| Escocia:
castillos, fiordos y gaiteros
Recorrer
Escocia es zambullirse en un mar de colinas verdes, pueblitos de ensueño,
lagos, castillos medievales y polleras a cuadros. Un país con identidad
personal, distinta al resto de las islas británicas.
CON
ESTILO PROPIO
El tren que va de Londres a Escocia
bordea una costa caprichosa, brumosa, salvaje, llena de riscos donde las
olas se deshacen en espuma, paisaje muy parecido al de las propagandas
de whisky de las revistas importadas.
El agreste país tiene muchas
menos rutas y ciudades que Inglaterra y mucha más naturaleza intacta.
Por ser la capital internacional del whisky, Escocia percibe tantos ingresos
anuales por el turismo como por la exportación de esta bebida.
A lo largo de todo el camino desde
el sur, nunca se pierden de vista el mar y el campo pegados, inseparables,
copiándose sus movimientos. En el mar se ven olas azules rompiendo
contra acantilados sobre los que siempre hay algún castillo misterioso.
En el campo hay olas de largos pastos verdes agitadas por el viento como
una inmensa cabellera verde que quiere imitar al agua.
No
es difícil imaginar en estas colinas verdes a los bravos soldados
de polleras a cuadros, como los que lideraba William "Braveheart" Wallace
(Corazón Valiente), el líder escocés que luchó
contra el dominio inglés. Si a esto le sumás pueblitos de
ensueño con casas de madera pintadas de tonos pastel junto a lagos
interminables, bosques que en otoño se tiñen de dorado y
la
intensidad de una banda de cincuenta gaitas sonando juntas, podés
darte una idea de lo que es Escocia. Se trata de un territorio con una
identidad absolutamente personal y diferente al resto de las islas británicas.
UN RECORRIDO
QUE TE MUESTRA TODO
Su costa caprichosa y salvaje muestra
cómo los antiguos glaciares tallaron la tierra hasta llenarla de
lochs (lagos) y firths (estuarios), estrechos, largos y muy profundos.
El mar escocés agrupa 186 islas pertenecientes a la tierra del whisky.
Entre lochs y firths hay montañas que bajan de norte a sur, desde
las Highlands (tierras altas), pasando por las Central Lowlands (tierras
bajas centrales) hasta las Southern Uplands (tierras altas del sur). Los
lochs son tan profundos que se tejen especulaciones sobre algunos acerca
de plesiosaurios escondidos en su lecho abisal, donde nunca llegó
el sol.
En los valles, entre las montañas,
están las ciudades que supieron modernizarse sin perder el aire
de barrio pueblerino. Una buena recorrida por Escocia incluye un viaje
triangular que va de Edimburgo -señorial y distinguida, sobre la
costa este del Firth of Fouth- a Glasgow -moderna e industrial, sobre la
costa oeste del Firth of Clyde- y luego al norte, hasta la encantadora
Inverness -del otro lado de la cordillera de los Grampians- entre el Moray
Firth y el interminable Lago (Loch) Ness.
GAITAS Y
CASTILLOS MEDIEVALES
Lo mejor que te puede pasar al llegar
a Edimburgo es encontrarte a un gaitero vestido con pollera kilt y pompones
en las medias tocando una canción militar en algún portal
medieval de piedra torneada.
Pero lo mejor es llegar a Edimburgo
en agosto y ver el desfile militar Military Tatoo del Festival
de Arte Internacional, en el que todos los vistosos regimientos escoceses
te hacen bailar con la música de sus bandas y danzas folclóricas.
Si, en cambio, llegás en
invierno, vas a sentir en la cara uno de los fríos más rigurosos
de Europa con un viento marino húmedo de los que congelan las orejas.
Buen momento para comprarte en Princess Street una bufanda de auténtica
lana Cashmere o Shetland con los colores de kilt que identificaban a los
clanes tradicionales. Y así de abrigado, salir por las callecitas
empedradas tratando de adivinar de cuál de sus pubs forrados en
madera y cuero sale el aroma a guiso y especias que indica que hay un delicioso
haggis (puchero de cordero) cocinándose a fuego lento.
Laberínticos caminos suben
y bajan hasta llegar a la zona comercial de la Royal Mile (Milla Real),
como se conoce a la sucesión recta de calles que unen al Castillo
Real con la Abadía de Holyrood.
Los
guías te explican que el nombre de Edimburgo deriva de la voz gaélica
(dialecto celta) Dinn Eidyn Burg, que significa burgo o pueblo fortificado,
referida al fuerte que dominaba la colina desde el siglo VI, aunque fue
María Estuardo, la reina de Escocia, quien le dio más personalidad
y lo amplió hasta convertirlo en una ciudad en sí misma.
A los pies del castillo se extienden
los cuidados jardines de Princess Gardens, limitados por la Princess Street,
principal arteria comercial de la ciudad moderna con una fuente de hierro
que cuenta su propia historia en un cartel: era el lugar donde quemaban
a las brujas.
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LOS
FANTASMAS DE EDIMBURGO
En el Scotch Whisky Heritage Center
te explican, en una visita guiada en toneles con rueditas, todo el proceso
de elaboración del aguardiente de cebada que hizo famosas a estas
tierras. Ahí te cuentan que la palabra whisky deriva de Uisgue Beatha
o agua de vida (aquavit), como se llamaba al producto que empezó
a fabricarse en 1494 en manos de cirujanos que lo necesitaban para anestesiar
a sus pacientes. La recorrida finaliza catando maltas diversas.
Luego podés seguir recorriendo
esta ciudad hermosa, con palacios de los siglos XVI y XVII, |
bordeando sus calles, la catedral
famosa por ser el templo del reformista John Knox, y las casas de ropa
de artículos importados de la India, mezclados con pubs que venden
la espesa Stout y distintos ales (como le dicen allá a la cerveza).
Si te gustan las historias de terror,
después del atardecer, podés apuntarte en los tours nocturnos
a pie en que recorren zaguanes y galerías oscuras a la vez que se
narran escalofriantes historias de crímenes y fantasmas que aún
recorren la ciudad. El susto está garantizado al ver largas sombras
proyectándose sobre las escalinatas solitarias de piedra.
Luego de e sto
conviene reponer energías en el Jackson´s Restaurant o algún
otro de sus cálidos y abarrotados pubs, probando salmón ahumado
seguido del famoso haggis que te venía tentando con su aroma desde
el comienzo del día.
Así como son muy orgullosos
de sus tradiciones, los escoceses se toman el pelo a sí mismos sin
piedad: cuando te muestran el Palacio de Holyroodhouse, por ejemplo, te
cuentan que los baños de la reina se hallaban del otro lado del
parque para que los sirvientes no se desmayaran por el olor fétido
que despedía la ropa que ella se sacaba. "De todos modos, esta situación
terrible no sucedía más que un par de veces al año",
comenta el guía. ¿Te imaginás un guía argentino
hablando así de alguno de nuestros próceres?
CON
RUMBO AL NORTE
Desde los acantilados agrestes de
Aberdeen hasta la moderna Glasgow con sus amplias peatonales, Escocia es
como un jardín permanente: siempre verde, con poblados llenos de
rosas y rodeados por campos de golf surcados por arroyos de montaña
con abundancia de truchas y salmones. Hay bosques por todas partes, y colinas
donde aún se encuentran ciervos y faisanes muy buscados por los
aficionados a la caza. El límite norte de Escocia son las islas
Hébridas, Orcadas y Shetlands (mellizas de las que tenemos al sur),
donde prevalecen los rasgos culturales normandos y escandinavos, la mayor
producción de pulóveres con guardas coloridas y campos de
cría de po nies
peludos. Luego de atravesar estos bosques, llegar a Inverness -la capital
de las Highlands- es llegar a un lugar especial, para quedarse. La parte
antigua de la ciudad está hecha para caminarla por sus peatonales,
shoppings y pubs donde siempre hay un ambiente alegre de vacaciones. En
invierno, es un importante centro de partida para excursiones de esquí.
INVERNESS,
JUNTO AL LAGO NESS
Un antiguo castillo que corona la
ciudad se ilumina por completo a la noche: en él funciona la actual
Municipalidad. Del otro lado del río, un puente cruza a los suburbios
de casitas bajas cuyos dueños compiten por quién tiene el
jardín más cuidado y las rosas más perfumadas. Es
aquí donde se encuentran los mejores Bed & Breakfast. Hay agencias
de turismo en toda la ciudad, en las que se puede contratar una camioneta
o minibus con guía incluido para descubrir los secretos de este
lugar fascinante. Te vas a dar cuenta que el Lago Ness no tiene fin: es
una postal interminable de bosques y montañas reflejados en sus
costas azules. En el camino te muestran una destilería de whisky
y una hilandería del típico tejido de kilts, el museo de
Nessie, el monstruo del Lago Ness -que muchos juran haber visto u oído-
, y un maravilloso castillo de Urquhart, del siglo XII, al que se llega
en barco porque está estratégicamente ubicado en una península
sobre el lago.
De regreso a Londres podés
ver parte de un terraplén que el Emperador romano Adriano construyó
entre el Firth de Solway hasta la desembocadura del río Tyne para
evitar invasiones. Ahora es Patrimonio de la Humanidad.

INFO:
¿CÓMO LLEGAR?
La manera más económica
para llegar a Escocia es a través de Londres. La mejor opción
es en ómnibus desde Victoria Station en la capital inglesa. El viaje
demora cerca de siete horas.
¿CUÁNDO IR?
Los días son más largos
en verano y en esta época se realizan espectáculos teatrales,
de música y otros eventos al aire libre, en jardines espectaculares.
Además, en agosto se realiza el Festival Internacional de Arte de
Edinburgo.
En invierno, los días son
más cortos y hace muchísimo frío.
RECOMENDACIONES
Cuando llegues a una estación
de tren escocesa, lo mejor que podés hacer es dejar el equipaje
en un locker o en el depósito de equipajes, porque para todo queda
agotadoramente lejos. Conviene estar ligeros de equipaje para caminar sin
parar.
IMPERDIBLES
Una visita al castillo de Urquhart,
en Inverness, te hace sentir como dentro de una película de la época
medieval. El castillo es, simplemente, alucinante. Se encuentra en un promontorio
natural sobre el misterioso Lago Ness, donde dicen que San Columba vio
en el año 300 al legendario monstruo marino por primera vez.
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