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Luciana Salazar


San Sebastián, glamour en la Vascongada

Una recorrida por la costa de San Sebastián antes del verano. El glamour de la sede del Festival de Cine en contraste con el casco viejo de la ciudad donde radical se escribe con K.

"ONGI ETORRI" 
Dicen aquellos que saben que en los años ´50 San Sebastián era en blanco y negro; y que las divas y los galanes de Hollywood recorrían, tomados del brazo, la playa de la concha, gritando a los cuatro vientos: "Qué bello es vivir". 
Un glamour de celuloide que contrastaba con una España arrasada por la guerra. 
San Sebastián, o Donosti según su nombre en euskera, siempre fue una ciudad burguesa con sus casonas amplias y esplendorosas con vista al mar y hoteles de lujo. Era el balneario de principios de siglo donde los reyes nadaban para sanarse. 
Yo no pude confirmar lo del blanco y negro porque cuando fui la ciudad era en colores y entre todos sobresalían el rojo y verde de la ikurrinia, la bandera del país vasco. 
Pro etarras, nacionalistas vascos de derecha y apolíticos reciben a las visitas con un "ongi etorri", bienvenidos. El cálido recibimiento se repite en el primer bar y en el segundo y en el tercero en un castellano de zetas muy marcadas. 

RUIDOS RADICALES EN EL CASCO VIEJO 
La ciudad es como un caleiodoscopio, en el que en vez de cambiar las imágenes con cada giro de muñeca, cambian los sonidos: en el casco viejo, donde radical se escribe con K, la música es combativa, antifascista y de protesta contra el estado español invasor. Es la zona de los txokos, bares en las plantas bajas de edificios viejos, donde reina el calimocho, una mezcla poco sana de vino tinto y coca cola. Ahí es fácil mezclar bebidas con largas conversaciones de política entre bandas en vivo, CDs de Negu Gorriak y canciones de Los Fabulosos Cadillacs. 
En todo bar que se precie de tal, sobre la barra hay un alcancía para poner dinero en ayuda a los presoak, prisioneros políticos de ETA que están en cárceles fuera del País Vasco. En las calles, el clima es distinto. Las paredes compiten entre los afiches con fotos de perfil y de frente de los buscados y leyendas bregando por la Independencia. La policía autónoma vasca suele desfilar con coreografías dignas de John Woo, vestidos de azul y con pasamontañas rojos en la cabeza y pinta de buenos muchachos. La pelea siempre a punto de estallar es casi un ritual, aunque generalmente nunca pasa nada. 

TAMBORRADAS CON TAMBORES 
Antes de que termine el primer mes del año en Donosti ya hay motivos para celebrar. Se escuchan sonidos de tambores. Los frentes de las tiendas, los bares, los negocios y las panaderías son decorados con banderines azules y celestes para festejar el día de San Sebastián. Los lugares más caros tienen un cotillón especial. Los más pobres se conforman con globos y guirnaldas que igual quedan preciosos. 
El motivo de tanta gala es darle un marco de lujo a los festejos de las Tamborradas, especie de comparsas a la vasca que recorren la ciudad de a pie haciendo sonar los tambores que los improvisados músicos llevan pegados al cuerpo. Y un detalle de la tradición que con los años se ha transformado en un misterio: todos van vestidos de cocineros. 
Cada comparsa tiene su propio recorrido y un horario establecido por el Ayuntamiento para caminar las calles. Lo importante es llegar en pie, a las 12 de la noche en punto, a la Plaza Mayor y ahí, a fuerza de más sidra, más cerveza, vino txacolin y licor de pacharan, seguir bailando y no dormir durante dos días. Las calles son una verbena; besos y abrazos están permitidos entre los montejos y los capuletos de la sociedad donostiarra. 
Es muy tradicional comer angulas, un pescado muy pero muy caro, que años atrás casi le costó el sillón presidencial al antipático de Aznar ya que los exhortos de su estómago superaban el presupuesto presidencial. Los más modestos se arreglan con pollo frito y lechuga cortada a mano. 
Nadie para hasta lograr un pañuelo azul al cuello, el gorro de cocinero y el tamboril en la cintura. 

ACEITANDO EL OÍDO 
Pasa rápido, como un vólido, un enjambre de bicicletas. 
Dos jubilados y tres mujeres en una plaza se arrinconan alrededor de una radio a pilas. Escuchan en AM cómo entrenan los ciclistas para la Vuelta de San Sebastián. 
Un grupo de más de 30 hombres apretados en lycras de colores brillantes pedalean por la calle Martín Gross. Esta avenida divide la ciudad al medio y comunica las dos bahías, la de la Concha y la de Gross. 
Ecos de música ligera se escuchan venir del este. 
La velocidad tienta y aunque el paso del turista sea otro, habrá que seguir a las bicicletas. Al final de la calle San Sebastián promete otra ciudad, una con otras canciones. El peaje obligatorio es el bar Ezcurra, donde dos atentos y pícaros solterones, Alejandro y Juanito, preparan los canapés más esmerados de este lado del hemisferio. 

LA PLAYA MARTÍN GROSS 
El caleidoscopio gira de nuevo. Al final de la calle hay un mundo que vive en las antípodas del casco viejo. También hay bares, chicos y música pero nada de política. La playa de Martín Gross está encaprichada en dedicarse a la buena vida. La escena más moderna de toda la península está resumida sobre esta bahía en las arenas del Cantábrico. Diseñadores, músicos y poetas viven empeñados en la fiesta de la celebración dibujando sobre mapas invisibles carreteras de alta velocidad, siempre con ganas de fiesta, esperando que pase el invierno para volver a nadar en el mar, soñando un verano donde el chico más freak del baile fue novio de la chica más guapa y poderle cambiar el final. 
Tragos de colores, sillones mullidos, lámparas de los 50 sonando entre música suave y una pareja de daneses que planea el próximo sin necesidad de hablar. 

BELLEZA Y FELICIDAD
El parque de atracciones del Monte Igueldo es el paso de comedia imperdible. Un mirador privilegiado de toda la costa hasta Francia. 
Como todo parque de diversiones, está a la intemperie. El frío, el viento y la sal no le han hecho nada bien. En fin, se oxidó y está perdido en el tiempo. Los payasos de cartón piedra dan miedo y sobre todo teniendo en cuenta que son figuras de cuatro metros con el cuerpo de Fofó vestido de rosa viejo. 
Hay una cama elástica, un samba donde suenan Los Parchis, tres tiros al blanco para bajar patos y lo mejor: un adivinador del destino con un turbante en la cabeza y fuertes reminiscencias del Generalísmo. La voz del astrólogo pide cada cinco minutos exactos que le eches una moneda de 25 pesetas para leerte la fortuna. Cómo no caer en la tentación si los consejos serán entregados en cartoncitos como los viejos boletos de tren que uno podrá guardarse en el bolsillo y leer en los momentos más difíciles. 
Puse mis cinco duros en la ranura de la "Felicidad" y el secreto del sentimiento tan magnánimo me fue revelado: "Si quieres ser feliz piensa como la mayoría". Leí. Franco disfrutaba muchísimo pasearse con su yate Azor por las costas del Mar Cantábrico. 
Dicen que su yerno, el Marquez de Villaverde también era un enamorado de estas costas. No sólo le gustaba pasearse sino mostrar su riqueza por la costa de la Vascongada. 

LOS SONIDOS DEL SILENCIO 
Pasaje San Juan y Pasaje San Pedro debe ser uno de los lugares más bellos de toda España. Dos ciudades enfrentadas por una entrada del mar que juega las veces de espejo y devuelve sobre San Pedro una imagen distorsionada de San Juan. 
Por supuesto que los dos pueblos viven inmersos en una guerra estética absoluta. Dicen los de San Juan que San Pedro tiene una ventaja: sus vistas. Y también dicen los de San Juan que el escritor francés Victor Hugo, que vivió en el pueblo durante años, una mañana de mayo abrió su ventana y mirando el pueblo de enfrente comenzó a escribir Los Miserables. 
Fotos y leyendas sobrevuelan el restaurante Cámara. El preferido de Orson Wells porque fue allí, sobre esos manteles, que dibujó las escenas de El Ciudadano. También el preferido de Ernest Hemingway quien escribió en su cabeza Por quien doblan las campanas, y de Audrey Hepburn brindando por el premio recibido en el festival de San Sebastián de 1958 por su papel en La historia de una monja. 
Es que además de la gente, los lugares son los encargados de guardar la memoria. Uno elige de cada lugar qué recuerdos colgará en su memoria en forma de postales parlantes. Estos fueros los míos. 

INFO: 

¿CÓMO LLEGAR? 
San Sebastián queda a menos de 400 kilómetros de Madrid. La forma más barata de viajar es en bus pero la más chic es en tren tomando una copa de vino Rioja en el coche comedor. 

¿CUÁNDO IR? 
San Sebastián es disfrutable todo el año. El 19 de enero es el día de San Sebastián. Se festeja el festival de las Tamborradas. En agosto se celebra "la semana grande". Con música al aire libre, se organiza una fiesta en la calle. En verano está el mar. 

IMPERDIBLES 
Ir a Pasaje San Juan y Pasaje San Pedro, y caminar la ciudad.
 

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