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Europa esencial

En Europa hay de todo y para todos, es sabido. Cada uno tiene su rincón preferido, sólo hay que buscarlo. Pero sin duda, hay ciertos lugares que son su alma, ésos que hay que conocer sí o sí. Un circuito clásico, perfecto para recorrer en grupo.

Desperté con el sol entrando por la ventana que daba al Palacio Real de Madrid y en el desayuno conocí a la gente con la que viajaría los siguientes veinte días. El grupo era una mixtura de oficios y profesiones: un abogado mendocino, una bioquímica de Almagro, algunas profesoras de educación física, dos programadoras de sistemas y un par de personajes que se dieron cuenta del laburo que da vivir sin trabajar. 
"Esto es un viaje de egresados por Europa", pensé, y la idea de viajar en grupo terminó de cerrar. Descubrí todas sus ventajas: hay cosas que están resueltas de antemano, lo que permite que te dediques exclusivamente a viajar y a vivir los lugares a pleno; un micro con aire acondicionado, música y asientos cómodos que hace que los viajes largos sean placenteros; los hoteles están combinados y listos para ser ocupados; poder ver tantas ciudades y paisajes distintos en poco tiempo te permite un pantallazo general de la cantidad de opciones que el viejo continente ofrece; una guía que viajaría con nosotros todo el trayecto desde Madrid hasta Londres y que podía explicarnos la historia, la cultura y los datos curiosos de cada uno de los puntos a visitar, incluyendo recomendaciones de adónde ir si lo que buscábamos era un poco de marcha en las noches europeas. 
 

El calido Mediterráneo 

Dedicamos nuestro primer día a recorrer Madrid, una ciudad hermosa y muy activa. Empezamos por El Rastro, aquel famoso mercado que se monta los domingos por la mañana, en el que se puede comprar casi cualquier cosa, desde cuadros y ropa usada hasta mochilas y antigüedades. Madrid es muy parecida a Buenos Aires en varios aspectos: el ritmo de vida, las calles agitadas y parte de la arquitectura, especialmente en el centro de la ciudad. 
Al día siguiente hubo que apagar el incendio que produjo una larga noche de tapas por el barrio Lavapiés, donde probamos diferentes comidas típicas de los bares, como bacalao con salsa blanca y papas hervidas a los cuatro quesos, todo bien acompañado con cervezas de distintos sabores y procedencias. 
Partimos rumbo a la antigua Toledo que, según dicen, es la cuna del mejor acero del mundo. Tuvimos ocasión de comprobarlo en una visita a una fábrica de espadas antiguas donde nadie se privó de empuñar a Excalibur. Yo preferí probarme una réplica de la poderosa espada que usaba Conan, con un peso aproximado de cinco kilos, y tuve que resistir la tentación de comprarla, no por el precio, sino por la molestia de cargarla el resto del viaje. 
Toledo y su casco antiguo parecen pintados por un cuentista del Medio Evo: calles de piedra que no van a ningún lado y que forman parte de un laberinto que desemboca en la plaza principal. Definitivamente, Toledo merece ser conocida. 
La siguiente parada fue Barcelona, donde visitamos diversos monumentos y pudimos comparar los diferentes estilos de la ciudad, con construcciones modernas y con viejos caserones de frentes esculpidos. La catedral de la Sagrada Familia, la obra máxima de Gaudí, aún sin terminar, es el edificio más interesante. 
Las playas de Sitges, a cuarenta kilómetros de Barcelona, explican por qué ella es uno de los portones turísticos de Europa. Arena blanca, un mar azulado y gente de todo el mundo que se junta en los paradores para tomar unas cervezas y programar la noche arman un paisaje y un ambiente perfectos. 
 

Tenía la tarde libre, así que salí a buscar un cibercafé para dar y recibir noticias de la ya lejana Argentina. Que resultó no tan lejana, finalmente, pues ahí mismo conocí a dos mendocinos que vivían en Barcelona y que se empecinaron en convencerme de que habían encontrado una carnicería que tenía carne como la argentina, incluso con los mismos cortes. "No se hable más, entonces. Esta noche, asado y vino". La comida fue buenísima, le hicimos honor sin dejar ni las migas del pan y el tinto no nos abandonó. Estuvimos juntos hasta la salida del sol sobre la playa blanca, hablamos de lo que significa viajar y conocer gente y de cómo es vivir fuera de Argentina. No pudimos resolver cuál es el mejor asado pero, a cambio, gané un par de amigos. 
A medida que los días iban pasando, la gente se iba soltando y el grupo comenzó a comportarse como tal. Ibamos a comer todos juntos y conseguíamos buenos descuentos por comprar cantidad. Todo el tiempo estábamos aprendiendo unos de otros, gracias a las distintas formas de ver y sentir los lugares que cada uno tenía. 
Desde Barcelona partimos hacia Niza, Francia: mar turquesa, gente asoleándose con el generoso sol del verano europeo en las playas de piedra y un clima de fiesta en sus plazas y ferias plagadas de artistas callejeros, malabaristas, alfareros, violinistas y artesanos de varias nacionalidades, quienes se ganan la vida con la generosa propina de los ricos veraneantes de todo el mundo. 
Mónaco nos tentó con su casino de fama mundial y con un lujo pocas veces visto. La imagen que nos recibió fue la de tres Ferraris y dos limosinas estacionadas en la puerta. Allí fuimos a probar suerte, y ella nos enseñó que no siempre está de nuestro lado. Con los bolsillos vacíos y una importante baja en nuestras cuentas, seguimos viaje a Pisa, nuestro primer contacto con tierra italiana. 
 

La bella Italia 

En Pisa conocimos a una pareja de españoles egresados de la Universidad de Berkley, que estaban recorriendo Europa desde hacía un mes a bordo de dos motitos que no andaban a más de sesenta kilómetros por hora. 
Después de la foto obligada sosteniendo la Torre seguimos viaje a Roma. Cómo explicar lo que se siente contemplar el Coliseo y remontarse a la época del circo romano, pasear por la plaza San Pedro y sus calles encantadas, imaginar los combates medievales y la vida de aquel poderoso Imperio que dio origen a nuestra cultura occidental. Decidimos que lo mejor para recorrer la inmensa ciudad era alquilar algunas motos y por veinte dólares las tuvimos todo el día. Recorrimos algunos lugares que no figuraban en el "plano de la ciudad", pero que nos permitieron conocer los recodos, las esquinas, los barrios y los auténticos personajes de Roma. 
Pasear entre el tupido tráfico de la ciudad nos hacía sentir más locales, inclusive cuando nos perdíamos durante horas en las calles cargadas de historia. 
Una vieja frase dice que todos los caminos llevan a Roma y sería buenísimo que así fuera: es una ciudad fascinante y llena de vida que recibe a sus visitantes con los brazos abiertos. 
Un par de días más tarde estábamos en la hermosa Florencia, recorriendo sus calles, por supuesto y, por qué no, el estadio de la Fiorentina, donde el Batigol se despacha con un par de goles los domingos en que hay partidos por la Liga Italiana. 
Perdernos en la feria que se monta en las calles fue una buena alternativa para conocer un poco más la ciudad. Florencia ofrece una vista panorámica alucinante desde las terrazas, donde disfrutamos de un café delicioso y de un paisaje único. Nos quedamos esperando que el sol nos bañara con los últimos rayos anaranjados y pintara de colores las cúpulas más altas de la majestuosa ciudad. 
Ese momento fue sin duda uno de los mejores de todo el viaje. 
Con la pena por tener que dejar un lugar tan lindo a cuestas, seguimos nuestra ruta hacia la histórica Venecia. Tal como cuentan los libros, los puentes, las calles y el canto de los sonrientes gondoleros se descubren desde el vaporetto. A las pocas horas Venecia logra que te sientas parte de ese increíble paisaje de películas de época. Tomar una góndola es un poco caro pero, ¿cuántas veces se tiene la posibilidad de apreciar una ciudad como ésta desde un lugar tan privilegiado, con un gondolero cantor que te muestre los lugares más auténticos y te hable de las leyendas de amor de la eterna Venecia? 
Hay que caminar la Plaza San Marco; se lo merece. Y detenerse en un ángulo de la plaza permite contemplar el movimiento constante de vendedores, turistas, palomas, gente del lugar y gondoleros hambrientos de liras. 
Hicimos una escapada a la isla de Murano, a sólo veinte minutos del centro, famosa mundialmente por su cristal y visitamos una fábrica para descubrir el largo proceso que lleva a conseguir piezas de una belleza y delicadeza sin igual. Hay que llegar en días de semana si se quiere ver trabajar a los artesanos, ya que los fines de semana las fábricas y los salones de venta están abiertos pero no se puede apreciar el trabajo de creación. 
 

Las ciudades de culto 

Creo que las ansias por llegar a París crecían a medida que nos acercábamos. La Ciudad Luz nos recibió, como esperábamos, vestida de gala, y como no podía ser de otra manera lo primero que hicimos fue pagar los diez dólares que cuesta la entrada y el derecho de ver París desde la mismísima torre Eiffel. 
Llegamos con los últimos rayos de sol y nos quedamos esperando, como el resto de los visitantes provenientes del mundo entero, el espectáculo que pronto justificaría tanta espera. 
París iluminada es algo fantástico, la vista se pierde antes de lograr alcanzar las luces más lejanas de la ciudad. Cuando estuvo completamente encendida, los aplausos no se hicieron esperar y tampoco falto un guitarrista alemán que le aportó melodía a la fiesta visual. 
La capital francesa fue hecha para recorrerla: majestuosos museos, el palacio de Versailles y sus jardines, doradas cúpulas contrastando con el cielo y calles de novela con olor a baguette. Caminar por los Campos Eliseos, comer un delicioso crepé de formage, una especie de empanada gigante rellena con queso o con algún dulce, o simplemente perderse en las callecitas del Barrio de la Bastilla, o del Barrio Latino. 
Parte del grupo volvía desde París, así que los que continuábamos a Londres éramos solamente diez. Pero la fiesta no se detuvo ni mucho menos; seguimos adelante. Ya éramos más que un grupo de chicos decididos a recorrer Europa: empezábamos a ser amigos. 
Luego de un paso sin pena ni gloria por Bruselas llegamos a Holanda. La Haya fue la entrada y amor a primera vista. Holanda es un país increíble, con pueblitos salpicados de molinos, las mujeres con sus zuecos tradicionales y la hospitalidad que caracteriza a su gente. 
En Amsterdam supe que estaba en uno de los lugares más cosmopolitas del mundo. Más allá de los turistas, la población de Amsterdam es sencillamente excepcional. Negros, marroquíes, punks… en fin, gente de todas las etnias y de todas las ondas convive en la paz más completa. 
Pocas ciudades en el mundo tienen calles tan tentadoras para perderse en busca de nada y queriendo verlo todo: casas que parecen de juguete, canales atravesados por puentes, casas flotantes de varios ambientes, decoradas con tulipanes de todos los colores y plantas que sobresalen de los enormes ventanales. 
 

Todo turista recién llegado dirige sus pasos a la Zona Roja, donde, del otro lado de las ventanas con cortinas rojas que dan origen al nombre del barrio, se exhiben señoritas que se ganan la vida con la profesión más antigua del mundo, y que son reguladas y controladas por organismos de salud del Estado. 
Los coffeeshop de Amsterdam deben ser los bares más famosos en todo el mundo, ya que ahí podés pedir desde capuccinos hasta drogas blandas cuya venta y consumo están permitidos, a diferencia de las drogas duras. 
Amsterdam es, sin dudas, un lugar para volver siempre. 
Volendam, un pueblo que queda a unos quince kilómetros, es un destino interesante y el mejor medio para llegar es el que usa todo ciudadano holandés que se precie de tal: la bicicleta. Holanda tiene quince millones de habitantes y dieciséis de bicicletas. Saquen cuentas. 
Dejamos Holanda y nos dirigimos a Londres vía ferry. Era el último punto de nuestra ruta y la idea de volver a Buenos Aires hacía que pusiéramos más energía que nunca en curtir el lugar y su gente. 
Londres es una de las ciudades más atractivas y dinámicas de Europa, moderna, pero cargada de historia y cultura. Entre la innumerable cantidad de cosas que hay por ver, el cambio de guardia en el palacio de Buckingham bien vale el esfuerzo de despertarse temprano para conseguir un buen lugar. Los artistas callejeros parecen encontrar en Londres un lugar ideal para hacer una moneda (o unas cuantas) y estatuas vivientes, malabaristas, músicos y artistas del tatuaje con henna se dan cita todas las tardes en las cuadras que rodean al Piccadilly Circus, centro turístico y paso obligado para los visitantes. El metro es sin duda la mejor manera de viajar dentro de Londres. Es caro, pero se pueden conseguir abonos a buen precio. 
El British Museum tiene tanta variedad de tesoros arqueológicos de diferentes culturas que con sólo recorrer algunos metros cuadrados se conocen importante momentos de la historia del mundo. ¡Si hasta se puede ver una pirámide egipcia por dentro! De América, Asia y Africa trajeron "souvenirs" los piratas europeos, y todo está en el Museo Británico. 
 

Londres tiene una vida social muy activa, que pasa en gran parte por los pubs locales, donde quisimos comprobar cuán cierto era que a las 22:50 suena la campana para avisar a los sedientos bebedores que diez minutos después se suspende el expendio de alcohol. La puntualidad impresiona. Once menos diez sonó la campana y la barra, que hasta ese momento venía regulando, no daba abasto para saciar la gran demanda de cerveza que el público exigía, incluidos nosotros, obviamente. La variedad de colores y sabores hacen que este lugar sea el paraíso de los amante de la cerveza. 
Una experiencia imperdible es ir a visitar las misteriosas piedras de Stonedge. Hay que recorrer sólo un par de horas en auto desde Londres y en el camino vas conociendo los pueblitos de la hermosa campiña inglesa. 
Sin darnos cuenta estábamos en el final del viaje. Durante 21 días aprendimos gran cantidad de cosas, conocimos gente, lugares, costumbres, paisajes. Con el viejo continente más cerca de nosotros, amistades en pleno crecimiento, el alma llena de recuerdos y ganas de volver en poco tiempo, emprendimos el largo y poco atractivo regreso a casa. Definitivamente, ese segundo viaje de egresados no tenía nada que envidiarle al de los 18 años.

Texto y fotos: Ariel Mendieta 


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