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Luciana Salazar


Berlín, La resistencia subterránea 

Un tornado arrasó mi ciudad 
El avión de KLM aterriza en el aeropuerto Tegel. Una inesperada ola de frío en mitad de la primavera invade Berlín. Como bienvenida, la lluvia se transforma en nieve. El cielo está nublado. 
Tal vez el clima poco acogedor es lo que me hace sentir que Berlín es gris. Pero también hay otras cosas que ayudan para que la vea así. Después de las bombas de la Segunda Guerra, la férrea voluntad germana logró reconstruirla sobre sus ruinas, al precio de reducir su arquitectura a lo básico. Durante cuadras solamente veo edificios cuadrados, de pocos pisos, con monótonas ventanas sin balcones y puertas lisas. 
Las grúas y palas mecánicas asoman cerca de lo que fuera el límite entre Berlín del Este y del Oste, trabajando en la construcción de grandes edificios para compañías multinacionales, y terrenos baldíos y edificios derruidos, consecuencia de la construcción y demolición del Muro, aparecen de vez en cuando. La ciudad por estos lados tiene un aspecto de a medio hacer muy extraño. 
Lo que permanece de siglos anteriores (La Columna de la Victoria, los edificios antiguos de la calle Unter den Linden, la Platz der Akademie, la Bebelplatz, el palacio Charlottenburg, la Berlin Dom), sólo logra hacer más evidente la tosquedad general. 

Para completar, los berlineses parecen ser gente bastante silenciosa. Y en cuanto me alejo algunos cientos de metros del centro, las personas desaparecen. 
En medio de todo esto, frío y una lluvia persistente. Y sin embargo... mi confianza en Berlín se mantiene. Pero la ansiedad me consume; quiero que el lugar me parta la cabeza ya y voy buscando por dónde puede aparecer el click que me enamore de la ciudad. La Puerta de Branderburgo... no. Sus decenas de museos… albergan colecciones y muestras muy interesantes, pero no se vive en los museos. El parque Tiergarten... es hermoso, pero demasiado señorial. 
No, evidentemente, el interés de Berlín no está en los puntos que las guías y folletos recomiendan. Debe estar en otro lado. 
 

Otro ladrillo en la pared 
Alguna vez hubo una pared cuyo significado era tan grande que al caer arrasó tras de sí las esperanzas de miles de personas de que un mundo distinto era posible. Diez años después, el Muro de Berlín tiene para los berlineses una presencia inmediata y cotidiana. 
"Dos mundos absolutamente diferentes". Eso es lo que remarca el chico detrás de la barra del hostel cuando habla del Este y el Oeste (quien, igual que varios de sus compañeros, trabaja acá en lugar de hacer el servicio militar obligatorio, pues es uno de los posibles trabajos sociales).La ciudad más importante de uno de los más poderosos países capitalistas de un lado y del otro, un punto del enorme territorio de la mayor experiencia comunista que la historia haya conocido. Entre uno y otro mundo, apenas unos metros, demarcados por dos paredes con un corredor entremedio repleto de soldados. 

La Fernsehturm (la antena de televisón de 365 metros), sigue en pie aún cuando el régimen soviético que la erigió no existe más. En el museo Haus am Checkpoint Charlie se concentra la historia del Muro.Tanto la East Side Gallery (incluso en aquel tramo en el que manos poco creativas escribieron "San Lorenzo" y "River") como los demás restos de pared que se conservan en pie son la prueba física que busca mantener viva la memoria. Son museos y monumentos, y por lo tanto sólo guardan el pasado, lo que ya fue y no puede cambiarse, la historia muerta. Pero para los berlineses, la desaparición física del Muro es presente y futuro; desde la ausencia, influye en sus vidas. 
Diez años no son suficientes. "Yo creo que se necesita toda otra generación para reunir a los dos grupos". El castellano de Micha, uno de los integrantes del staff del Hostel Berlín, es enrevesado, pero se entiende. Es un tipo alegre, le encanta hablar y nos pasamos un largo rato charlando acerca de la sociedad berlinesa hoy. Las dificultades económicas, el consumismo de ciertos sectores, las tendencias hacia la derecha de quienes se creen afectados por la unificación de la ciudad... 
Y cuando le digo que me sorprende porque mi idea es que los alemanes son gente con una mente muy abierta, se sonríe y me pregunta: "Pero, ¿qué es ser 'alemán'?, ¿qué es ser 'argentino'?" 
 

Take a walk on the wild side
Las horas pasan en Berlín. Ni rastros de una sociedad con problemas, como ya me han dicho varias personas. Empiezo a aburrirme de tanto orden. 
La primera noche salgo a comer. Camino unos pocos metros y encuentro a dos prostitutas trabajando en la calle. Una de ellas es morocha, gorda, está muy maquillada y usa unos jeans negros por lo menos dos talles más chicos. En nada se diferencia de muchas mujeres de las zonas más baratas de Buenos Aires, no parece alemana, y muy probablemente no lo sea y trabaje de noche porque no consigue otra cosa. Veo a la otra mujer. Es mayor, tendrá alrededor de cuarenta, debe ser rubia, pero usa el pelo tan aclarado que termina por parecer falsa. Es flaquísima, tiene ojeras y arrugas, los pómulos hundidos y le faltan varios dientes. Recuerdo que en el Primer Mundo, a diferencia del nuestro, donde se trabaja de puta para comer, es normal que el dinero conseguido a cambio de sexo se use para pagar heroína. 
Llego al local de hamburguesas y la empleada parece tan explotada por una de las más importantes multinacionales de fast food como las de acá y contra mi teoría de que TODOS los berlineses saben inglés, no entiende una palabra. 
Y mientras como mis papas, un camión celular se detiene frente al local y emprende una mini razzia contra un grupo de hombres. Los policías son altos y rubios; los sospechosos, morochos, tres con aspecto paquistaní y dos más bien latinos. Y a pesar de que no entiendo el idioma, es clarísimo que el trato no está siendo nada amable ni humanitario, sino frío y despectivo. 
La primera noche, el lado oscuro de Berlín se mostró. Fue apenas un pantallazo, pero ocurrió. Y yo tuve lo que quizás fuera una pista: el desorden salía de noche. 
 

Vamos las bandas
Como fiel prueba de la teoría científica que sostiene que es el caos y no el orden lo que hace que los sistemas se mantengan activos, el profundo cambio social causado por la caída del Muro ha activado un movimiento juvenil que es la otra cara de esa ciudad que el turismo clásico ve. 
Instalado principalmente en lo que fuera la parte este, a la que muchos estudiantes del oeste se mudaron porque es más barata, y con la cultura como arma, este movimiento se mueve en el under. Centros culturales, bares ilegales, institutos de idiomas, squatts, teatros, pequeñas salas de cine, galerías... Berlín está inundada de estos reductos alternativos al saber oficial. 
Es un movimiento de resistencia, que aunque se mueve por debajo (o, a lo mejor, justamente por eso) es poderoso y sirve para zafar de las aplanadoras que, como cuando existía el Muro, aún amenazan desde dos lados: vivir sin tener nada y vivir exclusivamente para tenerlo todo. 
Conocí a Birgit y Oliver hace más de dos años, en México. Son de Berlín del Este; todavía viven ahí. En 1989, ella tenía treinta años y él veinticuatro. Treinta y veinticuatro años contra apenas diez vividos en libertad de movimiento y pensamiento (a pesar de todos los reparos que puedan ponerse a la palabra "libertad" cuando se habla de una sociedad como la de fin de siglo). Ellos también buscan no ser destruidos por las aplanadoras; llevan una vida cómoda, son sus propios jefes y hacen dos o tres viajes al exterior por año (para recuperar el tiempo perdido), pero no han comprado el consumismo y mantienen una actitud crítica. La opresión intelectual sufrida anteriormente les ha generado una inclinación casi maníaca por las corrientes de cultura "independentes" (Oli estudia castellano). 
Con esa manía me llevarán de paseo por la subcultura del "auténtico Berlín". 
 

En el Este está el agite
El Tachele es un viejo edificio en el que viven exclusivamente artistas. Ahí mismo se organizan muestras y diversos actos culturales. Las paredes de las escaleras por las que se sube a los cinco pisos están enteramente recubiertas por pinturas y graffitis. Me asomo a una puerta interior. Un sillón de respaldo alto en terciopelo bordó, un atril con un cuadro a medio pintar, tarros y pomos de pintura, pinceles, trapos hechos una pelota, vasos, revistas... todo está deteriorado y, sobre todo, increíblemente desordenado. Esta es una de las casa-habitación-atelier de los habitantes del Tachele. 
Salimos por una escalera trasera y llegamos a un lugar que no acaba de definirse como baldío o como plaza. Y en un extremo, una luz y alguna gente. 
Vamos hasta ahí y descubrimo un bar. Hay una chica de campera inflable amarilla bailando en la puerta. El lugar es muy chico, oscuro y lleno de humo y ruido. Junto a la barra, el DJ tiene su lugar y hay un chico negro que rapea en vivo (creo que improvisa) sobre la música electrónica. A su lado, otro acompaña el ritmo con la cabeza. Tiene los ojos cerrados, y está completamente ido con la música. 
Pero el Tachele se ha puesto muy turístico, nos dicen, y nos llevan a un bar de trabajadores. 
Está en un edificio en construcción, bajando una escalera. Más oscuridad, más humo. Su decoración es un homenaje burlesco a los años soviéticos: el techo está empapelado con hojas de diarios de la época, en la quesse cuentan maravillas ficticias acerca de la Unión; en las paredes hay fotos de diferentes gobernantes de la ciudad de aquellos años, y un retrato de Marx. Este será el único lugar en Berlín en el que escuche rock: Metallica, Aerosmith. 
Una copa de vino alemán y otra vez afuera. Un bar pequeño y tan repleto que nos obliga a salir. Otro más. Pero no hay mesas libres y quedamos de pie en un rincón, junto a un piano. Un hombre negro me clava la mirada. Desvío la vista. Una chica morocha me clava la mirada. Vuelvo al negro. Me mira un momento más y se va. Detrás de mí, alrededor de una mesa larga, hay mucha gente sentada. La mayoría charla, algunos arman porros, uno duerme profundamente. Un poco más allá del piano, una minúscula habitación, completamente a oscuras, hace las veces de pista de baile. Increíblemente, la música electrónica está aún más alta que en el resto del bar. Un chico sale del baño, la mirada perdida y feliz. Su novia se acerca y lo abraza. El se ríe mucho y salen del bar. Junto a la puerta veo a un cuarentón, delgado y elegante, con mucha pinta de intelectual, fumando pensativamente. Un rasta intenta conquistar a una chica, y el dormilón permanece inmutable. 

Nuestras copas de vino se vacían rápidamente y empiezo a entrar en la onda berlinesa. La gente está despreocupada y feliz, les creo absolutamente que la están pasando bien, todos están en la suya y nadie se fija en qué hace el otro. 
Alguna noche caemos en lo que parece haber sido un edificio importante en el XIX pero que ahora es sólo ruinas, salvo en la fachada. Es un centro cultural, y hay una exposición de fotos gratuita y bastante mala. Pago lo que sea por saber alemán en este momento: la gente tiene aspecto de estar en discusiones de lo más grotescas acerca del arte contemporáneo. Hay señores y hay un punk, hay un chico platinado y desaliñado que debe estar ahí porque no tiene adonde ir, hay un joven de gorra bien vestido y abrigado, y hay un dormido, como en todos lados. El hombre que vende bebidas y golosinas en la puerta también vende caramelos antibióticos para la garganta. Oli me compra un paquete para que haga algo por mi salud, comemos una salchicha alemana y partimos. 
En Berlín la movida más independiente se concentra en los bares que funcionan sin registro, en casas particulares. Es inútil e imposible dar direcciones, porque ninguno de estos lugares permanece mucho tiempo en el mismo lugar. 
Y en medio de tanto ajetreo, es una bendición llegar a la casa calefaccionada de Birgit, tirarse en un sofá con su gata encima, tomar té de jazmín y escuchar el disco de Anthony Baggette, el estadounidense dueño de una disco a la que fuimos la noche anterior. 
La ventana de la cocina me muestra una perfecta síntesis de lo que sé de Berlín: si me paro en a la derecha, veo una iglesia xxxxx, con un parque verde impecable; si miro desde la izquierda, en cambio, lo que aparece es un baldío descuidado, con un vía de tren elevada por detrás. 
Me sirvo vino otra vez y termino la botella. 
 

Wrapped around your finger
En los siguientes días fui descubriendo másBerlín. Pequeñas discos, kino (cine) con películas viejas y en blanco y negro, ferias americanas buenísimas, bares tranquilos donde tomar capuccinos y hojear alguna de los tantos fanzines que andan dando vueltas por ahí... 
Contra la difundida creencia de que son fríos, los berlineses son muy abiertos y amables, una de las mejores cosas de la ciudad. Y habitan un lugar al mismo tiempo organizado, prolijo y desolado. Un muro lo dividió al medio siglo y su extinción trajo un aire raro, maravilloso y único. 
Sentí el click en cuanto descubrí lo que está por detrás de la apariencias. Entonces cada calle, cada subte, cada puente y cada negocio de Berlín fueron fascinates, porque supe que albergan u ocultan las esperanzas y la fuerza de miles de personas de mi edad que todavía tienen ánimos para intentar vivir como mejor les parece. 
Texto: Cecilia Freire 
Fotos: Fernando Marticorena 

Historia del Muro
Una vez concluida la Segunda Guerra Mundial, los Aliados (Estados Unidos, Inglaterra y Rusia) se repartieron Alemania, con el objetivo de dividirla y debilitarla frente a un posible rearme. 
La línea divisoria entre lo que sería la República Democrática Alemana (RDA), integrante de la URSS, y la República Federal Alemana (RFA), dejaba a toda la ciudad de Berlín en manos comunistas. Pero, siendo el centro económico y cultural del país, los Aliados no se resignaban a perderla. Entonces se llegó a un acuerdo, por el cual un sector de la ciudad pertenecería a la República Federal, cuya capital pasó a ser Bonn. Una isla capitalista en medio de Alemania oriental. 
A partir de ese momento, en 1949, dos millones y medio de alemanes orientales huyeron a Berlín Occidental. 
Para detener definitivamente el flujo de emigrantes ilegales, el gobierno de la RDA decidió crear un "cinturón de seguridad alrededor de Berlín Occidental", con la excusa de evitar la entrada de subversivos y saboteadores al sistema. En la madrugada del 13 de agosto de 1961, las tropas cercaron la zona capitalista con alambrados y en los siguientes días levantaron una serie de paredes, vallas electrificadas y puestos de control por un total de 48 km. A partir de entonces, la entrada al Este fue severamente restringida y la salida hacia el Oeste, prohibida, hasta que fueron levantados los controles en la frontera, el 9 de noviembre de 1989.
 

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