| Vuelta
al medioevo en ocho ciudades amuralladas
Las
murallas fueron diseñadas para que resistan los ataques del enemigo.
Pero lo que mejor han sabido resistir es el ataque del tiempo: casi todas
se conservan como si los siglos no hubieran pasado.
EL
MEJOR ATAQUE ES LA DEFENSA
Desde
siempre, los seres humanos tuvieron el fuerte instinto territorial de defender
la zona que ellos ocupaban antes de que la ocupe otro. El concepto de que
"esto es mío porque estoy aquí" rigió en todas las
civilizaciones desde el principio de los tiempos. Además, apenas
un grupo humano se enriquecía luego de afincarse en un territorio,
lo importante era construir murallas, terraplenes o vallas para impedir
invasiones. Los sistemas defensivos para proteger el territorio de los
posibles invasores se fueron perfeccionando con el tiempo y los descubrimientos
técnicos. Las defensas más efectivas que se conocen fueron
tan útiles que aún siguen en pie, siglos después de
haber sido construidas. Todas ellas están hechas de piedra, el elemento
más duro que encontraron sus habitantes. Los lugares mejor defendidos
siempre se hicieron sobre promontorios altos, que permitieran divisar al
enemigo aún cuando estaba lejos. Estos sitios estaban preferiblemente
rodeados de agua o acantilados que también sirvieran como protección.
ASTUCIA
AL SERVICIO DE LA PROTECCIÓN
Lo
que más impulsó la construcción de ciudades amuralladas
fueron las Guerras Cruzadas en el siglo XI, que comenzaron con la idea
religiosa de liberar a Tierra Santa de la dominación musulmana,
pero terminaron formando ejércitos que, con el falso pretexto religioso,
optaban por asaltar cuanta aldea cruzaban en el largo camino hacia y desde
Medio Oriente. Por este motivo, las aldeas tuvieron que rodear de murallas
de piedra cada vez más fuertes y extensas para proteger con ellos
a artesanos, gobernantes, burgueses, ejército y clérigos.
La impresionante cantidad de murallas levantadas entre los siglos III y
XVIII hizo que -además- se diseñe todo tipo de armas para
vulnerar sus muros, ya fuera trepándolos, tirándolos abajo,
incendiando el pueblo en su interior o destruyendo sus portones.
Pero
todo esto no hizo más que aguzar el ingenio de sus habitantes para
intentar, a su vez, perfeccionar el diseño de murallas impenetrables.
En
el siglo XIV, la aparición de la pólvora hizo que se rediseñara
la arquitectura en materia de fuertes y murallas, para que éstas
contemplaran la mejor manera de usar cañones.
El
ingeniero francés Sébastian La Prestre de Vauban ideó
una forma de construir los fuertes que revolucionó la arquitectura
militar del siglo XVIII. Fue quien inventó el típico muro
en zigzag, con trincheras paralelas a las defensas, que lograron la victoria
en varias guerras de asedio. Los castillos de Vauban poblaron las costas
en los territorios conquistados de Africa y América: nadie tuvo
ninguna idea tan brillante como la suya y durante dos siglos, fortalezas
y murallas se hicieron al "estilo Vauban".
EL
FINAL DE LAS MURALLAS
Se
dejaron de construir murallas cuando la manera de enriquecerse empezó
a cambiar del ataque directo al pueblo vecino a la negociación comercial
con él. Así, las murallas se empezaron a tirar abajo para
permitir que las ciudades pudieran crecer y extenderse en torno al centro
urbano original. Muchas ciudades -como Roma, Barcelona o Viena-, cuentan
actualmente con avenidas en el mismo sitio donde antes estaban sus murallas.
Por suerte, en muchas ciudades no derrumbaron los muros por encontrar en
ellos su identidad, su signo distintivo o un buen punto panorámico
para admirar el paisaje desde la altura de sus bastiones.
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LAS
MÁS ADMIRABLES CIUDADES AMURALLADAS
Estas
son algunas de las ciudades rodeadas de muros que resisten el paso del
tiempo en mejor estado de conservación. Conocerlas equivale a realizar
un viaje en el tiempo en el que es fácil imaginar caballeros de
armaduras brillantes, carruajes, portones levadizos chirriantes, princesas
asomándose por las ventanas de sus torres y centinelas vigilando
el horizonte armados con ballestas desde los muros almenados. Un tiempo
de cuento de hadas que, en estas ciudades, parece haber tenido lugar ayer
mismo. |
AVILA,
ESPAÑA: LA MURALLA MÁS COLOSAL
Cuando
la ves a la distancia desde el mirador de Cuatro Postes en la ruta a Salamanca,
te dan ganas de frotarte los ojos para convencerte de que estás
despierto, y que lo que ves no es una alucinación de las que tenía
el viajero Don Quijote de la Mancha.
Sobre
una colina de 1.131 metros y rodeada por las aguas del río Adaja,
se encuentra la ciudad que tiene los muros más antiguos y mejor
conservados de España. Ellos forman un admirable rectángulo
de más de 2.500 metros de largo, con 90 torreones rematados en techos
cónicos y varias puertas de acceso que constituyen un ejemplo admirable
de las fortificaciones medievales europeas. A pesar de que en el siglo
XIV las murallas fueron restauradas y modificadas, no perdieron un ápice
de su estilo original. La ciudad fue ocupada por los árabes en el
siglo VIII y fue conquistada por el rey castellano Alfonso VI en el año
1088.
Este
lugar también es la cuna de Santa Teresa, un personaje mítico
en la literatura española.
CARCASSONE,
FRANCIA: UN PAISAJE DE CUENTO DE HADAS
Recorriendo
la región vinícola del Aude, la ruta se ondula en colinas
bordeadas de arbustos de lilas que llenan el aire de perfume. Pero desde
mucho antes de llegar a la ciudad medieval, la podés ver desde lejos,
con sus muros grises rematados por torreones con techos cónicos.
Y una vez que llegás a la ciudad amurallada, lo impresionante es
ver que no sólo se trata de la muralla imponente que vemos de afuera,
sino tras ella se oculta una avenida empedrada interna que rodea una segunda
muralla tan grande como la primera. No es de extrañar, entonces,
que esta ciudad se haya conservado intacta como el apogeo de los tiempos
medievales.
La
ciudad de Carcassone se divide ahora en "Ville Basse", la ciudad baja,
un pueblo francés donde abundan los bistrós y las patisseries,
y la "Cité", que es la que está dentro de las murallas, adonde
no se puede ingresar con auto.
Después
de cinco siglos de ocupación romana, la antigua ciudad pasó
a manos de los visigodos, quienes construyeron la muralla interna en el
siglo VI. En el siglo IX, los francos se asentaron en la ciudad para caer
en 1209 en poder de los cruzados. En 1844 los muros fueron reparados. La
ciudad ahora es absolutamente turística y se dedica a conservar
su estilo medieval luciendo armaduras en las puertas de sus bares y vendiendo
ballestas y cañones en miniatura. Podés visitar también
el Chateau Comtal, un castillo del siglo XII pegado a la muralla galorromana
y protegido por un foso y un puente levadizo. Desde su altura podés
contar nada menos que 51 torres que integran los muros.

JIBAH,
EN UZBEKISTÁN: MUROS ESTILO ORIENTAL
También
hay ejemplos de ciudades amuralladas en los oasis de los desiertos de Asia
Menor. ¿Por qué? Porque los oasis eran las paradas obligatorias
de las caravanas comerciales de camellos, que cruzaban enormes territorios
con su preciosa carga, la cual era muy codiciada por los piratas terrestres
que asaltaban a los viajeros. No había otra manera de vivir en paz
que rodearse de murallas. Un ejemplo de esto es la bella ciudad-fortaleza
de Jibah, en la actual República de Uzbekistán (ex Unión
Soviética), en el oasis de Khorezn, entre los desiertos de Kara
Kum y Kyzil Kum. El río Amu Darya permite que aquí se cultive
algodón y se cosechen increíbles melones y perfumados duraznos.
Meterte
adentro equivale a conocer un ambiente que parece extraído de los
cuentos de Las mil y una noches: callecitas retorcidas con casas sin puertas
y pisos alfombrados te llevan a ver artesanos con las manos ocupadas repujando
cobre y bronce, o hilando hermosos tejidos. La ciudad está dividida
en la parte interior, o "Inchan Kala", y la ciudad exterior, o "Dishan
Kala". Es en la primera donde vas a encontrar palacios y mezquitas azulejadas.
La
enorme muralla con torres y minaretes resguarda la ciudadela de Kunya-ark,
la Casa de la Moneda y el mausoleo de Saladino.
La
vida continúa y los habitantes mantienen las tradiciones, que hicieron
de Jibah un monumental centro de cultura musulmana.
Lo
mejor que te puede pasar acá es ser testigo de un casamiento: la
novia (¡vestida de blanco y con tules!) y el novio tienen como tradición
recorrer el perímetro de las murallas acompañados por sus
amigos y una banda de músicos antes de entrar, finalmente, a la
ciudad vieja. Todo un espectáculo.
LA
REPÚBLICA DE SAN MARINO: TAN FUERTE QUE SE HIZO INDEPENDIENTE
Un
país de bolsillo, un estado de 61 km2 de superficie, con su propio
gobierno y sus propias leyes, que tiene la suerte de poder vivir de los
ingresos que le aporta el turismo, tuvo que haber hecho algo bien en su
historia. Por ejemplo, haber sabido defenderse con sus inexpugnables murallas
sobre un promontorio rocoso -el monte Titano- a minutos de la ciudad costera
de Rimini, sobre los Montes Apeninos.
La
ciudad fue fundada en el año 301 por quien fuera San Marino, un
trabajador de canteras dálmata que fue perseguido por ser cristiano
y se refugió en estos montes. San Marino fue la única ciudad-estado
que se conservó como tal desde que el papa Nicolás IV reconociera
su independencia en 1291. Ahora la ciudad te da la posibilidad de subir
y bajar callecitas empedradas con plazas, que en verano te refrescan con
fuentes de piedra de las que mana agua de manantial. Todos los que llegan
a San Marino quieren trepar hasta los puntos más altos de los muros
que rodean la ciudad vieja. Es lógico: desde allí tenés
un panorama increíble y -aunque quedes con la lengua afuera después
de tanta escalinata- podés regalarte una vista del mar de las que
no se olvidan.
Extrañamente,
la comida en San Marino es abundante en especialidades alemanas. Resulta
que los alemanes son tan fanáticos de este país amurallado
que, para atraerlos y calmarles la nostalgia, las trattorías les
ofrecen -a ellos y a nosotros- salchichas con chucrut a cada paso.
SIENA,
ITALIA: DONDE CADA VERANO HAY UNA FIESTA
Con
sus casonas de color naranja oscuro dentro de sus murallas medievales,
Siena es en sí misma un gran museo. Los muros, que datan del siglo
XIII, ascienden hasta la cresta de la colina desde el fondo del valle de
la Toscana, formando un cinturón de seis kilómetros que la
protegen, aún hoy, de ánimos modernistas que puedan cambiarle
su aire medieval. La ciudad es aún más antigua de lo que
parece: fue una de las 28 colonias militares que tuvo el emperador Augusto,
pero se afirma que la fundó el hijo de Remo, hermano de Rómulo
y fundador legendario de Roma. Bajo el reinado de Carlomagno, en el año
800, fue ciudad libre y ser convirtió en República Independiente
en 1125. Esto es lo que le permitió crecer y enriquecerse construyendo
palacios que dan testimonio del poderío que tuvo con el apoyo de
los obispos. Siena compitió con la vecina Florencia sin cuartel,
hasta ganarle su sitio propio en la historia de las colinas toscanas.
El
epicentro de su ciudad vieja amurallada es el Campo, una amplia plaza adoquinada,
rodeada de "palazzos" con hermosos balcones, donde todos los 2 de julio
se disputa la maravillosa justa medieval llamada "Palio", en la que cada
uno de los 17 "contrades" -equipos de vecinos con sus estandartes y colores
propios- realizan, vestidos a la usanza medieval, una carrera de caballos
enloquecida sobre la plaza cubierta de arena.
Ocupando
casi por completo el lado sur de la ciudad se encuentra el Palazzo Comunale,
con su torre de 107 metros y la Torre del Mangia, ambos museos en la actualidad.
El
Duomo sorprende con su elegante estilo gótico y románico
y las exquisitas obras de arte que se reúnen en su interior. Siempre
te acordás de Siena, la ciudad que le dio el nombre a un pigmento
de óleo que se extrae de sus montañas, y que se llama, justamente,
"tierra de Siena tostada". Es el color que Leonardo da Vinci y Miguel Angel
Buonarrotti usaban para plasmar en el lienzo el tono de la carne humana.
ROTHENBURG
OB DER TAUBER, ALEMANIA: LA MEJOR CONSERVADA
En
el corazón de Alemania -a mitad de camino entre Frankfurt y Munich-,
y muy cerca de Nüremberg, la ciudad de Rothenburg ob der Tauber quedó
milagrosamente intacta luego de varias guerras y preservada como en los
tiempos medievales. La fecha de construcción de sus casas con las
vigas de madera a la vista está escrita sobre las puertas: 1096,
1124... ¡No lo podés creer! La guía Michelin la llenó
de estrellas, indicativo de que la Alstadt o Ciudad Vieja es uno de los
destinos imperdibles de Alemania.
La
muralla tiene doble portón gigante de madera maciza. Entre portón
y portón, unas escaleras de piedra permiten trepar hasta las torres
del muro, o recorrer caminando el perímetro del mismo, viendo la
ciudad vieja desde sus torres.
El
Carrillón del reloj de la Municipalidad muestra a cada hora los
muñecos de madera policromada que cuentan la historia del alcalde
de la ciudad que salvó al pueblo de la destrucción del invasor
tomándose un tonel de cerveza entero como condición impuesta
por el enemigo. Aquí encontrás un mundo mágico, donde
siempre es Navidad, en cualquiera de los dos "Weihnachtmarkt" -Mercados
de Navidad-. Los más famosos de Alemania se encuentran dentro de
las murallas de la ciudad. El "Mittelalterliches Kriminalmuseum", o Museo
Medieval del Crimen, reúne la mayor colección de objetos
de tortura que hay en Europa.
A
las ocho de la noche un guía vestido de sereno con capa, tricornio
y farol te lleva en un recorrido en torno a las murallas donde cuenta -en
alemán y en inglés- cómo era el estilo de vida en
la época medieval y por qué agujeros se lanzaba aceite hirviendo
a quienes osaban intentar entrar al pueblo de mil años. No te vayas
de Rothenburg sin probar la especialidad del lugar: una pelota de fino
merengue helado cubierto de azúcar, llamado "Schneeball" o "Bola
de nieve".
FAZ,
MARRUECOS: MURALLAS ÁRABES
Si
te gustan las murallas, Marruecos es un país que te regala varios
ejemplos de ciudades protegidas con muros eternos: Rabat (la capital) y
Marrakesh son dos ciudades con dos modos de vida: el de intramuros y el
de extramuros. El de intramuros siempre es más primitivo, más
pueblerino, y más antiguo. Es como si los muros no permitieran que
la modernidad los penetre. Sus habitantes ni miran el calendario: parecen
vivir al margen de los siglos que pasan. La vida medieval se percibe en
sus costumbres, sus ropas y sus tiempos lentos para todo. Mientras afuera
circulan autos, adentro circulan burros cargados hasta doblar su altura.
Mientras afuera al gente usa cocinas a gas, adentro usan el fuego a leña.
Mientras afuera visten jeans y zapatillas, adentro usan largas chilabas
y turbantes.
La
ciudad amurallada medieval más representativa es Fez, al norte de
Marruecos, situada en un estrecho valle rodeado de leves colinas de tierra
color naranja. Esta fascinante ciudad se enriqueció por haber sido
paso obligado de las rutas comerciales entre el océano Atlántico,
el Mar Mediterráneo y los pueblos del Desierto de Sahara. En su
núcleo urbano se distinguen dos partes, la ciudad antigua y la nueva.
La antigua data del año 908, cuando fue fundada por el gobernador
marroquí Idris II en el 808 d.C. Los portones de entrada y salida
a sus muros son obras de arte en azulejos multicolores. Hay fuentes por
todos lados y no podés dejar de ver la gran mezquita Qarawiyin,
la más grande de Africa. Lo más alucinante de Fez son sus
barrios de artesanos, bien divididos según a qué se dedique
cada gremio. El barrio de los curtidores de cuero es un ámbito increíble
donde todos cortan, estiran y pirograban el cuero, un trabajo ancestral
marroquí. De allí sale el término internacional "marroquinería",
por ser los nativos de Marruecos los maestros indiscutidos en realizar
tal tarea.
FORTALEZA
DE SANTA TERESA, URUGUAY: LA MURALLA MÁS CERCANA
Muy
cerca de las playas uruguayas, hay un ejemplo típico de la fortaleza
francesa diseñada por el arquitecto Vauban.
En
1762 el Virrey Don Pedro de Ceballos mandó construir esta fortaleza
para contener los ataques continuos de los portugueses que querían
extender su territorio hacia el sur. Cruentas batallas tomaron lugar en
esta región repleta de palmares ondulados sobre colinas junto al
mar. En 1763 se realizó la construcción con cinco baluartes
de doble pared de piedra. En 1775 se terminaron de construir las murallas
En 1811 los portugueses la invadieron y se apropiaron de ella hasta que
quince años después el coronel Oliveira desalojó a
los imperialistas brasileños luego de arduos esfuerzos y cruentas
batallas. Al fin llegó la paz en 1828, por lo cual la fortaleza
dejó de tener valor militar. Funcionó luego como cárcel
y hasta como potrero para cría de caballos del ejército.
En 1928, una comisión restauradora la dejó a nueva, y ahora
el interior es un campo de césped prolijamente cortado, donde cada
estancia reproduce su sentido original. Acá podés ver lo
importante que era en esos tiempos conservar la pólvora bien seca:
el polvorín tiene una pared de doble ancho y ventanas dobles para
impedir que la humedad marina echara a perder la pólvora.
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