| San Sebastián,
glamour en la Vascongada
Una
recorrida por la costa de San Sebastián antes del verano. El glamour
de la sede del Festival de Cine en contraste con el casco viejo de la ciudad
donde radical se escribe con K.
"ONGI
ETORRI"
Dicen aquellos que saben que en
los años ´50 San Sebastián era en blanco y negro; y
que las divas y los galanes de Hollywood recorrían, tomados del
brazo, la playa de la concha, gritando a los cuatro vientos: "Qué
bello es vivir".
Un glamour de celuloide que contrastaba
con una España arrasada por la guerra.
San Sebastián, o Donosti
según su nombre en euskera, siempre fue una ciudad burguesa con
sus casonas amplias y esplendorosas con vista al mar y hoteles de lujo.
Era el balneario de principios de siglo donde los reyes nadaban para sanarse.
Yo no pude confirmar lo del blanco
y negro porque cuando fui la ciudad era en colores y entre todos sobresalían
el rojo y verde de la ikurrinia, la bandera del país vasco.
Pro etarras, nacionalistas vascos
de derecha y apolíticos reciben a las visitas con un "ongi etorri",
bienvenidos. El cálido recibimiento se repite en el primer bar y
en el segundo y en el tercero en un castellano de zetas muy marcadas.
RUIDOS RADICALES
EN EL CASCO VIEJO
La ciudad es como un caleiodoscopio,
en el que en vez de cambiar las imágenes con cada giro de muñeca,
cambian los sonidos: en el casco viejo, donde radical se escribe con K,
la música es combativa, antifascista y de protesta contra el estado
español invasor. Es la zona de los txokos, bares en las plantas
bajas de edificios viejos, donde reina el calimocho, una mezcla poco sana
de vino tinto y coca cola. Ahí es fácil mezclar bebidas con
largas conversaciones de política entre bandas en vivo, CDs de Negu
Gorriak y canciones de Los Fabulosos Cadillacs.
En todo bar que se precie de tal,
sobre la barra hay un alcancía para poner dinero en ayuda a los
presoak, prisioneros políticos de ETA que están en cárceles
fuera del País
Vasco. En las calles, el clima es distinto. Las paredes compiten entre
los afiches con fotos de perfil y de frente de los buscados y leyendas
bregando por la Independencia. La policía autónoma vasca
suele desfilar con coreografías dignas de John Woo, vestidos de
azul y con pasamontañas rojos en la cabeza y pinta de buenos muchachos.
La pelea siempre a punto de estallar es casi un ritual, aunque generalmente
nunca pasa nada.
TAMBORRADAS
CON TAMBORES
Antes de que termine el primer mes
del año en Donosti ya hay motivos para celebrar. Se escuchan sonidos
de tambores. Los frentes de las tiendas, los bares, los negocios y las
panaderías son decorados con banderines azules y celestes para festejar
el día de San Sebastián. Los lugares más caros tienen
un cotillón especial. Los más pobres se conforman con globos
y guirnaldas que igual quedan preciosos.
El motivo de tanta gala es darle
un marco de lujo a los festejos de las Tamborradas, especie de comparsas
a la vasca que recorren la ciudad de a pie haciendo sonar los tambores
que los improvisados músicos llevan pegados al cuerpo. Y un detalle
de la tradición que con los años se ha transformado en un
misterio: todos van vestidos de cocineros.
Cada comparsa tiene su propio recorrido
y un horario establecido por el Ayuntamiento para caminar las calles. Lo
importante es llegar en pie, a las 12 de la noche en punto, a la Plaza
Mayor y ahí, a fuerza de más sidra, más cerveza, vino
txacolin y licor de pacharan, seguir bailando y no dormir durante dos días.
Las calles son una verbena; besos y abrazos están permitidos entre
los montejos y los capuletos de la sociedad donostiarra.
Es
muy tradicional comer angulas, un pescado muy pero muy caro, que años
atrás casi le costó el sillón presidencial al antipático
de Aznar ya que los exhortos de su estómago superaban el presupuesto
presidencial. Los más modestos se arreglan con pollo frito y lechuga
cortada a mano.
Nadie para hasta lograr un pañuelo
azul al cuello, el gorro de cocinero y el tamboril en la cintura.
ACEITANDO
EL OÍDO
Pasa rápido, como un vólido,
un enjambre de bicicletas.
Dos jubilados y tres mujeres en
una plaza se arrinconan alrededor de una radio a pilas. Escuchan en AM
cómo entrenan los ciclistas para la Vuelta de San Sebastián.
Un grupo de más de 30 hombres
apretados en lycras de colores brillantes pedalean por la calle Martín
Gross. Esta avenida divide la ciudad al medio y comunica las dos bahías,
la de la Concha y la de Gross.
Ecos de música ligera se
escuchan venir del este.
La velocidad tienta y aunque el
paso del turista sea otro, habrá que seguir a las bicicletas. Al
final de la calle San Sebastián promete otra ciudad, una con otras
canciones. El peaje obligatorio es el bar Ezcurra, donde dos atentos y
pícaros solterones, Alejandro y Juanito, preparan los canapés
más esmerados de este lado del hemisferio.
LA PLAYA
MARTÍN GROSS
El caleidoscopio gira de nuevo.
Al final de la calle hay un mundo que vive en las antípodas del
casco viejo. También hay bares, chicos y música pero nada
de política. La playa de Martín Gross está encaprichada
en dedicarse a la buena vida. La escena más moderna de toda la península
está resumida sobre esta bahía en las arenas del Cantábrico.
Diseñadores, músicos y poetas viven empeñados en la
fiesta de la celebración dibujando sobre mapas invisibles carreteras
de alta velocidad, siempre con ganas de fiesta, esperando que pase el invierno
para volver a nadar en el mar, soñando un verano do nde
el chico más freak del baile fue novio de la chica más guapa
y poderle cambiar el final.
Tragos de colores, sillones mullidos,
lámparas de los 50 sonando entre música suave y una pareja
de daneses que planea el próximo sin necesidad de hablar.
BELLEZA
Y FELICIDAD
El parque de atracciones del Monte
Igueldo es el paso de comedia imperdible. Un mirador privilegiado de toda
la costa hasta Francia.
Como todo parque de diversiones,
está a la intemperie. El frío, el viento y la sal no le han
hecho nada bien. En fin, se oxidó y está perdido en el tiempo.
Los payasos de cartón piedra dan miedo y sobre todo teniendo en
cuenta que son figuras de cuatro metros con el cuerpo de Fofó vestido
de rosa viejo.
Hay una cama elástica, un
samba donde suenan Los Parchis, tres tiros al blanco para bajar patos y
lo mejor: un adivinador del destino con un turbante en la cabeza y fuertes
reminiscencias del Generalísmo. La voz del astrólogo pide
cada cinco minutos exactos que le eches una moneda de 25 pesetas para leerte
la fortuna. Cómo no caer en la tentación si los consejos
serán entregados en cartoncitos como los viejos boletos de tren
que uno podrá guardarse en el bolsillo y leer en los momentos más
difíciles.
Puse mis cinco duros en la ranura
de la "Felicidad" y el secreto del sentimiento tan magnánimo me
fue revelado: "Si quieres ser feliz piensa como la mayoría". Leí.
Franco disfrutaba muchísimo pasearse con su yate Azor por las costas
del Mar Cantábrico.
Dicen que su yerno, el Marquez de
Villaverde también era un enamorado de estas costas. No sólo
le gustaba pasearse sino mostrar su riqueza por la costa de la Vascongada.
LOS SONIDOS
DEL SILENCIO
Pasaje San Juan y Pasaje San Pedro
debe ser uno de los lugares más
bellos de toda España. Dos ciudades enfrentadas por una entrada
del mar que juega las veces de espejo y devuelve sobre San Pedro una imagen
distorsionada de San Juan.
Por supuesto que los dos pueblos
viven inmersos en una guerra estética absoluta. Dicen los de San
Juan que San Pedro tiene una ventaja: sus vistas. Y también dicen
los de San Juan que el escritor francés Victor Hugo, que vivió
en el pueblo durante años, una mañana de mayo abrió
su ventana y mirando el pueblo de enfrente comenzó a escribir Los
Miserables.
Fotos y leyendas sobrevuelan el
restaurante Cámara. El preferido de Orson Wells porque fue allí,
sobre esos manteles, que dibujó las escenas de El Ciudadano. También
el preferido de Ernest Hemingway quien escribió en su cabeza Por
quien doblan las campanas, y de Audrey Hepburn brindando por el premio
recibido en el festival de San Sebastián de 1958 por su papel en
La historia de una monja.
Es que además de la gente,
los lugares son los encargados de guardar la memoria. Uno elige de cada
lugar qué recuerdos colgará en su memoria en forma de postales
parlantes. Estos fueros los míos.
INFO:
¿CÓMO LLEGAR?
San Sebastián queda a menos
de 400 kilómetros de Madrid. La forma más barata de viajar
es en bus pero la más chic es en tren tomando una copa de vino Rioja
en el coche comedor.
¿CUÁNDO IR?
San Sebastián es disfrutable
todo el año. El 19 de enero es el día de San Sebastián.
Se festeja el festival de las Tamborradas. En agosto se celebra "la semana
grande". Con música al aire libre, se organiza una fiesta en la
calle. En verano está el mar.
IMPERDIBLES
Ir a Pasaje San Juan y Pasaje San
Pedro, y caminar la ciudad.
|