| Berlín,
La resistencia subterránea
Un
tornado arrasó mi ciudad
El avión de KLM aterriza
en el aeropuerto Tegel. Una inesperada ola de frío en mitad de la
primavera invade Berlín. Como bienvenida, la lluvia se transforma
en nieve. El cielo está nublado.
Tal vez el clima poco acogedor es
lo que me hace sentir que Berlín es gris. Pero también hay
otras cosas que ayudan para que la vea así. Después de las
bombas de la Segunda Guerra, la férrea voluntad germana logró
reconstruirla sobre sus ruinas, al precio de reducir su arquitectura a
lo básico. Durante cuadras solamente veo edificios cuadrados, de
pocos pisos, con monótonas ventanas sin balcones y puertas lisas.
Las grúas y palas mecánicas
asoman cerca de lo que fuera el límite entre Berlín del Este
y del Oste, trabajando en la construcción de grandes edificios para
compañías multinacionales, y terrenos baldíos y edificios
derruidos, consecuencia de la construcción y demolición del
Muro, aparecen de vez en cuando. La ciudad por estos lados tiene un aspecto
de a medio hacer muy extraño.
Lo que permanece de siglos anteriores
(La Columna de la Victoria, los edificios antiguos de la calle Unter den
Linden, la Platz der Akademie, la Bebelplatz, el palacio Charlottenburg,
la Berlin Dom), sólo logra hacer más evidente la tosquedad
general.
Para completar, los berlineses parecen
ser gente bastante silenciosa. Y en cuanto me alejo algunos cientos de
metros del centro, las personas desaparecen.
En medio de todo esto, frío
y una lluvia persistente. Y sin embargo... mi confianza en Berlín
se mantiene. Pero la ansiedad me consume; quiero que el lugar me parta
la cabeza ya y voy buscando por dónde puede aparecer el click que
me enamore de la ciudad. La Puerta de Branderburgo... no. Sus decenas de
museos… albergan colecciones y muestras muy interesantes, pero no se vive
en los museos. El parque Tiergarten... es hermoso, pero demasiado señorial.
No, evidentemente, el interés
de Berlín no está en los puntos que las guías y folletos
recomiendan. Debe estar en otro lado.
Otro ladrillo
en la pared
Alguna
vez hubo una pared cuyo significado era tan grande que al caer arrasó
tras de sí las esperanzas de miles de personas de que un mundo distinto
era posible. Diez años después, el Muro de Berlín
tiene para los berlineses una presencia inmediata y cotidiana.
"Dos mundos absolutamente diferentes".
Eso es lo que remarca el chico detrás de la barra del hostel cuando
habla del Este y el Oeste (quien, igual que varios de sus compañeros,
trabaja acá en lugar de hacer el servicio militar obligatorio, pues
es uno de los posibles trabajos sociales).La ciudad más importante
de uno de los más poderosos países capitalistas de un lado
y del otro, un punto del enorme territorio de la mayor experiencia comunista
que la historia haya conocido. Entre uno y otro mundo, apenas unos metros,
demarcados por dos paredes con un corredor entremedio repleto de soldados.
La Fernsehturm (la antena de televisón
de 365 metros), sigue en pie aún cuando el régimen soviético
que la erigió no existe más. En el museo Haus am Checkpoint
Charlie se concentra la historia del Muro.Tanto la East Side Gallery (incluso
en aquel tramo en el que manos poco creativas escribieron "San Lorenzo"
y "River") como los demás restos de pared que se conservan en pie
son la prueba física que busca mantener viva la memoria. Son museos
y monumentos, y por lo tanto sólo guardan el pasado, lo que ya fue
y no puede cambiarse, la historia muerta. Pero para los berlineses, la
desaparición física del Muro es presente y futuro; desde
la ausencia, influye en sus vidas.
Diez
años no son suficientes. "Yo creo que se necesita toda otra generación
para reunir a los dos grupos". El castellano de Micha, uno de los integrantes
del staff del Hostel Berlín, es enrevesado, pero se entiende. Es
un tipo alegre, le encanta hablar y nos pasamos un largo rato charlando
acerca de la sociedad berlinesa hoy. Las dificultades económicas,
el consumismo de ciertos sectores, las tendencias hacia la derecha de quienes
se creen afectados por la unificación de la ciudad...
Y cuando le digo que me sorprende
porque mi idea es que los alemanes son gente con una mente muy abierta,
se sonríe y me pregunta: "Pero, ¿qué es ser 'alemán'?,
¿qué es ser 'argentino'?"
Take a walk
on the wild side
Las horas pasan en Berlín.
Ni rastros de una sociedad con problemas, como ya me han dicho varias personas.
Empiezo a aburrirme de tanto orden.
La primera noche salgo a comer.
Camino unos pocos metros y encuentro a dos prostitutas trabajando en la
calle. Una de ellas es morocha, gorda, está muy maquillada y usa
unos jeans negros por lo menos dos talles más chicos. En nada se
diferencia de muchas mujeres de las zonas más baratas de Buenos
Aires, no parece alemana, y muy probablemente no lo sea y trabaje de noche
porque no consigue otra cosa. Veo a la otra mujer. Es mayor, tendrá
alrededor de cuarenta, debe ser rubia, pero usa el pelo tan aclarado que
termina por parecer falsa. Es flaquísima, tiene ojeras y arrugas,
los pómulos hundidos y le faltan varios dientes. Recuerdo que en
el Primer Mundo, a diferencia del nuestro, donde se trabaja de puta para
comer, es normal que el dinero conseguido a cambio de sexo se use para
pagar heroína.
Llego al local de hamburguesas y
la empleada parece tan explotada por una de las más importantes
multinacionales de fast food como las de acá y contra mi teoría
de que TODOS los berlineses saben inglés, no entiende una palabra.
Y mientras como mis papas, un camión
celular se detiene frente al local y emprende una mini razzia contra un
grupo de hombres. Los policías son altos y rubios; los sospechosos,
morochos, tres con aspecto paquistaní y dos más bien latinos.
Y a pesar de que no entiendo el idioma, es clarísimo que el trato
no está siendo nada amable ni humanitario, sino frío y despectivo.
La primera noche, el lado oscuro
de Berlín se mostró. Fue apenas un pantallazo, pero ocurrió.
Y yo tuve lo que quizás fuera una pista: el desorden salía
de noche.
Vamos las
bandas
Como fiel prueba de la teoría
científica que sostiene que es el caos y no el orden lo que hace
que los sistemas se mantengan activos, el profundo cambio social causado
por la caída del Muro ha activado un movimiento juvenil que es la
otra cara de esa ciudad que el turismo clásico ve.
Instalado
principalmente en lo que fuera la parte este, a la que muchos estudiantes
del oeste se mudaron porque es más barata, y con la cultura como
arma, este movimiento se mueve en el under. Centros culturales, bares ilegales,
institutos de idiomas, squatts, teatros, pequeñas salas de cine,
galerías... Berlín está inundada de estos reductos
alternativos al saber oficial.
Es un movimiento de resistencia,
que aunque se mueve por debajo (o, a lo mejor, justamente por eso) es poderoso
y sirve para zafar de las aplanadoras que, como cuando existía el
Muro, aún amenazan desde dos lados: vivir sin tener nada y vivir
exclusivamente para tenerlo todo.
Conocí
a Birgit y Oliver hace más de dos años, en México.
Son de Berlín del Este; todavía viven ahí. En 1989,
ella tenía treinta años y él veinticuatro. Treinta
y veinticuatro años contra apenas diez vividos en libertad de movimiento
y pensamiento (a pesar de todos los reparos que puedan ponerse a la palabra
"libertad" cuando se habla de una sociedad como la de fin de siglo). Ellos
también buscan no ser destruidos por las aplanadoras; llevan una
vida cómoda, son sus propios jefes y hacen dos o tres viajes al
exterior por año (para recuperar el tiempo perdido), pero no han
comprado el consumismo y mantienen una actitud crítica. La opresión
intelectual sufrida anteriormente les ha generado una inclinación
casi maníaca por las corrientes de cultura "independentes" (Oli
estudia castellano).
Con esa manía me llevarán
de paseo por la subcultura del "auténtico Berlín".
En el Este
está el agite
El Tachele es un viejo edificio
en el que viven exclusivamente artistas. Ahí mismo se organizan
muestras y diversos actos culturales. Las paredes de las escaleras por
las que se sube a los cinco pisos están enteramente recubiertas
por pinturas y graffitis. Me asomo a una puerta interior. Un sillón
de respaldo alto en terciopelo bordó, un atril con un cuadro a medio
pintar, tarros y pomos de pintura, pinceles, trapos hechos una pelota,
vasos, revistas... todo está deteriorado y, sobre todo, increíblemente
desordenado. Esta es una de las casa-habitación-atelier de los habitantes
del Tachele.
Salimos por una escalera trasera
y llegamos a un lugar que no acaba de definirse como baldío o como
plaza. Y en un extremo, una luz y alguna gente.
Vamos
hasta ahí y descubrimo un bar. Hay una chica de campera inflable
amarilla bailando en la puerta. El lugar es muy chico, oscuro y lleno de
humo y ruido. Junto a la barra, el DJ tiene su lugar y hay un chico negro
que rapea en vivo (creo que improvisa) sobre la música electrónica.
A su lado, otro acompaña el ritmo con la cabeza. Tiene los ojos
cerrados, y está completamente ido con la música.
Pero el Tachele se ha puesto muy
turístico, nos dicen, y nos llevan a un bar de trabajadores.
Está en un edificio en construcción,
bajando una escalera. Más oscuridad, más humo. Su decoración
es un homenaje burlesco a los años soviéticos: el techo está
empapelado con hojas de diarios de la época, en la quesse cuentan
maravillas ficticias acerca de la Unión; en las paredes hay fotos
de diferentes gobernantes de la ciudad de aquellos años, y un retrato
de Marx. Este será el único lugar en Berlín en el
que escuche rock: Metallica, Aerosmith.
Una copa de vino alemán y
otra vez afuera. Un bar pequeño y tan repleto que nos obliga a salir.
Otro más. Pero no hay mesas libres y quedamos de pie en un rincón,
junto a un piano. Un hombre negro me clava la mirada. Desvío la
vista. Una chica morocha me clava la mirada. Vuelvo al negro. Me mira un
momento más y se va. Detrás de mí, alrededor de una
mesa larga, hay mucha gente sentada. La mayoría charla, algunos
arman porros, uno duerme profundamente. Un poco más allá
del piano, una minúscula habitación, completamente a oscuras,
hace las veces de pista de baile. Increíblemente, la música
electrónica está aún más alta que en el resto
del bar. Un chico sale del baño, la mirada perdida y feliz. Su novia
se acerca y lo abraza. El se ríe mucho y salen del bar. Junto a
la puerta veo a un cuarentón, delgado y elegante, con mucha pinta
de intelectual, fumando pensativamente. Un rasta intenta conquistar a una
chica, y el dormilón permanece inmutable.
Nuestras
copas de vino se vacían rápidamente y empiezo a entrar en
la onda berlinesa. La gente está despreocupada y feliz, les creo
absolutamente que la están pasando bien, todos están en la
suya y nadie se fija en qué hace el otro.
Alguna noche caemos en lo que parece
haber sido un edificio importante en el XIX pero que ahora es sólo
ruinas, salvo en la fachada. Es un centro cultural, y hay una exposición
de fotos gratuita y bastante mala. Pago lo que sea por saber alemán
en este momento: la gente tiene aspecto de estar en discusiones de lo más
grotescas acerca del arte contemporáneo. Hay señores y hay
un punk, hay un chico platinado y desaliñado que debe estar ahí
porque no tiene adonde ir, hay un joven de gorra bien vestido y abrigado,
y hay un dormido, como en todos lados. El hombre que vende bebidas y golosinas
en la puerta también vende caramelos antibióticos para la
garganta. Oli me compra un paquete para que haga algo por mi salud, comemos
una salchicha alemana y partimos.
En Berlín la movida más
independiente se concentra en los bares que funcionan sin registro, en
casas particulares. Es inútil e imposible dar direcciones, porque
ninguno de estos lugares permanece mucho tiempo en el mismo lugar.
Y en medio de tanto ajetreo, es
una bendición llegar a la casa calefaccionada de Birgit, tirarse
en un sofá con su gata encima, tomar té de jazmín
y escuchar el disco de Anthony Baggette, el estadounidense dueño
de una disco a la que fuimos la noche anterior.
La ventana de la cocina me muestra
una perfecta síntesis de lo que sé de Berlín: si me
paro en a la derecha, veo una iglesia xxxxx, con un parque verde impecable;
si miro desde la izquierda, en cambio, lo que aparece es un baldío
descuidado, con un vía de tren elevada por detrás.
Me sirvo vino otra vez y termino
la botella.
Wrapped
around your finger
En los siguientes días fui
descubriendo másBerlín. Pequeñas discos, kino (cine)
con películas viejas y en blanco y negro, ferias americanas buenísimas,
bares tranquilos donde tomar capuccinos y hojear alguna de los tantos fanzines
que andan dando vueltas por ahí...
Contra
la difundida creencia de que son fríos, los berlineses son muy abiertos
y amables, una de las mejores cosas de la ciudad. Y habitan un lugar al
mismo tiempo organizado, prolijo y desolado. Un muro lo dividió
al medio siglo y su extinción trajo un aire raro, maravilloso y
único.
Sentí el click en cuanto
descubrí lo que está por detrás de la apariencias.
Entonces cada calle, cada subte, cada puente y cada negocio de Berlín
fueron fascinates, porque supe que albergan u ocultan las esperanzas y
la fuerza de miles de personas de mi edad que todavía tienen ánimos
para intentar vivir como mejor les parece.
Texto: Cecilia Freire
Fotos: Fernando Marticorena
Historia
del Muro
Una vez concluida la Segunda Guerra
Mundial, los Aliados (Estados Unidos, Inglaterra y Rusia) se repartieron
Alemania, con el objetivo de dividirla y debilitarla frente a un posible
rearme.
La línea divisoria entre
lo que sería la República Democrática Alemana (RDA),
integrante de la URSS, y la República Federal Alemana (RFA), dejaba
a toda la ciudad de Berlín en manos comunistas. Pero, siendo el
centro económico y cultural del país, los Aliados no se resignaban
a perderla. Entonces se llegó a un acuerdo, por el cual un sector
de la ciudad pertenecería a la República Federal, cuya capital
pasó a ser Bonn. Una isla capitalista en medio de Alemania oriental.
A partir de ese momento, en 1949,
dos millones y medio de alemanes orientales huyeron a Berlín Occidental.
Para detener definitivamente el
flujo de emigrantes ilegales, el gobierno de la RDA decidió crear
un "cinturón de seguridad alrededor de Berlín Occidental",
con la excusa de evitar la entrada de subversivos y saboteadores al sistema.
En la madrugada del 13 de agosto de 1961, las tropas cercaron la zona capitalista
con alambrados y en los siguientes días levantaron una serie de
paredes, vallas electrificadas y puestos de control por un total de 48
km. A partir de entonces, la entrada al Este fue severamente restringida
y la salida hacia el Oeste, prohibida, hasta que fueron levantados los
controles en la frontera, el 9 de noviembre de 1989.
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