| Madrid
fuera de foco
Viajar
es reinventarse cada día. Madrid, por la facilidad del idioma, puede
ser el lugar perfecto para animarse a cruzar los límites de los
recorridos cotidianos de las guías de viaje.
DE
BAR EN BAR, EN METRO, A PIE O EN EL COCHE DE UNOS AMIGOS: MADRID, UNA CIUDAD
PARA UBICARLA ENTRE LA NARIZ Y LA BOCA
Es que Madrid es ir de tapas y Madrid
ya está contada, pero yo la voy a contar de nuevo. Y voy a contar
lo mismo. Es ir de tapas: un decir, porque esas suertes de tentempié
con aceitunas, jamón crudo o tortillita, casi no se sirven más
en los bares. Pero la idea de tomar de parado, hablando con desconocidos
mientras se planea el próximo trago, el próximo bar; sigue
vigente. Y a eso se le llama ir de tapas.
Al principio es sencillo seguir un
plan, al principio -con poco alcohol en el cerebro- parece sencillo mantenerlo,
pero se sabe qué puede pasar con los planes: un error en los cálculos…
Y un problema de esos tuve yo: un día me descuadré tres grados
y como en el Triángulo de las Bermudas, entré en otro recorrido.
Terminé en otros bares, otros barrios; con otra gente, otras caras.
Afuera, la helada caía sobre el techo de un Renault Clío,
blanco, patente de Bilbao.
Inés es la hermanita de un
amigo, de un amigo de un amigo. Inés todavía no bebe, tiene
12 años. Ella me enseñó a sumarle ojos y oídos,
los órganos en que residen los sentidos que usamos para relacionarnos
con la parte de afuera del mundo, a una ciudad que se disfruta con el olfato
y sobre todo con el gusto, que son los sentidos necesarios para conectarnos
con la parte de adentro del mundo.
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INÉS
TIENE UN MÉTODO, Y YO SE LO COPIÉ
Ella no es de Madrid. Yo tampoco. Ella vive en un pueblito castellano a
70 km, en la sierra, el lugar donde toda la clase media madrileña
manda a sus hijos a aprender esquí, como acá se los manda
-mandaba- a aprender básquet. |
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Inés me desafió: "Tú
señala a cualquier persona que veas en la calle, que yo por su ropa,
por su forma de caminar, por su edad, por la cara, puedo decirte dónde
vive. ¿Has visto a esa señora de ahí?", me dijo, y
yo fijé la vista en una señora más ancha que alta,
con tacones cuadrados, de esos de caminar mucho, con una bolsa tejida en
el brazo y la billetera en la mano, que miraba atenta las vidrieras de
los negocios de ventas de telas por metro. "Esa señora -dijo- no
es de este barrio, vino para aquí porque está mirando precios
de telas para hacerle ropa a los nietos."
"Seguro que vive en Tetuán.
El barrio anarquista de la época de Franco", pensé. "El barrio
de peluquerías afroamericanas", dijo ella.
"Y ése trata de ser un pijo",
siguió diciendo. "Un concheto -me traduje yo-. Pero no es más
que un cutre, un grasa, de nuevo yo, que va por la calle en plan chulo,
canchero, y es la tercera vez que viene al centro." "Seguro que vive en
Vallecas", me dijo.
DECISIONES
MÍNIMAS. SENSACIONES MÁXIMAS
Y
yo decidí seguirlo. Se llamaba Guillermo, para mí. Los dos
nos metimos en el metro. Entramos en la estación Gran Vía
y salimos en Nueva Numancia, en pleno centro de Vallecas. Vallecas es una
urbanización de quince monoblocks mal hechos, más o menos
derrumbados. La mayor densidad de puertas y ventanas de toda la ciudad.
Abajo del monoblock 5, rama 8, en
la sección 2, en el bar de Luz Divina, ponen las mejores orejas
fritas de todo Madrid. La medida de la cerveza es la caña, unos
vasos largos y flacos que pasan tan rápido como los autos en la
autopista M3 que parte la urbanización al medio.
Luz
Divina no deja nunca un vaso vacío. Su apariencia de señora
mayor que se arregla para ir la Iglesia contrastaba con los okupas sentados
en sus mesas. Ellos tomaron una parte del bar por asalto. La casa tomada
donde viven está a la izquierda del bar, si venís caminando
por la derecha. Un local abandonado en los 80, reinventado en los ´90
y disfrutado, si la policía lo permite, en los cero cero. Música
antifascista, rock duro y un desorden ordenado. Fumar y fumar permitido.
VIAJAR ES
AMPLIAR EL BARRIO
La calle es la negación de
la identidad, la calle te da el derecho de no ser, el requisito que nos
permite ser cualquier cosa distinta a la que somos. La calle nos da la
posibilidad de jugar. Viajar es un poco eso: reinventarse en cada lugar.
Lavapiés, bar La Barraca.
Por menos de dos dólares te sirven un vaso de cerveza y una tapa,
de esas que ya no se ven en la capital, de jamón crudo y queso manchego
salpicado en aceite de oliva. El bar se abarrota en un pis pas. Los de
siempre estancados con un brazo en la barra y
el otro en la cerveza. Dos o tres viejos imantados en la máquina
tragamonedas que le disputa al rock en castellano el sonido del local con
esa suerte de precedente de música electrónica que deja escapar.
La familia detrás de la barra llenando los vasos sin parar y sin
perder ni un pago a la hora de cobrar. Un grupo de chicas que se preparan
para el baile cerca de la puerta. Una de ellas, Nuria, se queja porque
la falda le marca una panza que no es propia. "Es que entre las bragas,
la camiseta, las panties, la falda y el jersey, mi tripa es una montaña.
Yo estoy delgada, sabés..." Su novio, a un costado, asiente. Él
tiene encima todos los colores posibles, como si vestirse de negro fuera
una forma de abreviar la elegancia. Y no se le hacen esas trampas a la
moda.
Lavapiés es un barrio de inmigrantes
marroquíes, coreanos, dominicanos y cubanos. Los extranjeros hicieron
bajar los alquileres y los españoles que saben decir patata en chino
y disfrutan de la mezcla, se han mudado a esta zona. Es el barrio del Madrid
que todavía no está hecho. Va a estar de moda.
Arantxa
y Joseph, dos hermanitos chino-castizos, jugaban en el arenero en la Plaza
de La Corrala. Arantxa no se animaba a tirarse por el tobogán pero
el empujón de su hermanito pudo más que sus temores. A cinco
metros, con la música RAI a todo pastilla, unos marroquíes
ensayaban el rap de pasado mañana. Entre las hamacas y el subibaja,
Jesús, un jubilado dignamente vestido en el Corte Inglés,
me preguntó por qué sacaba fotos. "Mira, me dijo, tu estás
de vacaciones, ¿cierto?" "Sí", respondí. "Media vuelta
a la izquierda, o media vuelta a la derecha, es lo mismo pero exactamente
lo contrario", dijo. Y crucé el río.

DE BARES
PARA EL CLÁSICO MADRILEÑO
A Madrid lo divide el río
Manzanares. Y es otro Madrid, el que no está en las guías
turísticas pero, por supuesto, donde sigue gustando el comer y el
beber. Es ahí, en el sur de la ciudad, donde hay que ir a conocer
el fútbol español. En la tierra del Athletic, en la tierra
en que la "t" se pronuncia como una "d" muy suave y a la última
"c" se la come. Y si es contra el Real, mejor.
Cuando uno está de vacaciones
no suele leer el diario ni mirar la tele pero para saber cuando se juega
el clásico, el Boca-River gallego, tampoco es necesario.
Basta con mirar las golosinas que
venden en los estancos. En España, un estanco es un comercio que
vende tabaco, cigarrillos y estampillas y también golosinas y otras
cosas. Es lo más parecido a un kiosco, pero a los kioscos no se
entra por la puerta. En el packaging de las golosinas baratas se respira
el clásico madrileño desde unos días antes que empiece
a rodar el esférico. En la parte sur de la ciudad, los chupetines,
los chocolatines de 10 pesetas y los caramelos sin marca son todos rojos
y blancos defendiendo los colores del Athletic y en la zona norte y rica,
alrededor del estadio Santiago Bernabeú, todos los dulces alientan
al
Real. Así que si desde los mostradores de los estancos te gritan
fútbol, hacéles caso, cruzá el río.
Literalmente, el 25 pasa por debajo
de la bandeja sur del Vicente Calderón, la cancha del Athletic.
En Carabanchel está el cementerio de San Isidro Labrador, la cárcel
más grande de la ciudad, un barrio de trabajadores.
En la calle Nuestra Señora
de Valbanera hay un bar al lado del otro. En El Nido, con una copa de un
buen tinto de Rioja con excelentes aceitunas de jaen, se puede disfrutar
el prólogo del partido. Los primeros cuarenta y cinco minutos, entre
morcillas de burgos y pinchos de tortilla, en Montecarlo. El entretiempo
en Puerta Gallola con una paella de paradito, escuchando los comentarios
de si tal estaba adelantado cuando recibió el pase, antes de hacer
el gol. Fin de fiesta y pitada final comiendo callos madrileños,
una especie de chicle con gusto a mondongo, en La Tasca. Y antes de cruzar
el río y volver al norte, un orujo de hierbas, la bebida más
fuerte dentro de la legalidad que pudieron destilar en Galicia.
EL RASTRO
Una
pequeña concesión al Madrid de las guías: el Rastro,
el domingo. Van madrileños. La consigna es beber hasta morir y terminar
bailando a las 8 de la noche, después de haber ido de tapas desde
las doce del mediodía, y haberte acostado a las 9 de la mañana
y de haber bailado desde las 11 de la noche del día anterior para
que el domingo se transforme en un dilema de moebius, así, un laberinto
infinito de cervezas, risas y baile. Y si todavía tenés ánimo
cuando bajó el sol: bailá en el Bar El Caracol en plena plaza
del Coscorro... ahí vas a encontrar alemanes, daneses, cientos de
argentinos, italianos y uno o dos españoles. Igual ya los conociste
en Lavapiés, Carabanchel o Vallecas.
INFO:
¿CÓMO LLEGAR?
Madrid tiene aeropuerto internacional.
Una vez en la ciudad, el metro es bueno y te lleva a todos lados. La mejor
forma de engañar al bolsillo y achicar el presupuesto es comprando
un pase de 10 boletos de subte. Si tu estadía se extiende a un mes,
es conveniente sacar un pase mensual.
¿CUÁNDO IR?
Durante todo el año.
RECOMENDACIONES
Hacer una recorrida por estos bares
y lugares:
-La Barraca, calle de Ave María
n° 7, Lavapiés. Metro: estación La Latina. Línea
verde.
-El bar de Luz Divina, en Vallecas.
Metro: estación Nueva Numancia o Puerta Vallecas. Línea azul.
-Plaza La Corrala, Barrio Lavapiés.
Metro: estación Tirso de Molina. Línea azul.
-El rastro. A 10 minutos de caminata
desde la Puerta del Sol.
-Carabanchel, en autobús
Nro. 25 desde la Puerta del Sol, Plaza España, o la Opera de Madrid.
Metro: Línea verde hasta estación Opañel, con combinación
línea circular-gris hasta estación Carabanchel.
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