boicotear la protesta
de sus compañeros. Corrida por el andén. Subida desesperada
al único tren que se mueve. Pregunta al guarda: ¿adónde
va este tren? Respuesta: a España. Ok: au revoir Niza. En fin, los
parisinos saben que son el centro de la admiración mundial, y van
a hacerte sentir su mala onda. Son los hijos lógicos de la gran
metrópolis.
Alojándose en cualquier
punto de la ciudad, disponiendo de mucho o poco dinero, siendo fanático
del arte o aburriéndose mucho con él, de día o de
noche, París enamora a cualquiera. Su pasado, su presente y la manera
en que se instalaron en el imaginario occidental explican la presencia
que mantiene a lo largo de los siglos. Nosotros, como Bergman y Bogart,
también la tendremos siempre. Antes y después de viajar.
El gallo es el símbolo
de Francia, y los parisinos cacarean de orgullo mostrándole al mundo
que París resplandece de manera tal que ninguna ciudad puede igualarla.
Circuito
clásico y off en París
Es una lista muy larga de enumerar
la de los atractivos de esta Ciudad Luz, no obstante acá te damos
una lista de lo conocido y lo no tanto que no te podés perder y
que no siempre aparecen en las guías.
Marché d' Aligre, mercado
de "pulgas", frutas y verduras para ver y oler París a nivel del
piso, comprar cosas baratas en un ambiente folklórico. Todos los
días excepto los lunes, de 7.00 a 13.00.
- Plâce de la Opéra,
con sus elegantes comercios y el famoso Café de la Paix y frente
a ella la espléndida Academia Nacional de Música, el mayor
teatro del mundo por su superficie, la cúpula interior fué
pintada por Marc-Chagall.
-La Bagatelle. Si vas a tomar
sol a esta plaza, algunos de tus vecinos serán hermosos pavos reales.
Para tener en cuenta cuando pinta la fiaca.
-Barrio Latino o Saint Michele,
cuyos restaurantes y salas de espectáculo resultan de lo más
bohemio y colorido de París. Aquí se encuentra la Universidad
de La Sorbonne, de prestigio mundial.
- Musée de Orsay, aloja
al museo Impresionista, en una antigua estación de trenes remodelada,
ejemplo del estilo arquitectónico de "la Belle Epoque".
-No
todo lo que brilla es oro. La imagen que te vas a llevar de París
no son sólo sus monumentos. Reservá rollo y fotografiá
a sus exóticos personajes.
- Plâce Vendôme,
en cuyo centro se encuentra la columna de fuste historiado, construída
por orden de Napoleón con la fusión de las armas tomadas
al enemigo.
-Cena parisina. Con lo que
ahorraste con las baguettes, date un buen gusto como cenar en algunos de
los tantos restaurantes con un rico vino tinto
- Barrio Montmartré,
la famosa colina con la basílica Sacre Coeur a cuyos pies se extiende
una aglomeración de locales de diversión, bares, anuncios
de strip-tease, célebres cabarets como el Moulin-Rouge, cargado
de la atmósfera pintoresca del antiguo barrio parisino de los artistas.
-Marché des Puses. Acá
podés comprar, vender y canjear ropa. Tiene mucha onda moderna y
retro y te podés enterar de movidas copadas de verdad para la noche.
- Centro Georges Pompidou,
alberga el Museo Nacional de Arte Moderno, en las calles de sus alrededores
se respira "la liberté", lo vas a notar observando cantidad de personajes
underground, artístas, punks, etc.
-Campos de Marte a la noche
es el lugar elegido por los jóvenes para reunirse a cantar, tocar
la guitarra y contar historias.
- Barrio de la Bastilla, con
su -pera moderna y sus pintorescos "Bistros" (bares y cafés) que
tienen toda la onda parisina.
-La Vellette es un cine que
acá no vas a encontrar. Su pantalla tiene 180º, podés
meterte en la película como si fueras uno de sus protagonistas.
Para
volver a ser chicos por un día.
Cada vez son más los
viajeros que, cansados de museos, deciden tomarse un día y visitar
los parques de diversiones en las afueras de París. Acá,
nuestras recomendaciones:
Euro Disneyland
Un dia para reir, recordar,
emocionarse y olvidarse de todo. Mickey, Pluto, Donald, Tribilín
y compañía; el Castillo de los Cuentos; los salones del Far
West; las aventuras de Indiana Jones y de los piratas. Montañas
rusas con mucha adrenalina y la Casa del Terror. Discoverland, con su pantalla
de 360 grados; películas tridimensionales y el simulador de las
guerras de las galaxias, son sólo algunas atracciones que este parque
tématico tiene para ofrecer. ¡¡No te lo podés
perder!!
Ubicado a 30 kilometros al
norte de París. El pase por todo el dia cuesta U$D 40 y desde París
hay dos trenes (TGV y RER) que salen cada 15 minutos.
Parc Astérix
Si Mickey tiene su propio parque
de diversiones en París, ¿cómo no lo iba a tener Asterix
? "La única aldea que resiste al Imperio Romano" en tamaño
natural y por supuesto todos los personajes de la mítica historieta
de Goscinny y Uderzo. Espectáculos, paseos, bailes, teatros, montañas
rusas convencionales y acuáticas. Si querés un parque mas
autóctono, más... "galo", no faltes. |