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Donde precisan con urgencia un fast food 
Lugar paradisíaco, cordillera y aroma a pino, caminata... apetito. Reponer energías resulta complicado. La única opción: comida rápida de procedencia dudosa y peor sabor

 
Al este de la actual República Eslovaca, a unos 100 km de Praga -entre campos cultivados, rutas arboladas y colinas ondulantes donde se cosechan vinos que dan un pretexto para festejar con alegre música típica las vendimias en cada pueblo-, se encuentra la hermosa y señorial ciudad de Brno. La antigua Brün -así se llamaba en épocas del Imperio Austro-húngaro- sorprende con sus calles peatonales, sus iglesias que anuncian las horas con campanadas,
sus centenares de ciclistas y sus negocios donde venden relojes cucú de madera a un cuarto del precio al que se venden esos mismos relojes en Suiza.  
Aquí se puede pasar la noche en hoteles de lujo -entre pianos de cola, arañas de cristal y sillas tapizadas con gobelinos- por treinta dólares la habitación doble. También podés regalarte una cena a cuerpo de rey con copas de cristal de Bohemia, por sólo doce dólares con vino incluido, en el mejor restaurante de la ciudad -Restaurance A Jidelny-, donde nadie hará objeción a tu aspecto de mochilero perpetuamente enfundado en jeans y zapatillas.  
Siguiendo otros cien kilómetros al este, se atraviesan los bosques que rodean Olomouc, con un castillo que merece visitarse. Podés seguir cruzando este país de oeste a este por la ruta 46 que cruza llanuras idénticas a las que se atraviesan viajando por la ruta 2 que va de Buenos Aires a la costa. 

La ruta 46 también tiene idénticos paradores para camioneros donde se come en abundancia por tres dólares.  

La ruta 50 te lleva más al este donde, luego de ver que el horizonte se ondula , el camino comienza a trepar entre bosques de coníferas que recuerdan cuentos de hadas, hasta llegar a Strbské -Pleso (sí, los nombres checos son imposibles de pronunciar y/o recordar).  

Es entonces cuando ante tus ojos aparece una cadena montañosa que te deslumbra. Se trata de los Montes Tatras, una inmensa formación basáltica que marca el límite norte entre la República Eslovaca y Polonia. Si cruzás la cadena montañosa vas directo a Cracovia, en Polonia.  

Todo el paisaje muestra una postal bucólica de puentecitos de madera cruzando arroyos cantarines con aguas transparentes de deshielo. Igual que en los Alpes suizos, pero muchísimo más barato. En verano, las mariposas dan un tono de color extra al aire, como si fueran flores lanzadas al vuelo.  

La montaña está surcada por infinidad de senderos que la atraviesan, cosa que no desaprovechan los caminantes que parten temprano con una mochila y regresan a la noche luego de haber recorrido gran parte de los Tatry, como se la llama en checo a esta cordillera. Algunos viajeros pasan la noche en atractivos refugios de montaña, donde hay siempre un buen fuego encendido y abundante biro (cerveza).  
En invierno, todo el sitio se convierte en un paisaje blanco, cubierto de una espesa capa de nieve que hace de los Montes Tatras el más afamado centro de esquí de Europa Oriental.  

El lugar cuenta con hoteles de primer nivel hechos al estilo de los años '60, lo que les da un encanto especial. Como en todo país socialista, estos hoteles son enormes, confortables y con espléndidas vistas a la montaña, pero sin lujos: no hay que esperar cortinas dobles o TV color en las habitaciones, ni champú en los baños. Simplemente, hay radio y jabón. Pero el hecho de pasar la noche en medio de la montaña por treinta dólares la habitación doble, ya no te da motivo de quejas.  
El jugo de naranja del desayuno es de bidón, el café es aguado y el queso local es desabrido.  

Lo más espectacular de estos hoteles son las montañas y bosques que se ven por los amplios ventanales. Frente al hotel hay una rampa de lanzamiento para esquiadores con un mirador con gradas para que el público pueda observar a los deportistas. Es aquí donde en invierno se realizan competencias de salto en esquí. Y en verano también, con los deportistas lanzándose osadamente por la misma ladera de unos 20 metros de largo y cayendo en colchonetas inflables, cosa que todo el público festeja con aplausos entusiastas.  

En la Bariloche checa, con todo su estilo alpino, encontramos bares dentro de cabañas hechas con troncos macizos y patios cerveceros en medio del bosque, donde las mesas y sillas también están hechas con troncos resinosos que inundan el aire con un agradable aroma a pino.  

Parejas de enamorados, grupos de mochileros, estudiantes en viaje de egresados y familias que buscan descanso llegan en buses turísticos a este lugar que, antes de la Segunda Guerra Mundial y la llegada del Comunismo, era el sitio de verano de los millonarios. Ahora que este paraíso está al alcance de todos, en cuestión de minutos se forman largas colas delante de los puestos de fast- food socialista. Todos esperan con paciencia que les llegue el turno para ordenar un pancho, una hamburguesa, unas papas fritas y un helado para saborear bajo los pinos con vista panorámica a los grandiosos picos de los Tatras.  

Lo terrible es que, una vez que pedís tu almuerzo en estas hermosas cabañas, no se comprende cómo pueden seguir vendiendo lo que ellos llaman "comida": las hamburguesas son absolutamente incomibles. Esos círculos con apariencia de carne son en realidad un conglomerado de tendones y grasa con sabor rancio, donde la carne brilla por su ausencia. Las salchichas parecen hechas con pulpa de cartón teñido de naranja. Las papas fritas parecen de goma y el jugo de naranja podría estar hecho con una mezcla de témpera, azúcar y esencias artificiales.  

Lo peor del asunto es que, una caminata por la montaña te despierta el apetito, en los hoteles no dan de comer si no es a la exacta hora del almuerzo, y tampoco hay almacenes ni supermercados donde aprovisionarse. O sea que lo único que queda para reponer energías, son estos puestos de venta de comida rápida de dudosa procedencia y peor sabor, que los checos devoran con apetito rociando cada porción con un ketchup sospechosísimo. Obviamente, también hay que hacer largas colas en los puestos de venta de helados. Es evidente que los checos se desesperan por los helados: las colas son larguísimas y los baldes se acaban en instantes.

Tampoco vale la pena probar suerte en estos puestos: el helado de sabor limón parece desinfectante de pisos congelado, el de frutilla parece un desodorante de ambientes barato y el de chocolate parece nieve sucia.
Lo curioso es que los checos, lejos de amilanarse, repiten la espera en la larga fila para pedir un segundo Combo Montañés -que no cuesta más de 60 centavos de dólar con papas y bebida- mientras que a uno, que aprecia los buenos churrascos, el estómago le ruge de hambre.  
¿Para cuándo un fast food en serio en los Tatras? No hace falta hacer hincapié en lo que hay que tener en cuenta cuando viajes por las montañas de la República Eslovaca: donde encuentres buenos salamines y buen queso, comprálos: te salvarán la vida.   

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