| Venecia,
el eterno laberinto
Venecia
es la voz del amante que se pierde en sus rincones, es la casa de aquel
que se embriaga de imágenes de ensueño. Es la ciudad que
se asoma sobre el agua y guarda en cada uno de sus islas el secreto de
su propio encanto.
El
filósofo alemán Walter Benjamin escribió alguna vez
que la ciudad es la realización del antiguo sueño de la humanidad:
el laberinto. Y si existe una ciudad para perderse -y encontrarse- esa
es Venecia. Aunque cargues un mapa de sus calles, irremediablemente quedará
sepultado en uno de tus bolsillos. Venecia es la ciudad madre del flanneur
de Baudelaire, del turista que se abandona al azar de las combinaciones
posibles entre calli, campiellos y fondamentas y viaja hacia un tiempo
desaparecido, embriagado por su propia amnesia, incorporando con avidez
datos irrelevantes, imágenes de ensueño, sonidos de campanas,
aromas nuevos. Y si Venecia es la ciudad ideal para perderse es porque
como lo definió Jean Paul Sartre: "...no se mantiene a distancia
de ciudad, a distancia respetable; se pega a nosotros y nos roza con olores
femeninos, promiscuidad materna". Venecia no es una ciudad en medio del
agua, es una irrealidad que flota, y uno flota con ella.
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Aires
imperiales
La historia dice que Napoleón
conquistó a la Serenissima República de Venezia el 12 de
mayo de 1797 y que la cedió a la corona austríaca. Era el
fin de un milenio de esplendor imperial. En 1866, Venecia se incorporó
al nuevo Reino de Italia.
Pero la ciudad y sus habitantes
aún mantienen sus aires imperiales. |
En mayo de 1997, ocho enmascarados
atravesaron la Piazza San Marco en un blindado de la Primera Guerra Mundial
y subieron al campanario para proclamar la independencia de la República
Veneciana. Sí, aunque parecieran unos locos salidos de una historieta
del Corto Maltés, los rebeldes y orgullosos venecianos recién
se rindieron cuando 300 carabineros aguaron su gesta con gases lacrimógenos.
Su grito de derrota, "Viva San Marco", recordó al mundo que el imperio
de Casanova y Marco Polo está vivo. Y ésa es la sensación
que se tiene cuando se desciende del tren en Santa Lucia, frente al Gran
Canal. Venecia es un imperio con reglas propias.
Las guías turísticas
cuentan que está formada por 116 islas unidas por 409 puentes. Más
bien parecerían infinitos, sobre todo los que juegan a aparecer
y desaparecer en perdidas callejuelas que uno cree haber pisado mil veces.
"Dritto, sempre dritto" son las
únicas indicaciones que se reciben como respuesta a las incontables
dudas de orientación, como si ac aso
alguna de las calles recordara a una línea recta. Hay que reconocer
que en verdad funciona, como si la clave estuviera en seguir nuestros propios
pasos, porque cualquiera de sus rincones es el mejor de los destinos.
A cada cual
su laberinto
A esta altura, los que pensaban
que Venecia sólo puede recorrerse por agua en románticas
y carísimas góndolas o en vaporettos, se habrán dado
cuenta de su equivocación. Sin autos, motos ni bicicletas, las calles
son el reino del caminante. Y si bien existe un circuito turístico
que vale la pena recorrer, no dejen de armar su propio laberinto.
Siguiendo
los carteles que dicen: Per Rialto se atraviesan callecitas estrechas repletas
de cafés y talleres de artesanos que desembocan cada tanto en campiellos,
cuadriláteros de piedra desde los que parten otros incontables pasajes
estrechos de tortuoso recorrido. Si fueron persistentes, atentos y no sucumbieron
a la tentación de perderse, efectivamente llegarán al Rialto,
algo así como el puente de Brooklyn de Venecia, que, junto al de
la Academia y el de los Scalzi, atraviesan el Gran Canal. El Rialto fue
construido en 1591 y actualmente está atestado de locales y puestos
ambulantes en donde se consiguen desde la remera de Batistuta hasta una
máscara de carnaval.
Y
si después de cruzarlo insisten en llegar al más famoso de
los destinos venecianos, tras apenas 10 minutos de incontables vueltas
y más vueltas habrá una esquina final y detrás, la
hermosa Piazza San Marco, repleta de palomas y de turistas y dominada desde
lo alto por los cuatro caballos imperiales. En cada centímetro de
su geografía hay obras maestras para admirar: la Torre dell' Orologio,
que marca el paso del tiempo desde 1499; la Basílica de San Marco,
verdadero tesoro bizantino; el Palazzo Ducale, vivienda del Dux durante
el reinado marítimo de la Serenissima; el Museo Archeologico; y
el Campanario, construido en el 800 d.C. y reconstruido en 1902 luego de
que se desplomara sin motivo aparente.
La cultura
de la calle
Bordeando la laguna, con la silueta
de la isla de San Giorgio a la derecha, se encuentra el Café Florian,
que abrió sus puertas en 1720 y sirvió de reposo a Lord Byron,
Proust, Balzac y Henry James. Pocos pasos más allá cuelga
el tristemente célebre Puente de los Suspiros y termina el ci rcuito
turístico más repetido en guías y folletos. Es entonces
cuando comienza la libertad de perderse a gusto y sin límites.
Entre los sitios que pueden cruzarse
en el camino se encuentran la Iglesia de Frari donde Tiziano pintó
"La Asunción de la Virgen" en el siglo XVI; los palacios Ca'd'Oro,
Vendramin -Calergi, Ca'Foscari y Bernardo; el Hotel des Bains, donde Luchini
Visconti rodó Muerte en Venecia; el Hotel Danieli, donde se alojaron
Dickens y Wagner; el varias veces centenario Mercati di Rialto, en el distrito
de San Paolo; o alguno de los conservatorios y teatros donde dieron su
mejor música Albinoni, Monteverdi y Vivaldi. El compositor de las
Cuatro Estaciones fue nombrado "Maestro dei Concerti" de la Iglesia della
Pietá, construida con una acústica perfecta. Tus pasos también
pueden llevarte al distrito de Cannareggio, donde vivieron Marco Polo y
Tintoretto y donde se levantan dos majestuosas iglesias: la de Madonna
dell' Orto y la de Santa Maria dei Miracoli. En Cannareggio también
se encuentra el Ghetto construido en 1516 no para encerrar, sino para proteger
al pueblo judío de la persecución de la Iglesia Romana.
Hoy
viven allí apenas 30 judíos, pero es un lugar de visita obligada
y con la mejor comida Kosher, en el restaurant Gam Gam. Estos son algunos
de los lugares que se descubren al perderse. Contar más sería
arruinarles el placer de abrir sus propios tesoros.
Tesoros que no acaban en Venecia,
sino que esperan en cada una de las islas de la bahía.

Las islas
de la fantasía
Cada isla en la laguna guarda su
propio encanto. San Michele funciona como cementerio y entre sus eternos
moradores están Ezra Pound, Sergei Diaghilev e Igor Stravinsky.
Murano es el reino del cristal desde que los artesanos que convierten la
arena en oro transparente fueron trasladados allí en el siglo XII
por el constante peligro de incendio que representaban para la ciudad.
El arte textil es a la multicolorida Burano lo que el cristal a Murano.
Sus artesanos aprenden desde pequeños en la Scuola dei Merletti
y en la iglesia de San Martino donde se puede ver la Crucifixión
de Tiepolo, antes de comer en una de sus famosas trattorias.
Desde Burano se puede visitar el
monasterio de la pequeña isla de San Francesco del Deserto. Finalmente,
en Torcello se encuentran los re stos
del primer asentamiento humano en la laguna y de la ciudad que alguna vez
pretendió competir con la propia Venecia. Las iglesias de Santa
Maria dell'Assunta, de estilo bizantino, y San Fosca son las dos única
construcciones que recuerdan en pie un pasado mejor. Los restos de los
otros edificios permanecen expuestos en el Museo dell'Estuario.
Para cuando se regrese a la Fondamenta
Nuove, abordo de un vaporetto, tal vez pase que se les caiga una lágrima.
No piensen que están llorando. Es el agua de la laguna, mitad dulce
mitad salada, que rebalsó la capacidad de sus ojos para absorber
tanta belleza.
Info
¿Cómo llegar?
La mejor opción es en tren
desde cualquier punto de Italia. Es espectacular la llegada a la estación
de Venecia.
¿Cuándo ir?
De noviembre a marzo, cuando decrece
la multitud de turistas. O bien, a mediados de febrero para hundirse en
la masa que festeja el carnaval.
Imperdible:
La Piazza San Marco y todos los
edificios que la circundan. La isla de Burano. Y jugar a perderse por Cannareggio
y San Paolo.
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