Al principio es sencillo seguir
un plan, al principio -con poco alcohol en el cerebro- parece sencillo
mantenerlo, pero se sabe qué puede pasar con los planes: un error
en los cálculos…
Y un problema de esos tuve
yo: un día me descuadré tres grados y como en el Triángulo
de las Bermudas, entré en otro recorrido. Terminé en otros
bares, otros barrios; con otra gente, otras caras. Afuera, la helada caía
sobre el techo de un Renault Clío, blanco, patente de Bilbao.
Inés es la hermanita
de un amigo, de un amigo de un amigo. Inés todavía no bebe,
tiene 12 años. Ella me enseñó a sumarle ojos y oídos,
los órganos en que residen los sentidos que usamos para relacionarnos
con la parte de afuera del mundo, a una ciudad que se disfruta con el olfato
y sobre todo con el gusto, que son los sentidos necesarios para conectarnos
con la parte de adentro del mundo.
INÉS TIENE UN MÉTODO, Y YO SE LO COPIÉ
Ella no es de Madrid.
Yo tampoco. Ella vive en un pueblito castellano a 70 km, en la sierra,
el lugar donde toda la clase media madrileña manda a sus hijos a
aprender esquí, como acá se los manda -mandaba- a aprender
básquet.
Inés me desafió:
"Tú señala a cualquier persona que veas en la calle, que
yo por su ropa, por su forma de caminar, por su edad, por la cara, puedo
decirte dónde vive. ¿Has visto a esa señora de ahí?",
me dijo, y yo fijé la vista en una señora más ancha
que alta, con tacones cuadrados, de esos de caminar mucho, con una bolsa
tejida en el brazo y la billetera en la mano, que miraba atenta las vidrieras
de los negocios de ventas de telas por metro. "Esa señora -dijo-
no es de este barrio, vino para aquí porque está mirando
precios de telas para hacerle ropa a los nietos."
"Seguro que vive en Tetuán.
El barrio anarquista de la época de Franco", pensé. "El barrio
de peluquerías afroamericanas", dijo ella.
"Y ése trata de ser un
pijo", siguió diciendo. "Un concheto -me traduje yo-. Pero no es
más que un cutre, un grasa, de nuevo yo, que va por la calle en
plan chulo, canchero, y es la tercera vez que viene al centro." "Seguro
que vive en Vallecas", me dijo.
DECISIONES
MÍNIMAS. SENSACIONES MÁXIMAS
Y yo decidí seguirlo.
Se llamaba Guillermo, para mí. Los dos nos metimos en el metro.
Entramos en la estación Gran Vía y salimos en Nueva Numancia,
en pleno centro de Vallecas. Vallecas es una urbanización de quince
monoblocks mal hechos, más o menos derrumbados. La mayor densidad
de puertas y ventanas de toda la ciudad.
Abajo del monoblock 5, rama
8, en la sección 2, en el bar de Luz Divina, ponen las mejores orejas
fritas de todo Madrid. La medida de la cerveza es la caña, unos
vasos largos y flacos que pasan tan rápido como los autos en la
autopista M3 que parte la urbanización al medio.
Luz Divina no deja nunca un
vaso vacío. Su apariencia de señora mayor que se arregla
para ir la Iglesia contrastaba con los okupas sentados en sus mesas. Ellos
tomaron una parte del bar por asalto. La casa tomada donde viven está
a la izquierda del bar, si venís caminando por la derecha. Un local
abandonado en los 80, reinventado en los ´90 y disfrutado, si la
policía lo permite, en los cero cero. Música antifascista,
rock duro y un desorden ordenado. Fumar y fumar permitido.
VIAJAR
ES AMPLIAR EL BARRIO
La calle es la negación
de la identidad, la calle te da el derecho de no ser, el requisito que
nos permite ser cualquier cosa distinta a la que somos. La calle nos da
la posibilidad de jugar. Viajar es un poco eso: reinventarse en cada lugar.
Lavapiés, bar La Barraca.
Por menos de dos dólares te sirven un vaso de cerveza y una tapa,
de esas que ya no se ven en la capital, de jamón crudo y queso manchego
salpicado en aceite de oliva. El bar se abarrota en un pis pas. Los de
siempre estancados con un brazo en la barra y el otro en la cerveza. Dos
o tres viejos imantados en la máquina tragamonedas que le disputa
al rock en castellano el sonido del local con esa suerte de precedente
de música electrónica que deja escapar. La familia detrás
de la barra llenando los vasos sin parar y sin perder ni un pago a la hora
de cobrar. Un grupo de chicas que se preparan para el baile cerca de la
puerta. Una de ellas, Nuria, se queja porque la falda le marca una panza
que no es propia. "Es que entre las bragas, la camiseta, las panties, la
falda y el jersey, mi tripa es una montaña. Yo estoy delgada, sabés..."
Su novio, a un costado, asiente. Él tiene encima todos los colores
posibles, como si vestirse de negro fuera una forma de abreviar la elegancia.
Y no se le hacen esas trampas a la moda.
Lavapiés es un barrio
de inmigrantes marroquíes, coreanos, dominicanos y cubanos. Los
extranjeros hicieron bajar los alquileres y los españoles que saben
decir patata en chino y disfrutan de la mezcla, se han mudado a esta zona.
Es el barrio del Madrid que todavía no está hecho. Va a estar
de moda.
Arantxa y Joseph, dos hermanitos
chino-castizos, jugaban en el arenero en la Plaza de La Corrala. Arantxa
no se animaba a tirarse por el tobogán pero el empujón de
su hermanito pudo más que sus temores. A cinco metros, con la música
RAI a todo pastilla, unos marroquíes ensayaban el rap de pasado
mañana. Entre las hamacas y el subibaja, Jesús, un jubilado
dignamente vestido en el Corte Inglés, me preguntó por qué
sacaba fotos. "Mira, me dijo, tu estás de vacaciones, ¿cierto?"
"Sí", respondí. "Media vuelta a la izquierda, o media vuelta
a la derecha, es lo mismo pero exactamente lo contrario", dijo. Y crucé
el río.
DE
BARES PARA EL CLÁSICO MADRILEÑO
A Madrid lo divide el río
Manzanares. Y es otro Madrid, el que no está en las guías
turísticas pero, por supuesto, donde sigue gustando el comer y el
beber. Es ahí, en el sur de la ciudad, donde hay que ir a conocer
el fútbol español. En la tierra del Athletic, en la tierra
en que la "t" se pronuncia como una "d" muy suave y a la última
"c" se la come. Y si es contra el Real, mejor.
Cuando uno está de vacaciones
no suele leer el diario ni mirar la tele pero para saber cuando se juega
el clásico, el Boca-River gallego, tampoco es necesario.
Basta con mirar las golosinas
que venden en los estancos. En España, un estanco es un comercio
que vende tabaco, cigarrillos y estampillas y también golosinas
y otras cosas. Es lo más parecido a un kiosco, pero a los kioscos
no se entra por la puerta. En el packaging de las golosinas baratas se
respira el clásico madrileño desde unos días antes
que empiece a rodar el esférico. En la parte sur de la ciudad, los
chupetines, los chocolatines de 10 pesetas y los caramelos sin marca son
todos rojos y blancos defendiendo los colores del Athletic y en la zona
norte y rica, alrededor del estadio Santiago Bernabeú, todos los
dulces alientan al Real. Así que si desde los mostradores de los
estancos te gritan fútbol, hacéles caso, cruzá el
río.
Literalmente, el 25 pasa por
debajo de la bandeja sur del Vicente Calderón, la cancha del Athletic.
En Carabanchel está el cementerio de San Isidro Labrador, la cárcel
más grande de la ciudad, un barrio de trabajadores.
En la calle Nuestra Señora
de Valbanera hay un bar al lado del otro. En El Nido, con una copa de un
buen tinto de Rioja con excelentes aceitunas de jaen, se puede disfrutar
el prólogo del partido. Los primeros cuarenta y cinco minutos, entre
morcillas de burgos y pinchos de tortilla, en Montecarlo. El entretiempo
en Puerta Gallola con una paella de paradito, escuchando los comentarios
de si tal estaba adelantado cuando recibió el pase, antes de hacer
el gol. Fin de fiesta y pitada final comiendo callos madrileños,
una especie de chicle con gusto a mondongo, en La Tasca. Y antes de cruzar
el río y volver al norte, un orujo de hierbas, la bebida más
fuerte dentro de la legalidad que pudieron destilar en Galicia.
EL
RASTRO
Una pequeña concesión
al Madrid de las guías: el Rastro, el domingo. Van madrileños.
La consigna es beber hasta morir y terminar bailando a las 8 de la noche,
después de haber ido de tapas desde las doce del mediodía,
y haberte acostado a las 9 de la mañana y de haber bailado desde
las 11 de la noche del día anterior para que el domingo se transforme
en un dilema de moebius, así, un laberinto infinito de cervezas,
risas y baile. Y si todavía tenés ánimo cuando bajó
el sol: bailá en el Bar El Caracol en plena plaza del Coscorro...
ahí vas a encontrar alemanes, daneses, cientos de argentinos, italianos
y uno o dos españoles. Igual ya los conociste en Lavapiés,
Carabanchel o Vallecas.
¿CÓMO LLEGAR?
Madrid tiene aeropuerto internacional.
Una vez en la ciudad, el metro es bueno y te lleva a todos lados. La mejor
forma de engañar al bolsillo y achicar el presupuesto es comprando
un pase de 10 boletos de subte. Si tu estadía se extiende a un mes,
es conveniente sacar un pase mensual.
¿CUÁNDO IR?
Durante todo el año. |