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Estambul, La Europa Islamica

"Ven ,ven quienquiera que seas, adorador del fuego, idólatra o pagano. El nuestro no es un lugar donde habita el dolor o la desesperación. Todo el que llegue recibirá nuestra bienvenida."

Aprendiendo a ver 

Cuando uno encara un viaje con destino a la parte europea de Estambul (el resto, al igual que todo Turquía, es asiático), sabe de antemano que lo que va a ver ahí no se parece ni a la cotiadiana realidad ni a lo que ve en el resto de Europa. 
Fernando y yo llegamos al parque Sultanahmet un domingo. El corazón de la Ciudad Vieja ardía. Los turcos paseaban al sol de un cálido día y los turistas... bueno, los turistas son un capítulo aparte en Estambul. 

Caos, no pude pensar en otra cosa. Desorden de tránsito, los turcos que normalmente hablan muy alto y como si estuvieran enojados, carteles en un idioma incomprensible, un mapa que no coincide con el territorio, hombres viejos con carritos de roscas y panes deliciosos, puestos de exquisitos kebap (especie de sandwiches rellenos de carne o pollo asados). Y ahí nomás, dos cúpulas salidas de Las Mil y Una Noches. 
A cada paso un hombre quiere convercernos de que conoce el mejor y más barato hotel en la ciudad. Y a mí me han hablado tan mal de los turcos y su ansia de lucro con los visitantes que soy incapaz de abrirme a ellos, lo único que hago es poner cara de perro, mirar al frente y caminar. 
 

Esta insistencia alcanzó el límite de mi paciencia en las dos cuadras cercanas al puerto en las que se suceden restaurantes caros. Allí estaban los mozos, esperándonos frente a las puertas de sus locales. Adivinando nuestro origen latino, primero nos hablaban en francés, despu_s en italiano y finalmente en castellano. Yo estaba pésimamente dispuesta hacia los turcos, en cada uno de ellos veía a un mentiroso estafador. "Venga, amigo, pase"; uno, dos, tres, cinco, nos seguían a lo largo de la calle. Agobiada, me paré en seco y, sencillamente, grité. "No tengo hambre, no quiero comer, no quiero nada, solamente caminar en paz." 

Por dos gloriosos segundos estuvieron callados. Sólo dos segundos, después reaccionaron. Empezaron a reírse, festejando lo que suponían una broma producto de mi buen humor. Y volvieron al ataque. Pero ya era tarde: en ese mínimo tiempo habíamos logrado llegar hasta el final de la calle. 
Una ciudad junto al mar es siempre una ciudad especial. Hay que caminar por la zona del Puente Galata, el que une las ciudades Vieja y Nueva. Puestos callejeros de mejillones, de kiwis pelados, de pescado fresco, de té turco e incluso de relojes. La gente yendo y viniendo, no nota las cáscaras de maní y líquidos derramados en el piso, los signos evidentes del abandono urbano. Las conversaciones en ese tono alto, los gritos de los vendedores anunciando su mercadería, los pescadores intentando su hobbie (o su comida del día, no lo sé), el sandwich de pescado más rico que haya probado, cocido a la parrilla directamente sobre el barquito anclado a la orilla. 
Ruidos, colores, olores, movimiento intenso, y el mar de fondo, el marco ideal. 
Fuera del centro turístico, la tranquilidad. Las calles de Estambul fueron diseñadas hace siglos, no siguen las reglas de la racionalidad arquitectónica. Hacia arriba, hacia abajo, angostas y serpenteantes, incomprensibles para el extraño, evidentes para el lugareño, que indica a cada paso, sin que lo solicites, la dirección para evadir el callejón sin salida. Tradicionales casas de madera de dos plantas, la enorme mayoría destartalada y mísera, que por su altura no dejan llegar la luz del sol. Por todos lados, chicos. Mujeres, todas ellas, con pañuelos en la cabeza y polleras o sobretodos que llegan hasta sus tobillos; alguna que otra viste completamente de negro y solamente deja al descubierto los ojos. Hombres de pantalón de vestir, mocasines de suela y camisa, todo muy desaliñeado. 
Cinco veces al día, el rezo musulmán lanzado desde los minaretes se deja oír. Los fieles (es decir, toda la ciudad) deberían dejar todo lo estuvieran haciendo e inclinarse hacia La Meca. Pues no, nada pasa. Todo el mundo sigue con sus tareas. 
En contra de mi mala predisposición, ví que los turcos son gente muy amable y cálida, con un cierto aire de alegría inocente. Y también que, especialmente las mujeres, son indiferentes a los extraños. Y también que están buscando sacar ventaja del dinero de los visitantes. Lo que ví claramente, en síntesis, fue que nunca puede hacerse de un pueblo un identi-kit, sin traicionar a gran parte de él. 
 

Very typical for the tourists
Arriba del vuelo KLM que nos dejaría en Estambul, algo me sorprendió muchísimo. El noventa por ciento de la pequeña nave eran gringos (léase: estadounidenses). Tan turistas, tan turistas, que los japoneses empalidecerían de vergüenza. "¿Qué hace esta gente yendo a Turquía?" 
Si Estambul vive, como cualquier otro lugar del planeta, en sus calles, el circuito turístico es también escencial para disfrutarla. Aya Sofya (Santa Sofía) es majestuosa. No existe otra palabra para describirla. Guarda miles de años de historia, y su belleza habla de la maravilla del arte humano. Sultan Ahmet Camii (La Mezquita Azul), como si no bastara con su pasado milenario, estremece inclusive a quienes nos encontramos lejos de la adoración divina. El palacio Topkapi deslumbra; recorriéndolo uno puede sentirse un sultán del alguna vez poderoso Imperio Otomano. El Gran Bazar encierra un mundo fascinante, en el que alfombras y otros diferentes artículos de kilim (zapatos, almohadones, bolsos, gorros, chalecos), pipas de agua, cerámicas, especies, cajas de madera y piedra dejan admirarse como productos en los que se nota la mano del creador. 
Pero junto a tan artesanal mercadería, decenas de puestos venden... ¡prendas de cuero! De mala calidad, uno se siente pasando del arte milenario a la más vulgar tienda de artículos en serie. Pero lo peor no es que estos negocios estén, sino que haya gente (y mucha) que compra en ellos. Turistas, por supuesto. 
Para disfrutar del circuito clásico de Estambul, que vale la pena visitar, hay que volverse sordo y ciego a los turistas. Están a lo largo de todo el recorrido. Tours y tours de jubilados haciendo cola para entrar a la Mezquita Azul, poniendo sus zapatos en unas bolsas plásticas especialmente preparadas para que no tengan que sostenerlos en la mano. Cola, igual que la del banco o la boletería del subte. 
Y adentro musulmanes rezando, haciendo su práctica de fe, y cientos de turistas alrededor, con sus flashes y sus sombreritos blancos. 
 

Zafando del circuito 
Después de una noche en un albergue horrible y caro, nos mudamos a otro, limpio, regenteado por Alí, que hablaba perfectamente inglés con acento turco, que había recorrido el mundo y era extremadamente amable. Noches con el resto de los pasajeros, una pareja canadiense, y con los empleados, mirando películas habladas, dobladas o subtituladas en turco en una habitación abarrotada de alfombras, almohadones y banquitos. 
Fue Alí quien nos sugirió puntos interesantes y no turísticos de la parte europea de Estambul. Para empezar, la Ciudad Nueva. 
Cruzamos el puente y edificios occidentales de este siglo, coches y amplias avenidas nos dijeron que la Ciudad Nueva no tiene ni una pizca del encanto del otro lado del mar. Una peatonal es su centro. Fast food, boutiques berretas y demás negocios sin ningún atractivo. Pero tiene una gran ventaja: no hay turistas y sí muchos jóvenes y las chicas no usan ropa larga ni pañuelo. Su estilo es occidental, pero más como ciertos grupos de estas latitudes que como las capitales europeas fashion. Muchos varones usan el pelo un poco largo, se ven morrales, anteojos, pins de The Doors, suéters gruesos con guardas... me sentí como en casa. 
Bares y bares se extienden sobre las calles laterales. En todos, había un grupo tocando música tradicional en vivo. "¿Y esa puertita?" La música era genial: entramos con un tema viejo de The Cure. Los más glamorosos, simplemente vestían de negro. Todos tenían un aire intelectual, anti-frivolidad, de conciencia social y de amantes del arte vanguardista muy diferente al alternativo-hipermoderno de otras capitales europeas. Era como estar en un bar de San Telmo. 
Charlamos con el chico detrás de la barra (uno de los pocos que hablaban inglés, salvo una estudiante de arquitectura cuya borrachera hacía aún más difícil de entender su inglés a la turca): vendría a Argentina a estudiar por un intercambio. El ambiente era de lo mejor, la música, rock y pop clásicos, y la cerveza no estaba nada mal. 
Históricamente, el turco fue un pueblo que sabía disfrutar de los placeres y la alegría de la vida. Un casamiento fue para nosotros la inmejorable ocasión para probarlo. En un bar, al que calurosamente insistieron que entráramos, música típica en vivo, al son de la que los invitados bailaban. Orgullosos de mostrar su cultura tradicional y su alegría por el feliz evento a un par de extranjeros, ofrecían comida y bebidas, insistían en enseñarnos a bailar como ellos, se deshacían en señas para hacerse entender. Una fiesta con todas las letras, una experiencia divertidísima. 
 

El segundo punto recomendado por Alí para zafar del circuito y satisfacer nuestras ansias de playa, fueron las islas Adalar. En un mediodía lluvioso emprendimos la excursión hacia estos pueblitos de clase media, en los que no existen los coches, sólo bicicletas y carros de caballos. 
Despistada, intentaba descifrar el cartel indicar escrito en turco para entender a qué hora pasaba el próximo ferry. Muy amablemente, un hombre se acercó y, después de las religiosas introducciones en francés e italiano, me explicó mitad en castellano y mitad en señas a qué hora y dónde debíamos tomar el ferry. A esta altura de la visita, yo ya había bajado la guardia con los turcos, subyugada por su calidez, así que fui muy amable y conversadora (dentro de mis posibilidades) con el hombre. De allí en más, no dejó de perseguirme. Cada dos minutos, se acercaba a repertirme las mismas señas y las mismas frases respecto de nuestro ferry. Y cuando finalmente subimos al barco, él vino detrás de nosotros con su cajón de lustrabotas y no hubo más alternativa que dejarlo limpiar nuestras zapatillas. Nosotros, que tanto nos jactábamos de nuestra viveza respecto de los gringos fácilmente engañables, terminamos "lustrados", pagando unos ocho dólares por los dos, que era en realidad la mitad de lo que nos había pedido. 
Büyükada, de las tres islas del archipiélago la mayor y más alejada de Estambul, es un lugar tranquilo. 
 


 

Junto al puerto, el pueblo. De allí en más, caminos empinados y bosques extensos por los que deambulamos disfrutando de ese gran espacio verde, descando en una costa rocosa, con el mar frente a nosotros, gaviotas e islas lejanas. Al costado del camino, el asentamiento de los dueños y choferes de los carros y caballos que se usan para recorrer la isla. Un barrio precario, abandonado a la buena de Dios. Una habitación de dos por dos, con una heladera vacía, unas sillas y una mesa al aire libre, entre escombros, oficiaba de bar. Una gaseosa para refrescarnos y a seguir camino. 
Un viejo descansaba sentado en la puerta de su casa. Parecía inmutable frente al pedido de Fernando de retratarlo. Una chica de unos trece años apareció y nos hizo entender que el señor era sordo, y que podíamos sacarle una foto. Lo hicimos y después una mujer apareció. Ellas también querían una. Posaron tomándose muy seriamente la cuestión. Y morimos cuando la señora pidió que le enviáramos una copia. 
Fernando guarda aún la dirección de ese ranchito en medio de la soledad de Turquía. 
 

Tan cerca, tan lejos 
Creo que ni por un momento de mi estadía en Estambul dejé de preguntarme acerca de mi propia ciudad. Los grandes centros primermundistas funcionan de una manera tan distinta a Buenos Aires, que no es posible comparación. Lo mismo puede decirse de las ciudad asiáticas. Pero Istanbul, a caballo entre dos continentes, tiene tanto de porteña y al mismo tiempo es tan diferente. 
El Tercer Mundo en las venas, el caos urbano, los trenes, los gritos en la calle, los vendedores ambulantes por todos lados... Pero por otro lado el Islam, la pobreza generalizada, el abandono urbano, el té en pequeños vasitos en lugar del mate, y tantos cientos de detalles y de características fundamentales hacen que el choque cultural sea inevitable. 
Como sea, pocas veces será tan clara la similitud en la diferencia como para un porteño en Estambul. 
 

Historia de Estambul 
En sus orígenes, bajo el nombre de Bizancio, era una de las ciudades-estado de la Grecia antigua. Alrededor del año 100 a.C.fue conquistada y anexada al Imperio Romano. 
En el 330 d.C.el emperador Constantino la rebautizó Constantinopla y se establació en ella. Pocos años más tarde, en 395, el emperador Teodosio, al morir, dividió definitamente al Imperio en dos y lo repartió entre sus hijos: Honorio gobernaría la parte occidental, con capital en Roma, y Arcadio la oriental, con centro en Constantinopla.En Occidente, la decandencia fue cada vez mayor, en tanto que el Imperio Romano de Oriente, o Bizantino, se mantuvo durante casi mil años más. 
Con Justiniano (527-565) se alcanzó un perído de gran esplendor y expansión colonial; fue el que ordenó la construcción de la iglesia cristiana de Sancta Sophia (Sagrada Sabiduría). Constantinopla fue la única gran ciudad de la Edad Media, como lo había sido la Roma imperial. 
En 1453, los turcos otomanos (musulmanenes) lograron conquistarla y la renombraron Istanbul, capital del Imperio Otomano hasta el siglo XIX, y Sancta Sophia se convirtió en la mezquita Aya Sofya. 
En 1922 se formó la república turca, con capital en la ciudad de Ankara. Pero su centro comercial y cultural sigue siendo Estambul.
 

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