| Londres,
Gira mágica y misteriosa
Cuando
planifiqué mi viaje a Europa, Londres quedaba afuera. El tiempo
no sobraba, y traté de pensar cuál de las capitales europeas
sería la menos interesante; mi prejuicio determinó que la
más paqueta, conservadora e insulsa sería la capital inglesa.
Pero la oferta de British Airways me obligaba a bajar en Londres, así
que le dediqué una semana. Resultado: ¡Londres me partió
la cabeza más que ninguna otra ciudad europea!
Desde
el hall del aeropuerto de Heathrow, me tomé el subte hasta la estación
Queensway, donde está el hotel Astor Hostels, ideal si viajás
onda ratón: cuesta 16 dólares por día y, como corresponde
a un hostel, en él se aloja exclusivamente gente joven de todo el
mundo que va a disfrutar el ambiente festivo de Londres. Caminando hacia
mi habitación, con la mochila aún en la espalda, me paró
una rubia australiana con unos ojos azules que me petrificaron: Katy quería
que le dijera como le quedaba un ínfimo vestido que se acababa de
poner para ir a bailar. A la noche la vi salir del hotel con un yanqui
mulato que me llevaba dos cabezas. La habitación me tocó
compartirla con una pareja de israelíes y con dos chicas suecas
que salieron a bailar las siete noches que estuve allí. Los pasillos
del hotel tenían pintados con aerosol unos asombrosos dibujos psicodélicos,
y en las escaleras se juntaban todas las noches grupos de gente a charlar
y tomar birras; lo extraño de estas conversaciones era que en un
mismo grupo se hablaba en varios idiomas a la vez: inglés, italiano,
español, alemán... y de alguna manera todos nos entendíamos
La ciudad
multirracial
Londres es una ciudad cosmopolita
por excelencia. El 20 % de sus habitantes es de origen extranjero, y por
la calle cruzás gente de todo el mundo, que incluso visten sus atuendos
tradicionales: las mujeres hindúes van con sus largos saris multicolores,
los pakistaníes usan turbantes rojos y algunos africanos se ponen
túnicas y coloridos sombreritos. Además están los
asiáticos de ojos rasgados e infinidad de latinos que se juntan
en los boliches de salsa. Caminando al azar por las calles descubrí
que también hay toda una serie de tribus urbanas inglesas más
que particulares.
Casi por intuición, el primer
barrio al que me dirigí fue al excéntrico Soho londinense,
uno de los más bohemios de la ciudad. Es la zona de la cultura,
de los grandes teatros, pero también de los sex shops y los cabarets,
donde unas pulposas chicas te invitan a entrar desde la vereda. Las calles
son angostas y las casas bajas, y en cada manzana te encontrás con
placas que señalan la vivienda de personajes históricos como
Charles Dickens o Karl Marx.
Cuando tuve ganas de almorzar, me
propuse buscar un lugar original, pero la elección no fue nada fácil:
había restaurantes de Tailandia, India, Pakistán, Indonesia,
Japón, Grecia, México... Finalmente me decidí a entrar
a uno de comida egipcia, en donde había dos tipos con paño
en la cabeza al estilo Arafat, aspirando de una exótica pipa doble.
Elegí comer un delicioso sandwich de pan árabe y cerdo asado,
con unas salsas extrañísimas.
En
un callejón descascarado del mismo Soho, unos rappers negros con
gorrita al revés y enormes colgantes, me invitaron a bailar con
ellos en la vereda. Luego seguí caminando hasta Picadilly Circus
-el Corrientes y 9 de Julio londinense-, donde se me acercó una
anciana gitana a leerme la suerte escrita en la palma de mi mano, y mientras
me despedía de ella me crucé con un punk de cresta verde
de 40 centímetros que paseaba dos perros doberman con collares de
pinches. Cuando el semáforo detuvo el tráfico, una moto Harley
Davidson paró junto a la vereda: la conducía un heavy metal
todo lleno de tachas y con el pelo largo hasta la cadera. Y para completar
el cuadro, frente a la moto cruzaba la calle, lo más campante, un
lord inglés de paraguas cerrado, pantalón a rayas y galera.
Lo más emocionante de esto
es que Londres es el reino de la tolerancia: cada cual hace la suya y nadie
molesta a nadie, en un ejemplo de respeto por el prójimo casi único
en el mundo. La amabilidad y la cortesía de los ingleses no son
precisamente un mito. Todo el mundo es "very polite" (punks incluidos),
y no se trata del refinamiento fingido y rígido que uno podría
imaginarse, sino de la verdadera forma de ser de los ingleses; es como
si demostraran su afecto de esta manera. Todos se detienen en la calle
si los parás a preguntarles algo, y hacen lo imposible por ayudarte
en un inglés claro y pausado. Aunque no quieras, mientras estés
en Londres la forma de ser inglesa se te contagiará sin que te des
cuenta.
La ciudad
de la música
Lo que más me impresionó
de Londres fue su inacabable vida cultural. Lo primero que tenés
que hacer al llegar a Inglaterra es comprar la revista Time Out, donde
están todos los espectáculos de la semana y la información
sobre boliches.
La primera noche fui a ver a Robert
Fripp, el histórico guitarrista de King Crimson, que tocaba gratis
en el Queen Elizabeth Hall, un supermoderno centro cultural. Lo escuché
sentado en el piso alfombrado, a 3 metros de él. Pero esto era sólo
el comienzo, ya que la noche siguiente fui a una de las mecas mundiales
del jazz: el lujoso Ronnie Scott Club, ubicado en el corazón del
Soho. Las paredes del bar están cubiertas con ébano y decoradas
con fotos de todas las glorias de la historia del jazz que han pasado por
allí. Al lado de una foto gigante de Miles Davis
besando su trompeta, compartí unas cervezas con Lyn, una estudiante
inglesa que hablaba castellano. Esperábamos a que saliera a tocar
el mejor grupo de salsa y jazz de toda Cuba: mis admirados Irakere, quienes
al ritmo del son hicieron explotar a los trajeados londinenses. Yo terminé
la noche en la discoteca del bar, bailando merengue hasta el amanecer,
con Lyn, claro.
En Londres casi todo el tiempo se
escucha música. Todos los mediodías, al salir del hotel,
esperaban en el subte los músicos del -literalmente- underground,
en la mayoría de las estaciones. Recuerdo en especial a un tipo
que cantaba a la perfección las canciones de Bob Dylan, y a dos
chicas de voces angelicales que interpretaron a capella Michelle, de los
Beatles.
En Londres todos los días
puede verse un espectáculo distinto, pero hay tanto para elegir,
que uno siempre se queda con ganas de más. Una tarde, me puse a
charlar en una estación de subte con un joven hindú que tocaba
la cítara como los dioses. Finalmente me terminó invitando
a ir con él a un barcito chino aromatizado con unos humeantes sahumerios,
donde se presentó un grupo alucinante de músicos llegados
del Tibet.
Londres
es la capital del rock, y cada semana hay varios grandes recitales. Me
consideré afortunado cuando vi que justo esa semana tocaba David
Bowie en el Wembley Arena, pero lamentablemente ya no había más
entradas. Aunque si lo hubiera querido, podría haber ido a los recitales
de Genesis o de UB40, por nombrar a los más famosos; todo en una
semana.
Para variar un poco de ritmo, un
mediodía me acerqué hasta la iglesia Saint Martin in the
Fields, frente a la famosa Trafalgar Square, donde todos los días
a las 12 en punto hay un concierto gratuito de música clásica.
Al entrar al templo vi a toda la gente sentada en los bancos, mientras
la orquesta empezaba con los primeros acordes de Las Cuatro Estaciones,
de Vivaldi.
Entre
los personajes más curiosos que había en mi hotel, sobresalía
Dave, un punk norteamericano llegado de Oklahoma que llevaba meses alojado
allí. Según me contaron, cuando Dave se instaló en
el hotel, nadie le creía que venía de Oklahoma. "Ahí
sólo hay vacas", decían todos. Pero por lo visto hay vacas
y un punk que se cambia el color del pelo cada semana y usa collares con
infinidad de agujas. Como suele ocurrir, ese look ultra-agresivo escondía
a un tipo común que le escribía cartas de amor a su novia
en el comedor del hotel. Dave era poco menos que un tierno vestido de punk,
fanático de Shakespeare. Fue él justamente quien me llevó
a conocer el Barbican Centre, el centro cultural más importante
de la ciudad, donde hay cines, escenarios musicales, teatros, salas de
exposiciones artísticas y bares. Allí asistí con Dave
a una actuación de la Compañía Shakespeare, que presentaba
una versión de Macbeth, el clásico del maestro de la literatura
anglosajona. Aunque no entiendas inglés, vas a vibrar de emoción
con las actuaciones y la impresionante escenografía medieval, donde
se desarrollan sangrientos combates con espadas en el interior de un castillo.
En el hall central del Barbican hay un recital de música a toda
hora del día, todos los días. Ese día, a la salida,
Dave y yo tuvimos la suerte de disfrutar de un conjunto jamaiquino que
tocaba canciones de Bob Marley.
London by
night
Ninguna capital europea detenta la
movida nocturna de Londres, donde la música bailable se reinventa
constantemente. En los últimos años han surgido ritmos como
el drum n' bass (bajo y batería), el UK speed garage y el asian
underground.
Una noche conversábamos todos
los pibes del piso en las escaleras del hostel, cuando Luigi, un italiano
divertidísimo, nos propuso ir a bailar al mejor boliche de Londres
-según su opinión-. Todos fuimos con él, pero al llegar
nos encontramos con una catedral gótica. Estábamos por linchar
al tano cuando nos dimos cuenta de que teníamos enfrente a Limelight,
una increíble discoteca que fue un viejo templo protestante. Ni
bien entré, las infernales luces estroboscópicas reflejadas
en los coloridos vitreux de la iglesia me encandilaron la vista. Era miércoles,
el día del revival de los '80. En las pantallas pasaban viejos programas
de rankings -The Tops of the Pops-, y todos nos prendimos en el baile:
Madonna, Culture Club, Spandau Ballet, Duran Duran... Limelight abre todos
los días: los lunes es la fiesta gay, los martes ponen tecno, y
los fines de semana pasan la música que está de moda. En
la disco reinaba un ambiente festivo, y todos estaban muy producidos con
mucho maquillaje, anteojos rojos, pelucas y vestidos con franjas que destellaban
luces de colores. En el piso inferior había una estética
más gótica, con gente vestida de negro, pelos parados y aros
en las cejas y la lengua. Como corresponde, los dos ambientes convivían
dentro de la misma disco sin problema. Todo el tiempo se nos acercaba gente
a charlar: en Londres no existe la argentina costumbre de la "cortada de
rostro".
La siguiente noche fue el turno
The Wag, donde había ejemplares de las dist intas
tribus londinenses. Se trata de una vieja mansión de tres pisos,
a la que le han sacado las paredes y las columnas, y que tiene el tamaño
de un micro-estadio deportivo. En la pista principal estaban los dark haciendo
pogo y bailando The Cure y Siouxie & the Banshees, y a un costado había
unos punks con crestas violetas, maquillaje verde en los ojos y remeras
escritas con aerosol, que resultaron ser todos españoles. Me contaron
que en Londres ya casi no quedan punks, y que los que hay son todos españoles.
En el piso superior había una barra larguísima que rodeaba
la segunda pista de baile, donde otra vez estaban de revival, con mucho
Blondie y The Police.
La entrada a los boliches no era
cara, lo que nos permitió ir a dos y hasta a tres lugares en una
misma salida. El Candem Palace es un viejo teatro de Music Hall, hoy devenido
en el boliche ideal para bailar música en vivo. La entrada parece
la recepción de un hotel de lujo, y te reciben unos tipos vestidos
de frac. Hay varios niveles y dos pistas gigantes donde la gente baila
en éxtasis, sin parar una sola vez en toda la noche. En el escenario
tocaban grupos folk y pop de moda, y me llamó la atención
la gran cantidad de "clones" que andaban por ahí dando vueltas.
Los "clones" son fans de estrellas de rock que se visten, peinan y bailan
como sus ídolos. Había copias casi perfectas de Kurt Cobain,
Björk, Madonna y de Liam Gallagher. El súmum fue chocar con
uno disfrazado como el monstruo de Marilyn Manson.
Esa misma noche fuimos a conocer
The End, un buen lugar para experimentar con el penetrante y monótono
ritmo del drum n´ bass. Pero nuestros cerebros parecían a
punto de estallar, así que nos fuimos a The Dome, una de las discotecas
de más onda en este momento: se especializa en lo que se llama música
indie (de sellos independientes), y la gente va de remera y jean, sin preocuparse
por estar muy elegantes ni por parecer rotosos. La música: desde
Metallica y Pearl Jam hasta los hits de Oasis.
Londres es una ciudad que sabe divertirse,
donde tenés miles de posibilidades para salir de noche; y de conocer
cosas nuevas en todo sentido. En esta ciudad no hay códigos ni uniformes,
y si los hay, son los que vos inventás. Nadie se preocupa por maquillarse
igual que los demás, ni por vestir la misma ropa que los otros:
se busca la originalidad por sobre el standard. Nadie pretende estar a
la moda; ellos mismos la crean.
El Covent
Garden
En mi último día en
Londres me quedaba mucho por visitar, pero preferí volver a un lugar
en el que había pasado horas enteras divirtiéndome como un
chico: el Covent Garden. Se trata de
una zona comercial y artística de cinco manzanas, donde hay mercados
callejeros de antigüedades, artesanías de todo el mundo y mucha
ropa. Allí me compré una remera australiana con dibujos aborígenes
que es una verdadera obra de arte, y un saco nepalí multicolor que
hoy es la envidia de mis amigos. Mientras recorría los puestos,
empecé a escuchar una música encantadora que me impulsó
a buscarla con ansiedad. Busqué y busqué, hasta que di con
los músicos en una calle peatonal: eran unos ancianos chinos, con
trenza a lo manchú, tocando la música de su país con
instrumentos tradicionales. Cuando los chinos terminaron su presentación,
reanudé la recorrida, pero a sólo 20 metros una nueva sorpresa
acaparó mi atención: había un tipo en cueros sentado
en la vereda, con todo el cuerpo y la cara pintados de blanco. Tocaba el
didjeridu, un instrumento de viento hecho con madera de eucalipto por aborígenes
australianos, que al sonar hace vibrar el piso una cuadra a la redonda
con su grave sonido.
Como el sol del mediodía
se estaba tornando insoportable, elegí al azar uno de esos tradicionales
pubs ingleses llenos de gente trajeada que sale de los trabajos y va a
tomar cerveza en grandes balones. El pub tenía más de cien
años de historia, y allí disfruté de una cerveza helada
en su punto justo, mientras escuchaba una banda en vivo de música
celta.
En la calle central del Covent Garden
las posibilidades de elección son diversas. Es como un gran circo
abierto, pero también es mucho más que eso. El nivel profesional
de los actores de teatro callejero es sorprendente. Como las obras eran
cortas, un rato me alejaba a reírme con unos cómicos tan
buenos como Benny Hill, y después volvía con los teatreros.
No tardé en encontrar algo distinto que estimulara nuevamente mis
sentidos: me topé con unos malabaristas que adoraban el fuego y
unos magos que realizaban trucos jamás vistos. Finalmente me dirigí
a una coqueta galería subterránea con un patio central en
la que los estudiantes de música clásica van a ensayar sus
obras durante todo el día. Eran las cinco en punto de la tarde,
y como indica la tradición, me senté a tomar el té
y a disfrutar de la torta de chocolate más rica que comí
en mi vida. A dos metros de la mesa, los músicos tocaban, casi para
mí solo, un cuarteto de Mozart.
En Londres la música te busca
a vos: en la calle, en la iglesia, en el subte, o en los cen tros
culturales, donde todo el tiempo hay festivales internacionales con las
mejores estrellas del pop, el jazz, la música africana, el folklore
asiático, la música industrial, o lo que se te ocurra.
Mi semana en Londres no fue precisamente
un plácido descanso. En Londres no podés parar; tenés
dos mil cosas para hacer y el tiempo nunca te alcanza. La próxima
vez que vaya, pienso hacer como muchos de los extranjeros que conocí
en el hotel: van a una agencia de trabajo que les consigue laburo enseguida,
y se quedan meses en Londres hasta que se cansan de disfrutar.
¿Alcanzará el tiempo
de esta manera?
Texto: Julián Varsavsky
Fotos: Gonzalo "Mono" Alcaide
Diego Biosca
Los mejores
lugares de Londres
-Las discos:
The Ministry of Sound: 103 Gaunt
street, SE1 (Estación de subte Elephant and Castle)
Limelight: 136 Shaftesbury Avenue,
WC2 (Estación de subte Leicester Square) Tel.:434-0572
The Wag Club: 35 Wardour Street,
W1 (Estación de subte Piccadilly Circus) Tel: 437-5534
The Camden Palace: 1a Camden High
Street, NW1 (Estación de subte Camden Town) Tel: 387-0428
The Dome: 178 Junction Road, N19
(Estación de subte Tufnell Park) Tel:272-8153 Entrada: 5 dólares.
The End: 16a West Central Street,
WC1 (Estación de subte Tottenham Court Rd or Holborn) Tel.:419-9199
La entrada a todas estas discotecas
ronda los 5 ó 7 dólares.
-Jazz:
Ronnie Scott Club:
47 Frith Street W1 (Estación
de subte Leicester Square)
Tel.:439-0747
-Centros Culturales:
Barbican Centre: Silk Street EC2
(Estación de subte Barbican, Moorgate) Tel.:638-8891
Queen Elizabeth Hall SE1: Southbank
SE1 (Estación de subte Embankment) Tel.:960-4242
VENTA DE ENTRADAS EN ARGENTINA PARA
RECITALES EN LONDRES
Showtime: Paraguay 779 Piso 9 -
Of. "C" Buenos Aires
Tel: 314-5514 e-mail: showtime@telmat.com.ar
La disco
más famosa
Ministry of Sound es sin dudas la
super-disco de Londres, a la que asisten varios miles de personas todos
los fines de semana. Desde afuera se ve algo parecido al patio amurallado
de una cárcel, con una larga cola de gente muy elegante esperando
para entrar a sacudir sus cuerpos con frenesí hasta las 10 de la
mañana. Sus atracciones son los Djs más famosos del país
y de Estados Unidos, y un sistema de sonido y luces láser único
en el mundo. Lo que más se escucha es música garage y house.
La entrada es de las más caras: cuesta 18 dólares.
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